La Rosa de Versalles

Posted By on 16 junio, 2011

La Rosa de Versalles

 

Fue la escena en un baile de Versalles,

los nobles de la corte disfrutaban

la suprema caricia del ambiente,

de oro, de luz, de ritmo y de fragancias

que ofrecía la fiesta y esplendor de galas.

Ilusiones, amores y deseos

como invisibles átomos flotaban.

 

Un grupo de servibles cortesanos

en torno al rey solícitos giraban,

como gira un satélite buscando

luz en los astro para reflejarla.

 

No lejos veíase un hidalgo

de buen aspecto, de gentiles trazas,

ataviado a la clásica manera

de un noble de la corte castellana.

 

Era su gesto altivo y su persona

de fina distinción, pero su talla,

no quiso Dios que fuese desmedida,

y resultó pequeña y desmedrada.

 

Quizá por divertir al soberano,

un caballero de los que allí estaban,

comentó con donaire de mal gusto,

la estatura, en verdad harto menguada

del hidalgo español y, deseando

de su ingenio ante todos hacer gala,

se puso a contemplar una rosa colorada

en medio de otras flores que tejían

sobre un viejo tapiz una guirnalda,

y después, con gesto de ironía,

se volvió al español y en son de chanza,

le dijo así: “Mirad aquella rosa;

si pudiera, con gusto la cortara

para obsequiar a la mujer más linda

de cuantas hoy en el palacio se hallan:

pero como el adorno está muy alto,

ni vos ni yo podemos alcanzarla”.

 

Comprendió el castellano la indirecta,

y mirando al francés con mucha calma,

desenvainó el acero, y con la punta

de su limpia tizona toledana,

cortó la rosa y, con respeto luego,

poniéndose delante de la dama

le dijo: “permitidme que os ofrezca

esta linda flor que, por estar muy alta,

creyeron que jamás alcanzaría,

sin pensar que los hombres de mi raza,

llegan a lo más alto cuando quieren,

porque aprendieron todos en España,

que donde no se llega con la mano,

se llega con la punta de la espada.

 

Gregory Chavarri.

 

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