1641 Combates navales de Tarragona V al VIII

Posted By on 1 septiembre, 2010

Estos tuvieron lugar en esta agua, por el propósito de los franceses de apoderarse de la ciudad, que estaba siendo atacada, tanto por tierra como por la mar, por ello se extendieron entre los meses de mayo a agosto del año de 1641.

Por tierra era atacada por un formidable ejército al mando de Lamotte-Hondancourt, que ya la tenía sitiada, por lo que su única salida o socorro debía de provenir de la mar, pero en ésta se encontraba el arzobispo-almirante de Burdeos Henri d’Escoubleau, que se encarga de mantenerla totalmente aislada.

Ante la extensión del asedio, los habitantes comenzaron a sentir el hambre, por lo que ya se hizo perentorio el que se le socorriera por la mar, por ello se encargó al duque de Fernandina, el que realizara el socorro.

A éste le correspondía el mando de la expedición por ser el capitán general de las galeras de España, que contaba en esos momentos con veintiuna galeras en su escuadra y se hallaba en el puerto de Cartagena.

A donde acudieron para reforzarla, otras veinte galeras y dieciocho galeones, de la escuadra de Nápoles, a los que se sumaron otros buques menores como los bergantines, de los cuales se escogió a cinco, más otras ocho galeras que fueron cargadas con los socorros para la ciudad, por lo que a finales del mes de junio, la expedición estaba lista para hacerse a la mar.

En el amanecer del día cuatro de julio, la expedición se presentó ante el puerto de Tarragona, por la orden ya recibida de Fernandina, nada más llegar los buques con la carga de socorro se dirigieron al puerto, mientras el resto de la escuadra se enfrentaba a las unidades que mantenían el bloqueo.

Pero las galeras españolas a pesar de su manifiesta desventaja sobre los galeones franceses, se enfrentaron a ellos, eso si tuvieron la suerte de que por la falta casi total de viento, éstos no podían maniobrar a su gusto, para enfrentarse con su ventaja a las rápidas galeras, ya que estas con su remos llegaron a dispararles de enfilada, provocándoles graves daños.

La escuadra francesa, que se encontraba en esos momentos, estaba al mando de Sourdis y se componía de veintidós galeones, catorce galeras y cuatro brulotes, cubriendo los espacios de los galeones las más maniobrables galeras.

Al estar así la formación, la línea no era fácil de atravesar, pues mientras los galeones podían hacer fuego por una de sus bandas, las galeras lo podían realizar de crujía, por lo que se pasara por donde se intentara pasar, el fuego a recibir resultaba terrible.

Pero los franceses, parece ser que de primeras se vieron apurados, pues al verse venir a las cuarenta seis galeras de proa a ellos y aboga de combate, les dejó algo fuera de sitio, por ello se aprovechó esta sorpresa y se dirigieron al centro de la línea enemiga, para aprovechar el hueco entre los grandes galeones y que cuyas divisiones estaban al mando de Du Cangé y de Casenac.

Rápidamente se acortaron las distancia y al estar al alcance de la artillería, lo franceses rompieron el fuego, pero los españoles con la mirada fija en el puerto, mantuvieron sus posiciones y soportaron impertérritos la lluvia de fuego que le caía encima; haciendo pequeños virajes, lograban responder al fuego con las galeras, por lo que de alguna manera se iban abriendo mar.

Al no haber viento, el propio humo de sus cañones envolvió a los franceses, que quedaron sin visibilidad, por lo que el fuego que seguían realizando era ineficaz y desviado, al mismo tiempo que aumentaba su desacierto, lo que volvió a aprovechar Fernandina, para encabezando una pequeña línea, se coló con once galeras, siendo las ocho principalmente cargadas de víveres, las que le acompañaron, las otras tres, incluida la suya, daban remolque a los cinco bergantines también cargados con las provisiones.

El valor y la casi temeridad, con que se realizó el cruce de la línea francesa, dejó a estos asombrados y sin saber como reaccionar, pero Fernandina consiguió el llegar a los muelles del puerto, donde rápidamente se comenzó su descarga.

Los franceses reaccionaron rápidamente, por lo que ordenaron a sus galeras que remolcaran a sus galeones, con lo que consiguieron acercarse a los españoles y se recrudeció el fuego.

De lo que resultó, que una de las galeras españolas, fuera aferrada por tres francesas consiguiendo rendirla, mientras que el resto conformado por las veintiocho restantes, se mantuvieron fuera del alcance de la artillería, pero al mismo tiempo que se mantenían en una firme posición, atacando de nuevo las españolas, cuando se vió el ondear del pabellón de su jefe, que una vez cerciorado de la descarga de todo lo que se transportaba, se hacía a la mar de nuevo y tenia que volver a cruzar la línea enemiga.

Por otra audaz maniobra de Fernandina; pues atravesó la línea por donde menos se esperaba, ya que introdujo a sus galeras entre el fuego de los galeones franceses, pero si estos querían hacer fuego sobre él, muy bien su propio fuego hubiera hecho daño a sus propios galeones, por ello consiguió salir, cruzar y reunirse con su escuadra, que una vez juntas las veintinueve se hicieron con proa al mar abierto, aprovechando así el barlovento que en esos momento soplaba.

Viendo los franceses que los españoles se alejaban, pusieron proa al puerto, donde entraron e intentaron, lanzando los brulotes pegarles fuego a las galeras, solo consiguieron hacer blanco en una, cuyo incendio fue apagado, los demás brulotes fueron desviados y se estrellaron contra zonas donde ardieron sin hacer ningún daño, viendo el resultado infructuoso de su ataque, se dedicaron a bombardear a la ciudad, pero aún así la mayor parte de las provisiones recién llegadas se pudieron poner a salvo, cuando se cansaron de hacer fuego y viendo que no les daba resultado, viraron y salieron del puerto.

Al siguiente día regresaron y volvieron a hacer fuego contra las galeras, de las cuales tres resultaron dañadas, pero ellos se arrogaron haberlas destruido a todas.

De todas formas, el socorro había sido pobre, pues a parte de la población hay que tener en cuenta, que se agregaron a ella las dotaciones de las galeras que allí se habían quedado, que en total sumaban unos tres mil hombres más, por lo que Fernandina consideró que había que hacer un nuevo esfuerzo de socorro.

Pero el inconveniente era, que ya había demostrado sus habilidades y por ello ahora necesitaba de nuevos buques a vela, que pudieran medirse con los franceses, pues el llevar la carga con las frágiles galeras, éstas no tenían espacio suficiente para llevar la considerable carga, que era realmente necesaria para dar un buen socorro a la ciudad; además se añadía el inconveniente, que ante el fracaso de los franceses en su bloqueo, estos lo habían reforzado con mayor número de buques.

Por ello y transcurridos cuarenta y cinco días del primer socorro, se le unió a Fernandina como comandante en jefe de la nueva escuadra, la del Océano, que se le había dado órdenes de que se incorporase a las fuerzas del Mediterráneo.

Por estas razones el duque de Maqueda, a la sazón jefe de la escuadra del Océano, zarpó de la bahía de Cádiz el día dieciocho, con su escuadra, realizando escalas en los puertos de Málaga, Cartagena, Alicante y Vinaroz, incorporando al mismo tiempo a todo buque que pudiera servir, para la misión encomendada.

Así se logró conseguir una escuadra, que a parte de las veintinueve galeras del mando directo de Fernandina, sumaban un total de ciento veintiocho buques, de ellos, cinco grandes galeones de entre 52 y 66 cañones, que eran los buques capitanes de las distintas divisiones en que se partió la escuadra.

Otros cinco galeones, de entre 30 y 40 cañones, que pertenecían a la escuadra de Dunkerque, bajo el mando de Judocus Peeters, otros cuatro galeones de entre 44 y 60 cañones, que pertenecían a la escuadra de Nápoles, bajo el mando de Pedro de Orellana, más cuatro pataches y dieciséis naves o galeones, del consabido asiento que en su mayor parte eran buques de transporte, pero artillados convenientemente para la ocasión y sesenta y cinco buques mercantes, que estos si que hacían su misión natural.

Al estar ya toda reunida, Fernandina puso rumbo a la plaza asediada, se fueron aproximando con la intención de poderles dar una vez más la cara y en la madrugada del día treinta de agosto, se la vieron.

Los franceses por medio de sus buques de vigilancia, ya tenían conocimiento de ella el día anterior, pero ellos habían sido reforzados, por lo que en esos momentos contaban con veintiséis galeones, diecinueve galeras, ocho bergantines y cuatro brulotes.

Al tener este aviso, en el amanecer del día treinta de agosto, la escuadra de Sourdis, zarpó, largando las velas pues el viento del suroeste le permitía poner proa al sursureste.

El viento era favorable a los españoles, pero al parecer la intención del arzobispo de Burdeos, era hacer creer a los españoles, que les dejaba el mar libre ante la imponente masa de árboles de sus palos y que por lo tanto abandonaba el bloqueo.

Su plan no le salieró bien, pues al intentar doblar el cabo de la Mora, se encontró sotaventado lo que le impidió poder doblarlo, esto le obligo a virar y poner proa al oesnoroeste, lo que indefectiblemente le llevaba de proa contra la escuadra española.

Viendo esta maniobra, el duque de Fernandina ordenó al estar al alcance de sus cañones, que sus buques abrieran fuego, para evitar que la escuadra francesa pudiera cortar el paso, a la de los transportes españoles, que ya estaban realizando la maniobra con la preciada carga para la ciudad, que a su vez estaban siendo escoltadas por la maniobrables galeras, los cuales consiguieron arribar al puerto y dar comienzo a la descarga inmediatamente de las provisiones, que tan vitales eran para la subsistencia de la ciudad.

Las galeras una vez hubieron protegido al convoy, se volvieron a hacer a la mar, pero se les unieron las ocho que habían entrado en el primer socorro, pues a pesar del bombardeo sufrido por tres de ellas, habían sido reparadas, así que al salir del puerto era treinta y siete.

Tomando el rumbo de ataque contra la escuadra francesa, que en esos momentos se hallaban en pleno combate contra los galeones españoles, pero se dirigieron a colocar sus proas de enfilada sobre las popas de los galeones, lugar este desprotegido por lo buques redondos y que nada podían hacer para combatir a las galeras, por lo que estas realizaron un certero fuego, que dejó a muchos de sus enemigos muy mal parados y con muchas bajas.

A pesar de esto Sourdiz se mantuvo en combate durante cinco horas, el cual había dado comienzo sobre las 1500 horas, pero casi a la anochecida, los franceses tuvieron un aliado, pues se levantó el viento en la dirección que les era favorable, para abandonar el mar del combate, poniendo rumbo a remontar el cabo de la Mora, consiguiendo así alejarse de la destrucción total.

Las dos escuadras enfrentadas, tuvieron muchas bajas, y muchos de sus buques dañados de consideración, pero en la realidad, ninguno de los dos contendientes perdió a un solo buque en ella.

A lo largo de los tres días siguientes, del veintiuno al veintitrés, las dos escuadras se mantuvieron a la vista, la española siempre a barlovento, pero el duque de Fernandina en esos momentos mantenía una ligera superioridad y dando por bueno el socorro prestado a la plaza, en ningún momento hizo acción de perseguir a los franceses.

El día veinticuatro, la escuadra española se encontraba frente a Barcelona, donde realizó una serie de maniobras, como reclamando a sus enemigos que no estuvieran tan lejos, pues se encontraban a la vista, pero con mucho mar por el medio y casi en alta mar, o sea muy lejos de la española.

El día veinticinco, Sourdiz, viendo el estado de sus buques, que se encontraban acribillados a balazos y comenzando a faltar los víveres, decidió poner proa a la Provenza, regresando así a su tierra.

Esto provocó, que el que arzobispo de Burdeos, fuera destituido de su cargo por el cardenal Richelieu, por haber abandonado la misión encomendada de no hacerlo bajo ningún concepto, que era permanecer a toda costa en el bloqueo de la ciudad de Tarragona, misión específica ya que le había escrito para su conocimiento, pero no había hecho caso y de ahí las consecuencias.

Pero el duque de Fernandina no corrió mejor suerte, pues a pesar de haber demostrado tanto valor y pericia marinera, quizás más en la primera que la segunda y de conseguir introducir a sus buques con la carga en el puerto, con la consiguiente fuerza moral que estos dieron a los asediados, fue declarado culpable a instancias del Conde-Duque de Olivares, de a pesar de estar en mejores condiciones que su enemigo, no tratará en ningún momento de perseguirlo y borrarlo de las aguas.

Por lo que además de correr la misma suerte que su enemigo, de verse desposeído del mando de la escuadra de galeras de España, se le encarceló.

Así fue tratado uno de los mejores marinos españoles del siglo XVII, por ello no siempre está en ganar, sino además hay que demostrar que se quería ganar y al faltar esta última, le provocó su fin como marino y el verse entre rejas.

Bibliografía:

Enciclopedia General del Mar. Garriga, 1957. Sin iniciales del compilador.

Fernández Duro, Cesáreo. La Armada Española, desde la unión de los reinos de Castilla y Aragón. Museo Naval. Madrid. 1973.

Compilada por Todoavante.

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