Biografía de don José Baldasano y Ros

Posted By on 21 octubre, 2018

Teniente general.

Comendador de la Real y Muy Distinguida Orden Española de Carlos III.

Ministro de Marina.

Senador Vitalicio.

Vino al mundo en la ciudad de Cartagena, porque su padre era el Regidor del Ayuntamiento, don Joséph Baldasano y Pinzón, y doña Josepha Ros Digueri, teniendo lugar el feliz acontecimiento el 8 de abril de 1777 y bautizado en la parroquia de Santa María de la ciudad el día siguiente. Solicitó y se le otorgó la carta orden de ingreso en la Corporación, sentando plaza el 16 de mayo de 1791, con solo catorce años de edad en la Compañía de Guardiamarinas de su ciudad natal. Expediente. N.º 3.651. Folio 423.

Entró joven en la Compañía pero ya muy preparado, pues con fecha del 4 de marzo de 1793, habiendo aprobado los exámenes teóricos con excelente nota se le ordenó embarcar en el navío Conquistador, navegando por el Mediterráneo y pasados solo nueve meses, el 19 de octubre siguiente se le ascendió a alférez de fragata. Por espacio de tres años estuvo navegando sin casi desembarcar, de hecho lo demuestra la cantidad de trasbordos que sufrió, pues del anterior pasó sucesivamente al Conde de Regla, San Agustín, San Joaquín y Mejicano pertenecientes todos a la escuadra del general don Francisco de Borja.

Por haberse desatado las hostilidades con la República Francesa, se dio orden de reactivar la escuadra del Arsenal de Cartagena quedando compuesta por veinticuatro navíos y nueve fragatas, zarpando en febrero para reconquistar las islas de San Pedro y San Antíoco, invadidas por los convencionales franceses al reino de Cerdeña. Pusieron rumbo al golfo de Parma en la isla de Cerdeña, ya que no habían noticias de cómo estaba la situación en la isla de San Pedro. El 16 de mayo iban destacas en vanguardia la división de fragatas al mando del capitán de navío don Miquel de Orozco, con la Dorotea, insignia, Perla y Santa Casilda, divisando una vela a la que dieron caza, apresando a la fragata francesa de la república Hèléne, del porte de 34 cañones, pasando a incorporarse a la escuadra española con el nombre de Sirena, al arribar al golfo ya de noche cerrada era complicado entrar por la falta de señales, pero con la práctica de los años consiguieron hacerlo todos y lanzaron las anclas. Nada más fondear se dio la orden de desembarcar al ejército, el cual se unió a las tropas que aún resistían de los sardos, con la intención de unidos tomar la isla de San Antíoco, pero no hizo falta disparar un solo tiro, pues vista la escuadra por los republicanos la abandonaron pasando a la de San Pedro.

Comprobado el éxito inicial, se dio orden de reembarcar las tropas y al día siguiente zarparon con rumbo a la isla de San Pedro, era necesario tomarla aunque fuera a fuerza viva a pesar de no disponer de artillería de sitio para el ejército. Entraron en el puerto quince de sus navíos, dejando al resto cruzando para proteger un posible ataque enemigo, se envió un bote con el ofrecimiento de una rendición al Jefe de las tropas francesas, al mismo tiempo con otro se acercaron a la fragata Richmond con la misma oferta, pero su capitán viendo no tenía otra opción ordenó prenderle fuego y al estar atracada sus tripulación saltó a tierra.

El capitán del ejército francés no quiso hacer caso del ofrecimiento, dando comienzo un fuerte bombardeo por parte de los navíos, sumado al desembarco de las guarniciones de los propios buques de los batallones de Infantería de Marina, al poco de comenzar arriaron su bandera. Así se consiguió doblegar el mayor peligro siendo el fuerte que defendía la entrada, el cual disponía de cuarenta cañones, ochocientos hombres y gran cantidad de pertrechos de guerra, cayendo en manos españolas. En total se consiguió un botín de 104 piezas de artillería de todos los calibres, más cinco morteros, gran cantidad de pertrechos de guerra, así como víveres y mil doscientos veinticinco soldados del ejército republicano.

Todo ello y enarbolando la bandera del rey don Carlos IV quedó en su poder durante veinticuatro horas, al término de las cuales arribaron los representantes del Rey de Cerdeña a quienes se les entregó todo el material, diciéndoles que, como era un territorio no español se le entregaba al verdadero Rey de las islas. Lo cual fue reconocido tanto por S. M., como por el Rey Víctor Amadeo de Cerdeña.

Al terminar esta parte de la campaña, se puso rumbo a la ciudad de Barcelona arribando el 4 de junio donde desembarcaron a los prisioneros, (lo único que no se les entregó) zarpando casi inmediatamente con rumbo al Arsenal de Tolón y costas de la Provenza, pues su misión desde un principio era la de acosar desde el mar a los ejércitos revolucionarios, lo que fue cumplido, de hecho los enemigos no hicieron mención de zarpar a presentar combate, quedando encerrados en su propia base. Vista esta inacción, pasaron a Génova y posteriormente a Córcega, prestando su apoyo de fuego al avance de los ejércitos napolitanos y piamonteses, quienes lo hacían por las riberas del Var facilitando su progresión, llegando a tanto la influencia que, se comenzó a levantar una contra-revolución para devolver la monarquía a Francia, sobre todo en las poblaciones de Marsella y Tolón, pero continuaron acompañando al ejército hasta alcanzar la población de Niza y Villafranca.

Encontrándose aquí se produjo una epidemia por el mal estado de los alimentos embarcados, obligando a don Francisco de Borja, poner rumbo a Cartagena donde arribó entre el 8 y 9 de agosto, donde fueron desembarcados más de tres mil hombres.

El navío Reina Luisa, a la sazón insignia del general don Juan de Lángara al mando de la escuadra española, zarpó a mediados de agosto 1793 con rumbo a Tolón, uniéndose a la escuadra británica del almirante Hood arribando a la base francesa y el 27 desembarcó la tropa y tomó el puerto, arsenal, fortalezas y plaza. Baldasano continuó trasbordando de buques pues del Mejicano lo hizo sobre el bergantín Tártaro, al navío San Ildefonso y a la fragata Balbina, perteneciendo todos ellos a la misma escuadra.

De la escuadra británica entraron en él veintiún navío, de la española diecisiete y en su fondeadero se encontraban veintiuno franceses, más los que estaban en grada. Continuó reforzándose la plaza con nuevas unidades, entre ellos cuatro navíos napolitanos, formando al final más de dieciséis mil hombre el ejército desembarcado, el cual había ido tomando posiciones en los fuertes que daban protección a la base.

El almirante Hood dividió el mando de las fuerzas pues como jefe inicial de todas ellas se había designado a don Federico Gravina, pero a éste se le dio solo el mando de las españolas y el resto al general O’Hara, británico. La plaza fue contraatacada por el ejército revolucionario francés compuesto por cuarenta y cinco mil hombres, al mando del general Dugommier y entre sus jefes un joven comandante de Artillería llamado Napoleón Bonaparte, comenzando el ataque el 17 de diciembre de 1793, quienes atacaron con tantas unidades y fuerza, sobre todo al instalar la artillería en tierra que inutilizó la de los buques, siendo tomados los fuertes de Faraón, Malburque, Artiga, Malga y otros, obligando al ejército aliado a reembarcar, dirigiendo esta maniobra con el mayor de los aciertos el Mayor General de la Escuadra española, el general don Ignacio María de Álava estando Cañas como su ayudante, siendo de los últimos en embarcar el 19 siguiente, logrando hacerlo en la fragata Florentina, con la que pudieron ponerse a salvo los últimos defensores. Regresando a Cartagena el 31 de diciembre seguido, dividiéndose la escuadra pasando con los buques pertenecientes al departamento de Cádiz, permaneciendo en ella hasta 1796.

En 1798 se le ordenó embarcar en la fragata Carmen, de la escuadra del general don José de Mazarredo, por haber sustituido a don José de Córdova por el desafortunado combate naval del cabo de San Vicente el 14 de febrero de 1797, la fragata fue comisionada en varias ocasiones, por ello navegó por todos los mares de la Península con correo Real, así como las típicas navegaciones frente a la regencia de Argel, quedando bloqueada la escuadra española por la británica, efectuando la salida ordenada por su general el 5 de febrero, en persecución de la enemiga por verse obligada al levantarse un violento temporal a abandonar el bloqueo regresando ocho días después al fondeadero sin haber podido causar daño alguno a los británicos.

En 1799 se realizó una nueva salida el 13 de mayo con rumbo al Mediterráneo y en el Arsenal de Cartagena se unieron la escuadra francesa del almirante Eustache Bruix y española del general don José de Mazarredo con insignia en el navío Concepción, regresando a la bahía de Cádiz, zarparon el 20 de julio de 1799 con rumbo al Atlántico, arribando el 8 de agosto seguido al arsenal de Brest. Zarpó de este puerto por haber recibido su comandante la orden de su general, de realizar un viaje a Rochefort en comisión para entregar unos pliegos en Ferrol, pasando posteriormente a Vigo y desde aquí de nuevo a la bahía de Cádiz.

En 1800 encontrándose en éste Departamento, recibió la orden de trasbordar al navío San Antonio, pero poco después se le volvió a ordenar hacerlo sobre el Firme, tampoco estuvo mucho tiempo, esta vez por caer enfermo siendo desembarcado y trasladado a su Departamento de destino, Cartagena.

Recuperado en 1801 se le ordenó abordar el navío Argonauta, para ser transportado a la bahía de Cádiz, donde se le dio orden de embarcar en la fragata Sabina, zarpando cargada con azogues con rumbo a la Habana para proseguir a Veracruz, de donde al ser descargada zarpó de nuevo con rumbo a la bahía de Cádiz, arribando el 28 de abril de 1802, nada más desembarcar se le ordenó abordar el navío San Pedro Alcántara zarpando para arribar al de su destino en Cartagena. Pasando a varios buques practicando cruceros sobre las regencias norteafricanas, recibiendo la Real orden del 5 de octubre, con su ascenso al grado de alférez de navío por rigurosa antigüedad.

Al llegar se le ordenó embarcar en la fragata Mercurio, zarpando el 31 de enero de 1803 con rumbo a la bahía de Cádiz, donde lanzaron las anclas el 2 de febrero siguiente, recibiendo la orden de trasbordar al navío San Ramón, regresando a Cartagena. Al arribar se le ordenó embarcar en la goleta Galga, para realizar la misión de guardacostas y vigilancia de los piratas berberiscos. Pero curiosamente al arribar de uno de sus cruceros por Real orden del 23 de mayo de 1804, se le ordena tomar el mando de la fragata mercante San Francisco, perteneciente a don José Plá un comerciante con negocio en Barcelona.

Y más llamativo es que al regresar de esta comisión Real se encuentra con la Real orden del 8 de diciembre seguido, comunicándole su ascenso al grado de teniente de fragata. (Debió de ser una muy especial comisión) El 3 de mayo de 1805, por haberse declarado la guerra al Reino Unido, por el ataque a las fragatas al mando del jefe de escuadra don José de Bustamante sin declaración previa de guerra, se le ordena trasbordar al navío Reina Luisa insignia del general don José Justo Salcedo al mando de la escuadra de Cartagena, siendo un tres baterías y 118 cañones, zarpó la escuadra dividida para proteger el tráfico mercante en las costas Mediterráneas de la Península.

Esta escuadra no participó en el combate naval de Trafalgar. A principios de 1806 se le entrega el mando de la goleta Ave Fénix, estando destinada en el apostadero en la ciudad Condal como protección de su tráfico mercante, siendo transportado para tomar el mando de su buque.

Por Real orden se le encomienda una comisión secreta; debía zarpar con sus unidades con rumbo al puerto de Cette de Francia, allí nuestro Cónsul, había conseguido hacer una compra de planchas de cobre para forrar nuestros buques, siendo un total de cinco mil novecientas sesenta que debían ser embarcadas, trasportadas y desembarcadas en Barcelona, ante la reserva de la orden, se le daba; la de pegar fuego y hundir sus buques si era atacado por enemigo superior, para evitar que estos pudieran saber lo transportado.

Sus bajeles aunque cargados eran más ligeros y rápidos, esta cualidad le sirvió para escapar de un encuentro con unidades británicas, quienes a pesar de efectuar un nutrido fuego no pudieron acertar en ninguno de ellos, teniendo lugar el suceso sobre el cabo de San Sebastián, por su buen hacer no se vio obligado a perder los buques y la importante mercancía, al ser notificada su arribada y descargadas las planchas de cobre, fue informado el Generalísimo don Manuel Godoy, quien le dio las gracias Reales.

Prosiguió en el mando y en la noche del 7 de noviembre de 1806, divisaron un buque que por la oscuridad no podían saberse si era aliado o enemigo, pero por sus maniobras Baldasano pensó no era español, decidiendo atacarle, al abordarlo se dieron cuenta que era una goleta francesa, por ello les pidió perdón, ya que ambos comandantes actuaron pensando que el otro era enemigo. Puesto en conocimiento del Príncipe de la Paz, éste le exoneró de toda culpa, enviándole una nota Real por el valor y decisión demostrada. En enero de 1807 por estar enfermo desembarcó de su buque en Barcelona, siendo trasladado a Cartagena donde llegó el 7 de febrero.

Pronto se recuperó y al mes siguiente se le ordena embarcar de transporte en el bergantín San José para arribar a la ciudad Condal en una primera instancia, volviendo a embarcar para zarpar con rumbo al puerto y ciudad de Mahón, donde se hizo cargo de la segunda Comandancia de matriculas. Pero volvió a estar poco tiempo, pues el 11 de agosto llegó su sustituto y le entregó la orden para presentarse urgentemente en la bahía de Cádiz.

Las comunicaciones no eran tan fáciles en la época, por esta razón llegó a la bahía de Cádiz a principios de 1808, recibiendo la orden de embarcar en el navío de tres baterías Príncipe de Asturias, buque insignia del general don Juan Ruíz de Apodaca, donde les llegó la noticia de la invasión napoleónica de la Península.

Las unidades francesas fondeadas en la bahía de Cádiz eran los navíos: insignia Le Herós, de 84 cañones, Neptune, de 92; Algeciras, de 86; Plutón y Argonaute, de 74 y la fragata Cornelia, de 42. Todos los buques en perfecto estado de mantenimiento y abastecidos para una campaña de cinco meses, todo a costa de las arcas españolas, si contamos que eran los restos de la escuadra francesa de Trafalgar, hay que pensar llevaban poco menos de tres años manteniéndose, cuando para los españoles no llegaba nunca. A parte de las baterías instaladas en tierra que también contribuyeron a la victoria final, se contaba con los navío Príncipe de Asturias, del porte de 118 cañones; Montañés, de 80; Terrible, de 76; San Leandro, de 74; San Fulgencio, de 68 y la fragata Flora, de 40, encontrándose en esos momentos el navío Santa Ana en el arsenal de la Carraca en gran carena, y a esta fuerza se unieron las sutiles; falucho 114 y Colombo, cañonero 27, bote nº 2, balandra nº 2 y los faluchos Regla y 106, pertenecientes al navío Príncipe; lancha nº 1, cañonero 9 y 28 y bote nº 3, al Terrible; lancha nº 3, nº 5 y Luisa, más el bote nº 1, al Montañés; bote nº 4, cañonero 10, gabarra nº 5 y lancha Golondrina, al San Fulgencio; faluchos 108 y 110 al San Leandro y a la fragata Flora con la que se formaban la división de exploración y protección de la bahía, los faluchos 107, 111, 112 y 113.

A diferencia de los buques franceses, los españoles estaban en pésimas condiciones, llevaban mucho tiempo fondeados lo que provocó averías y con ellas inundaciones, en el Arsenal no había ni pinturas ni alquitrán, faltaban hasta víveres, el último sueldo cobrado era el de agosto de 1807 y para dotar a los buques, como era costumbre los abordaron personal del ejército y artilleros del cuerpo de Infantería de Marina. El único navío español listo para el combate era el San Justo, del porte de 74 cañones con víveres y aguada para cuatro meses, todo porque el almirante francés había pedido se le agregara un buque a su escuadra para poder formar dos líneas de tres unidades.

El 21 de febrero de 1808 el Emperador quien no olvidaba a su escuadra, ordenó se avisará al almirante de su pronta llegada, de ello se encargó su ministro de la guerra Mr. Decrés, quien escribió entre otras cosas: «Procurad no manifestar inquietud, pero preparaos para cualquier evento sin afectación y tan sólo como obedeciendo órdenes que habéis recibido para partir. Colocad en medio al navío español bajo tiro de los franceses»

Se mantuvo el combate a pesar de las dilaciones del almirante francés, porque el general don Juan Ruiz de Apodaca, no quiso esperar más por apercibirse que las tropas francesas iban acortando la distancia, dando la orden de comenzar el fuego el 9 de junio de 1808, durando hasta el 14, en que la situación ya era insostenible por parte francesa. Decidiendo el almirante Rosilly rendirse; el botín de guerra fue cuantioso: prisioneros, tres mil seiscientos setenta y seis, 442 cañones de á 24 y á 36, mil seiscientos cincuenta y un quintales de pólvora, mil cuatrocientos veintinueve fusiles, mil sesenta y nueve bayonetas, ochenta esmeriles, cincuenta carabinas, quinientas cinco pistolas, mil noventa y seis sables, cuatrocientos veinticinco chuzos, ciento un mil quinientas sesenta y ocho balas de fusil, más toda la carga de munición de la artillería de los buques y sobre todo, fueron los víveres los que calmaron al menos el hambre de los españoles.

Al terminar con el recuento de materiales y trasladar las dotaciones francesas a los famosos pontones, se quedó en el Departamento, donde el 5 de septiembre siguiente se le ordenó regresar a Cartagena, al presentarse se le destinó a los Batallones de Infantería de Marina y poco tiempo después se le nombró Ayudante de la compañía de Guardiamarinas.

A principios de 1809 se puso en camino a la ciudad de Tarragona, por habérsele entregado el mando del falucho Intrépido destinado en su puerto, estuvo realizando cruceros en estas aguas hasta serle entregada la Real orden del 9 de agosto, debiendo presentarse en el Arsenal de Cartagena, poniéndose rápidamente en camino, al llegar le ampliaron la R. O. con el nombramiento de Segundo Secretario de la Capitanía General del mismo Departamento, donde a su vez recibió otra Real orden del 17 de octubre seguido, notificándole su ascenso a teniente de navío con antigüedad del 23 de febrero próximo pasado. Permaneció en la Secretaria hasta recibir la Real orden de 1812, siendo nombrado Primer Ayudante Secretario en el mismo lugar, donde estuvo hasta finalizar la guerra de la Independencia y por Real orden de diciembre de 1816 quedó en situación de reserva.

Por ello pidió licencia para viajar a Madrid y le fue concedida, donde a su vez y hasta que fuera necesario para el servicio de la Armada, quedaría de residencia en la población de Orihuela. Estando en su casa recibió una Real orden del 29 de septiembre de 1817, por la que S. M., daba la orden de no ser separado del servicio por ninguna causa que lo justificara, quedando habilitado para el mando de buques de su Real Armada y que esta resolución fuera pasada a los tres Departamentos, para el buen conocimientos de todos sus altos responsables.

Continuó en su casa hasta recibir una Real orden del 24 de enero de 1818, siendo llamado de nuevo al servicio activo y se le otorgaba el mando de la polacra Carmen, pasando a realizar los cometidos propios de la vigilancia de la piratería norteafricana, hasta llegarle una nueva Real orden del 21 de octubre de 1819, comunicándole su acenso al grado de capitán de fragata, razón por la que dejó el mando de la polacra.

Las tierras movedizas de la época en cuestiones políticas, obligaba a los oficiales algunas veces a soportar sus intrigas sin poder abrir la boca. En esta ocasión como era de los favorecidos por el Rey, se produjo el levantamiento del general Riego en Cabezas de San Juan el 1 de enero de 1820, razón por la que se le nombró oficial segundo de la Secretaría de la Junta del Almirantazgo, pero poco después se le ascendió a primero segundo y como la carrera administrativa no era común con la del cuerpo general, se le dio de baja en la Armada, eso sí, fueron benévolos y le permitieron vistiera el uniforme de capitán de fragata.

Al sobrevenir la segunda invasión francesa al mando del duque de Angulema, «Los cien mil hijos de San Luis» la cual obligó al Rey al mismo Gobierno y las Cortes a abandonar Madrid para buscar refugio en Sevilla, pero al acercarse el ejército invasor pasaron al último bastión la inconquistable ciudad de Cádiz.

Sucedieron todas las acciones de guerra contra los invasores, pero al final vencieron y el 1 de octubre de 1823 fue la fecha en que el Rey se trasladó al cuartel general del duque de Angulema, jefe del ejército invasor, quien lo tenía asentado en la población del Puerto de Santa María, donde se le ratificaron sus poderes absolutos, siendo abolida la Constitución, por ello se le ordenó pasar a su Departamento donde pasó el juicio de purificación, del que salió ratificado en su grado de capitán de fragata, sin tacha en su comportamiento en el trienio liberal.

De nuevo estuvo tres años sin mando, hasta recibir la Real orden del 20 de septiembre de 1826, por ser nombrado comandante en comisión de la provincia de Vera, donde permaneció hasta principios de 1828, por pasar de nuevo al Arsenal de Cartagena con el cargo de Mayor General del mismo, estando en su puesto y cumpliendo como siempre con sus obligaciones con gran aprecio de sus superiores, le llegó una Real orden del 6 de diciembre de 1829, comunicándole su ascenso al grado de capitán de navío, permaneciendo en su destino hasta serle entregada otra Real orden del 20 de febrero de 1830, con la comisión de realizar un estudio sobre las pesquería en la Manga del Mar Menor.

Al concluir la comisión elevó una ‹Memoria› sobre sus trabajo, quedando de nuevo disponible en su Departamento, hasta recibir la Real orden del 15 de febrero de 1833 pasando a ocupar el cargo de mayor General del propio Departamento, pero no llegó al año de estancia en este destino, pues le llegó una Real orden del 23 de enero de 1834, nombrándole Secretario de la Real Junta Superior del Gobierno de la Armada, poco tiempo después por Real decreto se le nombra Primer Secretario de la Junta Superior de Gobierno y Administración económica de la Armada, una Junta de nueva creación como apoyo a la anterior y con fecha del 10 de julio se le otorga tener voto en la nueva Institución.

Permaneció en el puesto y se le entregó una Real orden del 4 de junio de 1835 comunicándole su ascenso al grado de brigadier. Y en reconocimiento la Reina Regente firma una Real orden del 13 de agosto seguido, ordenando que a éste jefe se le den los honores inherentes a su cargo y como reconocimiento se le entreguen veinticuatro mil reales de sueldo anual, por estar en servicio activo en la Armada. Permaneció en su destino hasta el 28 de noviembre siguiente, por ser de nuevo disuelta la Real Junta Superior del Gobierno de la Armada.

Quedó un par de meses sin destino, hasta recibir la Real orden del 8 de enero de 1836, nombrándole Comandante de Marina del puerto de Barcelona, pero de este cargo dimitió al comprobar in situ la cantidad de ‹favores› que se recibían y no quiso pasar por ello, razón por la que regresó a Madrid, donde se le entregó una Real orden del 13 de septiembre siguiente, siendo nombrado vocal de la Junta del Almirantazgo. (Organismo de quita y pon a gusto del político de turno)

Recibió la Real orden del 25 de julio de 1839 con su ascenso al grado de jefe de escuadra. En 1840 se le nombró Vocal de la Junta. Este mismo año por tener cumplidos los requisitos de la orden, le fue concedida la Gran Cruz de la Real y Militar Orden de San Hermenegildo. Pero de nuevo el 20 de mayo seguido quedó disuelto el Almirantazgo, por ello recibió una carta en la que la Reina Regente le quedaba muy agradecida por su trabajo desarrollado en la Institución.

Como recompensa, por Real orden del 29 de septiembre siguiente se le otorga el destino de Comandante del Departamento de Cartagena, pero de nuevo renunció a él y por lo que explicó en su dimisión el Gobierno estuvo de acuerdo y se la aceptó. Por ello estuvo otra vez dos años sin destino, hasta llegarle una Real orden del 21 de noviembre de 1842, siendo nombrado Comandante de las Fuerzas Navales afectas al Departamento de Cartagena, para ocupar su puesto embarcó de transporte en el vapor Mazzeppa navegando hasta el puerto de Barcelona, donde tomó el mando efectivo de la fuerza, desempeñando fielmente todas comisiones que le fueron ordenadas.

Como no había dinero para el mantenimiento de los buques, estos se fueron hundiendo solos, llegando enero de 1843 que por no existir ninguno en activo, tuvo que dejar el mando de la escuadra por darse oficialmente de baja. Se le dio la jefatura de inspección de matrículas de la Comandancia naval de Cataluña, donde permaneció hasta recibir la Real orden del 13 de diciembre seguido, por ella era nombrado Vocal de la Junta de Asistencia de la Dirección General de la Armada (por nombre que no sea), por ello viajó a la Villa y Corte donde la mencionada Junta tenía establecido su organismo.

No estuvo mucho tiempo, pues por Real orden del 2 de enero de 1844 se le nombra Comandante General del Departamento de Ferrol, viajando a su nuevo destino, llegando y tomando el mando el 7 de marzo siguiente. Por los desagradables movimientos sobre la búsqueda de esposo a la joven Reina doña Isabel II, hubo varios alzamientos en España por existir varios pretendientes, desde la casa de Austria, pasando por la de Francia e incluso la británica, llegando al final al acuerdo de casarla con un español para evitar injerencias extranjeras, lo que a su vez se tradujo en las distintas guerras civiles llamadas Carlistas. (Así que no había solución, o por un sitio o por otro siempre a pagar el pueblo español)

Por esta razón uno de los alzamientos se produjo en abril de 1846 en Galicia capitaneado por el coronel Solís, pero don José mantuvo el orden en el Arsenal y nada ocurrió dentro de él. Por esta demostrada lealtad a la Reina se le otorgó como distinción la; Gran Cruz de la Real Orden Americana de Isabel La Católica.

Estos graves sucesos y su avanzada edad le enfermaron, por ello elevó petición de licencia para recuperarse, concedida por Real decreto del 12 de julio seguido para viajar al extranjero a recuperarse. No le dieron mucho tiempo, pues se le entregó el Real decreto del 23 de octubre siguiente, siendo destinado como Subsecretario del Ministerio de Marina, Comercio y Gobernación de Ultramar.

A pesar de no estar bien de salud, siempre dejó sus asuntos bien cumplidos, por esta razón se firmo el Real decreto del 28 de enero de 1847 entregándole el Despacho del Ministerio, permaneciendo hasta el 15 de febrero siguiente (dieciocho días), pues por otro Real decreto del 31 de marzo siguiente se le nombra Ministro Suplente del Supremo Tribunal de Guerra y Marina, ocupando este cargo por fallecimiento de su titular don Juan Bautista Topete.

En 1848 se le elige como Vocal Extraordinario de la Junta Consultiva de la Armada, con retención del cargo anterior, aquí se le dejó trabajar y cumplió dentro de las posibilidades de la época con todos sus cometidos, razón por la cual se le otorga por Real orden del 31 de enero de 1849, la Encomienda de la Real y Muy Distinguida Orden Española de Carlos III, continuando en su puesto con inmejorables servicios, así por Real orden del 28 de enero de 1852, se le comunica su ascenso al grado de teniente general y por otra del 12 de febrero de 1853 se le nombra Senador Vitalicio.

Como todos los Senadores Vitalicios acudía al hemiciclo en las ocasiones en que se debatían cuestiones de importancia suma, por ello fue uno de los ciento cinco que votaron en contra de lo planteado por el Ministro señor conde de San Luis, como represalia en el caso de Baldasano, lo destituyó del cargo de Ministro del Tribunal Supremo de Guerra y Marina. (Todo un ejemplo del ejercicio de libertad de voto.)

Al año siguiente de 1854 se produjo otra revolución, por lo que fue repuesto en su anterior cargo, permaneciendo hasta el 12 de agosto de 1857 por serle concedida la jubilación pues sus muchos años y salud no le permitían soportar el trabajo normal de su cargo.

Eso sí, con una Real carta en agradecimiento por todos sus largos y buenos servicios prestados a la corona, quedando exento por completo de todo servicio y poder disponer de su persona para elegir lugar de residencia. Abandonó la Corte y en principio pasó a Barcelona donde estuvo un tiempo, al parecer el frío no le sentaba muy bien y los médicos le recomendaron ir algo más al Sur, por esta razón se puso en camino y regresó a su ciudad natal de Cartagena, donde se estableció hasta que el 14 de enero de 1861 le sobrevino el fallecimiento por ancianidad, cuando contaba con ochenta y cuatro años de edad, de los cuales sesenta y nueve, fueron de servicios casi ininterrumpidos.

Pavía dice de él: «El General Baldasano era de buena presencia, de claro entendimiento y de basta instrucción; tenía la rectitud y firmeza de nuestros antiguos generales, en cuya escuela se educó, y era honrado á toda prueba.»

A parte de las condecoraciones mencionadas y entre otras, estaba en posesión de la Cruz de la Marina de Diadema Real.

Bibliografía:

Enciclopedia General del Mar. Garriga. 1968. Compilada por el contralmirante don Carlos Martínez-Valverde y Martínez.

Enciclopedia Universal Ilustrada. Espasa. Tomo 7. 1910, página, 335.

Fernández Duro, Cesáreo.: La Armada Española, desde la unión de los reinos de Castilla y Aragón. Museo Naval. Madrid, 1973.

Paula Pavía, Francisco de.: Galería Biográfica de los Generales de Marina. Imprenta J. López. Madrid, 1873.

VV. AA.: Historia General de España y América. Ediciones Rialp. Madrid, 1985-1987. 19 tomos en 25 volúmenes.

Compilada por Todoavante. ©

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