Biografía de don Francisco Javier Winthuysen y Pineda

Posted By on 12 noviembre, 2010

Francisco Javier Winthuysen y Pineda. Cortesía del Museo Naval de Madrid.

Jefe de escuadra de la Real Armada Española.

Caballero cruzado en la Orden de Santiago.

El día dieciocho de agosto del año de 1743, vino al mundo en la población del Puerto de Santa María. Siendo sus padres, don Francisco Winthuysen y Ticio, y de su esposa, doña Petronila de Pineda y Perri.

El día once de noviembre del año de 1757, sentó plaza de guardiamarina en la compañía del Departamento de Cádiz. Única entonces. Expediente N.º 791.

Su primera salida a la mar, fue en el navío Dichoso, que pertenecía a la escuadra del marqués de la Victoria y con ella, viajaron hasta el puerto de Nápoles, para transportar a la Real Familia con el que sería rey de España, don Carlos III a su nuevo reino.

En el año de 1760, por pasar a carenar su anterior navío en el Arsenal de Cartagena se le ordenó transbordar al Oriente con el que arribó a la bahía de Cádiz, al poco tiempo se le ordenó hacerlo sobre Héctor, en el que realizó diversas comisiones, sobre todo como transporte de tropas a las plazas del norte de África para su refuerzo y de caudales al puerto de Génova pasando después a Marsella, a su regreso a la bahía de Cádiz se le comisionó para los consabidos cruceros de protección entre los cabos de San Vicente y de Santa María, para dejar libre la navegación de nuestros mercantes procedentes de las Indias.

En el año de 1763, trasbordó al navío Fénix que era el buque insignia del general don Carlos Reggio, que tenía la comisión de proteger la bahía de Cádiz de un proyectado ataque de los británico, el cual no se efectuó, permaneciendo en esta misión hasta la firma en el mismo año de la Paz, por lo que el buque pasó a desarme, quedando él desembarcado.

Poco tiempo después se le ordenó embarcar en el navío Gallardo, con él realizó un viaje a las islas Canarias transportando tropas para refuerzo del Archipiélago, a su regresó permaneció un tiempo cruzando sobre el cabo de San Vicente, regresando a la bahía de Cádiz, donde al arribar se le dio la orden de trasbordar al navío España, siendo uno de los perteneciente a la escuadra del general don Agustín Idiaquéz, con el que realizó varios viajes a Tierra Firme, siempre con tropas de reemplazo y refuerzo de la Guaira y Cartagena de Indias.

Fue ayudante de órdenes del Mayor General de la escuadra, por sus grandes aptitudes demostradas y siendo aún guardiamarina, por su gran experiencia atesorada, posteriormente se le nombró maestro de navegación en la Academia de Guardias Marinas del Departamento de Cádiz, siendo confirmado poco tiempo después por el Capitán General del Departamento en estos destinos.

Por Real Orden del día trece de febrero del año de 1766, fue ascendido a alférez de fragata, habiendo estado ocho años y tres meses de guardiamarina, pero ya era un consumado marino, por sus conocimientos, pericia y arrojo.

Pero tanta espera en su anterior grado, surtió el efecto de recibir la Real Orden del día diecisiete de septiembre del año de 1767 por la que era ascendido al grado de alférez de navío.

Regresó a la Península la escuadra del general don Agustín Idiaquéz, pasando a obtener una licencia de descanso, en el mismo año de 1769, al incorporarse se le ordenó embarcar en el navío Santa Isabel, siéndole ordenado a su comandante pasar al Departamento de Ferrol, donde se le comisionó para efectuar misiones de guardacostas por las aguas del Cantábrico, permaneciendo a su bordo hasta que el buque pasó a desarme, quedando desembarcado.

En el año de 1770 se le ordenó embarcar en el navío Santo Domingo, continuando en su anterior trabajo de guardacostas de las aguas de Galicia, pasando su buque a realizar unas pruebas en la escuadra del general don Pedro Castejón, al término de las cuales regresó a la bahía de Cádiz.

Se le ordenó trasbordar a la fragata Palas, con la que realizo un viaje a las islas Filipinas y a las Marianas, transportando pertrechos de guerra para aquellas lejanas posesiones. Por Real Orden del día trece de enero del año de 1771, se le ascendió al grado de teniente de fragata. Regresando a la bahía de Cádiz el día siete de agosto del año de 1772, desembarcando por orden.

Embarcó en la fragata Industria, con la que se hizo a la vela, en derrota del puerto de Lima, realizó una brillante campaña por el Pacífico, protegiendo el tráfico mercante español y posteriormente, se le nombró Mayor general del capitán de navío don Francisco Hidalgo de Cisneros, comandante de la escuadra del Pacífico. Se cargó su buque con situado y doblando el cabo de Hornos regresó a la bahía de Cádiz.

Por Real Orden del día veintiocho de abril del año de 1774, se le ascendió al grado de teniente de navío. Recibió la orden de trasbordar a la fragata Venus, con la que realizó otro viaje a las islas Filipinas, transportando de nuevo pertrechos de guerra.

Regresó directamente al puerto de Cádiz en el año de 1776, a su llegada se le nombró Alférez de la Compañía de Guardiamarinas del Departamento de Cádiz, en la que prestó muy buenos servicios.

El día nueve de noviembre del mismo año, embarcó para prácticas de mar con varios Aspirantes en el navío San Agustín perteneciente a la escuadra de don Miguel Gastón, al regresar se le comisionó para organizar la Compañía de Guardiamarinas del Departamento de El Ferrol, embarcando de transporte en el navío San Miguel con sesenta guardiamarinas de la de Cádiz, dejándola a semejanza de ella, volviendo a demostrar sus dotes y especial acierto.

A pesar de su corta graduación, se le otorgó por Real Orden del día siete de abril del año de 1778 el mando de la fragata Santa Leocadia, como reconocimiento a su distinguida carrera, con éste buque realizó un viaje, con una comisión importante y reservada, a las isla Canarias; que por la gran satisfacción obtenida por el Gobierno, por Real Orden del día veintitrés de marzo de 1778 se le concedió el ascenso al grado de capitán de fragata.

Al declararse la guerra con el Reino Unido, en el año de 1779, se le otorgó el mando de la fragata Escolástica por Real Orden del día trece de junio, con la que realizó la protección de las costas bañadas por el mar Cantábrico, sostuvo varios combates con buques de la Gran Bretaña, que bloqueaban las costas y protegió convoyes, con tanta fortuna como destreza, pues en todo el transcurso de la guerra nunca le apresaron ninguno.

Por Real Orden del día veintidós de marzo del año de 1780, se le otorgó el mando de la fragata Santa Leocadia, del porte de 34 cañones recibiéndolo de su anterior comandante don Juan Quinlos, navegando en misión de guardacostas. En uno de sus arribos a Ferrol, al zarpar se le incorporaron bajo su mando las fragatas francesas La Foi y l’Inconstancia, realizando cruceros entre las dos Bayonas, la de Galicia y la de Francia, a estas se unieron después otras unidas españolas, consiguiendo mantener libres las aguas del Cantábrico al tráfico marítimo.

Arribó a Ferrol a principios del año de 1781, se le abasteció de todo los necesario para realizar una comisión reservada a las islas Terceras y Cartagena de Indias, para ello se le unió a sus órdenes la balandra Santa Natalia, al mando de don Baltasar Hidalgo de Cisneros, zarpando en conserva, el día treinta de abril al encontrarse a unas doscientas leguas al Oeste de las costas de España, divisó a sotavento una formación naval en la que se pudieron contar sesenta y ocho velas de dos palos, dándoles escolta una fragata, fijándose que la escolta se daba a la huída, decidió acercarse al convoy con precaución haciendo las señales oportunas para ser reconocidos.

Se encontraba ya muy cerca de ellos, cuando divisó a un navío que sin contestar a sus señales se les venía encima, mantuvo su firmeza durante unos instantes, pero al ir pasando el convoy descubrió otras treinta velas de una escuadra, llegando a la conclusión que se había encontrado con la escuadra británica al mando del almirante Darby, por lo que ya no tenía otra que salir de allí lo antes posible, dio la orden de virar y ciñendo el viento se fue alejando, al mismo tiempo que a la balandra le daba la oportunidad de zafarse navegando en rumbo contrario, ya que un solo buque no podía atacar a ambos a la vez en rumbos distintos, por lo que inmediatamente varió de rumbo la balandra y se alejó navegando a ocho cuartas del de la fragata, mientras fue cayendo la noche y con ella el viento, en cuyo momento invirtió rumbo para cogerlo de empopada y tener la mayor cantidad de trapo desplegado para tratar de despistar al navío, pero no pudo efectuarlo por ser una noche de luna llena, por su claridad el navío le pudo seguir por saber en todo momento las maniobras que realizaba.

Estaba tan calmado el viento, que al amanecer del día uno de mayo el navío estaba a tiro de pistola, momento en que se desplegó el pabellón español, haciendo lo propio el navío británico Canadá, del porte de 74 cañones, disponiendo en la primera batería de cañones de a 36, en la segunda de a 18 y el resto de a 12, contra los 34 de a 12 que eran 17 por estar a una banda, y con el agravante, de que la fragata era de 40 cañones, pero solo llevaba los 34 mencionados. Siendo la española la que rompió el fuego con todo lo que tenía, mientras en su batería, se intentaba trasladar los tres cañones de una banda a la otra, que no se llegó a poder realizar, ya que al recibir los proyectiles sobre todo de a 36 enemigos todo se movía en la fragata y resultó imposible.

A los treinta y cinco minutos de comenzado el fuego una bala de cañón impacto de lleno en el brazo de Winthuysen, arrancándoselo casi de cuajo, por lo que pasó el mando a su segundo don Juan Pérez Monte, para bajarlo a la enfermería, pero unos minutos después éste también fue herido, entregando el mando al tercero don Joaquín Moscoso, quien se mantuvo en el cumplimiento del deber, hasta que el buque estando ya mocho como un pontón, con dos grandes agujeros a flor de agua, por los que entraba sin poder ser parada, con ochenta muertos y ciento seis heridos, más una hora y media de desesperado combate, rindió el buque después de una gallarda resistencia.

Fue abordada la fragata por fuerzas británicas y entre ellos trasbordo el capitán Mr. Collier, quien tributó el merecido homenaje a la brava resistencia de su Comandante y dotación, fue marinada después de reparar los británicos lo necesario, pero dada la gran cantidad de agua que entraba por los dos boquetes, tuvieron que transbordar más tropas y marinería británica, para poder darle mayor velocidad a las bombas de achique, consiguiendo llegar a duras penas a Cork, donde los cirujanos británicos amputaron el brazo a Winthuysen.

Transcribimos el parte del combate, escrito por el capitán Mr. Collier entregado a su Almirantazgo:

« Hallándome destacado de la escuadra de Darby para observar el horizonte, avisté una fragata y una balandra de guerra que parecían enemigas. Le dimos caza y virando ellos por la proa se pusieron al pairo para examinarnos, retirándose después, bien se que sin forzar de vela, hasta por espacio de 70 leguas, y al amanecer del día siguiente la fragata se atravesó sobre las gavias y enarboló bandera española. El tiempo estaba totalmente en calma; pero la mar muy alborotada, sin lo cual no hubiera verosímilmente durado el combate como duró bizarramente cinco cuartos de horas, que fue lo que tardo en rendirse la fragata enemiga, hallándose muy maltratada y con muchos muertos y heridos. Se llama Santa Leocadia, y está forrada con plancha de cobre, tiene para 40 cañones y solo monta 34. Había salido de Ferrol seis días antes, destinada (según creo) al mar del Sur, con pliegos que arrojó al agua. Su valiente capitán D. Francis Winthuysen, perdió el brazo derecho durante el combate, y también quedó herido el segundo capitán »

Al ser tratado y verificar que la herida curaba con normalidad, fueron todos transportados al puerto de Portsmouth, donde él dio su palabra de honor y le dejaron regresar al puerto de Cádiz. Ya en éste puerto se realizó en consabido canje oficial, posteriormente pasó también por el Consejo de Guerra consiguiente por la pérdida de la fragata y al salir absuelto, como premio a la desesperada defensa en el buque de su mando y en justa recompensa, se le ascendió al grado de capitán de navío por Real Orden del día dieciséis de septiembre del año de 1781.

Todavía no estaba totalmente restablecido, cuando ya estaba demandando un nuevo mando, así consiguió, se le otorgara el del navío Terrible por Real Orden del día veinticinco de abril del año de 1782, con él realizó la segunda campaña del canal de la Mancha, estando la escuadra aliada al mando del general don Luis de Córdova. Al finalizar la campaña la escuadra al completo se reintegró a la bahía de Cádiz.

Para el ataque a Gibraltar se reunió un ejército francés y otro español, al mando en conjunto del duque de Grillon, mientras la escuadra aliada lo estaba al mando del general don Luís de Córdova, compuesta nada más que por setenta y cuatro navíos entre ambas naciones, con varias fragatas. (Con con total probabilidad la mayor escuadra reunida de todo el siglo XVIII para un combate)

El día trece de septiembre del año de 1782. Zarparon a remolque las diez baterías flotantes invento del francés D’ArÇon, pero al mando del general don Ventura Moreno quien apoyaba con su división de navíos a éstas, teniendo que volcarse en su auxilio cuando comenzaron a arder por efecto de las ‹ balas rojas › que les disparaban los defensores, envió sus embarcaciones menores a apagar los fuegos e intentar salvar a las dotaciones, mientras en primera línea se encontraban las lanchas cañoneras, inventadas por don Antonio Barceló y él a su mando, saliendo estas casi ilesas del enfrentamiento, en el que en total se estuvo cruzando el fuego de más de mil piezas de artillería entre ambos contendientes.

Al apercibirse del desastre que se avecinaba, el general don Luís de Córdova ordenó por señales de banderas, que se arriaran todos los botes de la escuadra con la misión de intentar socorrer a las indefensas tripulaciones de tan infausto invento. Al ver la señal de su general ordenó arriar todos los botes y él al frente de ellos se dirigió a la batería flotante por nombre Rosario, ésta estaba ya en llamas y amenazando con saltar por los aires, a pesar de ello consiguieron rescatar a todos los posible y alejarse, estallando la batería cuando se encontraban tan solo a cincuenta metros de ella, recibiendo una lluvia de materiales de todo tipo, como consecuencia de ello y que los británicos había salido para capturar a todos los posible enemigos, recibió un bala de fusil en la espalda y de la lluvia de materiales un tablón de dio un fuerte golpe en la pierna izquierda.

En los incendios y voladuras de estas pesadas baterías en teoría insumergibles e incombustibles, con circulación de agua ‹ como la sangre por el cuerpo humano ›, hubieron trescientos treinta y ocho muertos, seiscientos treinta y ocho heridos, ochenta ahogados y trescientos prisioneros; pero los efectos fueron superados en mucho por el bombardeo de las lanchas cañoneras inventadas por Barceló, que lo hacían seguro y muy efectivo. En Gibraltar se defendía valerosamente el general británico Elliot.

El día veinte de octubre del año de 1782, yendo con su buque en la línea en el puesto ordenado que era el número trece de ella perteneciente a la vanguardia, participó en el combate del cabo Espartel, enfrentadas las escuadras, española al mando del general don Luis de Córdova, contra la británica del almirante Howe, que regresaba de haber introducido socorros en el peñón de Gibraltar. No habiendo podido la española parar ese suministro, por aprovechar la británica un fuerte temporal, cuando pudo zarpar lo efectuó quedando a la espera del regreso al Atlántico de la británica a la salida del estrecho; el navío de Winthuysen, fue el que más sufrió soportando grandes bajas.

El almirante Howe lo que admiró y comentó fue: «. . el modo de maniobrar de los españoles, su pronta línea de combate, la veloz colocación del navío insignia en el centro de la fuerza y la oportunidad con que forzó la vela la retaguardia acortando las distancias. . » El combate tuvo una duración de cinco largas horas.

Los buques enemigos por llevar ya forradas sus obras vivas de cobre tenían mayor andar, lo que les permitió mantenerse en todo momento a la distancia que les convenía y cuando ya el resto de la escuadra española iba llegando al combate, decidieron por el mayor número de navíos españoles rehuirlo, por lo que viraron y enseñando sus popas se fueron alejando del alcance de la artillería española. La escuadra regresó a la bahía de Cádiz el día veintiocho siguiente.

Por orden su buque se destinaba a realizar un viaje a las Antillas, pero dado su estado físico fue revisado por los médicos, los cuales desaconsejaron que lo realizara a aquellas tierras, ya de por sí insalubres en buen estado, por lo que estando todavía sin cicatrizar por completo su brazo, a lo que se sumaba las últimas heridas y contusiones recibidas, fue exonerado del mando quedando desembarcado y sin destino, era el día uno de diciembre del propio año de 1782.

El día trece de septiembre del año de 1783, se le dio el mando del navío San Pascual, que con el Triunfante y el bergantín Infante, formaban la división del brigadier Aristizabal, que viajaron hasta Constantinopla con una comisión de Estado ante la Sublime Puerta, ya que era la primera vez que se establecían relaciones diplomáticas entre ambos países, en esta ocasión tuvo que ponerse a prueba así mismo, al sufrir su navío San Pascual una varada antes de atravesar los Dardanelos, que dañó un trozo de la quilla por la que hacía mucha agua, para evitar que lo pudieran ver los turco y pidieran abordar el buque para ayudarle, se acercó aun más a la playa que había adyacente al lugar, donde le dio la banda al navío siendo reparado tan rápido y por sus propios medios, que nadie se enteró excepto los españoles de los sucedido. Volviendo a distinguirse ante sus superiores por sus grandes dotes de marinero. La división cumplida su misión regresó el día ocho de mayo del año de 1785, fondeando en el Arsenal de Cartagena.

Encontrándose en este puerto, recibió la Real Orden con fecha del día catorce de junio del año de 1785, por la que S. M. tenía a bien seguir los consejos de los mandos de la Real Armada, concediéndole el ascenso al grado de brigadier.

El día veinticinco de julio del año de 1786, se le encomendó el mando interino de la compañía de guardiamarinas del Departamento de Cádiz y en el mes de enero del año de 1787, sin pérdida de su anterior destino, se le nombró Mayor General interino de la Armada.

El día veinticinco de agosto del año de 1788 cesó en los cargos anteriores, por la llegada de sus propietarios y se le nombró Inspector y Visitador de los colegios de San Telmo de la ciudad de Sevilla y el de Málaga, siéndole encargada la redacción de las respectivas Ordenanzas. Permaneció seis meses en su trabajo, al finalizarlo elevó una ‹ Memoria › a S. M., quien le dio las Reales Gracias, reincorporándose a su Departamento de destino.

Estando de inspección en estos centros docentes, se le comisionó a su vez para examinar las minas de carbón de piedra de la población de Villanueva del Río, provincia de Sevilla, situándolas y levantando su plano. En esta casi obra de arte, siguió el curso del río siendo sondado todo él, de forma que pudo saber a la altitud que estaba cada tramo, el desnivel y la profundidad, a lo que añadió un pormenorizado dibujo del contorno del mismo cauce, dejando una vez más clara muestra de sus conocimientos en casi todas las materias, con todo ello y como era costumbre, envío a S.M. la ‹ Memoria › de todo ello, por lo que nuevamente recibió la Reales Gracias.

El día uno de noviembre del año de 1789, se le nombró Comandante General del Cuerpo de Pilotos de la Armada, con el expreso encargo de unificar los planes de estudio y metodología de todas las escuelas, unificando así los criterios y formas de los estudios, así como crear una mínimas exigencias para el ingreso en ellas, ya que el trabajo de piloto en la época era muy importante. Pero no se paró aquí, pues observó que había ciertas lagunas que “favorecían” en las antiguas ordenanzas, que además se llevaban a la práctica por dejar las mismas cierta manga ancha a su aplicación. Esto lo concretó para todas igual y las mejoró por una forma más correcta en su aplicación, que bien era por méritos en los estudios o por la práctica.

Por ello realizó un pormenorizado recorrido de todo el litoral español, desde Guipúzcoa hasta Gerona, en el que creó algunas donde no las había y hacían falta. Quedando unidas a sus respectivos Departamentos y de estos a los colegios de San Telmo de Sevilla y Málaga, de esta forma quedaba todo unificado y con distintos niveles de responsabilidad, hasta el más alto radicado en los propios colegios, que eran al final los que otorgaban los títulos.

Permaneció en el mando de estas escuelas hasta primeros del año de 1792, elevando una solicitud de piedad a S. M., ya que todos los desplazamientos y estancias en todo el litoral, habían sido sufragados de su peculio lo que le había dejado algo desamparado, por lo que pedía ser favorecido como tuviera a bien el Rey, ya que en su casa se estaba comenzando a pasar hambre. La carta que escribe a S. M. es para figurar como es debido en cualquier obra que se refiera a él, pero por ser muy extensa ahorramos al lector lo que ya conoce de sus sinsabores y méritos, ciñéndonos a la exposición sobre la que demanda con la máxima humildad.

« Nada parece, Señor, que resta para la felicidad del exponente, porque logró los conocimientos que apetecia para desempeñar los encargos de V. M.; lo ha acreditado así, y tienen en la falta de su brazo derecho una señal de que imita a sus predecesores, porque su abuelo D. Juan de Winthuysen fue el primero que en el ataque de Gibraltar en 1742 asaltó el Pastel (hallándose de capitán), de donde rodo dos veces gravemente herido, que le obligó á retirarse de Coronel de las milicias de Niebla, donde murió; su padre D. Francisco Javier de Winthuysen, a los 50 años de servicio, murió de Jefe de escuadra, después de haberse hallado en el bombardeo de Siracusa y glorioso combate de cabo Sicie, en la escuadra del Marqués de la Victoria; arregló los batallones de marina, dirigió varias expediciones de tropas para América, mereciendo así en esto, como en la Comandancia de guardias marinas y formación del cuerpo, Real aprobación. Y á tanta gloria, Señor, se ha remitido en todo tiempo y por todo servicio de importunar el trono de V. M. para recompensas, cree que la liberalidad de vuestras Reales manos los distribuye con oportunidad, y que los del suplicante no se perderán de la vista de V. M.; con que verdaderamente el romper los diques de su silencio después de 32 años, es porque el exponente y sus antepasados han consumido sus haberes y patrimonio en vuestro Real servicio. Por tanto, á V. M. suplica se le conceda la honra de tenerlo en su Real gracia y presente en sus piadosas liberalidades para ocurrir á sus necesidades personales, ya con pensión, encomienda ó ascenso, á fin de que pueda manifestar al público el que los expresados servicios han sido de vuestro Real agrado, y sirva también de estímulo á la milicia »

Comunicado al Rey, decidió darle una encomienda, ya que era caballero profeso de la Orden de Santiago, pero en ese momento no había ninguna libre en ella, por lo que decidió darle la del Corral de Caracuel, que correspondía a la Orden de Calatrava, con una renta anual de quince mil ochocientos maravedís y añadió un tiempo después, la Real Orden del día once de noviembre del año de 1792, por la que se le concedía el ascenso al grado de jefe de escuadra, pero sin abandonar su actual destino de la Comandancia General de Pilotos.

Pero de nuevo él demandó en varias ocasiones un mando a flote, hasta que en el año de 1795, se le otorgó el mando del navío de tres baterías San José, en el que enarboló su insignia, siendo a su vez subordinado, del general don José de Córdova, que era Comandante de la Escuadra del Océano, por cesar en el mando el general don Juan de Lángara por su avanzada edad, aunque fue nombrado ayudante personal por el mismo don José de Córdova. Con la que paso al Mediterráneo hasta firmar la paz con la nueva República de Francia, por el tratado de Basilea y poco después, se rompieron las hostilidades con el Reino Unido.

Al comenzar el año de 1797, la escuadra del océano se encontraba en el puerto de Cartagena, al mando de su general don José de Córdova: la componían veintisiete navíos de línea, de ellos siete de tres baterías, más ocho fragatas, tres urcas y un bergantín, pero todos ellos estaban faltos en parte de su dotación, pues según datos del propio Córdova, no eran menos de cuatro mil los que le faltaban para afrontar un combate en garantías, de ahí su intención de entrar en la bahía de Cádiz y reforzar las dotaciones para proseguir la guerra, aparte de esto a algunos buques también les faltaba alguna pieza de artillería.

El día uno de febrero del mismo año zarpó la escuadra de Cartagena con rumbo a la bahía de Cádiz, se aprovechó su salida y se le incorporó un convoy con derrota a la misma bahía, además de veintiocho lanchas cañoneras y obuseras que se habían construido en el Arsenal, que se separaron para entrar en el apostadero de Algeciras, para ser utilizadas en la defensa y ataque al peñón de Gibraltar; con el convoy entró en la bahía la división al mando del general don Domingo Nava, compuesta por los navíos Bahama, al mando del capitán de navío don José Aramburu e insignia de la división, Neptuno, al mando del capitán de navío don José Lorenzo Goicoechea y Terrible, al mando del capitán de navío don Francisco Uriarte.

Al estar a la altura de la bahía y decidido a entrar, de pronto se desató un fuerte y duro temporal de Levante, que se lo impidió, como causa de la fuerza del viento fueron arrastrados sus buques durante ocho días lo que dejó más mermadas aún a las dotaciones, los que no estaban enfermos estaba casi reventados del duro trabajo y mal comer, comenzando a calmar cuando se hallaban a la altura del cabo de San Vicente, por efecto del Dios Eolo los buques quedaron desordenados, dispersos, algunos sotaventados, por lo que más que una escuadra, parecía que iban en un paseo naval pero sin orden.

El día catorce de febrero, se divisaron las fuerzas; la escuadra española al mando del general don José de Córdova, que en esos momentos contaba con veinticuatro navíos y varias fragatas, contra  la británica del almirante Jervis, compuesta de diecisiete navíos y varias fragatas y en excelente estado de armamento, dotación e instrucción.

El navío San José, su comandante al ver la señal de su general de acudir al fuego lo antes posible, consiguió colarlo en lugar donde la pelea era más dura, al poco tiempo a Winthuysen una bala de cañón, se le llevó las dos piernas por las ingles, al verlo todo perdido aún tuvo tiempo de gritar: « ¡Fuego a la santabárbara! », orden que no se pudo llevar a efecto, por el abordaje final de los británicos. Allí sostuvo el enfrentamiento, pero la magistral maniobra del entonces comodoro Nelson con su Captain, impidió que la escuadra española envolviera a la británica, atacando de enfilada al San Nicolás, al morir su comandante el brigadier Geraldino se rindió, mientras el San Nicolás había abordado al San José, por perder el timón quedando inmóvil y parte de sus palos junto al aparejo sobre la cubierta del San Nicolás, de forma que quedaron entrelazados en un mortal abrazo, así al ser abordado el 74 cañones San Nicolás, Nelson pudo abordar al San José.

Winthuysen quedó tendido en la cubierta del alcázar sin vida, pero sin soltar de su mano izquierda (la que le quedaba), su sable de combate desnudo. De esta forma se lo encontró el comodoro Nelson, al abordar al buque de tres baterías español.

Nelson, al llegar al cuerpo sin vida de Winthuysen, se le quedó mirando, solo el hecho de tener que arrancar de su mano el sable que no soltó al recibir el impacto, se negó siquiera a tocarlo, porque era una demostración palpable del valor hasta el último latido de su corazón, en respuesta a tan valiosa demostración de heroísmo supremo, le llevó a ordenar que su sable fuera devuelto a los familiares de tan heroico general y así se cumplió. Nelson siempre fue un gran admirador del valor de los hombres y en esta ocasión lo demostró, aparte de sentir un gran respeto por el enemigo vencido.

Falleció sin tener aún los cincuenta años de edad, y su nombre es digno de figurar entre los marinos españoles más distinguidos.

En la tercera capilla del Este, donde reposan los restos del general Laborde, hay colocadas en la pared cinco lápidas o memorias, destinadas a las víctimas del combate de San Vicente, en una de ellas se puede leer lo siguiente:

A la memoria

del jefe de Escuadra

Don Francisco Javier

de Winthuysen y Pineda

Muerto gloriosamente en el navío « San José » donde tenía

arbolada su insignia en el combate naval

de San Vicente el 14 de febrero de 1797.

Lápida en el Panteón de Marinos Ilustres. Francisco Javier Winthuysen y Pineda. Cortesía del Museo Naval de Madrid.

Bibliografía:

Cervera y Jácome, Juan. El Panteón de Marinos Ilustres. Ministerio de Marina. Madrid. 1926

Enciclopedia General del Mar. Garriga. 1957, por el contralmirante don Carlos Martínez-Valverde y Martínez.

Fernández Duro, Cesáreo.: La Armada Española, desde la unión de los reinos de Castilla y Aragón. Museo Naval. Madrid, 1973.

Paula Pavía, Francisco de.: Galería Biográfica de los Generales de Marina. Imprenta J. López. Madrid, 1873.

Rodríguez González, Agustín Ramón.: Trafalgar y el conflicto naval Anglo-Español del siglo XVIII. Actas. Madrid, 2005.

Válgoma, Dalmiro de la. y Finestrat, Barón de.: Real Compañía de Guardia Marinas y Colegio Naval. Catálogo de pruebas de Caballeros aspirantes. Instituto Histórico de Marina. Madrid, 1944 a 1956. 7 Tomos.

Compilada por Todoavante. ©

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