1618 – Increíble hecho de armas en Constantinopla

Posted By on 5 octubre, 2017

Fuego que a la ciudad de Constantinopla y Armada del Gran Turco echó el alférez García del Castillo Bustamante, natural de esta ciudad de Sevilla. – Con licencia, en Sevilla, por Juan Serrano de Vargas, año 1618, en folio. (Tuvo lugar la acción el 29 de abril.)

«Habiendo de salir Jimusbey-bajá por general de la gruesa Armada que el nuevo Gran Turco tenía prevenida para ir contra Sicilia mandó (por honrarle y obligarle) hacer grandes fiestas de juegos, invenciones, encamisadas y fuegos (como prometiéndose ya la victoria) para con ellos animar más a los capitanes y soldados que habían de ir en la jornada; pero no sucedió como pensaban, porque en el medio que ellos andaban ocupados en sus algazaras y fiestas, les armaban (con ingenio y ánimo español) otra mejor fiesta para nosotros (aunque amarga para turcos y judíos), algunos de los cautivos cristianos de más confianza y que con más libertad andaban por Constantinopla, cuya cabeza de ellos y del heroico hecho fue el famoso sevillano, el alférez García del Castillo Bustamante, el cual cautivaron en una salida que hizo estando en la Mamora, y de amo en amo paró en Constantinopla, en servicio de Toquiés Subaxi, mayor de Constantinopla, que es lo mismo que presidente de la justicia criminal, del cual hacía su amo gran confianza, y le quería mucho por ser de claro ingenio, valiente, muy servicial y que le trataba mucha verdad.

Viendo Bustamante tan buena ocasión, y que andaban los bajaes, cadiles, cheres, visires, sanjacos y el berglerbey de mar y otros señores, todos principales cabezas del gobierno de la ciudad y de las provincias del Turco y Armadas del mar, ocupados en sus fiestas, no la quiso perder, antes dio parte de su intento al valeroso Marcos de Pinto, famoso arquitecto, natural de la insigne ciudad de Salamanca en Castilla la Vieja; el cual asistía dentro del alcázar y serrallo principal del Gran Turco, a quien estimaba por ser gran artífice y famoso en las labores mosaicas y no menos osado y valiente que el alférez.

Estos dos con muy gran secreto convocaron más de treinta cautivos cristianos, y dándoles cuenta de lo que querían hacer, ordenaron que el día de San Pedro Mártir, domingo 29 de abril en la noche (que era el quinto de las fiestas), en tanto que andaban divertidos y ocupados en los regocijos, cada uno a un mismo tiempo que señalaron, pegase fuego a la casa de su amo por alto y bajo, y lo mismo hiciesen en otras de otros vecinos, que ellos harían lo mismo en casa del subaxi y en el palacio del Emperador. Esto así concertado no lo encomendaron a perezosos, porque el día concertado, a cosa de las nueve de la noche, parecía toda la ciudad de Constantinopla, mirada desde fuera, un cuerpo de luminaria, según andaba listo el fuego saltando de unas en otras casas; hasta la mezquita mayor, una de las mejores, hermosas y más ricas fábricas del mundo, se abrasó toda por lo alto, y las puertas, que son cubiertas de bronce, de hermosas labores, se derritieron y se quemó la madera.

Está el palacio o serrallo principal junto a la mezquita, y dispuso Marcos de Pinto tan bien el fuego, que no se escapó de hacer ceniza sino las piedras, de forma que hubo de salir a toda prisa el Gran Turco y sus mujeres.

Era tan grande la confusión de aquellos perros, y tanta la prisa que daban los bajaes a los ciudadanos turcos y judíos, que acudiesen al remedio de la gran mezquita y palacio, que por acudir a ello se quemaron otras dos mezquitas de famosa fábrica y más de cuarenta mil casas, con todo lo que había dentro, y me contó un judío, que casi los más vecinos, en lugar de socorrer sus casas y haciendas, salían huyendo al campo, y éstos fueron discretos, porque la mayor parte de los que acudieron al socorro los cercó el fuego y los hizo cenizas.

Había en el puerto más de doscientos vasos de guerra y mercaderes, y viendo el fuego acudieron al socorro, dejándoles casi solos y estando en la parte de la mar escondidos el alférez Bustamante, Marcos de Pinto y casi todos los cómplices, dijo Pedro de Chavez, extremeño: «Estos perros andan medrosos y confusos; demos en el Armada y abrasémosla»; al punto lo pusieron en ejecución, y metiéndose en la barca que el Gran Turco tiene en la puerta falsa del palacio, que está sobre la mar para su recreo, dieron en una galera, donde entraron con facilidad por haber poca gente en guarda de ella, y de los forzados cristianos, y acudieron unos a desherrar a los forzados cristianos, y otros a matar a los que no lo eran, se alzaron con ella, saltando en las demás y haciendo lo mismo con facilidad y casi sin ser sentidos, porque las voces y ruido de la ciudad lo encubrían todo.

Habiendo hecho esto, y dado libertad a los cristianos de las galeras, se repartieron en cuatro galeras más de dos mil cautivos cristianos de diferentes naciones, con las cuales y con barcas, en que saltaron algunos para el efecto con las bombas y artificios que tenían prevenidos para la jornada, pegaron fuego a las demás galeras ya todo el resto del Armada, sin que se escapase de abrasarse un solo vaso.

Viendo, pues, el alférez Bustamante cuán bien se había negociado, a toda prisa, remando el que más podía, salieron del puerto sin ser impedidos de los centinelas y guardas de castillos y baluartes, porque entendían que salían huyendo del fuego y en especial, viéndolas con claridad del fuego del Armada y de la ciudad, ser galeras turquescas de las prevenidas para la jornada.

Escaparon de esta forma del puerto, dando infinitas gracias a Dios, y se encaminaron para Malta, no dejando en el camino enemigos a quien no diesen caza, pues cuando llegaron a Malta se había hecho Armada de treinta velas, que habían venido tomando por el camino en diferentes pasos, de forma que pusieron en cuidado al Gran Maestre y a los ciudadanos de ella, previniéndose a toda prisa y acudiendo a los muros de la ciudad, y a los baluartes de la defensa de la mar, la cual confusión duró hasta que enarbolaron banderas blancas de paz, y con cruces, de que se maravillaron mucho los que estaban en los muros, hasta que saltó en una falúa el alférez García del Castillo Bustamante, Marcos de Pinto y otros seis camaradas, y con bandera de paz llegaron a Malta, donde los malteses los recibieron con gran gusto y deseo de saber lo que sería, y así, acompañados de muchos caballeros, fueron a besar las manos del Gran Maestre, el cual los recibió con mucho amor y caricias; y después de haber usado algunas cortesías, les contó todo el suceso, de que recibió tan gran gusto el Gran Maestre y los demás comendadores que estaban presentes, que de alegría se les saltaban las lágrimas.

Envió luego el Gran Maestre al comendador D. Francisco de Vargas, capitán, y otros tres comendadores con orden que entrase la Armada en el puerto, la cual entró con gran bizarría, haciendo salva con toda la artillería, y respondiendo con la suya los baluartes y torres de la ciudad, repicando las campanas y haciendo otras muchas alegrías militares. Desembarcó toda la gente en orden, saliéndolos a recibir su capitán en compañía del Gran Maestre y comendadores, y así todos juntos, con el aplauso y grandeza que pudiera entrar en Roma triunfando, en tiempo de los romanos, fue llevado y su gente, dándoles a voces el pueblo el parabién de tan famoso hecho, hasta la iglesia de San Juan Bautista, donde fueron recibidos con Te Deum laudamus.

Habiendo hecho oración, hizo alojar a todos, encargando los regalasen, lo que no había necesidad de encomendar, porque todos los vecinos acudieron con mucho gusto a llevar a su casa los que su posible alcanzaba a poder regalar. El Gran Maestre aposentó en su palacio a García del Castillo Bustamante y a Marcos de Pinto, y los demás caballeros llevaron a sus casas algunos que parecían ser principales. Mandó aquella tarde prevenir con que se vistiesen cada uno a su usanza, y habiendo pasado la tarde en pasear por la ciudad y en contar por diferentes corrillos el principio y fin del suceso, se encendieron a la noche luminarias, disparando la artillería y haciendo los comendadores una famosa encamisada.

El día siguiente se hizo una solemne y vistosa procesión, acompañándola con velas encendidas los victoriosos, y los caballeros con sus mantos, clerecía y música, llevando en ella en una rica custodia con un bizarro palio el Santísimo Sacramento, la imagen de Nuestra Señora, de San Juan Bautista y de San Luis, rey de Francia, y el rico tesoro del lignum crucis, reliquia que los antepasados de aquellos caballeros trajeron de Jerusalén, llevados a trechos de la procesión los gallardetes y estandartes turquescos por el suelo, al son de cajas bélicas. Pasó el día entretenido todo en fiestas, y el siguiente mandó el Gran Maestre aderezar las galeras a la española, y meter chusma y munición de guerra, y acompañándolas dos galeras de Malta, todas seis fueron a llevar la gente a Nápoles y Sicilia, con mandato expreso que, echada la gente en tierra, entregasen las cuatro galeras a cualquiera de los dos virreyes, para servicio de S. M.

La noche del incendio se fue huyendo el Turco a la ciudad de Pera, que está por mar un tiro de arcabuz de Constantinopla, y por tierra cuatro leguas, donde esotro día le llevaron la triste nueva, diciéndole se había abrasado su palacio con el tesoro, joyas, vestidos y las cosas de su servicio, caballos y más de quinientos genízaros, gente de mucha estima para la guerra; y la mezquita mayor, con las dos famosas que hicieron Sultán Mahometo y Sultán Bayaceto, dentro de las cuales había muerto abrasado Lutfi-Candí, alfaque mayor de Constantinopla, con más de cuarenta mil casas con sus haciendas y mercaderías, que importaban más de veinticinco millones, y que faltaban más de doce mil personas, entre los cuales echaban menos el general de la Armada y el primer Visir de Constantinopla, y dos bajaes y otros gobernadores, y que asimismo no había quedado una tabla de toda la Armada. Sintiólo tanto, que llegó a la muerte e hizo atormentar a matar muchos cristianos para saber de ellos algo, hasta que trajo la nueva un mercader griego que se había escapado de las cuatro galeras. Envió a pedir sus galeras y a los delincuentes al Gran Maestre, y que si no se los daba iría todo su poder y cercaría a Malta hasta tomarla, y castigarlos como amparadores de quien tan gran mal había hecho. Respondió que estaban ellas y ellos en Nápoles, y que aunque los tuviera, no se los diera, antes los amparara con todas sus fuerzas, y que hiciese lo que quisiese, que ellos resistirían, como lo habían hecho en otras ocasiones.

Enojado de la respuesta, previene gruesa Armada, y el Gran Maestre fortalece la ciudad y ha enviado a Nápoles el gran galeón a dar aviso al Excmo. Duque de Osuna, para que esté a la mira de lo que sucediere.»

Hay muchos hechos de armas pequeños y grandes que son conocidos con mayor o menor profundidad, por contra éste se encuentra escondido en la obra de referencia y que sepamos nada difundido, cuando por su grandeza debería serlo y mucho más. En él hay de todo, ese gran valor de unos pocos contra varios miles, pero actuando en “guerrilla” (nuestra mejor forma de combatir ya demostrada a lo largo de los siglos) alcanzar los objetivos incluso superiores a lo previsto, a su vez vemos la traición de ese griego que a pesar de haber ayudado al buen fin del enfrentamiento, es capaz de burlar de nuevo a sus compañeros de armas y comunicarlo al Gran Turco, demostrando que siempre hay un traidor al menos en cada hazaña, algo tan común entre los españoles que llega a nuestros días, pero no es otro nuestro sino, por desgracia para este hermoso, viejo y afable país que no es otro que España.

Bibliografía:

Fernández Duro, Cesáreo: El Gran duque de Osuna y su marina. «Sucesores de Rivadeneyra». Madrid. 1885.

Transcrito por Todoavante.

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