1936 El Almirante Ferrándiz hundido por el Canarias

Posted By on 27 abril, 2019

A las 06:20 horas del 29 de septiembre, ya acabado de rebasar el meridiano de Punta Europa, desde el puesto «A» del telémetro, situado a veinticinco metros sobre el nivel del mar el serviola don Ramón de la Rocha y Mille, señaló en marcación 10º estribor la silueta de un destructor sospechoso, dando el telémetro la distancia de treinta mil metros que fue medida por el servidor de éste, el telemetrista cabo 1º Ricardo Vázquez, quien tuvo mucho protagonismo en la jornada al dar con una magnifica exactitud las distancias.

En el puente del crucero todos los prismáticos apuntaban la demora marcada, y don Francisco dio la orden de izar la bandera de España en la driza del palo de popa, transmitiendo al capitán de corbeta don Faustino Ruiz, la orden de cargar las piezas de 203 m/m, apuntando en la demora marcada.

Mientras tanto se seguía observando las maniobras del destructor, que en un principio iba de vuelta encontrada, pero al descubrir éste por fin la silueta del crucero invirtió el rumbo. La sorpresa era total, ya que al Canarias se le daba por hundido por el ataque aéreo sufrido en Ferrol, y por lo tanto su aparición en escena era inimaginable. También se supo posteriormente por un marinero enfermo rescatado del destructor, don Mariano Ramón Box, que después pasó a formar parte de la dotación del crucero, que se había recibido un aviso de que el destructor Gravina era atacado por el crucero faccioso Almirante Cervera, por lo que el Comité de a bordo había dado la orden de arrumbar hacía él para prestarle apoyo. Por esta razón iba a rumbo de ataque sobre el crucero hasta que se encontró la silueta del Canarias.

Al ver la inversión de rumbo del destructor don Francisco ordenó aumentar la velocidad a 28 nudos, manteniendo el rumbo. A las 06:40 el Almirante, sin pasar a mayores averiguaciones, dio la orden de abrir fuego, como explica en sus memorias: «a pesar de las dudas expuestas por algunos jefes y oficiales que se encontraban en el puente por estar convencido de que era rojo» Un oficial le planteó la posibilidad de que fuera inglés; a lo que le contestó: «He dado orden de hacer fuego y no me vuelvo atrás»

Esta primera salva con el grupo blanco (proa), fue disparada a 21.000 metros quedando corta, según testimonio del entonces guardiamarina don Jaime Gómez-Pablo Duarte, que posteriormente alcanzaría el grado de vicealmirante. En su autorizada opinión se trató de que el buque fuera intimidado y se rindiera, y conocida la escasez de medios de los sublevados no era desacertada tal acción.

Se dio de nuevo orden de «¡Fuego!» y después de la espera del vuelo de los proyectiles, el telemetrista del puesto «A» cabo 1º Ricardo Vázquez, volvió a medir la distancia y comunico «1.200 metros larga»

El director de tiro del crucero, el capitán de corbeta don Faustino Ruiz, se encontró con la disyuntiva de seguir las indicaciones de las tablas de Tiro de la Artillería Naval, realizadas en su día por el capitán de corbeta don Jaime Janer Robinson y que se fueron perfeccionando con el tiempo, y las normas habituales de tiro que establecían el fuego escalonado de cuatrocientos en cuatrocientos metros, pero ante las presiones de don Francisco, no se lo pensó mucho y confió en la distancia dada por el telemetrista y ordenó al grupo blanco, variar el azimut directamente a los 1.200 metros dichos.

Hay que decir que los especialistas en fuego naval apreciaron la aplicación que el capitán de corbeta don Faustino Ruiz había efectuado, entre ellos don Francisco que no en balde había sido director de la Escuela de Guerra Naval donde era obligado el curso de Tiro Naval.

Las tablas de tiro naval eran, como es lógico, un secreto, tanto que el manual de cada buque estaba encuadernado en cubiertas de acero y provisto de una cadena para que el Director de Tiro, cuando sonara el zafarrancho se las colgara al cuello, corriendo así las tablas la misma suerte que su portador pero nunca caer en poder del enemigo. Por cierto tales tablas fue lo primero que los “asesores” soviéticos se llevaron de Cartagena.

En el instante de recibir el primer impacto en la tercera salva, la distancia entre los dos buques era de 19.000 metros, ya que las tablas de variación de la distancia entre ambos, marcaba una aproximación del crucero al destructor de doscientos metros minuto.

Con los prismáticos pudieron apreciar como un proyectil había hecho blanco en la cubierta principal de popa mientras los demás levantaban unos grandes piques a su alrededor, penetrando por la misma base de la cubierta de donde sale el panel que soportaba la segunda pieza elevada del destructor y por detrás de la primera, efecto conseguido al ser el tiro por elevación, dada la distancia.

Al atravesar el proyectil la plancha provocó la explosión de las jarras dispuestas para su uso inmediato llenas de pólvora, que eran de acero y cerradas herméticamente, lo que a su vez produjo un gran incendio y la muerte de todos los sirvientes de las dos piezas.

En ese trance el destructor, cuya identidad concreta era aún ignorada por sus atacantes, intento cubrirse con una columna de humo y metió la caña a babor, con la intención de poder hacer uso de sus torpedos y responder con la artillería de proa, de paso que el rumbo le acercaba a tierra. Vista la maniobra por don Francisco, ordenó a su vez meter la caña a babor para que pudieran entrar en línea de fuego la batería Negra (popa), acción que permitió volverle a disparar sobre los 16.000 metros y a los 15.000 otra nueva salva, dos proyectiles hicieron de nuevo blanco, uno de ellos entre el puente y la primera chimenea, y entonces claramente distinguieron las letras «AF», lo que ya aseguraba que era el Almirante Ferrándiz. Desde éste se estaban emitiendo insistentes mensajes de auxilio, que eran interceptados por la radio del crucero, en uno de ellos se decía; «Destructor republicano Almirante Ferrándiz atacado frente a Estepona por un crucero faccioso S.O.S., S.O.S. »

Poco después dejó definitivamente de emitir, porque una nueva salva del crucero le desmantelo todo el sistema de antenas e inutilizó la radio.

El combate fue seguido con mucho interés por los británicos, que desde el Peñón fueron unos espectadores privilegiados, quedando asombrados de la efectividad de la artillería del crucero, pues era la primera vez en la historia que a 19.000 metros se conseguía hacer un blanco. Es curioso que, “gracias a ellos” resultara tan efectiva la dirección de tiro, que había sido prestada por el ejército, proveniente de una batería de costa de Ferrol de cañones de 152 m/m, ya que los británicos se habían negado en redondo a entregar a la Marina las correspondientes a los cruceros a pesar de estar pagadas.

Una nueva salva de las torres Blancas, hizo blanco en la proa del buque, sufriendo una gran explosión y un incendio que lo dio por definitivamente sentenciado. Don Francisco ordenó el alto el fuego y se fue aproximando bajando progresivamente las revoluciones, hasta situarse a unos doscientos metros del destructor, quedando cruzado en el Estrecho, para con su superestructura facilitar el arriado de bote y hombres, ya que los dejaba a sotavento, pero al mismo tiempo sufrieron el riesgo de quedar a botafuego, sin que esto les importara, consiguiendo así por un tiempo convertirse en un gran dique flotante.

En esos momentos algunos hombres de la dotación del destructor habían lanzado sus balsas y se arrumbaban al trasatlántico francés Koutubia, que pasaba por allí y se había dirigido a prestar auxilio, recogiendo a 25 náufragos, mientras desde el crucero don Francisco ordenó arriar un bote que al mando del teniente de navío don Alfredo Lostáu, intentaba recoger a los náufragos aunque algunos se negaron. Ante esta orden algunos oficiales hicieron saber el peligro que corría el bote y la dotación, a lo que don Francisco contestó: «La caballerosidad siempre fue norma de la Marina española»

Tras ello el crucero maniobró para facilitar que su bote pudiera atracar a su costado, y ser izado a bordo, ya que venía con 32 náufragos del destructor, que llenaban por completo la embarcación. Estos últimos, al llegar a la cubierta fueron ayudados a bajar del bote y cubiertos con mantas pasaron directamente a la enfermería para su reconocimiento y asistencia.

A las 09:20, por haberse detectado desde hacía ya un tiempo el periscopio de un sumergible, se dio la orden de ponerse en movimiento. A los pocos minutos, el destructor fue envuelto por una espesa nube blanca, posiblemente producida por la detonación de las cabezas de los torpedos, provocadas a su vez por el incendio, y cuando se desvaneció la nube el buque ya había sido tragado por la mar. El lugar del hundimiento se situó a 18 millas exactas al Sur de Calaburras en el Mar de Alborán.

Mientras tanto el Almirante Cervera, estaba persiguiendo al destructor Gravina, pero por tener muy desgastada su artillería y a pesar de estar casi encima de él, no consiguió hacer ningún blanco, no pudiendo evitar que se internará en Casablanca, donde ya nada podían hacer, y así puso rumbo para encontrase con el Canarias.

La realidad mostraba entonces que con este ataque inesperado había quedado libre y franco el paso de las tropas de África, algo absolutamente indispensable para el buen fin de los sublevados.

Además, la decisión de bajar al Estrecho de don Francisco y su ataque sorpresa tuvo efectos demoledores sobre la moral de los revolucionarios y un recíproco aumento inesperado de la misma en el bando alzado, logrando quizá un punto de inflexión. Su contribución al esfuerzo de la guerra fue por lo tanto claramente muy activa y positiva.

Los datos muestran que con la llegada de los dos cruceros y aprovechando todos los medios de transporte existentes en Ceuta y Algeciras, en setenta y dos horas, pasaron el estrecho 12.000 efectivos más todos sus materiales y munición, lo que indudablemente supuso un notable refuerzo de la situación en la Península. Si tenemos en cuenta que el publicitado y moralmente efectivo “Convoy de la Victoria” sólo había logrado transportar unos 1.600 hombres, es claramente patente la efectividad alcanzada con la presencia de los dos cruceros.

Durante el resto de la guerra el almirante Moreno continuó utilizado la sorpresa y la concentración, imponiendo su forma de combatir. Nunca en toda ella el bando revolucionario tomó la ofensiva, mientras que el bando sublevado nunca la abandonó. Esto condujo a los buques sublevados a ser temidos, mostrando una clara pérdida de confianza en las propias fuerzas de sus contrarios, algo que difícilmente lleva a otra situación que no sea la derrota final.

Bibliografía:

Martínez y Guanter, Antonio Luis José. Un Almirante relegado al olvido. Francisco Moreno Fernández. Impreso por Encuadernaciones Aguilar. Valencia, 2012. Editor, autor.

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