Biografía de don Miguel María Gastón de Iriarte y Navarrete

Posted By on 20 mayo, 2011

Biografía de don Miguel María Gastón de Iriarte y Navarrete

Teniente general de la Real Armada Española.

Paje del rey don Carlos III.

Miguel María Gastón de Iriarte y Navarrete.

Cortesía del Museo Naval de Madrid.

Vino al mundo en la ciudad de Cartagena de Indias, el día veintiocho de noviembre del año de 1766 (1). Fueron sus padres don Miguel José Gastón de Iriarte y Elizacoechea, que alcanzó el grado de teniente general de la Real Armada y de su esposa doña María Josefa Navarrete y Lanz, natural de la misma ciudad donde trajo al mundo a su hijo.

Como paje del Rey fue educado en los mejores colegios, de donde pasó al tener la edad y conocimientos para prestar sus servicios como capitán en el regimiento de Infantería de Brabante, pero la llamada de la mar le llevó a pedir permiso al Rey para presentarse a examen en la Real Compañía de Guardiamarinas de Cartagena, los cuales pasó sin problemas, siendo dado de alta en el Cuerpo General de la Armada el día seis de agosto del año de 1785, con el grado directamente de teniente de fragata, el equivalente al de capitán del ejército que ya tenía.

Por sus conocimientos fue elegido por don Vicente Tofiño embarcando en la fragata Magdalena, en la comisión que tenía su Jefe para levantar el célebre « Atlas Hidrográfico de las costas de la Península Ibérica e islas adyacentes » Poco tiempo después y habiendo demostrado sus grandes conocimientos como cartógrafo y astrónomo, se le ordenó trasbordar al bergantín Vivo, para cumplimentar otra comisión científica.

A partir de aquí no hubo comisión científica en la que no participara, por esta razón fue trasbordando de un buque a otro, siempre del mismo tipo para ir cumpliendo con todas las que se le ordenaron. Al terminar con ellas se le ordenó trasbordar al navío Bahama, que pertenecía a escuadra del mando de don Félix de Tejada, realizando una campaña de evoluciones en el Mediterráneo, para atajar en lo posible la constante piratería de las regencias norteafricanas.

El día diecisiete de enero del año de 1789, es coronado Rey de España don Carlos IV por este motivo da la orden de que se comunique a todas las cortes europeas el cambio de Rey, por ello en una de sus arribadas a Cartagena a finales de enero, se comisiona a la escuadra para llevar la buena nueva a los reyes de Nápoles y Liorna, por lo que viajan a ambas cortes para darlo a conocer entregando los pliegos reales.

Al ser ascendido al grado de teniente de navío, Gastón de Iriarte, fue destinado a la Compañía de Guardiamarinas de Cádiz, a proseguir sus estudios mayores en el Real Observatorio Astronómico de Cádiz.

Donde permaneció hasta el año de 1792, por recibir la orden de embarcarse en el navío San Isidro, pasando a estar a las órdenes de su padre, don Miguel Gastón, que a la sazón era el Capitán General del Departamento de Cartagena y el navío pertenecía a la escuadra del Mediterráneo.

En el año de 1793 fue ayudante del general Francisco de Borja, cuando este general tuvo que zarpar con la escuadra con rumbo a Tolón, pero viendo sus buenas formas le entregó el mandó del jabeque San Felipe, con que realizó toda la campaña contra la República de Francia, realizando diferentes cometidos y comisiones en el golfo de León.

Por Real Orden del día catorce de julio del año de 1795 fue ascendido al grado de capitán de fragata, otorgándosele el mandando sucesivo de las fragatas Atocha y Santa Matilde, con las que prosiguió desempeñando sobre todo comisiones, hasta recibir la orden de incorporarse a la escuadra del conde Morales, con la que arribó al puerto de Cartagena quedando en ese momento a las órdenes del general en Jefe don Juan de Lángara.

Estaba al mando de la segunda cuando el día diecinueve de diciembre del año de 1796, se enfrentaron, las fragatas españolas Santa Sabina, de 40 cañones, de ellos 28 de á 18 libras y doscientos ochenta y seis hombres de dotación y Santa Matilde de 34, contra las británicas Minerve, al mando del capitán George Cokburne con la insignia del comodoro de Nelson, a pesar de ser capitán de navío, del porte de 42 cañones, de á 24 y 12 en conserva con la Blanche de 32.
En aguas de Cartagena, se divisaron y comenzó el combate a las once de la mañana. La Santa Sabina se enfrentó a la Minerve y la Santa Matilde a la Blanch, estás dos se fueron separando de las primeras. La Minerve británica llevaba otras 8 carronadas de á 32, lo que produjo en pocos minutos muchas bajas en la Santa Sabina, más sin palo trinquete, causa por la que la dejo sin suficiente dotación ni arboladura para maniobrar, sufriendo dos muertos y cuarenta y ocho heridos, entre estos dos oficiales, causando al enemigo siete muertos y treinta y tres heridos, viéndose obligado su comandante a rendir el buque.

Nelson ordenó que fuera abordara por un trozo de su marinería para marinar la presa, dándole el mando a su segundo de casi toda su vida Hardy, pero hete aquí la gran sorpresa del británico, cuando le informó su amigo que el comandante de la fragata española era don Mariano Jacobo Fritzjames Stuart y Cagigal (2) lo que significaba que había capturado a un descendiente de la primera monarquía inglesa, los Estuardo, por lo que casi le tuvo que rendir pleitesía. Esta es la anécdota de este encuentro naval.
Nelson estaba ensimismado con la captura realizada y su egregio comandante, pues no comprendía como un británico de tanto arraigo en su país estaba a las órdenes de España, mientras pasaron un par de horas y sobre las cuatro de la madrugada comenzó a amanecer, cuando otearon el horizonte vieron con asombro que se les echaba encima la fragata Santa Matilde al mando de don Miguel Mª Gastón, que había dejado fuera de combate a la británica Blache, siendo el que recuperó a la fragata Santa Sabina.

A lo que se añadió, que al comienzo del combate el rugir de los cañones alertaron a las fuerzas que estaban en Cartagena, dándose la orden de hacerse a la mar una división lo antes posible, siendo la que apareció en estos momentos en el horizonte, eran las velas del navío Príncipe de Asturias, del porte de 112 cañones acompañado de las fragatas Ceres, de 40 y Perla, de 34, por lo que el comodoro Nelson dio por sentado que contra todos no podía y ha sido la única vez en su vida, que tuvo que salir por aguas y viento, aunque bien es verdad que lo contrario era perder de antemano y Nelson no era de esos.

Bien es cierto, que se separó tan rápido de la fragata española, que a su amigo de toda la vida Hardy y quien le vio morir en Trafalgar porque era el capitán del Victory, lo dejó abandonado junto al trozo de presa. Siendo la única vez en su vida, que alguien ha visto la popa huyendo del buque al mando de Horacio Nelson.

Y curiosamente al salir reparada la Santa Sabina en el año de 1797 se le otorgó el mando a Gastón, siendo incorporada a la división de ellas al mando del capitán de navío don Juan Pablo Lodares, con la que cruzó el Estrecho y alcanzó el océano, para realizar los cruceros de protección al tráfico marítimo entre los cabos de Santa María y San Vicente, al término de la comisión al cruzar sobre Algeciras, quedó incorporado a la escuadra del general don Bruno de Hezeta, permaneciendo dos años sosteniendo los combates contra los buques y baterías de Gibraltar.

Regresó a la bahía de Cádiz el día siete de julio del año de 1799, donde pudo pisar tierra durante un tiempo, ya que en el mes de mayo siguiente, zarpó con su fragata formando división con las Florentina y Caimán, que en misión de transporte con tropas zarparon de la bahía con rumbo a los mares del Sur, pero en el trayecto se encontraron con una división de navíos enemigos, entablándose combate pero Gastón supo deshacerse de sus enemigos aprovechando su mayor velocidad, consiguiendo arribar a la bahía de Cádiz, pero en cambio sus dos compañeras de viaje fueron apresadas por los británicos.

A finales del mes de junio del año de 1801, se encontraba en viaje de Tolón a Cádiz una división de tres navíos y una fragata, al mando del contralmirante Linois, cuando el día cuatro de julio encontrándose a la altura de la bahía de Cádiz se le avisó que otra británica se había divisado, estando al mando del contralmirante sir James Saumurez, compuesta por seis navíos y una fragata. La escuadra francesa tenía la orden de reunirse a otra francesa al mando del contralmirante Dumanoir, a quien se había puesto a sus órdenes los navíos españoles entregados a Francia, que fueron los: Conquistador, Pelayo, San Jenaro, San Antonio, Intrépido y Atlante.

Estos buques fueron entregados en virtud del tratado firmado en San Ildefonso el día uno de octubre del año de 1800. Cuyo titular dice: « Artículos preliminares entre España y Francia, obligándose la primera á ceder la Luisiana y entregar seis navíos de línea en compensación del establecimiento territorial que ofrece la última con título de rey al infante duque de Parma.

En su artículo 5.º dice: Su Majestad católica se obliga á entregar á la república francesa en los puertos españoles de Europa, un mes después de la ejecución de la estipulación relativa al duque de Parma, seis navíos de guerra en buen estado, de porte se setenta y cuatro cañones, armados y arbolados y en disposición de recibir equipagues y provisiones franceses »

Al tener noticia de ello, prefirió no entablar combate sobre todo al saber la superioridad enemiga optando por entrar en la bahía de Algeciras y formar sus buques en fortaleza, siendo el Indomptable, de 80 cañones, el Desaix de 74 y el Formidable de 80, (por este orden) pero tan pegado a tierra para no ser doblados, que la banda de estribor estaba encallada, quedando la de babor para presentar combate, la fragata Muirón se guareció detrás de los navíos, hasta que igualmente su banda de estribor tocó el fondo y detrás de ella dos mercantes apresados a los británicos, quedando toda la división entre la isla Verde con su batería de siete cañones de á 24 al S. y la de Santiago con cinco piezas de á 18 al N.

La escuadra británica apareció por Punta Carnero el día seis siguiente, formada por los navíos Cæsar, de 80 cañones e insignia, Pompée, Spencer, Venerable, Hannibal y Audacius, de 74, y la fragata Thames de 40, momento en que como se había quedado con el Gobernador de Algeciras se incorporaron a la defensa de la división francesa siete lanchas cañoneras del Apostadero, al ver el enemigo su gran diferencia de poder y al parecer desconocedor de esas costas se lanzó sin pensar al ataque. Como era su costumbre no abrió fuego hasta encontrarse a tiro de pistola, pero los franceses no se quedaron parados y le fueron devolviendo todos los fuegos. Pero cegados por no obtener los resultados que esperaban de tan rápido y contundente ataque, dos de sus navíos intentaron doblar la línea, razón por la que los dos quedaron encallados, el Pompée lo hizo de proa frente a la isla Verde y el Hannibal en la misma posición frente a Santiago.

Como es obvio, los oficiales y artilleros de las batería en tierra no perdieron la ocasión, comenzando sobre ellos un duro fuego, ya que en este caso ambos enemigos estaban parados, lo que no daba casi error en cada disparo, pero al estar de proa los británicos no podían efectuar ningún fuego sobre las baterías, a su vez las cañoneras (3) desde algo más lejos los batían de costado, lo que llevó en un principio a que el Hannibal arriara su bandera al quedar completamente desarbolado, lo mismo que hubiera tenido que hacer el Pompée, de no haber acudido todos los botes de la escuadra y a fuerza de remo conseguir sacarlo de tan apurada situación, siendo trasladado a Gibraltar.

En estas condiciones no podían soportar por mucho tiempo el castigo los británicos, por lo que se detuvo el fuego al separarse los enemigos sobra las doce y media. El resultado del combate fue desastroso por ambas partes, ya que la distancia de fuego y la quietud de los contrincantes, impedía desaprovechar un solo proyectil. El navío Cæsar recibió en el palo mayor cinco proyectiles que lo atravesaron, más dos en el los restantes cada uno, así como en sus vergas, quedando casi imposibilitado de navegar por sus medios, el Pompée, sin palo, mastelero ni verga y el Hannibal mocho completamente, el resto con grandes averías, que solo les salvó el estar muy cerca de su Peñón, donde se pudieron reparar.

Sufrieron la pérdida de ciento treinta y cinco muertos y doscientos cuarenta heridos, pero los franceses no sufrieron menos, puesto que perdieron a doscientos hombres y trescientos heridos y entre los muertos los capitanes de los navíos Indomptable y Formidable. Pero los españoles también sufrieron la pérdida de cinco cañoneras, siendo las número 2, 4, 8, 12 y 13, fallecieron el alférez de navío don Jerónimo Lobatón, tres patrones y dos marineros, más nueve marineros heridos, al igual que algunos de los sirvientes de las piezas de tierra.

La división francesa aunque victoriosa no estaba en condiciones de seguir sola, por lo que zarpó de la bahía de Cádiz en su socorro el general don Juan Joaquín Moreno el día ocho, con los navíos Real Carlos y San Hermegildo, del porte de 112 cañones, el San Fernando, de 94, Argonauta y San Agustín, de 74 y la fragata Sabina, de 34, siguiéndole los franceses Sant-Antoine, de 74, las fragatas Liberté e L’Indinne, de 44 y el bergantín Vautour, de 14. Mientras el almirante británico recibió la ayuda del navío Superb. Pero se planteó un problema a la llegada de la escuadra franco-española a Algeciras el día nueve, que no fue otro que el contralmirante Linois quería reparar el navío apresado para llevárselo como presa, por esta razón la escuadra no zarpó hasta el día doce, lo que a su vez dio tiempo al enemigo a reparar los suyos.

Por las prisas que daba Moreno a Linois, se zarpó el día mencionado pero el Hannibal iba a remolque de la fragata francesa L’Indienne, lo que le hacía quedarse muy a retaguardia de la línea en que se había formado la escuadra. El día nueve al ver arribar a Algeciras a la escuadra combinada, el almirante británico como su navío insignia no estaba listo, ordenó pasarla al Audacius, pero visto esto, el capitán seguido de toda la dotación del Cæsar le rogaron los dejaran trabajar a su aire para poder aprontar el buque lo antes posible, por ello en vez de repartir a su dotación entre los demás buques, les permitió que continuaran para recuperar su buque, estos comenzaron a trabajar pero ya el día ocho anterior se habían arbolado los palos machos comenzando a encapillar la jarcia, trabajando de día todos ellos y por la noche a dos guardias, cuando el doce se vio zarpar a la combinada, en el Cæsar volvió a estar izada la insignia del almirante sir James Saumurez. Un gran mérito que por ser enemigos no hay que dejarlo en el olvido.

Así fue zarpando la escuadra combinada y casi al mismo tiempo la británica de Gibraltar, con solo cinco navíos contra nueve. Al entrar en el Estrecho trasbordó el general Moreno a la fragata Sabina del mando de don Miguel María Gastón y poco tiempo después la abordo el contralmirante francés Linois, navegando en esos momentos con las gavias tomadas rizos para no adelantarse en demasía al buque a remolque. La formación se había variado, quedando por su mal estado de los navíos de la división francesa los tres en vanguardia, flanqueados por las fragatas y en una segunda línea, los españoles, San Fernando, de 94, Argonauta y San Agustín, de 74 y en una tercera línea a la derecha el Real Carlos, al mando de capitán de navío don J. Ezquerra, el San Hermenegildo en el centro al mando del capitán de navío don J. Emparan y el recién entregado San Antonio a Francia, con su cambio de nombre de Sant-Antoine, al mando de Mr. Le Roy a la izquierda, navegando con rumbo al O.

La noche era cerrada, con muy poca visibilidad, lo que aprovechó el navío Superb al que le acompañó la suerte en forma de una racha de viento de Levante, consiguiendo acercarse todo lo posible al Real Carlos, sobre el que descargó casi simultáneamente toda su artillería por la aleta de popa estribor del navío español, pero algunos de los proyectiles fueron a impactar por la cercanía con el San Hermegildo, el cual al recibirlos pensó que algún enemigo estaba a su altura aprovechando la oscuridad casi completa, por lo que abrió fuego, pero éste fue a dar de lleno en el Real Carlos, éste a su vez al ser atacado pensó lo mismo que su compañero, por lo que los dos arribaron sobre el contrario, llegándose a lanzar granadas de mano y frascos de fuego, lo que provocó un gran incendio en el Real Carlos, el cual alumbró la escena y nadie se lo creía, que dos tres puentes españoles se hubieran atacado hasta aniquilarse mutuamente, pues ya el fuego en el San Hermengildo era incontrolable.

Y mientras el Sant-Antoine fue atacado por el Cæsar, el Venerable, el Superb y la fragata Thames, lo que obligó al navío francés a rendirse. Al amanecer del día trece fue cuando los mandos se dieron cuenta del desastre, puesto que era obvio que habían desparecido los tres buques que formaban la retaguardia. Al salir el Sol el viento calmó, encontrándose al O. de Sancti Petri, quedando rezagado el navío francés Formidable, que a poco fue atacado por el británico Venerable a tiro de pistola apoyado por la fragata Thames, pero el navío francés se defendió tan arduamente que al poco el enemigo estaba desarbolado de los masteleros, causa por la que no pudo evitar irse contra un arrecife próximo, así el navío francés pudo doblar el castillo y desentenderse del británico, el cual y muy oportunamente acudieron en su ayuda el Cæsar y el Spencer, que lo sacaron de su apurada situación. Por delante ya habían entrado los demás buques de la escuadra combinada, fondeando en la bahía de Cádiz.

El resultado en bajas de este desafortunado suceso fue tremendo, pues de los más de dos mil cien hombres de entre ambos navíos, solo en torno a los trescientos fueron rescatados. La mayor parte consiguió llegar a nado al Sant-Antoine, pero como fue capturado cayeron en poder de los británicos, entre ellos el segundo comandante del San Hermenegildo, el capitán de fragata don Francisco Vizcarrondo, el resto fueron rescatados por el Superb y al día siguiente trece por la tarde con la falúa del Real Carlos, arribaron a la bahía de Cádiz al mando del guardiamarina don Manuel Fernández Flores otros cuarenta hombres casi extenuados.

Prosiguió al mando de su fragata, con la que navegó cuatro años por el Mediterráneo en misiones de corso, pasando en varias ocasiones como correo a Tierra Firme y Antillas, permaneciendo mientras no había otra comisión a proteger el tráfico marítimo procedente de los virreinatos, en una de sus arribadas a la bahía de Cádiz se le entregó la Real Orden del día cinco de octubre de 1802, por la que se le ascendía al grado de capitán de navío, quedando desembarcado en el mismo Departamento, donde se le destinó por un tiempo a los Batallones de Marina y después a la Mayoría del mismo Departamento.

El  día veintiséis de febrero del año de 1805 se le otorgó el mando del navío San Justo, el buque era de muy mal navegar siendo uno de los peores en la ceñidas, por lo que zarpó en solitario para ejercitar a su dotación, hasta que quedó incorporado a la escuadra del teniente general don Federico Gravina, con la que zarpó de la bahía de Cádiz el día veinte de octubre formando parte de la combinada franco-española que al día siguiente se enfrentó en el cabo de Trafalgar a la británica del almirante Nelson.

Al dar la orden de virada en redondo a un tiempo el almirante francés, su buque no pudo mantener la línea por quedar muy sotaventado, realizando ímprobos esfuerzos para volver al combate, cuando consiguió llegar se dio cuenta de lo apurada de la situación de su navío insignia consiguiendo llegar a tiempo junto con el navío francés Neptuno, obligando a los británicos ya castigados a que abandonaran las aguas, dejando libre al Príncipe de Asturias, al cual acompañó hasta poder entrar en la bahía de nuevo.

Como todos los oficiales de la Real Armada que habían participado en el combate anterior, se dicto la Real Orden del día nueve de noviembre del año de 1805, por la que se le ascendía al grado de brigadier conservando el mando de su navío y permaneciendo en la bahía de Cádiz, de donde solo pudo zarpar en una ocasión por recibir la orden de dar escolta a un buque procedente de la Habana.

Al poco tiempo se le dio la orden de incorporarse a los restos de la escuadra francesa que se encontraba en la misma bahía, siendo el único navío español que estaba listo para el combate, con víveres y aguada para cuatro meses, todo porque el almirante francés había pedido se le agregara un buque a su escuadra para poder formar dos líneas de tres unidades.

Se encontraba en esta posición cuando surgió el levantamiento nacional del día dos de mayo del año de 1808, mientras todos los españoles se iban sumando a la lucha por la independencia, él se encontraba entre dos navíos franceses por orden de Rosilly, una situación nada cómoda en ningún aspecto, por ello y ya decidido por el general don Juan Ruíz de Apodaca pasar al ataque se le informó de ello, por lo que con excusa de tener que hacer aguada se separó de la escuadra francesa, cuando ya estuvo algo alejado comenzó el ataque de todas las fuerzas navales y tierra con diferentes baterías sobre los buques franceses, que estaban al mando del almirante Rosilly.

El combate comenzó el día nueve e intervinieron muchas lanchas cañoneras, bombarderas, el fuego de los navíos españoles allí fondeados, a los que se unió el San Justo, más las diferentes baterías que se habían ido colocando en diferentes lugares para ofender a los ahora enemigos. El almirante francés iba pidiendo altos el fuego, siéndoles concedidos puesto que reclamaba poder parlamentar con el general don Juan Ruíz de Apodaca, consiguiendo con ello ganar tiempo, por saber el avance de los ejércitos napoleónicos, aprovechando a su vez mientras el emisario a bordo de un bote se acercaba al navío Príncipe de Asturias, para dar un descanso a sus hombres mientras otros reparaban las averías sufridas lo antes posible.

Hasta que el general don Juan Ruíz de Apodaca, fue informado que el ejército francés estaba ya llegando en socorro de su escuadra, lo que le decidió a terminar lo antes posible, por lo que el día catorce de junio siguiente el almirante Rosilly ya no pudo soportar más el peso del fuego, decidiendo enarbolar la bandera blanca. Convirtiéndose así en la primera victoria de la guerra contra los napoleónicos.

El botín de guerra fue cuantioso; prisioneros, tres mil seiscientos setenta y seis, 442 cañones de a 24 y 36, mil seiscientos cincuenta y un quintales de pólvora, mil cuatrocientos veintinueve fusiles, mil sesenta y nueve bayonetas, ochenta esmeriles, cincuenta carabinas, quinientas cinco pistolas, mil noventa y seis sables, cuatrocientos veinticinco chuzos, ciento un mil quinientas sesenta y ocho balas de fusil, más toda la carga de munición de la artillería de los buques y sobre todo, fueron los víveres los que calmaron al menos el hambre de los españoles.

Para calmar los ánimos de los gaditanos. El general Morla redactó una proclama para que fuera difundida por todas las poblaciones, la cual decía:

« Gaditanos: la escuadra francesa, al mando del almirante Rosilly, acaba de rendirse a discreción confiada en la humanidad y generosidad del pueblo español. — Cádiz 14 de junio de 1808. — Morla »

Durante la guerra fue de los pocos marinos a bordo, por lo que al principio de ella se le entregó el mando del Plutón, con el que navegó en las costas españolas apoyando al ejército, un tiempo después se le otorgó el mando del Algeciras, repitiendo las misiones añadiendo algunos viajes de transporte de tropas a las islas Canarias, así como los típicos cruceros de protección del tráfico marítimo, en una de sus arribadas a la bahía, se le entregó el mando de su anterior navío el San Justo, con el que realizó un viaje con derrota a La Guaira, Cartagena de Indias, Veracruz y la Habana, para regresar con el situado que tanta falta hacía ahora en la Península.

Por todos estos servicios, se le entregó la Real Orden del día dieciséis de octubre del año de 1814, por la que se le notificaba su ascenso a jefe de escuadra. Pero al quedarse prácticamente España sin navíos, fue destinado al mismo Departamento en comisiones de su alto cargo.

Permaneció en ellos hasta la llegada de la Real Orden del día veintiuno de junio del año de 1821, por la que se nombraba comandante general del apostadero de la Habana, para ello viajó en una fragata mercante hasta su nuevo destino. Donde trabajo no le faltó, ya que estaba en total ebullición la independencia de los virreinatos, con pocos medios para poder acudir a todas las peticiones de apoyo que recibía, a pesar de todo aún pudo enviar ayudas a los pocos puntos de Tierra Firme que se conservaban, así como a las costas de Nueva España.

En el mes de junio del año de 1825, se le entregó la Real Orden por la que se le ascendía al grado de teniente general, con la misma la orden de regreso a la Península, la cual cumplió como siempre quedando disponible en el Departamento de Cádiz, desempeñando alguna comisión por Real Orden, ya que el Rey le tenía en mucho aprecio, siendo la mayor parte de ellas siempre secretas.

Corría el año de 1836 contaba ya con setenta y dos años, y no tenía un mando fijo, se encontraba mayor y cansado, lo que le decidió a elevar a la Reina Gobernadora una licencia para viajar a la Habana, la cual le fue concedida, cruzando de nuevo el océano en un buque mercante, se encontraba en su casa de la capital de la isla, cuando el día seis de enero del año de 1839, le sobrevino el óbito por causas naturales, contando con setenta y tres años de edad, de ellos cincuenta y cuatro en la Real Armada.

Entre otras condecoraciones estaba en posesión de: Gran Cruz del Mérito Naval con distintivo blanco, Placa de la Gran Cruz de la Real Orden Americana de Isabel la Católica y Placa de la Gran Cruz de la Real y Militar Orden de San Hermenegildo.

(1) En la obra que se cita de Catálogo de pruebas de Caballeros aspirantes, están todos los expedientes de las pruebas de todos los Caballeros Guardiamarinas, dándose la casualidad que sobre el biografiado no consta ningún expediente, pero sí en cambio de Melchor (N.º 2.367) y Antonio (N.º 2.368) Gastón de Iriarte y Navarrete, en el que constan los mismos padres, pero nacidos en la isla de León ambos, el primero en el año de 1772 y el segundo en el de 1776, sentando plaza dispensa de edad el mismo día, siendo el treinta de diciembre del año de 1784. Es muy raro que no figure el biografiado, cuando la fecha que se da de asiento en la Compañía, es del día seis de agosto del año de 1785, habiendo nacido en el de 1766, por lo que solo contaba con diecinueve años de edad, siendo ya capitán del ejército. Algo falla. La única explicación posible, es que pasó directamente de su grado en el ejército a su igual en la Armada de teniente de navío, pero nos sigue extrañando que al menos no tenga un Expediente como todos los ingresados en el Cuerpo General.

(2) Nos ha costado encontrar al comandante de la Santa Sabina, ya que no se existía ningún Jacobo Stuard en la obra de Válgoma y esto no era normal, por ser el autor quien era y por ser el comandante de la fragata descendiente de una gran Casa de la aristocracia, al parecer sea resuelto el misterio, que tenía una cierta enjundia por los cambios de nombres en los diferentes registros. En la obra citada en el Expediente N.º 2.561, sentando plaza en la Compañía de Ferrol en su folio 81, el día veintisiete de febrero del año de 1778, figura Mariano Stuard y Cagigal, lo que nos llevó a averiguar en la casa de Berwich su descendencia, resultando que, su nombre era Mariano Jacobo Fritjames Stuard y Cajigal, nacido en Madrid el día ocho de septiembre del año de 1765, siendo su padre, don Buenaventura (figura con el nombre solo de Ventura) Fritjames Stuard y Colón de Portugal, siendo éste el cuarto hijo de James Francis (Diego Francisco) Fritjames Stuard, II Duque de Berwich, casado con doña Catalina Ventura Colón de Portugal, IX Duquesa de Veragua. Por ello sobrino del III Duque de Berwich, don Diego Francisco Duarte Fitzjames Stuard y Colon de Carbajal (como se podrá apreciar con los mismos nombres que su abuelo). Y su madre la esposa de don Buenaventura, doña María Josefa de Cagígal y Monserrat.

(3) Eran las numeradas: 2, 3, 4, 7, 8, 12 y 13, a los mandos respectivamente de don Adrián Valcárcel, don Francisco Birminghan, don Rafael Domínguez, don José de la Puente, don Bernardo Rojas y don Nicolás Abreu.

Bibliografía:

Barbudo Duarte, Enrique.: Apresamiento de la escuadra francesa del almirante Rosilly en la bahía de Cádiz, el 14 de junio de 1808. Colección Fragata. Cádiz, 1987.

Cantillo, Alejandro del.: Tratados, Convenios y Declaraciones de Paz y de Comercio desde el año de 1700 hasta el día. Imprenta Alegría y Chalain. Madrid, 1843.

Enciclopedia General del Mar. Garriga. 1957. por el contralmirante don Carlos Martínez-Valverde y Martínez.

Fernández Duro, Cesáreo.: La Armada Española, desde la unión de los reinos de Castilla y Aragón. Museo Naval. Madrid, 1973.

González de Canales, Fernando. Catálogo de Pinturas del Museo Naval. Ministerio de Defensa. Madrid. 2000.

Paula Pavía, Francisco de.: Galería Biográfica de los Generales de Marina. Imprenta J. López. Madrid, 1873.

Válgoma, Dalmiro de la. Finestrat, Barón de.: Real Compañía de Guardia Marinas y Colegio Naval. Catálogo de pruebas de Caballeros aspirantes. Instituto Histórico de Marina. Madrid, 1944 a 1956. 7 Tomos.

Compilada por Todoavante.

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