Biografía del Conde de Bena-Masserano

Posted By on 12 octubre, 2010

Biografía de don Guido Jacinto Besso Ferrero-Fieschi y Saboya

Teniente general de la Real Armada Española.

Conde de Bena-Masserano.

Vino al mundo a lo largo del año de 1690, en Gallia-Arnico situado en la Lombardía y por su alto linaje, sabemos que fue hijo segundo de don Carlos Besso Ferrero Fieschi, Príncipe de Masserano y de su esposa, doña María Cristina de Saboya, bastarda, pero reconocida por su padre el duque reinante de Saboya don Víctor Amadeo, lo que nos lleva a que Jacinto era primo hermano por sangre de la primera mujer del Rey don Felipe V.

Cursó sus estudios primarios en Bena y muy esmeradamente ya en Turín y París, pero nada de todo esto pudo evitar (aunque no era la costumbre) dedicarse a las armas, prestando sus primeros servicios en el año de 1702, cuando don Felipe V viajó a Milán y lo conoció, nombrándolo en el mes de junio del mismo año, cuando solo contaba con doce de edad, como capitán de caballos, lugar en el que permaneció poco tiempo, ya que le pidió al Rey le permitiera pasar a las galeras del duque de Tursi y así comenzó su carrera naval.

En esta biografía, se lee escrito por Pavía: « Felipe V tuvo que improvisar todo los correspondiente á aquel ramo, y en particular su personal; así fue que vinieron oficiales de otros cuerpos, y algunos entraron con grados superiores »

Esto nos lleva a la curiosidad de que don Jacinto era un capitán de caballos en las galeras del duque de Tursi. En una de las arribadas a la ciudad de Barcelona, se le ordenó embarcar en un buque, después de un tiempo trasbordo a otro y por fin a otro, con todos ellos estuvo realizando navegaciones por el Mediterráneo adquiriendo destreza en el arte de navegar, destacando a su vez por algún encuentro con enemigos y siendo felicitado por sus jefes.

El día once de junio del año de 1715, zarpa del puerto de Barcelona con la escuadra al mando del don Pedro de los Ríos, formada por dieciocho navíos y seis galeras, más ciento setenta y cinco velas de transporte para trasladar veinticuatro batallones de infantería, mil doscientos caballos y seiscientas mulas, más la artillería de sitio y de campaña, así como todos los bastimentos y víveres necesarios para mantenerse durante unos meses, con rumbo a la isla de Palma de Mallorca, donde se consiguió desembarcar al ejército y tras duros combates conquistar la plaza, regresando así tan importante enclave en el Mediterráneo de nuevo a enseñorear el pabellón español, regresando al final de la campaña al puerto de salida.

El día quince de agosto del año de 1717, volvió a zarpar del puerto de la ciudad Condal en la escuadra al mando del marqués de Mary, compuesta por nueve navío, seis fragatas, dos bajeles de fuego, dos bombardas y tres galeras, para dar apoyo a ochenta trasportes cargados con nueve mil hombres y seiscientos caballos, más los consabidos respetos de artillería de sitio y de campaña, los ingenieros y los bastimentos propios de víveres y pólvora, con rumbo a la isla de Cerdeña donde consiguieron desembarcar con el apoyo de la escuadra, manteniendo de nuevo duros combates, que dieron un final feliz ya que fue conquistada en menos de dos meses, regresando igualmente a enarbolar el pabellón español, de todos estos territorios perdidos durante la guerra de secesión.

Parece que ya había recorrido demasiado el Mediterráneo y quiso probar el océano, por lo que elevó la solicitud de ser embarcado en buques que fueran a navegar por el Atlántico, lo cual le fue concedido y se desplazó por tierra a la bahía de Cádiz, siendo destinado a una fragata, que le iba a poner a prueba, ya que solo iba destinada en un tornaviaje a los mares del Sur. Así zarparon de la bahía con rumbo directo al puerto Soledad en las islas Malvinas donde se preparó el buque para doblar el cabo de Hornos, realizando ya el gran bautismo y consiguiendo arribar primero a Valparaíso, donde dejaron los documentos y correspondencia, para volver a zarpar y arribar al Callao, donde hicieron lo mismo y recoger la que debían de trasladar a la Península, una vez ya concluido el proceso, zarparon de nuevo doblando el cabo de Hornos de occidente a oriente y con rumbo a Montevideo donde se verificaron los fondos del buque, zarpando otra vez ya con rumbos directos hasta arribar a la bahía de Cádiz.

Al arribar recibió la orden de pasar a Cartagena y donde se encontró en el año de 1723, con la Real Orden de su ascenso al grado de capitán de fragata, siéndole entregado el mando de la Aurora, con la que permaneció casi continuamente en la mar, ya de visita, ya combatiendo al corso norteafricano, cruzando por todas las aguas del Mediterráneo oriental, pues ya estaba en Génova, que en la costa Francesa, que en las islas Baleares, así como sobre las aguas de la Península o cruzando sobre las aguas africanas.

Un tiempo más tarde, cuando el primer intento de convertir al puerto de Cartagena en Arsenal, se le consultó por su alta experiencia, para contrastar con los ya hechos por otros oficiales y generales, de los mejores para que se convirtiera en un buen Arsenal. (Esto decía por si solo la importancia que le daban sus compañeros a sus conocimientos, cuando en realidad su grado no era de los más indicados para ser tan destacado, a lo que se unía ser hijo de un Príncipe, esto a don Felipe V no se le pasaba por alto, ya que en sí tenía las condiciones para ser consultado, a parte de su alto rango)

De hecho se quedó en el mismo puerto, para dar mejor sus opiniones y seguir las instrucciones de sus compañeros, de esa mezcla de ellas se fue conformando el Arsenal, en el que encontrándose recibió la Real Orden del día diecisiete de marzo del año de 1729, por la que se le notificaba su ascenso al grado de capitán de navío.

Al poco de su ascenso se le otorgó el mando del navío Santa Teresa, al principio en el año de 1730 estuvo haciendo de transporte de tropas, para mantener nuestros presidios norteafricanos en condiciones, al terminar esta misión zarpó en corso, manteniendo algunos combates con los buques de las regencias norteafricanas, pero en el año de 1731 tuvo una actuación digna de mención, pues ante la lentitud comparada de su navío, pudo comprobar cómo un jabeque de la regencia de Argel, había apresado a un mercante español, arrumbó a él y se puso a seguir sus aguas pero no le pudo dar alcance, el buque argelino buscó refugio bajo las baterías de la fortaleza de la misma ciudad, pero no encontró inconveniente en meter a su buque debajo de la misma y darle fuego al enemigo, consiguiendo sacar a remolque al apresado.

El general de mar don Francisco Cornejo, arboló su insignia en el navío San Felipe, que junto a otros cuatro dieron escolta a un convoy de treinta y cuatro buques mercantes, zarpando el día doce de mayo del año de 1732 de la bahía de Cádiz, con rumbo al puerto de Alicante puerto designado para la reunión de la expedición, los malos tiempos y sobre todo los vientos contrarios retrasaron la arribada, consiguiendo lanzar las anclas el día dieciocho.

Permaneció a la espera de que fueran acudiendo buques, tanto los de guerra como los mercantes que en su mayoría eran fletados para la ocasión, entre los incorporados fue el Galicia del mando de don Jacinto, tardando en completarla veintinueve días, quedando formada por doce navíos, dos bombardas, siete galeras de España, dos galeotas de Ibiza y cuatro bergantines guardacostas de Valencia, siendo el segundo en el mando el general don Blas de Lezo que enarbolaba su insignia en el navío Santiago. El ejército estaba compuesto por veintiséis mil hombres, que fueron embarcados en quinientos treinta y cinco buques. Quizás la mayor concentración naval del siglo XVIII.

Durante su estancia en la ciudad, al ir llegando los buques el jefe del ejército el duque de Montemar, eligió a tres capitanes de navío los señores don Francisco Liaño, don Juan José Navarro y el conde de Bena Masserano, para entre todos tomar las decisiones de lo necesario a cargar en los mercantes y por informaciones de bajeles, el mejor lugar para llevar a buen término el desembarco, planificando cuidadosamente éste y los lugares de encuentro de cada unidad, para una vez todos en tierra formar las pertinentes columnas, sabiendo por donde debían desplazarse para alcanzar los objetivos, con todo tipo de previsiones y formas para adoptar con conocimiento tanto para la artillería como la caballería y la infantería, así se evitarían sorpresas. Con todo esto se puede decir, que quizás fue el inventor del Estado Mayor que ha pervivido hasta hoy al menos en España.

El día quince de junio comenzó a zarpar la escuadra desde el puerto de Alicante, ya en la mar se encontraron con diferentes problemas, los malos tiempos que producían retrasos y a ello se sumaba, las diversidad de buques fletados en diferentes países que cada uno tenía un andar distinto, aparte de ceñir mejor o peor los vientos lo que en algunos momentos preocupó y no poco, por ocasionar una gran dispersión de ellos por toda la mar, lo que obligaba a los que tenían la responsabilidad de guardarlos, el tener que navegar incluso de vuelta encontrada para hacerlos regresar al convoy.

A pesar de ello, no se perdió ninguno de los buques, gracias a las normas establecidas y dadas a conocer con sus prioridades a los buques de escolta, así arribaron y lanzaron las anclas en la costa de Orán el día veintitrés.

Los enemigos al ver aquel bosque de árboles y sus velas se dispusieron a proteger su capital, ya que Cornejo había dado la orden de pasar la noche a bordo para desembarcar al día siguiente y de paso que descansaran los soldados y marineros al menos unas horas.

Al amanecer del día veinticuatro y siempre siguiendo las normas, las fragatas por tener menor calado se aproximaron a tierra y comenzaron a batir la artillería enemiga, esto produjo un gran intercambio de disparos, que tuvo la consecuencia por falta de viento que se fuera concentrando la consabida humareda que entorpecía mucho la visión, lo que a su vez consiguió que su persistencia facilitara el trasbordo de las tropas a los botes, a esperar la orden de remar para dirigirse a la playa escogida, donde a su vez los navíos desde algo más lejos comenzaron el fuego aumentando así la oscuridad producida por los disparos y protegiendo a los que iban a desembarcar.

Se había previsto, que todos los botes alcanzarán la playa más o menos al mismo tiempo, por eso fueron formando detrás de las fragatas y cuando todos estaban preparados se dio la orden de arrumbar a la playa, la sorpresa del enemigo fue rayana en la incredulidad, ya que de pronto comenzaron a aparecer cientos de botes que se les venían encima, en uno de ellos iba Arriaga al mando; mientras seguía el fuego de toda la escuadra en protección de los pequeños botes y como complemento a ello, aparecieron las galeras que llevaban a remolque a los botes más grandes y pesado por ir en ellos las piezas de artillería, al mismo tiempo que ellas abrían fuego terminando de abrir las brechas en el dispositivo de defensa de los enemigos y sobre todo, ellas cargadas al máximo de su capacidad de hombres, que a su vez también iban disparando, consiguiendo embarrancar en la playa saltando los infantes.

La operación fue tan rápida y con tanta sorpresa, que en muy pocas horas estaban en la playa veinte mil hombres, más de la mitad de la caballería y varias baterías de artillería, consiguiendo ya formar un frente muy bien preparado para afrontar cualquier contraataque.

Los enemigos reaccionaron e intentaron tirarlos al mar, pero la fortaleza de la cantidad ya lo hacía impensable, aparte de que las galeras ya descargas a fuerza de remo volvieron a la mar y desde allí maniobraban protegiendo a los desembarcados embarazando a los enemigos, a lo que hay que añadir, que por orden de Cornejo el navío Castilla del mando de don Juan José Navarro, se había colocado en una posición muy segura, que le permitía cubrir con sus fuegos lo que no podían cubrir las galeras, frustrando en todo momento los intentos de contraataque de los enemigos.

Al obligar a retirarse al enemigo al interior, los siguientes días se dedicaron a fortalecer a los desembarcados, primero terminando de hacerlo con todos y después proveyéndolos de agua, municiones y víveres para varios días.

Hubo varias escaramuzas por parte de los enemigos, pero siempre recibían mucho fuego y se retiraban maltrechos, hasta llegar el día uno de julio en que ya habían sido reforzados por más hombres y caballos formando un buen ejército decidiendo atacar a viva fuerza a los españoles, pero los desembarcados ya había construido hasta fortalezas de madera, con la artillería bien dispuesta, lo que unido al fuego de los buques les causó un gran descalabro y viendo que nada podía oponer a aquel formidable dispositivo, decidieron abandonar a su suerte toda la zona huyendo al interior, la guarnición de la ciudad de Orán al ver el abandono en que quedaban siguieron su ejemplo, tomándose la plaza sin resistencia.

La única posición que no abandonaron fue la de Mazalquivir, por ello el día tres se propuso el mando conquistar esta fortaleza, para lo que se destacó a los buques que la bombardearon, pero fue tanto el estrago que realizaron que al final se decidió dejar solo a dos navíos al mando del conde de Bena Masserano casi atracados a la misma, la corta distancia causaba graves daños y de hecho los muros ya casi no soportaban más el peso del fuego, esto les convenció de que la defensa era inútil y enarbolaron bandera blanca, momento en el que fuerzas del ejército entraron y la tomaron.

Se verificó el estado de las fortalezas y Cornejo ordenó reponerlas para su mejor defensa, aparte de desembarcar artillería de sus buques para reforzar la disponible por el ejército, dejando una buena guarnición de seguridad.

Finalizado esto, dio orden de embarque al resto, que se realizó rápidamente zarpando el día uno de agosto con rumbo a la Península, para cumplir la orden recibida de distribuir a los efectivos embarcados, por ello arribó primero a Málaga donde dejó a parte de las tropas, en el rumbo los pertenecientes al Arsenal de Cartagena se quedaron en él, zarpando de nuevo y arribando a Alicante, donde se realizó la misma operación y por último zarpó con rumbo a la ciudad Condal, donde ya desembarcó al resto; cumplida la Real Orden zarpó de esta ciudad con rumbo a la bahía de Cádiz arribando el día dos de septiembre.

Regresó a Cartagena y volvió a realizar las comisiones típicas del corso, ya que era una lacra que duró muchos siglos. Cruzó de nuevo por casi todo el mare nostrum, pues llegó al Adriático y tocó en los puertos de Génova, La Spezia, Nápoles, Villafranca, el francés de Tolón y Barcelona, estando en esta ciudad se le entregó la Real Orden con fecha del día tres de septiembre del año de 1737, por la que se le notificaba su ascenso al grado de jefe de escuadra. (En esta época no existía el grado de brigadier, por eso se ascendía directamente de capitán de navío a jefe de escuadra. Por esta falta tampoco resulta extraño, encontrar a capitanes de navío al mando de divisiones)

En el año de 1738 se le nombró jefe de la escuadra del Departamento de Cartagena, aunque los medios aún distaban mucho de ser lo que se alcanzarían después, ya que toda la escuadra, estaba compuesta por los navíos, América, Hércules y Constante, con la fragata Águila como observadora, zarpó con su escuadra el día catorce de junio para realizar unos ejercicios con ella, para comprobar su verdadero estado de alistamiento, que al parecer era bueno pues solo nueve días después, el veintitrés regresó a puerto.

Por Real Orden del día cinco de junio del año de 1739, sin pérdida del mando de la escuadra, se le nombra interino Comandante General del Departamento. Volvió a zarpar el día veintidós de septiembre con la escuadra, para cruzar sobre sus mismas aguas, ya que el día veinticuatro regresó al fondeadero de Cartagena. A la llegada de su propietario el conde de Clavijo el día siete de abril del año de 1740 le entregó el mando.

El día veintiuno siguiente zarpó con los navío América y Constante arbolando su insignia en el primero, llevando de transporte al conde de Clavijo, que debía llevar a término una comisión, pero en el trayecto sufrieron un fuerte temporal que desarboló a los dos buques, regresando en bandolas a Cartagena el día veintiocho.

Le llegó una Real Orden del día diecisiete de agosto del año de 1740, por la que era cesado en el mando de la escuadra, por haber sido designado por el Rey como a su Ministro Plenipotenciario en la Corte del Emperador de todas las Rusias, por lo que nada más recibirla se puso en camino a la Corte, donde recibió las ordenes de S. M. y partió por tierra de la Villa y Corte el día siete de junio del año de 1741. (Así que entre la fecha de la R.O. y su partida de Madrid, pasaron casi diez meses).

Entre los muchos consejos que se le dieron, uno fue por el duque de Liria, quien le advirtió: « No hay en Europa corte más inconstante y sujeta a inopinados cambios » a lo que añade: « Bien consideramos que la distancia que media entre Moscovia y estos dominios del mismo modo que constituye a aquel monarca sin un grave interés en nuestra alianza, nos hace no esperar el mayor de la suya »

Parece que algo no funcionaba muy bien, ya que estando de camino a su destino fue alcanzado por un correo Real, para entregarle una Real Orden fechada el día dieciocho (nueve después de partir) en la que se comunicaba su ascenso al grado de teniente general, después de un largo y penoso viaje llegó a la ciudad de San Petersburgo (que lo era de Rusia desde el año de 1703, por orden de Pedro el Grande), donde se le guardaron todos los honores a su llegada y presentación de credenciales, ya que en él convergían, ser hijo de príncipe, teniente general y representante del Rey de España.

Pero al parecer sus modales demasiados refinados molestaba a la Corte Rusa, por lo que se le retiró lo antes posible, haciéndose realidad lo explicado por el duque de Liria, por esta razón fue destinado a la Embajada de Sajonia-Polonia, donde sí permaneció varios años, pero viajaba por todo el Sacro Imperio. Recibió una carta de la condesa María Josefa de Bredow, dirigida al Rey de España, en la que le pedía un aportación por ser el Rey Católico, nuestro embajador la remitió al Secretario de Estado don José Carvajal y Lancaster, al serle entregada al Rey éste estuvo de acuerdo en hacer un donativo « decente ».

Pero el Rey de España no quería que su dinero fuera a parar a manos que no debieran y menos aún a los contrarios de la Fé Católica, así por carta fechada en el Buen Retiro el día trece de marzo del año de 1747, se le envía para que recabe la máxima información al respecto para proteger el caudal entregado, recibiendo la carta cuando Besso Ferrero se encontraba en la ciudad de Dresden, y que le pidiera disculpas a la Condesa por el retraso en contestarle. Pero no fue el único en dudar don Fernando VI, ya que el Papa Benedicto XIV envío a su Nuncio Arquino que estaba también en la misma ciudad a que indagara si era cierto lo que se estaba diciendo, llegando a preguntarle directamente al rey de Prusia.

El Rey de Prusia le dijo, que ya había nombrado encargado de la construcción a un fraile llamado Messenati de la orden de los Carmelitas, quien se encargo de guiar al arquitecto y el mismo Federico II, le comunicó que él ya había hecho donación del terreno donde levantar la iglesia, que era un terreno en el mismo centro de Berlín, en la misma Plaza de la Opera, al final de la avenida Unter den Linden y muy cerca del mismo Palacio Real. Para realizar la donación don Fernando VI, ordenó se le informara de que cantidades iban a entregar otros príncipes, por carta de Besso fechada el día trece de mayo, le informa que el primado de Polonia y la Emperatriz, habían prometido hacer una colecta en su reino para entregarla, pero nada aportaron. Lo mismo ocurrió con las esperadas aportaciones del Rey de Francia.

Por carta de finales del mes de junio del mismo año de 1747, Guido escribe que el Papa ha enviado seis mil ducados. Por carta del día veintidós de julio, le anuncia la llegada de cinco mil pesos del Rey de las Dos Sicilias, seis mil pesos del Rey de Portugal, en Polonia reaccionaron y entre cardenales, obispos y caballeros, enviaron gran cantidad de piedra para su construcción y dieciocho mil escudos, anunciando la colocación de la primera piedra a finales del mismo mes de junio próximo pasado, habiéndola colocado el propio Rey Federico II, haciendo donación de la Catedral a la Orden de los Dominicos de Halberstadt, quienes ya  ostentaban la administración de la capilla de Potsdam, Küstrin y otras más pequeñas.

El mismo Rey Federico II ya había encargado al arquitecto Knobelsdorff, la construcción de la Catedral católica en Berlín en imitación al Panteón de Roma, colocándola en el centro del protestantismo, la cual recibió el nombre de Santa Eduvigis (Hedwingskirche), siendo la administración llevada por la Sociedad de Católicos de Berlín, que satisfizo mucho al Rey de España. Recibida la noticia por don Fernando VI quedó convencido de que se iba a construir, ordenando el envió de seis mil escudos y el cardenal Infante don Luis otros tres mil (8 escudos, son una onza de 28’716 gramos de oro puro de 900 milésimas), quedando así patente a los berlineses que el Rey de España no perdía ocasión en expandir y proteger la religión católica. (Las aportaciones restantes, excepto la de los prelados y Caballeros del reino de Polonia, eran pesos, moneda de plata de 25 gramos) La Catedral se consagró en el mes de enero del año de 1753, habiendo sido el administrador de los fondos, el presidente de la Asociación Conde Rothenburg.

Por su parte para comprender el problema, a partir de la muerte de Pedro el Grande el día 8 de febrero del año de 1725 (calendario Juliano), se sucedieron en el trono varios y en muy poco tiempo, unos a favor de europeizar la Corte rusa y otros en contra. A la llegada de don Jacinto quien estaba en el trono era la Regente Ana Leopoldovna, contraria a la europeización, por eso tuvo que salir el conde Bena Masserano y establecer la Embajada en Sajonia-Polonia, aunque para el Rey don Fernando VI seguía siendo el Embajador en Rusia, pero en el mismo año de su llegada la Emperatriz Regente, por una maniobra del Embajador francés La Chétardie, consiguió dar un golpe de estado ocupando el trono como Emperatriz la hija de Pedro el Grande, Isabel, quien al saber la condena a muerte de sus antecesores les conmutó la pena por la de destierro en Siberia, siendo lógicamente proclive a la europeización de Rusia y se mantuvo en el poder hasta el día cinco de enero del año de 1762 en que falleció.

Don Jacinto, realizó algunos viajes a la Corte en San Petersburgo, pero no se confiaba mucho por la cantidad de asesinatos y destierros ocurridos en tan poco tiempo, pero al final fue muy bien acogido aunque la presencia del Embajador francés tenía sus inconvenientes, ya que incluso consiguió que en la Corte se hablara el idioma de su país, pero al conde de Bena Masserano se le trataba espléndidamente, por lo que a partir del año de 1748 fijó su residencia en San Petersburgo.

Tanto es así, que le llegó la Real Orden con fecha del día cinco de agosto del año de 1749, por la que se le destinaba como capitán general del Departamento marítimo de Cádiz, cargo que llevaba anexo entonces el de Director General de la Real Armada, pero se encontraba tan a gusto en la ciudad de los Zares, que elevó al Rey la súplica de seguir en el puesto anterior, la cual le fue concedida.

Dándose el caso único en la historia, en que renunció a su nuevo cargo, cuando por las ordenanzas del año de 1748, de haberlo aceptado hubiera sido el primer Capitán General de la Real Armada, puesto que ocupo don Juan José Navarro marqués de la Victoria, por ser anexo en esos momentos el cargo de Capitán General del Departamento de Cádiz y el de la Real Armada.

Permaneció en ella hasta que el día seis de noviembre del año de 1756 en que le sobrevino el óbito, contando con sesenta y seis años, de los que cincuenta y cuatro fueron de servicios a su patria y reyes.

Entre otros cargos mantenía el de Comendador de la Real Orden de Santiago; Gentil Hombre de Cámara de S. M. con ejercicio y Gran Cruz de San Genaro, del reino de Nápoles.

Bibliografía:

Enciclopedia General del Mar. Garriga. 1968. Compilada por el contralmirante don Carlos Martínez-Valverde y Martínez.

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Fernández Duro, Cesáreo.: La Armada Española, desde la unión de los reinos de Castilla y Aragón. Museo Naval. Madrid, 1973.

Guardia, Ricardo de la.: Notas para un Cronicón de la Marina Militar de España. Anales de trece siglos de historia de la marina. El Correo Gallego. 1914.

Ochoa Brun, Miquel Ángel.: Embajadas y embajadores en la Historia de España. Santillana Ediciones Generales. S. L. Madrid, 2002.

Paula Pavía, Francisco de.: Galería Biográfica de los Generales de Marina. Imprenta J. López. Madrid, 1873.

Poschmann, Adolf.: Subvención de Fernando VI, Rey de España, para la construcción de la primera iglesia católica en Berlín. Informe publicado en el «Boletín de la Real Academia de la Historia» Tomo LXXV.—Cuaderno I.—Julio de 1919. Madrid, 1919.

Compilada por Todoavante.

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