Barcelona revolución 1842.

Posted By on 6 julio, 2021

«Barcelona tiene que ser bombardeada cada cincuenta años» es la frase más célebre del militar Don Baldomero Espartero. Vamos a aclarar las causas de esta declaración de amor a la capital catalana.

En el año 1842 el general Baldomero Espartero era la máxima autoridad del estado español, debido a que fue nombrado regente en 1840 por la minoría de edad de la reina Isabel. El general Espartero, conocido también como el duque de la Victoria, que era su título nobiliario, gobernó hasta 1843, cuando la reina Isabel fue mayor de edad (aunque la reina sólo tenía 13 años!).

Espartero, como buen militar, tenía un método poco democrático o liberal para resolver las cuestiones políticas o sociales. De este modo, cualquier disensión política debía ser inmediatamente sofocada y reprimida.

El 13 de noviembre de 1842 estalló en Barcelona una insurrección a la que se sumó la milicia y en pocas horas la ciudad se llenó de barricadas. La chispa inicial fue por un tumulto que se produjo en la “Porta del Angel” en relación con los consumos.

El incidente comenzó cuando un grupo de obreros que regresaba de comer intentó pasar al interior de la ciudad una pequeña cantidad de vino sin pagar los “derechos de puertas”. La respuesta de la autoridad militar fue ocupar el Ayuntamiento y detener a varios periodistas de “El Republicano” presentes en los hechos, cuyo periódico acababa de publicar un llamado que decía: «Cuando el pueblo quiera conquistar sus derechos, debe empuñar las armas en masa al grito de ¡Viva la República».

Comenzó entonces una guerra de barricadas protagonizada por la milicia, apoyada por paisanos armados, contra el ejército al que acusaban de que los soldados habían saqueado tiendas y robado a los transeúntes. Otros vecinos apoyaban a los milicianos lanzando piedras y muebles desde las ventanas y las azoteas. Entonces, el capitán general Antonio Van Halen ordenó a sus hombres que abandonaran la ciudad y que se replegaran hacia el Castillo de Montjuich.

El repliegue de las tropas gubernamentales fue considerado un triunfo por los sublevados cuyo grupo tenía su origen en la Junta de Vigilancia que se había formado en Barcelona el año anterior y que estaba integrada por fabricantes y trabajadores. En un manifiesto hecho público el 17 de noviembre la Junta pedía la “Independencia de Cataluña con respecto a la Corte”.

El regente Espartero decidió dirigir personalmente la represión de la insurrección y el 22 de noviembre llegó a Barcelona. Ese mismo día el general Antonio Van Halen, por orden de Espartero, comunicó que Barcelona seria bombardeada desde el castillo de Montjuich si antes de cuarenta y ocho horas no se rendían los insurrectos. Entonces cundió el desconcierto en la ciudad y la Junta fue sustituida por otra más moderada dispuesta a negociar con Espartero, pero éste se negó a recibirles a pesar de que en ella participaba el propio obispo, por lo que se formó una tercera Junta, esta vez dominada por los republicanos y dispuesta a resistir.

Finalmente, el 3 de diciembre de 1842 comenzó el bombardeo y al día siguiente la ciudad se rendía y entraba de nuevo el ejército. Se dispararon 1.014 proyectiles desde los cañones de Montjuich que dañaron 462 casas, además del hospital sobre el que cayeron cinco bombas, y el salón de Ciento del Ayuntamiento que quedó casi completamente destruido. Hubo veinte víctimas mortales entre los habitantes de la ciudad. El bombardeo provocó incendios por toda ella.

La operación se inició antes del mediodía y concluyó en su primera etapa antes de las dos de la tarde. Se reanudó dos horas después. A las seis de la tarde salieron dos comisiones de ciudadanos, una de la ciudad y otra de la Barceloneta. Se dirigieron al cuartel general para pedir que se suspendieran las hostilidades y ofreciendo la sumisión de la ciudad. A la media noche, los negociadores habían alcanzado un acuerdo con Antonio Van Halen y se dio por concluido el bombardeo.

La represión ordenada por Espartero fue muy dura. Se desarmó a la milicia y varios centenares de personas fueron detenidas. Además se castigó colectivamente a la ciudad con el pago de una contribución extraordinaria de doce millones de reales, para sufragar la reconstrucción de la Ciudadela. Asimismo, disolvió la Asociación de Tejedores de Barcelona y cerró todos los periódicos salvo el conservador “Diario de Barcelona”. Espartero había conseguido acabar con la revuelta, pero con el bombardeo y la dura represión posterior perdió el inmenso apoyo social y político que había tenido tradicionalmente en Barcelona, lo que también actuó sobre Madrid. La vuelta de Espartero fue acogida con una frialdad que contrastaba con el pomposo alborozo.

Un año después, en 1843, el general Prim, se sublevo contra Espartero. Y curiosamente las crónicas de medios catalanes, minimizan la decisión del general de Reus (donde hoy hay una estatua en su honor), volvió a utilizar la artillería contra Barcelona. Nombrado gobernador, tuvo que hacer frente a la rebelión de “la Jamancia”. De aquellos sucesos procede la frase de Prim “o faixa o caixa”, referente a la disyuntiva que se le presentaba: o el fajín de general o el ataúd. Para someter a los insurrectos.

De 81 días que permaneció Barcelona en pie contra el Gobierno. Además de las barricadas hubo un famoso y frustrado intento de asalto a la fortalece de la Ciudadela en octubre. Acto seguido Prim bombardeo, como hiciera un año antes Espartero, la ciudad hasta su capitulación en noviembre.

Se ponía así fin a este levantamiento que marcó la estela de los próximos, en los que cada vez de manera más clara los otrora burgueses revolucionarios liberales fueron los garantes del orden y los encargados de acabar con todo motín o protesta obrera y popular. Prim puso asedio a la ciudad durante dos meses hasta pacificarla, dejando una tercera parte de los edificios destruidos. El militar reusense recibió entonces el fajín de general.

Bibliografía:

Diferentes obras incluidas diarios, algunas publicadas en la época en Barcelona, de todas ellas se han sacado extractos, para no convertir este corto relato en un libro, porque da para ello.

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