Combates castellanos en la Guerra de los cien años 1373-1384

Posted By on 14 septiembre, 2014

La guerra civil de Castilla estaba como no, con influenciada de extranjeros, don Enrique estaba apoyado por el rey de Francia, quien le envió las «compañías blancas» al mando de Bertrán Du Guesclin, mientras que don Pedro recibía la ayuda del Príncipe de Gales, también llamado el «Príncipe Negro», (por el color de su armadura), participando así Castilla en la guerra de los cien años, enfrentándose en ella ingleses contra franceses. A ello se unía ni más ni menos que el interés del duque de Lancaster por conseguir el trono de Castilla.

Esto llevó a una serie de enfrentamientos navales entre las escuadras de Francia y Castilla, contra las de Inglaterra, estando al mando de la escuadra castellana don Ambrosio Bocanegra, quien llevó la victoria de sus armas en el combate de la Rochelle, en una maniobra que dejó perplejos a los ingleses, pues su Rey ya se intitulaba «Rey del mar» y Bocanegra incendió o hundió a todos los buques de la escuadra enemiga, teniendo lugar el combate entre el 22 y 23 de junio de 1372.

Al año siguiente falleció don Micer Ambrosio Bocanegra, y don Enrique II confirmó a don Fernán Sánchez de Tovar como Adelantado Mayor, en agradecimiento y por sus buenas dotes le nombró Almirante de Castilla por Real cédula del 22 de septiembre de 1374, a partir de aquí surgió el genio que le llevaría a ser uno de los más grandes marinos de la Historia de España.

En 1374 al frente de una escuadra formada por quince galeras de Castilla, cinco de Portugal, más alguna francesa al mando de Jean de Vienne, puso rumbo a la isla de Wight donde desembarcaron, en busca de víveres y castigar el poder de inglés, los lugareños se escondieron ante la amenaza, al no tener oposición a parte de apropiarse de todo lo que pudieron embarcar, incluido ganado vivo, podaron todos los árboles de los alrededores para evitar la construcción de nuevos vasos, terminada la devastación de la zona reembarcaron continuando con el bojeo de toda la isla, realizando lo mismo en cuantas poblaciones se encontraron en su navegar.

En 1375 viéndose sin posibilidades de cortar los ataques castellanos, los ingleses muy hábilmente consiguieron llegar a un acuerdo, firmándose más tarde en la ciudad de Brujas, pero duró el tiempo que consideraron suficiente para hacerse con más buques, pues el mismo año atacaron en Saint-Malo siete naves, cuyas tripulaciones fueron pasadas a cuchillo. En represalia por esta acción, por su excesivo rigor en toda regla de guerra, Tovar formó su escuadra poniendo rumbo a la Rochelle, hallando en el puerto a ochenta y cinco naos inglesas, por acudir a cargar sal, las apresó en su totalidad y las condujo a los puertos de Castilla con su preciada carga.

1376 fue aprovechado por ambos contendientes principales para armarse más y mejor. A comienzos de 1377 el Rey don Enrique II ordenó el armamento a su Almirante, para dar el primero en la guerra, así en unión de una pequeña escuadra francesa al mando del almirante Viennes, se reunieron cerca de cincuenta velas, transportando un ejército de cinco mil efectivos, zarpando con rumbo a la isla de Albión, al arribar comenzaron por desembarcar en la población de Rye, le siguió Rottingdean, después Lewes, Folkestone, Portsmouth, Dartmouth y Plymouth, mientras había llegado el verano y descansaron un tiempo, reanudando su devastadora acción sobre Southampton, le siguió Hastings, un poco después Poole y por último Wight, dejando la zona del canal y sur de la isla casi despoblada, pues sus habitantes se internaron dejando abandonas algunas de ellas ante en terror desatado.

En 1378 consiguió apresar ocho galeras inglesas; persiguiendo a otras cuatro que huyendo fueron a refugiarse bajo el amparo de los cañones de la fortaleza de Roche-Guyon, quien daba resguardo a la desembocadura del río Loira, a pesar del fuego del castillo consiguió apresar el resto de la escuadra inglesa.

En 1379 falleció el rey de Castilla don Enrique II, siendo su albacea don Fernán Sánchez de Tovar nombramiento otorgado por su demostrada fidelidad, el cual instituyo al nuevo monarca don Juan I, traspasándole todos los poderes de su antecesor, éste al ver y comprobar la seriedad de todo cuanto debió hacer, unido a sus grandes dotes de marino, lo confirmó en su título de Almirante mayor de Castilla.

Entrado el verano de 1380 por orden del Rey, se formó una escuadra de veinte galeras al mando de su almirante, de ellas la mitad eran costeadas por el Rey de Francia y como siempre salieron del puerto de la ciudad de Sevilla por su río Guadalquivir, lugar bien a resguardo de ataques sorpresa, poniendo rumbo al cabo de San Vicente, al doblarlo se viró rumbo Norte para arribar de nuevo a la isla de Albión, pero en este caso no se arribó a ciudades pequeñas sino que se penetró por el mismo río Támesis, llegando a Gravesend, población a la vista de Londres y como se negaron a pagar un tributo, decidió dala al fuego.

Pero no se conformó con esto, pues al no existir oposición aprovecho el momento, realizando el mismo destrozo en Winchelsea más otras poblaciones situadas en las márgenes del río. De todas estas navegaciones en la crónica de don Juan I, se resume muy concienzudamente: «Ficieron gran guerra este año por la mar, e entraron por el río Artemisa fasta cerca de la cibdad de Londres, a do galeas de enemigos nunca entraron.»

Al parece esto es lo que realmente no han podido borrar los ingleses, (después británicos) de su memoria histórica, nunca han perdonado a Castilla, luego España, provocando la inquina que nos tienen pues nadie más consiguió menoscabar y en su propia casa tanto a ellos. Casi tres siglos después el almirante holandés Maarten Harpertzoom Tromp repitió en cierta forma la misma hazaña, pero no fue tan duro pues los tiempos habían dulcificado la guerra, si es posible que así sea estando en ella.

En 1381 el Rey de Portugal don Fernando I se unió al de Inglaterra Ricardo II, quien envió al duque de Lancaster, éste a su vez mantenía la intención de ser coronado Rey de Castilla, esto fue una declaración de guerra en firme, por ello el Almirante de Castilla con una escuadra compuesta por dieciséis galeras, salió del puerto de Sevilla al arribar a aguas del Algarve se divisó la escuadra portuguesa, al mando de Juan Afonso Telho compuesta por veintitrés velas, contadas por Tovar vio su inferioridad y de entrada no quiso exponer su fuerza, decidiendo virar y a boga mantener la distancia con las enemigas, transcurría el 17 de julio del mismo año.

Las galeras portuguesas llevaban unas horas bogando por ser los vientos contrarios, a pesar de ello forzaron de remo para intentar dar caza a las castellanas, pues la decisión tomada por Tovar la entendieron como cobardía, por ello daban por ganado el combate, el esfuerzo de más ocasionó que varias se fueran quedando rezagadas, perdiendo así fuerza de conjunto, como no podían darles caza, ocho de la enemigas más a retaguardia, viraron con rumbo a Palos y Moguer, para destruir las redes y buques de pesca allí fondeados, con la sola intención de causar daño.

Al percatarse Tovar de esta mayor desunión de las naves enemigas, decidió aprovechar el momento, dando la orden de virar navegando en formación cerrada contra el centro portugués, el cual no resistió el empuje de los infantes castellanos, al ceder éste fueron desplazándose hacia las alas, consiguiendo con su táctica hundir o apresadas a todas las portuguesas, estaban al mando del hermano de la reina, el conde de Barcellos, quien también fue capturado siendo en total unos seis mil los prisioneros. Depositando el estandarte Real de Portugal en la iglesia Mayor de Sevilla, con todo el ceremonial de una gran victoria.

Al comenzar la primavera de 1382, Tovar reunió una escuadra formada por las galeras de la corona, más otras veintiséis naos de Cantabria; se hizo a la mar con rumbo a la desembocadura del río Tajo, penetrando por él sin demasiada resistencia, convenciéndose de estar muy confiados los portugueses, por ello ordenó desembarcar en las proximidades de Lisboa, dedicándose a destruir todas las poblaciones de sus alrededores, siendo las que más sufrieron Embregas, Frielas, Vila Nova, Palmela y Almada, entre las casas importantes asolaron tres de los palacios del Rey de Portugal a pesar de encontrarse en las afuera de la ciudad.

La escuadra para proteger el avance del ejército castellano se quedó bloqueando el puerto, impidiendo llegaran refuerzos ingleses quienes estaban apoyando al Rey Fernando I de Portugal, al faltar casi de todo, las tropas extranjeras se dedicaron al pillaje para sobrevivir, convirtiéndose en peores enemigos que los mismos castellanos, forzando la grave situación al Rey portugués a firmar una paz con Castilla, lo que se efectuó en la ciudad fronteriza de Elvas (que pasará a la historia en varias ocasiones) en el mes de agosto seguido. Al no tener escuadra Portugal se le pidió a Castilla evacuara a la isla de Albion a los ingleses, comisión realizada por el mismo don Fernán bajo bandera de paz.

No había terminado el año, cuando el cuatralbo don Fernán Ruiz Cabeza de Vaca, al mando de seis galeras zarpó del señorío de Vizcaya, transportando fuerzas del ejército con rumbo a Flandes, para unirlas a las tropas del Rey de Francia don Carlos VI, quien estaba enfrentado al flamenco y rebelde Philip Van Artevelde, contribuyendo con su esfuerzo a mejorar la situación.

Regresó a Sevilla siéndole notificado que en Gijón se había producido una rebelión, por ello zarpó lo antes posible, al arribar dispuso el bloqueo del puerto, mientras mantenía la vigilancia de sus costas para evitar socorros exteriores, permaneciendo en sus aguas hasta que en 1384 pudo entrar el ejército y sofocar la rebelión.

Mientras fue elegido como Rey de Portugal el marido de la única hija de don Fernando I, doña Beatriz; don Juan I no conforme con ello y apoyado por parte de la nobleza del reino, proclamó a don Juan de Avis. Provocando una guerra civil y por consiguiente la división de Portugal.

El nuevo Rey comenzó a reforzar la escuadra de su reino, por haber casi desaparecido de la superficie de la mar, poniéndola al mando de don Gonzalo Rodrígues de Sousa. A los pocos meses entraron en el puerto seis naos y una galera de castilla, para comerciar con la ciudad, pero envalentonado Sousa les atacó, consiguiendo salir del puerto las velas castellanas con algunas bajas y desperfectos en los cascos, éste desafuero provocó la ira de don Juan I de Castilla quien declaró la guerra.

Ocurrió por confiarse, pues al tener nuevo Rey se considero que la guerra civil había terminado, pero no fue así, pues Portugal comenzó a llamar a posibles aliados, consiguiendo se le unieran a su escuadra, naves genovesas y venecianas, unidas bloquearon las aguas de Galicia por espacio de tres meses, el tiempo que necesitó el Almirante de Castilla para reunir sus fuerzas y salir al encuentro de los enemigos, al hacer su aparición en esas aguas la escuadra de Tovar, los valientes enemigos abandonaron el bloqueo a toda vela y boga, buscando refugio en el puerto de Oporto.

Un tiempo antes se encontraba el Rey don Juan I de Castilla en Lisboa, con una flota en el puerto de cuarenta velas, sumando galeras y naos, el Rey pidió opinión y el capitán mayor don Pero Afán de Rivera, se declaró partícipe de efectuar el bloqueo, a esto se opuso Tovar, pero el Rey apoyó la opinión de su capitán mayor, por ello se quedaron dentro del puerto todos los bajeles.

Al estar sitiados por tierra y mar, los asediados pidieron socorro a su escuadra situada en Oporto, la cual pudo zarpar por haber abandonado su bloqueo la escuadra de Tovar, permitiéndoles acudir todos los bajes a las órdenes del Rey a bloquear Lisboa; a ello se sumó la decisión ya dicha de encerrarse en el mismo puerto, dejando franco el acceso a los enemigos a la población de Cascaes, donde fueron reforzados por los habitantes con todo lo posible, incluida la gran falta de hombres para las tripulaciones. De haber prevalecido la opinión de Tovar, esto no lo hubieran podido realizar.

La escuadra portuguesa reunida estaba compuesta por cinco buques redondos, diecisiete galeras y doce velas más cargadas al límite con todo tipo de víveres y pertrechos de guerra. El 17 de junio, aprovechando la corriente de la pleamar penetraron por la desembocadura del río Tajo, formando el centro los cinco buques de alto bordo, siguiéndoles las galeras y en la retaguardia las naves con los bastimentos para ser protegidas.

Apercibido Tovar dio la orden de picar los cables consiguiendo arrancar a remo, navegando de vuelta encontrada contra los grandes buques, con su capitana aferró la nao capitana de Portugal San Juan de Arenas, como era su costumbre una vez roto el centro se fue a buscar a las galeras, pero estas para proteger a las cargadas con los pertrechos de boca y guerra se arrimaron mucho a tierra, dejando un espacio por el que iban pasando para desembarcar las mercancías.

Tovar no se dio por rendido, logrando rendir las tres galeras que iban en vanguardia, una de las cuales era la del mando de Ruy Pereira, quien muy valientemente murió en el combate, pero a pesar de esta medio victoria, pues se había hundido a cuatro buques portugueses, a cambio de esto ellos habían conseguido meter todos los buques mercantes hasta el fondeadero de Restrello, donde desembarcaron todas sus mercancías y materiales.

Formando con el resto de naves ya muy castigadas una fuerte estacada, protegieron el desembarco de todo, esto convenció al Rey don Juan I que se había equivocado por no apoyar a su Almirante. Mientras por parte de Portugal, su jefe don Ruy Pereira pasó a ser un héroe ensalzado y admirado por su valor, pues por su decidida acción había salvado a la monarquía de su país y dado ventaja en la resistencia de su capital al bloqueo de los castellanos.

Viendo esto, el Rey castellano ordenó se hicieran llegar más medios navales para proseguir el bloqueo, alcanzando así la escuadra al mando de Tovar el número total de setenta y una naos y carracas, dieciséis galeras, una galeaza, más otras naves menores. Con esta fuerza reunida desembarcaron las nuevas tropas cerca de la población y fortaleza de Almeda, situada frente a la ciudad de Lisboa, siendo conquistada por los castellanos.

Pero estas largas campañas y la falta absoluta de medidas higiénicas (desconocidas en la época) desató la peste en el campo castellano, el mismo Rey escribía así a los concejo: «E como teniamos cercada la cibdat de Lisbona, assi por mar como por tierra, la cual teníamos en tan grand apretamiento que la cobráramos muy aína, salvo por la grand pestilencia de mortandat que fue en nuestro real tan afincadamente, de que morieron muchos de los grandes de nuestro regno e otros muchos caballeros e escuderos que alli estaban con nusco. E otrosi por el grand afincamiento que todos los que alli estaban nos fecieron, requiriéndonos que non quisiésemos tentar a Dios mas de lo que aviamos tentado, e non quisiésemos ponernos mas en peligro á nos e á nuestra gente, e venimos a una villa nuestra que esta a ocho leguas de Lisbona, a que llaman Torres Vedras…»

Entre los señores y caballeros fallecidos como consecuencia de la epidemia se encontraban los famosos capitanes Cabeza de Vaca, don Juan Martínez de Rojas, los mariscales don Pedro Ruiz Sarmiento y don Fernán Álvarez de Toledo.

Una vez había abandonado el sitio el ejército, la escuadra continuó en el bloqueo durante unos días, pues el contacto con tierra había hecho su trabajo mudo y silencioso de contagiar a las dotaciones, declarándose la peste en toda ella, por ello Tovar reaccionando rápidamente ordenando el regreso a aguas de Castilla.

Pero la fortuna en este caso le falló, pues él fue una víctima más de la enfermedad, falleciendo a bordo de su nao Capitana, la cual por orden de su segundo en el mando y siguiendo el rumbo marcado por su Almirante, entraron por el río Guadalquivir hasta la ciudad de Sevilla, con todos los buques guardando el más riguroso luto, pues la única bandera que se podía distinguir por ser de otro color era el pendón de Castilla, enarbolado en el palo mayor de su propio buque.

Así murió un Almirante de Castilla, quien había sido en vida el terror de los mares y uno de los pocos que logró penetrar por el Támesis doblegando el orgullo de los ingleses; ninguno pudo con él por las armas, pero lo hizo la peste.

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