Biografía Diego de Egüés Beaumont y Verdugo de la Cueva

Posted By on 15 agosto, 2021

Capitán General de la Flota de Nueva España. Gobernador y Capitán General de Nueva Granada. Caballero de la Militar Orden de Santiago.

Nació en Sevilla por 1612, fueron sus padres don Martín de Egüés Beaumont y Jiménez del Bayo, y doña Ana Verdugo de la Cueva, siendo el primogénito. Por la alcurnia de su familia fue nombrado de niño paje del Príncipe de Asturias don Felipe futuro rey IV de su nombre, al ser nombrado Rey le concedió en diciembre de 1627 el hábito de la Orden de Santiago, cuando contaba entorno a los 14 años de edad.

En abril anterior su padre fue nombrado Presidente de la Audiencia de Charcas, viajando a su nuevo destino con toda la familia, sucediendo que falleció a los catorce meses de ocupar el cargo (agosto de 1628), eral tal el estado pecuniario de la familia que el virrey conde de Chinchón, le nombró corregidor de Cochabamba con tan solo 16 años de edad, de esta forma poder ingresar algún peso y mantener a su familia. A pesar de su juventud dejó un grato sabor entre la población y su jefe.

Pasados unos años fue nombrado capitán de infantería en el Tercio del maese de Campo don Sebastián de Corcuera destinado en el puerto del Callao, pasando con el mismo grado a una compañía de arcabuceros, embarcando en la armada de la carrera de indias. Pasó a Cartagena de Indias embarcando como a tal capitán de Mar y Guerra en el galeón San Marcos, almirante don Pedro de Ursúa y Arizmendi, en la Armada de Tierra Firme al mando de don Carlos Ibarra, al terminar el embarque dio la vela con rumbo a la Habana el 7 de agosto de 1638, dando escolta a la Flota; en la Habana se sabía la presencia de los bátavos, enviando buques en aviso de su presencia, al llegar a Cartagena don Carlos llevaba varios días de ventaja, no pudiendo darle la noticia.

El 31 de agosto al doblar la altura de Pan Cabañas se avistaron las escuadras. La holandesa al mando Cornelis Joll (Pie de Palo) compuesta por diecisiete buques, la española por siete; al ser divisados los bátavos se lanzaron, Ibarra dio la orden de dejarlos llegar hasta estar abarloados para hacer la primera descarga, esto causo estragos en los buques enemigos, pues no solo fue la artillería si no los arcabuces y mosquetes, se prolongó el combate durante ocho horas, por retirarse los enemigos a un distancia de tres millas, donde celebraron consejo; se aprovechó la noche para reparar averías importantes e incluso arbolar algún bajel por ambas partes, el 3 de septiembre volvieron al ataque, solo que ahora era trece los enemigos contra cuatro españoles, manteniendo la distancia a tiro de cañón limitándose a un mutuo bombardeo, si bien hacía su daño no era tan importante como a boca de jarro, retirándose de nuevo los bátavos y Pie de Palo intentando convencer a los suyos para un tercer intento, estos habían sufrido muchas bajas y no estaban por la labor.

El 5 aparecieron unas grandes urcas holandesas, unidos ahora sumaban veinticuatro velas, al ver el aumento de los enemigos don Carlos dio la orden de poner rumbo a Veracruz, lo curioso fue que el 6 no estaban a la vista los enemigos, confirmando el dato de haber sufrido mucho daño, de no ser así lo hubieran intentado y más estando reforzados, pero nadie molestó a la Flota, pues los únicos que se cruzaron en su rumbo forzaban de vela para huir de su vista, fondeando en el puerto de destino el 24 seguido. En vista de esto, desde Veracruz zarparon buques ligeros con rumbo a la península, avisando de la situación de la Flota, así se ordenó armar ocho galeones para incorporarlos a la escuadra de don Carlos, al mismo tiempo que zarpaban estos se ponía en movimiento la Escuadra del Océano con rumbo a las islas Terceras, pero todo esto no sirvió de nada, dada la astucia de los mandos de las dos Flotas, la de Nueva España y Tierra Firme junto a la Armada de ésta, pues en época no ajustada, zarparon el 25 de enero de 1639, utilizando una derrota desconocida realizando el viaje, de hecho ni se hizo escala en la Habana por si estaba vigilada, ni se acercaron a las islas Terceras, por todas estas previsiones la Flota arribó a la bahía de Cádiz el 15 de julio de 1639.

Al llegar a la península fue incorporado con el mismo cargo en la armada del Océano, a finales del mismo año el Príncipe de Condé invadió el Rosellón rindiendo la plaza de Salses, acudiendo raudas las escuadra de galeras y del Océano, desembarcando los infantes de los cuales Egüés mandaba ya varias compañías, logrando en muy poco tiempo recuperarla. Participó en el combate naval entre la escuadra de don Jerónimo de Sandoval con ocho galeones un patache y dos galeones de la Armada de la Flota, contra la francesa al mando del marqués de Brezé con treinta buques el 21 de julio de 1640 frente a Cádiz, por la gran diferencia cada español fue atacado por varios enemigos, a ello se sumó el lanzamiento de brulotes, pese a todo los mercantes pudieron entrar sin ser molestados en la bahía, pero no quedó aquí la victoria, pues aunque huyendo consiguieron entrar siete de los galeones, si bien muy chamuscados y solo uno se perdió, fue tal el agrado con que fueron recibidos que surgió del gracejo andaluz una pequeño canto: «…si no volvían los galeones con feliz suceso, lo hacían con reputación…»

El 1 de junio de 1641 firmaron un tratado de alianza Francia y Portugal, uniéndose poco después Holanda, con la intención de acabar con la escuadra española y así conseguir capturar las Flotas de Indias. Al recuperar las islas Terceras (gracias a que en ellas seguían de gobernadores personajes portugueses) decidieron bajar al cabo de San Vicente para interceptar la Flota. Por el mismo tratado los bátavos debían regresar a sus aguas en noviembre, si la Flota se retrasaba debían abandonar, los franceses eran treinta y cinco velas, se desconocen las portuguesas y holandesas. España reunió veintitrés galeones de todas sus escuadras, al mando del duque de Ciudad Real, don Juan Alonso de Idiáquez y Robles, de quien Fernández Duro dice: «Soldado valeroso ajeno á la mar», produciéndose el encuentro el 4 de noviembre. No hay muchos datos sobre el combate, solo se sabe lo que el duque de Ciudad Real le comunica al Rey: «…se han echado al fondo a tres buques bátavos, otro quedó casi deshecho y el resto con graves averías.» Según otro historiador de la época dice: «…la escuadra holandesa no intentó entrar en ningún puerto, no dejando de navegar hasta arribar a su puerto de origen.» Egüés al mando del galeón San Juan Evangelista participó en este combate.

A primeros de agosto de 1642 reciben la orden de reunirse la escuadra de galeones y las galeras pasando a Vinaroz, quedando a las órdenes del General de la Galeras de España, don García Álvarez de Toledo Osorio y Mendoza, duque de Fernandina y marqués de Villafranca, reuniendo una escuadra de treinta buques redondos, veintinueve galeras y cuatro pataches, dando escolta a un convoy de sesenta y cinco buques, transportando tropas y todo tipo de pertrechos de boca y guerra, para auxiliar al ejército español. La escuadra francesa al mando de Brezé estaba formada por veintiséis galeones, diecinueve galeras, ocho bergantines y cuatro brulotes, esto no paró a don García quien salió para transportar los pertrechos a Tarragona, donde llegó el 20 seguido, con un truco (los galeones en línea cubrieron el fuego del francés a los mercantes) todo el convoy entró en el puerto, mientras en el combate los galos no salieron muy bien parados, algunos de sus buques sufrieron mucho y certero fuego, al estar todos dentro se dio la orden de alejarse, permaneciendo a la vista hasta el 25, por haber desaparecido los enemigos. En este combate Egüés estuvo al mando del galeón San Agustín. Al dejar las aguas libres desembarcaron pertrechos en Rosas, Colibre y Perpiñan, a su vuelta bombardearon simbólicamente Barcelona para no dañarla y después tener que reconstruir los daños aumentando el gasto. Lo curioso de este encuentro naval fue que los mandos de ambas escuadras, fueron destituidos por sus respectivos jefes, el español por el conde-duque de Olivares y el francés por el cardenal Richelieu, por pensar ambos que podían haber destruido al contrario.

Egües pasó a Cuba en una Flota, donde ocurrió algo normal entre caballeros en la época, pero en su caso se quiso enmascarar diciendo que las heridas fueron causadas en un combate sobre Cuba, pero precisamente en estos años no hubo tal, por ello casi se puede afirmar que las recibió al batirse en duelo en 1643 con don Bartolomé de Osuna gobernador de Santiago de Cuba. Regresó y fue comisionado en diferentes ocasiones por ser de importancia, pasando a Nápoles y Sicilia, ya en auxilio a las operaciones del general don Francisco Díaz Pimienta, así como transportar tropas a los mismos lugares. En 1647 al mando de los galeones Concepción y Salvador del Mundo, zarpó de la bahía de Cádiz transportando unas compañías de infantería a Nápoles. Poco después se le nombró mayordomo de don Juan José de Austria y el 5 de agosto de 1650 fue nombrado estrator de Messina.

Para ser nombrado en éste alto cargo, a costumbre de los Austrias se realizaba una relación de sus servicios, para el mejor conocimiento de S.M. en ella se relata prácticamente su vida, diciendo: «Don Felipe, por la gracia de Dios, etc. Conviniendo á mi servicio, buena cuenta y razón de mi hacienda proveer el cargo de Veedor de todas mis galeras, que ha quedado vaco, en persona de la calidad, servicios, suficiencia y confianza que se requiere, concurriendo éstas y otras muy buenas partes en la de vos, D. Diego de Egues y Beaumont, caballero de la Orden de Santiago, hallándome con satisfaccion de vuestro celo y fidelidad, y teniendo consideracion á lo mucho y bien que me habeis servido de veinte años á esta parte, empezándolo á hacer por Junio de 1624, habiendo ejecutado diez y seis años efectivos en diferentes puestos, siendo mi paje y despues corregidor y capitán á guerra en la provincia de Cocha de Cochabaurua, en el Perú; capitan de infanteria en el Callao, en la armada de la guarda de las Indias, de arcabuceros, y gobernador de una compañia; Capitán de mar y guerra, Almirante de la flota de Tierra Firme, y que os hallasteis en la campaña de Salses y executasteis otros viajes á las Indias y dos al mar Mediterráneo y otro á los Cabos en los encuentros que tuvo la dicha armada de las Indias con la de Holanda sobre la Habana, gobernando la compañia de mar y guerra de la Almiranta, y habiendo llegado á España fuisteis con el mismo puesto agregado á la del Océano á Levante, asistiendo á los encuentros que la de las Indias tuvo con la de Francia á la salida de Cádiz, en los que la del Océano ejecutó con las de Holanda y Francia en el cabo de San Vicente y sobre Barcelona; despues gobernando los galeones El Salvador del Mundo y La Concepción, en que pasasteis llevando á vuestro cargo desde Cádiz al reino de Nápoles la infanteria que se juntó en la Andalucía, y habiéndoos agregado á la dicha armada, el general Francisco Diaz Pimienta os nombró por Almirante de ella en el ínterin, y últimamente vinisteis desde Mecina á esta córte, por conveniencias de mi servicio, á dar noticia del estado en la dicha armada, y lo demas que se ofrecia para el apresto de ella, y atendiendo á que os hice merced del puesto de uno de los mayordomos de don Juan de Austria, mi hijo, y á que os nombré por estracticor de Meccina, procediendo en las ocasiones y cosas que han sido vuestro cargo con el valor y acierto que se esperó de vuestras muchas obligaciones, á imitación de vuestros pasados, y particularmente de vuestro padre D. Martin de Egues en el puerto del Callao, que lo hizo veinticuatro años en diferentes oficios de judicatura y falleció siendo presidente de Charcas, y confiando que lo continuaréis así en lo en adelante, he resuelto elegiros y nombraros, como es virtud de la presente os elijo y nombro por mi Veedor general de todas mis galeras que al presente están armadas y se armen de aquí adelante en mis reinos de España, Nápoles, Sicilia y Cerdeña, y todas las otras galeras mias y de particulares de Génova y otras partes que andan y anduvieren á mi sueldo y servicio, y por cuenta del subsidio eclesiástico que Su Santidad me tiene concedido para el sustento y entretenimiento de ellas, y de los demas navíos de alto bordo y otros bajeles que con ellas anduvieren y se juntaren para cualquier efecto que sea, y como tal mi Veedor general de las dichas galeras esteis y residais en ellas cerca de la persona de D. Juan de Austria, mi hijo, Gobernador General de todas mis armas marítimas, etc., etc. (Siguen las obligaciones y preeminencias del cargo, que ocupan cinco hojas) Dada en Madrid á 5 de Agosto de 1650 años. ― Yo el Rey.»

El 17 de abril de 1652 fue nombrado capitán general de la Flota de Nueva España, sin dejar el cargo anterior, por ello no lo tomo efectivo hasta 1656, entre estas dos fechas ocurrió que los de siempre le demandaran ante el Rey el apresto de la Flota, por ello se presentó en la Corte en octubre de 1652, donde explicó los motivos del retraso, ordenando S. M. acudiera a ocupar su anterior cargo para poner fin a la guerra en la Ciudad Condal, en enero de 1654 el procurador que llevaba la investigación en secreto del caso don José Pardo, comprobó la inocencia de las acusaciones, esto se le confirmo por nueva Real cédula en su cargo de las Flota, añadiéndose el comienzo de la guerra contra Inglaterra. Zarpó de Cádiz el 10 de marzo de 1656 con 29 buques, incluidos la capitana y almiranta. Llevaban 3.000 toneladas de mercancías y 3.531 quintales de azogue. El 15 sobre cabo Cantín sufren un temporal quedando los buques separados, menos once que pudieron mantenerse con la capitana.

El 4 de mayo fondearon en Puerto Rico la capitana y algunos buques, Egüés toco en la Habana arribando por fin a Veracruz el 9 de junio después de noventa y dos días de mar. Uno de los mercantes, separado de la flota fue capturado por los ingleses. Por las constantes noticias de ingleses en Jamaica, ordenó inmediatamente comenzar a desembarcar lo transportado, con los medios disponibles logró dejar en tierra todo, tranquilizados un tanto se volvió a embarcar y el 25 de agosto se descargaba la última recua con plata quedando embarcada y asegurada, quiso dar la vela el 28 de agosto pero se levantó un duro temporal que se lo impidió, le llegaron noticias de la presencia en Jamaica de 25 velas enemigas y órdenes de arribar a la Habana cuanto antes, a pesar de no haber amainado del todo y contra la opinión de todos sus capitanes y pilotos, el 30 siguiente zarparon ocho buques de la flota más tres que iban a la Habana y Caracas. Poco después de salir ocurrió lo contrario, el viento calmó de tal forma que en vez de los 25 días de navegación entre Veracruz y la Habana le costó el doble. Fue una bendición, pues la escuadra inglesa había estado esperándoles frente a la Habana durante dos meses, incluso intentaron entrar y fueron rechazados, fondeando en el puerto justo siete días después de haber desaparecido de la vista los enemigos.

Lo primero fue dar carena a los buques que la necesitaban, durante la espera entraron a primeros de noviembre el San Juan Evangelista y el Santo Cristo del Buen Viaje, los cuales salieron de Cádiz en 1655 con azogues con destino a Veracruz, arribando con caudales a la Habana, pasando a su vez a ser carenados quedando unidos a la Flota. A primeros de diciembre llegó un correo del Rey advirtiendo de la presencia de las escuadra inglesa en aguas de Andalucía, por ello debía ir a las islas Afortunadas, intentaron dar la vela pero de nuevo se levantó un temporal, quedando a la espera de mejorar el tiempo, el 16 estaban listos para salir pero llegó un correo real con órdenes de esperar a don Diego Medina, pero no más tarde de primeros de enero, como ya estaban con ellos dieron la vela el 24 de diciembre al mejorar el tiempo, eran: Capitana Jesús María, insignia de Egüés, capitán don José Márquez, Maestre don Pedro de Goicoechea; Almiranta Nuestra Señora de la Concepción y San Luis, Almirante don José Centeno Ordóñez, Capitán don Juan de Bobadilla, Maestre don Gerónimo de Villalobos; Nuestra Señora de los Reyes, a su bordo el conde de Bornos, gobernador del tercio de galeones, Capitán don Roque Galindo; San Juan Colorado, de Honduras, capitán don Sebastián Martínez; Santo Cristo del Buenviaje, capitán don Pedro de Arana; Campechano Grande, capitán don Pedro de Urquina; Campechano Chico, capitán don Martín de Lizondo; La Vizcaína, capitán don Cristóbal de Aguilar y Juan Quintero; Sacramento, capitanes don Francisco de Villegas y don Juan Rodríguez de Málaga; Nuestra Señora de la Soledad, capitán señor Istueta; Patache, capitán don Pedro de Orihuela y los incorporados en la Habana, San Juan Evangelista, capitán don Diego de Medinay el Santo Cristo del Buen Viaje capitán don Juan de Montano. Las trece velas que mencionan, siendo la capitana y almiranta, cuatro galeones de refuerzo, un patache y seis navíos mercantes.

Desde el comienzo de las hostilidades y sabiendo las reciente pérdida de las islas Azores, en las islas Canarias su capitán general don Alonso Dávila y Guzmán se propuso reforzar sus defensas, llegando a bordo del Madama del Brasil el medio millón rescatado en aguas de Puerto Rico, dándole escolta cincuenta hombres y con ellos el ingeniero mayor de Cartagena de Indias don Juan de Somavilla Tejeda, quien comenzó a construir dos nuevas fortalezas, pero faltas de artillería. Cruzaron el océano sin contratiempos fondeando el 18 de febrero de 1657 en La Palma, cumpliendo órdenes se encontraban en las Canarias, donde fue informado de la reciente llegada de medio millón de pesos rescatados de la Flota anterior, dio la vela arribando el 22 a Santa Cruz de Tenerife, a su vez se le dieron informes que ya conocía, dando la orden de embarcar los caudales rescatados y por la falta de defensas de las nuevas construcciones, ordeno desembarcar 24 cañones de los mercantes para ellas, a cambio Dávila metería en la capitana y la almiranta una compañía en cada uno, como sus órdenes eran arribar a Cádiz zarpó el 26 seguido, con un duro temporal y el pensamiento de no encontrarse con los ingleses por ser conocedor de su mayor número, al pasar por Gran Canaria fue alcanzado por un buque, informándole de la presencia de más de 60 velas enemigas en las costa sur de la península, por ello el capitán general de las islas don Alonso le pedía regresase, a ello se añadía el desarbolo de un palo de la capitana, por ello dio la orden de virar con rumbo a Santa Cruz de Tenerife, al calmar el temporal vino la calma retrasando su llegada fondeando en el puerto el 1 de marzo, nada más estar los buques a resguardo, ordenó desembarcar los diez millones y medio entre caudales y mercancías para ponerlos a salvo en tierra, trabajo que dadas las penurias del archipiélago duro casi dos meses.

El almirante Robert Blake, quien bloqueaba Cádiz desde la primavera de 1656 en septiembre hizo presa de la Flota de Tierra Firme, solo pudo capturar a pesar de su mayor número a dos y hundir al Nuestra Señora de las Maravillas, el resto por ser buques menores no llamaron su atención y fueron entrando en Cádiz, esto le envalentonó, por ello persistía en esperar la llegada de la Flota de Nueva España. Estando cruzando las aguas le llego la noticia por un tal William Sadlington el 23 de abril de la presencia de la Flota en Tenerife, al mismo tiempo le advertía de los tratos en los que estaba España con los bátavos para contratar a De Ruyter en su apoyo, como era apremiante y el tiempo corría en su contra, al ser conocedor de la presencia de la Flota en las islas Afortunadas lo comunicó a todos sus capitanes quienes decidieron ir a por el botín.

Por esto no lo pensó, era cuestión de adelantarse y él estaba en esa disposición, por ello dio la orden de arrumbar a Santa Cruz de Tenerife encontrándose sobre la punta de Anaga el 28 de abril. Se presentó el 30 seguido el almirante inglés Robert Blake con 38 velas, al ver la disposición de los buques; por orden de Egüés los galeones estaban en primera línea protegiendo a los mercantes, ordeno penetraran doce de sus galeones mejor armados, siendo el primero en hacerlo a las ocho de la mañana el Speaker de 64 cañones, siguiéndole los demás tardando una hora en fondear a tiro de cañón; entonces como siempre vino la bravata inglesa, pues intimó a Egüés a la rendición, éste le respondió: «Que venga acá si quiere» poco después comenzó el intenso bombardeo, dado que desde las fortalezas se ayudaba a los buques y estas estaban guarnecidas por doce mil hombres, haciendo imposible tratar de desembarcar, sobre las once todas las velas enemigas estaban en el interior de la dársena, excepto una división con el Saint George buque insignia que se mantuvo fuera (buen ejemplo), siendo el blanco preferido la capitana por enarbolar el pabellón español.

La capitana comenzó a arder, Centeno estaba herido, viendo era imposible defenderse más, a la una se dio la orden de hacer estallar la mina colocada en su casco, habiendo permanecido durante cuatro horas bajo el fuego de varios enemigos, como no, los ingleses intentaron arriar el pabellón, dirigiéndose a él pero estando cerca explotó causándoles muchas bajas, estos descontentos prosiguieron el bombardeo hasta empezar a anochecer, dándose cuenta era inútil poder hacerse con los caudales, fue el momento en que Blake decidió dar la orden de salir del puerto. El primero en entrar, el Speaker estaba en muy mal estado y otros no tanto pero casi todos con agujeros en los cascos, es así porque abandonaron dos buques apresados por necesitarse mutuamente para salvar los suyos, al estar muchos en difícil situación de hacerlo por sí solos a pesar de tener el viento favorable como a la entrada. Las  bajas fueron muy reducidas en los españoles, como siempre las inglesas desconocidas, pues ambos jefes se arrogaron la victoria. La verdad es que se perdieron los buques, pero esa no era la única intención del inglés, y la suya no pudo cumplirla en ningún aspecto, pues no desembarcó para cargarla en sus bajeles. Aun así fue felicitado por Cromwell y el Parlamento aprobó un día de acción de gracias. (Otro Vernon anticipado) Lo cierto es que en las fortalezas no hubo bajas y soportaron perfectamente el envite.

Egüés se hizo cargo como veedor que era de realizar el recuento de lo desembarcado, saliendo a la luz las prácticas de siempre, pues al final sobraba dinero y mercancía, dejando una vez más al descubierto lo realmente mal que funcionaban los registros, pero de paje a Rey, estando involucrada toda la escala de intervinientes, lo que a su vez puso en conocimiento de S. M., esto supuso un incremento para la Hacienda que supero en mucho las pérdidas. El Rey agradeció a la ciudad su defensa y recompensó a don Diego con la concesión de una encomienda de indias de 2.000 ducados de renta y a don José Centeno otra de 1.500 ducados. S. M. en su agradecimiento dice: «He estimado por digno de particular aprobación y alabanza el ejemplo de valor con que os habéis gobernado en la ocasión presente, a cuya imitación y siguiendo tan honrado ejemplar y el de vuestro almirante, hasta las naos marchantes y sus dueños se ha reconocido que hicieron la última prueba de constancia y fidelidad, y así por esto os doy particulares gracias y os ordeno que en mi nombre se las deis a los particulares que se hubieren señalado, de cualquier grado que sean, respectivamente…» En abril siguiente S. M. vuelve a darle las gracias: «En todo lo que ha subcedido en el progreso de vuestro viaje os habéis gobernado dando evidentes muestras de vuestra capacidad y inteligencia y maña, acompañada de mucha prudencia, generalmente en todo género de profesiones y negocios, y con la constancia y valor que corresponde a las obligaciones de vuestra sangre y al celo y valor con que siempre me habéis servido y servís…reconociéndose también que habéis dispuesto y logrado con vuestro ingenio, aplicación y desinterés considerables crecimientos en beneficio de mi Hacienda, por todo lo cual me doy por muy bien servido y satisfecho de Vos y de vuestras atenciones y procedimientos, y los tendré presentes para emplearlos en los puestos que fueren de mi mayor servicio»

Se embarcaron los caudales en varios buques mercantes al mando de Egüés, arribando en marzo de 1658 al puerto de Santa María, se hizo llegar a la Corte donde fue recibido por el Rey. Más tarde en agradecimiento por sus esmerados servicios don Diego fue llamado a la Corte, recibiendo como gracia Real una plaza de consejero en el Consejo y Contaduría Mayor de Hacienda.

Por 1661 al llegar quejas contra el presidente y oidores de la audiencia de Santa Fe de Bogotá, extendiéndose contra algunos de los oficiales del Tribunal de Cuentas, para aclarar la situación se envío a un catedrático de Salamanca con el cargo de visitador, éste comunicó haber sido amenazado y el capitán general del virreinato don Dionisio Pérez Manrique lo despojó de sus cédulas como a tal, así como sus documentos para el Rey y con ello el destierro de sus territorios. Dado el malestar en la Corte, fue nombrado don Diego para el cargo de presidente de la audiencia de Santa Fe y gobernador, y capitán general del Nuevo Reino de Granada por Real cédula del 12 de junio de 1661, reteniendo el cargo de Consejero de Hacienda, para evitar males mayores, el cargo lo juró en la Corte, en contra de la costumbre de hacerlo en Bogotá, por ello sus documentos desautorizaban al anterior quedando destituido por el Rey y directamente ocupaba el cargo por orden Real, viajando a su destino donde tomo el mando en Santa Fe el 2 de febrero de 1662.

En marzo de 1663 llegó la noticia al Consejo de Indias por la que don Diego había restituido al visitador don Juan Cornejo. Su gobierno fue calificado: «Recto y amigo del orden, por moralidad y conciencia fundadas en la fe y en la más viva piedad…Y como era amado de todos, no queriendo disgustarle, cada uno vivía bien y evitaba el desarreglo, para que no supiese el superior. Así le llamaban, porque gobernaba el Nuevo Reino, y sobre todo su capital, como se gobierna un convento en que el superior es santo, y los inferiores, sin temores, sin disputas, sin inquietudes y sin odios de partido, se santifican con su ejemplo y viven arreglados y contentos.»

Ayudo a la fundación de misiones sobre todo de los Franciscanos, Jesuitas y Dominicos, se reconstruyeron dos puentes en la capital de mucha importancia para el buen comercio y se termino la torre y atrio de la catedral de la ciudad, mejorando constantemente las vías de comunicación internas, para facilitar el trasiego de mercancías, siendo muy alabado por los comerciantes.        

Se encontró mal y otorgó testamento el 19 de diciembre de 1664, falleciendo en Bogotá el 25 seguido.

Bibliografía:

Francis Lang, Mervyn.: Las Flotas de la Nueva España (1630-1710). Despacho, azogue, comercio. Muñoz Moya, editor. Sevilla, 1998.

Fernández Duro, Cesáreo.: Bosquejo Biográfico del Almirante D. Diego de Egüés y Beamont y Relación del Combate naval que sostuvo con ingleses en Santa Cruz de Tenerife año 1657. Sevilla, 1892.

Fernández Duro, Cesáreo.: La Armada Española desde la unión de los reinos de Castilla y Aragón. Est. Tipográfico «Sucesores de Rivadeneyra» 9 tomos. Madrid, 1895-1903.

Fernández Duro, Cesáreo.: Disquisiciones Náuticas. Facsímil. Madrid, 1996. 6 Tomos.

Viera y Clavijo, Joseph.: Noticias de la Historia General de las Islas Canarias. Goya Ediciones. Santa Cruz de Tenerife, 1982. Facsímil de la de 1776.

VV. AA.: Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo Americana. Espasa-Calpe. 122 tomos. Completa.

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