Biografía de don Ignacio María de Álava y Sáenz de Navarrete

Posted By on 16 agosto, 2011

XIV Capitán General de la Real Armada Española.

Caballero profeso de la Militar Orden de Santiago.

Caballero de la Militar Orden de Calatrava, en la que disponía de la encomienda de las Casas de Talavera.

Gran Cruz de la Real y Muy Distinguida Orden de Carlos III.

Ignacio María de Álava y Sáenz de Navarrete. Cortesía del Museo Naval de Madrid.

Ignacio María de Álava y Sáenz de Navarrete. Cortesía del Museo Naval de Madrid.

Vino al mundo en la ciudad de Vitoria el día veinticuatro de octubre del año de 1750, siendo sus padres don Gaspar de Álava y Aranguren y de su esposa, doña Joaquina Sáenz de Navarrete.

Cursó sus primeros estudios en el seminario de Nobles de Vergara.

Sentó plaza de Guardiamarina en la Compañía del Departamento de Cádiz el día veintitrés de julio del año de 1766. Expediente N.º 991.

Al aprobar los exámenes teóricos pasó a la enseñanza práctica, embarcando para ello el día cinco de febrero del año de 1768 en el navío Terrible y sucesivamente en el San Pedro Alcántara, Peruano, Astuto y en la fragata Venus, realizando en ellos varios cruceros y comisiones en diferentes mares y un viaje a Filipinas.

Forjó su espíritu y adquirió sus conocimientos profesionales en la mejor escuela para un oficial de la Armada: en la mar y en la guerra, en este caso numerosos combates contra buques berberiscos, sin olvidar la navegación en la época a las Filipinas, que eran sin duda al menos siete meses de ida y otros tantos de vuelta.

De hecho si se fija el lector, volvemos saber de él al ser ascendido al grado de teniente de navío en el año de 1778, por lo que habían transcurrido diez años desde su primer embarque y se le confirió el mando del jabeque San Luis, destinado al corso contra los moros y berberiscos permaneciendo hasta el día ocho de diciembre de año siguiente, pasando embarcado al navío Santísima Trinidad, trasbordando luego al Santa Isabel y Rayo, pasando después a la fragata Gertrudis.

En el año de 1797 participó en la campaña del Canal de la Mancha, a las órdenes de los generales don Luis de Córdova y conde de D’Orvillers, que tuvo por consecuencia la retirada de las fuerzas navales del Reino Unido a buscar refugio en sus puertos y el apresamiento del navío británico Ardent, del porte de 74 cañones.

Al año siguiente en la misma escuadra pero al mando del general don Juan de Lángara, participó en el combate del día dieciséis de enero contra la escuadra británica del mando del almirante Rodney, participando muy activamente en el combate del cabo de Santa María.

Tomó parte asimismo el día nueve de agosto sobre el cabo de Santa María en la captura del gran convoy británico de cincuenta y cinco velas, (la mayor victoria española sobre la británica y la mayor derrota sufrida nunca por ellos siendo muy olvidada, por desconocida de los españoles) escoltado por tres fragatas de guerra que pasaron a la Real Armada Española con los nombres de Colón, Santa Balbina y Santa Paula.

El día veinticuatro de enero del año de 1781 se le otorgó el mando de la fragata Rosa, estando al mando de esta fragata fue ascendido al grado de capitán de fragata, de la que pasó al poco tiempo a tomar el mando de la Santa Bárbara, en el bloqueo y ataque de Gibraltar, cuando se produjo el ataque de las baterías flotantes el día trece de septiembre del año de 1782, como todos saltó a su bote para intentar rescatar a los que en ellas estaban, resultado de haberse prendido fuego por el efecto de las ‹ balas rojas ›, siendo las bajas: trescientos treinta y ocho muertos, seiscientos treinta y ocho heridos, ochenta ahogados y trescientos prisioneros.

Participó también en el combate que se sostuvo con la escuadra británica al mando del almirante Howe, estando la española al mando de don Luis de Córdova el día veinte de octubre de 1782, en el que fue herido, siendo ascendiendo por su brillante comportamiento por orden de S. M. al grado de capitán de navío el día veintiuno de diciembre del mismo año, siéndole entregado el mando de la fragata Sabina, que no lo hizo efectivo hasta estar recuperado de su herida. (Es curioso observar, que siendo teniente de navío ya manda una fragata, luego con su grado manda otra, y ascendido a capitán de navío, se le entrega el mando de otra)

El Rey quiso conocerlo, al estar al mando de un buque se le tuvo que dar pasaporte para poder llegar a la Corte, saliendo hacía ella el día dieciséis de agosto del año de 1783, donde al parecer estuvo unos años.

Ya se vuelve a saber de él cuando en el verano del año de 1787 fue nombrado Mayor General de la escuadra de evoluciones, al mando de don Juan de Lángara, siendo raro pero así fue, que el general y su Mayor General embarcaran en la fragata Rosa, con la que se realizó toda la campaña de ese año.

Al terminar la campaña naval pasó con el mismo cargo de Mayor General pero esta vez del Departamento de Cartagena, estando en él se le volvió a ascender al grado de brigadier, permaneciendo en este destino hasta el día uno de junio del año de 1790, cuando recibió la Real Orden de pasar con el mismo cargo de mayor General a la escuadra del Marqués del Socorro, con la que realizó la campaña del cabo de Finisterre, al terminar regresaron a la bahía de Cádiz.

El día ocho de febrero del año de 1791 se le otorgó el mando del navío San Francisco de Paula, con el que transportó pertrechos de boca y guerra a la plaza de Orán, que estaba siendo asediada por los moros.

En el navío Reina Luisa, que a la sazón era el insignia del general don Juan de Lángara, con el que zarpó del Arsenal de Cartagena a mediados del año de 1793 con rumbo a Tolón, uniéndose los dieciocho navíos y dos fragatas españolas a la escuadra británica del almirante lord Hood y a la española del mando del general don Francisco de Borja, que por su ancianidad fue relevado del puesto por el recién llegado, quedando de Comandante en Jefe de la española, arribaron a la base francesa y el día veintisiete de agosto desembarcó la tropa y tomó el puerto, arsenal, fortalezas y plaza. De la escuadra británica entraron en él veintiún navío, de la española diecisiete y en su fondeadero se encontraban veintiuno de Francia, más los que estaban en grada construyéndose.

Se continuó reforzando la plaza con nuevas unidades, entre ellos cuatro navíos napolitanos, formando al final más de dieciséis mil hombre el ejército desembarcado y que había ido tomando posiciones en los fuertes que daban protección a la base. El almirante Hood dividió el mando de las fuerzas ya que como jefe inicial de todas ellas se había designado a don Federico Gravina, pero se le dio solo el mando de las españolas y el resto al general O’Hara, británico.

La plaza fue contraatacada por el ejército revolucionario francés compuesto de cuarenta y cinco mil hombres, estando al mando del general Dugommier y entre sus jefes un joven comandante de Artillería llamado Napoleón Bonaparte, comenzando el ataque el día diecisiete de diciembre del año de 1793, quienes atacaron con tantas unidades y fuerza, sobre todo al instalar la artillería en tierra que inutilizó la de los buques, siendo tomados los fuertes de Faraón, Malburque, Artiga y otros, lo que obligó al ejército aliado a reembarcar, siendo dirigida esta maniobra con el mayor de los aciertos por el Mayor General de la Escuadra española, el general don Ignacio María de Álava estando Cañas como su ayudante, siendo de los últimos en embarcar el día diecinueve siguiente, lograron hacerlo en la fragata Florentina, con la que pudieron ponerse a salvo los últimos defensores.

El almirante lord Hood, dio la orden de quemar los buques franceses allí surtos o en construcción, orden que cumplió el capitán Sidney- Smith, quien dio al fuego a veintidós navíos, ocho fragatas y otros veintisiete buques menores, logrando gracias a la velocidad que avanzaban los republicanos salvar alguno de ellos.

Explicado al Rey todo lo sucedido decidió ascender a Álava al grado de jefe de escuadra, por Real Orden del día veinticinco de enero del año de 1794, recibido el ascenso regresó a la campaña que proseguía en la islas Hieres, regresando con la escuadra a Cartagena, desde donde continuó realizando salidas a las costas de Mediterráneas de Francia.

Por orden de S. M. la escuadra al mando del general don Juan de Lángara, y como segundo Álava con diez navíos y cuatro fragatas, pasó a Liorna a embarcar al Príncipe heredero de Parma, para casarse con la Infanta María Luisa, el cual desembarco en Cartagena el día diez de mayo, siendo acompañado por Álava a la misma Villa y Corte.

El día siete de septiembre del año de 1795 se le entregó el mando de la escuadra destinada a dar la vuelta al mundo, compuesta por los navíos Europa, San Pedro Apóstol y Montañés, más las fragatas Nuestra Señora del Pilar y Fama, pasó a Cádiz a tomar el mando y enarbolando su insignia en el navío Europa.

Se hizo a la vela desde la bahía Cádiz el día treinta de noviembre del año de 1794, visitando los puertos de Montevideo, Soledad (islas Malvinas) doblando el cabo de Hornos, arribando a Valparaíso, Callao, para cruzar hasta la Marianas y arribar a las Filipinas, a su capital Manila, donde estableció el Apostadero de Marina oficialmente, ya que hasta ese momento como si no hubiera existido. Rectificó muchos accidentes hidrográficos en las cartas marinas de tan remotos parajes, permaneciendo estacionado en aquellas posesiones españolas.

En el año de 1799, se hizo al mar desde Manila con toda la escuadra, habiéndosele unido dos fragatas francesas, para atacar a un convoy británico compuesto por diez buques de la India a quienes daban protección dos navíos y dos fragatas, con la intención de arribar a país, pero a pesar de la pronta salida no los pudo encontrar siendo un pequeño fracaso. No así otros que si mantuvo posteriormente contra buques de la misma nación.

En Arroceros (extramuros de Manila), con fecha del día quince de noviembre del año de 1802, publicó el « Reglamento adicional a la Ordenanza de Marina, para los navíos de las islas de Filipinas que con efectos de su comercio viajan a Nueva España », regulando con él la salida de la vulgarmente llamada Galeón de Acapulco, sus carenas y recorridas, nombramiento de comandante, oficiales, dotación de marinería y tropa, arqueo, locales para el cargamento, víveres y aguada. El día siete de enero del año de 1803 salió de Manila con su escuadra, pero precisamente por estar en muy mal estado tuvo que cambiar su insignia ya que le navío Europa se quedó allí.

Se le notificó la firma de la Paz con el Reino Unido, ello le decidió a hacerse a la mar con rumbo a la Península, de este viaje de regreso y hasta el día seis de febrero de 1803, escribió una memoria detallada. Realizó el viaje de regreso doblando el cabo de Buena Esperanza, o ruta portuguesa, arribando a la bahía de Cádiz el día quince de mayo del año de 1803, desembarcando del navío Montañés, en el que tenía arbolada su insignia, por lo que le había dado la vuelta al mundo.

Al arribar se le notificó, que por Real Orden de la promoción del día cinco de octubre del año de 1802, ya debía de llevar los galones y entorchados correspondientes a su nuevo grado de teniente general.

Al producirse el ataque de los británicos sin previa declaración de guerra a la división de fragatas al mando de don José de Bustamante y Guerra, el día nueve de agosto del año de 1804, cargadas con particulares y caudales, por ello sin llevar todo su armamento fueron capturadas tres de las cuatro, siendo la Mercedes la que voló al serle alcanzada la santabárbara, en esta voladura entre otros murieron la esposa y seis de sus hijos, del Mayor General de la división don Diego Alvear.

España herida en su honor declaró de nuevo la guerra a los británicos, al enterarse Álava demandó un puesto en las unidades a combatir, razón por la que se le dio el mando de la escuadra del Departamento de Cádiz donde llegó el día quince de febrero del año de 1805, enarbolando su insignia en el navío Santa Ana, cuando, en la dicha bahía fondeó la combinada franco-española quedó como segundo jefe de la escuadra española, como general subordinado a don Federico Gravina. Cuando éste se hizo a la mar el día diez de abril tomó el mando en jefe de las unidades que permanecieron en la bahía, hasta el regreso de don Federico Gravina el día veinte de agosto.

La escuadra combinada por orden de su Jefe el almirante Villeneuve comenzó a salir de la bahía el día veinte de octubre siguiente y el veintiuno al amanecer se vieron las velas de la escuadra británica al mando de Nelson, que iba a dar paso al nefasto combate de Trafalgar en el que seguía con el mismo navío al mando de su comandante el capitán de navío señor Gardoqui. Álava estaba al mando de la vanguardia pero al trocarse la línea, por la famosa orden de Villeneuve, de « virar en redondo a un tiempo » se convirtió en retaguardia, quedando por su popa la escuadra de Observación, al mando del general don Federico Gravina.

Fue herido grave por tres veces, al igual que su comandante Gardoqui en el transcurso del combate, por lo que el mando del navío recayó en don Francisco Riquelme, quien después de cinco largas horas de fuego contra dos y tres navíos se tuvo que rendir, al no quedar casi manos que manejaran la artillería. Fue abordado por una dotación de presa compuesta por dos oficiales y sesenta y ocho hombres, dándole remolque un navío británico, pero la desatarse el temporal en la noche del mismo día, que continuó con mucha fuerza los dos siguientes, los británicos abandonaron el buque, el cual fue remolcado por la fragata francesa Themis, quien le dio remolque hasta la bahía de Cádiz, donde entró casi deshecho.

El rescate del Santa Ana dio lugar a una reclamación por parte del almirante Collingwood, argumentando éste que don Ignacio era su prisionero por haberse rendido. pero para mejor sacar conclusiones la transcribimos: « Eurigalus, al frente de Cádiz, 30 de Octubre de 1805.

Muy señor mio: — He sabido con el mayor gusto, que la herida que recibió usted en el combate da las más lisongeras esperanzas de curación; y por tanto, que España puede aun contar con sus esclarecidos servicios; mas tengo que hacerle presente, que rindió usted su buque al mio, y que fué en consideracion á la gravedad de su herida que no fué usted traido á mi bordo: yo no pude permitir que se molestase á una persona que se consideró expirando; mas la espada de usted, digno símbolo de sus servicios, me fué entregada por el capitan de su buque; espero, pues, que se considerará usted como prisionero de guerra, hasta que pueda usted ser cangeado por cartel.

Soy etc. — Firmado. — Collingwood »

Como es digna de conocerse, transcribimos la contestación del general Álava a Collingwood, dice así:

« Cádiz 23 de Diciembre de 1805

Excmo. Sr.: — El día mismo que me es posible firmar mi nombre, me apresuro á cumplir con los deberes de la gratitud, dando a V. E. las más sentidas gracias por la fina benevolencia y cuidado que le he merecido, cuyo recuerdo quedará para siempre grabado en mi corazón. Tengo además la mayora satisfacción en recordar la generosidad y la urbanidad que usaron conmigo el teniente Maker y un oficial del Thunderer á bordo del Santa Ana, y tengo el honor de recomendar esos oficiales á V. E.

Quisiera poder acabar aquí mi carta, más me veo en la necesidad de contestar á un punto que V. E. trata en la suya del 30 de Octubre.

Quedando sin sentido en medio del combate del 21 de Octubre, ignoro lo que pasó después, é ignoraba hasta ahora que mi espada hubiese sido entregada á V. E. por el oficial que quedó mandando el Santa Ana hasta el fin del combate. Con todo, á consecuencia de la indicación de V. E., en cuanto me ha sido posible ocuparme, he llamado a D. Francisco Riquelme; y sabido d este oficial que la espada que presentó á V. E. fué la suya, y que respecto á mí, lo único que hubo fué pedir á V. E. que no se me moviese, atendido mi estado, no dejando mi herida esperanza de sobrevivir algunas horas. A esto puedo añadir, que el sable que llevaba en la acción, y que las espadas que suelo usar se hallan en mi poder. Este oficial supone que la dificultad de expresarse en inglés pudo inducir á V. E. á creer que mi espada era la que se le entregaba.

Lo expuesto me parece que contesta cumplidamente al hecho sentado por V. E. en la suposición de tener en su poder el símbolo de mis servicios, que me hallo imposibilitado de prestar nuevos servicios á mi patria durante la guerra, mientras no haya un cange. Aunque el hecho que he demostrado no existir fuese efectivo, es evidente que he de seguir la suerte que ha tenido el buque en que estuve embarcado; y en las circunstancias que sobrevinieron, es más que probable que hubiera sido rescatado por los buques de la escuadra combinada, como ha sucedido de hecho con otros. Lo mismo pudo haber sucedido al Royal Sovereign, si me hubiera trasbordado, puesto que el buque de V. E. se hallaba tan desarbolado y destrozado como el Santa Ana, y no hay ningun motivo racional de suponer que yo corria mayor riesgo en uno que en otro buque.

Me es muy sensible que en la primera ocasion que se me presenta de tener la honra de entrar en correspondencia con V. E., y cuando antes de recibir su apreciable carta tenia el sentimiento de que se pasase el tiempo sin poder expresar á V. E. mi gratitud, me vea en la necesidad de disentir de su opinión. Desearía que esta divergencia recayera en cuestion cuya solucion dependiese de mi libre arbitrio, para dar á V. E. una prueba de la referencia que tengo y tendré siempre para con V. E., á cuyas bondades me tendré por dichoso demostrarle en toda otra materia mi profunda gratitud.

Me ofrezco etc. — Firmado. — Ignacio María de Alava »

El almirante británico siguió manteniendo una correspondencia muy cortes con él, demostrando con ello que quedaron satisfechos sus escrúpulos. « Álava había corrido la suerte de los prisioneros de guerra heridos de una plaza, que el enemigo tiene que evacuar por fuerza » La posible humanidad de las guerra, manda que permanezca en los hospitales, quedando así libres de cautiverio por estar heridos.

Como recompensa a su valor en tan infausto día para las armas españolas, S. M., por Real Orden fechada del día nueve de noviembre le concedió la Gran Cruz de la Real y Muy Distinguida Orden de Carlos III.

Aún no repuesto de sus heridas se le confió el mando de lo que quedaba de la escuadra española, como más digno sucesor de don Federico Gravina, por Real Orden del día nueve de abril del año de 1806.

Arboló también su insignia en el navío Príncipe de Asturias, testigo y teatro de la gloria de su predecesor en el mando, pero no se quedó conforme ya que con fuerza y constancia logró alistar, venciendo todo tipo de contrariedades; ocho navíos, varias fragatas y buques menores, que en un momento dado pudieran hacer frente a los británicos, que aún cruzaban frente a nuestras costas en misión de bloqueo, eran conscientes de que España aún podía armar una gran escuadra y no la perdían vista

Por Real Cedula del día veinte de enero, se le nombra Ministro del Consejo del Almirantazgo, pasando a entregar la escuadra el día veintisiete de febrero del año de 1807 al general Apodaca, poniéndose en viaje en postas camino de Madrid.

Al sobrevenir los acontecimientos del día dos de mayo del año de 1808 se unió al levantamiento, no sin antes recibir del nuevo Rey todo tipo de prebendas para convencerlo para que se quedara a su lado, a todo se negó, pudiendo salir de la capital y llegar primero a la ciudad de Sevilla, para continuar hasta la bahía gaditana.

Estando aquí ordenó la defensa de la isla de León, pero la Junta decidió que era más necesario en un lugar apartado para seguir manteniendo el orden, por ello le nombró con fecha del día veintiséis de febrero del año de 1810 con el título honorario de Capitán General del Departamento y comandante General del apostadero de la Habana, a cuyo lugar viajó a bordo del navío San Lorenzo, donde arribó, tomando posesión del cargo el día siete de julio.

Nada más tomar el mando, se puso en contacto con el virrey de Nueva España, así ambos trabajando en conjunto consiguieron poner en servicio varios buques, con los que pudo guardar las aguas de las Antillas, Seno Mejicano y Costa Firme, contribuyendo no poco a soportar la sublevación en todos aquellos territorios, gracias a los rápidos desplazamientos de las pocas fuerzas que se disponían, pero que aparentaban ser más por estar siempre en el lugar necesario.

Por Real Orden del día cinco de febrero del año de 1812 se le nombra capitán general del departamento de Cádiz, razón por la que embarca de transporte en el navío Miño, quien lo transporta a la bahía de Cádiz, permaneciendo en el cargo hasta el día en que recibió la Real Orden fechada el once de agosto del año de 1814, por la que se le nombra de nuevo miembro del Consejo Supremo del Almirantazgo bajo la presidencia del infante don Antonio y nombrado uno de los Ministros del Almirantazo.

Por Real Orden del día veinticuatro de febrero del año de 1817, se le elevó a la máxima dignidad de la Real Armada con el título-cargo de Capitán General, al mismo tiempo y por ser anexo se le nombró Decano de aquel Consejo, cargo que desempeño breve tiempo, pues quebrantada su salud pidió licencia para trasladarse al benigno clima de Andalucía, cosa que no bastó para curarle, falleciendo en la población de Chiclana sobre las dos de la tarde del día veintiséis de mayo del año de 1817 siendo allí sepultado.

Fue uno de los primeros generales que el día dos de mayo del año de 1851, se dio orden al Departamento de Cádiz, para que fueran trasladados sus restos al Panteón de Marinos Ilustres.

Los restos se inhumaron el día veintiocho de abril del año de 1870, por una comisión de Marina que se desplazó a Chiclana al efecto, y se recogieron solemnemente por Comisiones y fuerzas nombradas, que desde el puente de Zuazo, se hicieron cargo de los venerables restos, que provisionalmente se depositaron en el Panteón de Marinos Ilustres, recibiendo sepultura definitiva el día dos de mayo del año de 1870, al ser inaugurado el Panteón.

El mausoleo donde reposan los restos, es el mismo que el que tenía en el cementerio de Chiclana, compuesto de una columna cilíndrica, sobre la que descansa una lacrimatoria con diversos adornos al pie.

La inscripción de la lápida dice:

Mausoleo de don Ignacio María de Álava y Sáenz de Navarrete. Cortesía del Museo Naval de Madrid.

Mausoleo de don Ignacio María de Álava y Sáenz de Navarrete. Cortesía del Museo Naval de Madrid.

Aquí yace

el Capitán general

don Ignacio María de Álava

Gran Cruz de las Ordenes de

Carlos III  San Fernando

y San Hermenegildo

Decano del Almirantazgo

marino insigne, completo español

para su Patria y su Rey;

esposo, padre, amigo

merecedor de servir de modelo

Murió el 26 de mayo de 1817

a los 67 años de edad.

Bibliografía:

Cervera y Jácome, Juan. El Panteón de Marinos Ilustres. Ministerio de Marina. Madrid. 1926.

Cervera Pery, José.: El Panteón de Marinos Ilustres, trayectoria histórica, reseña biográfica. Ministerio de Defensa. Madrid, 2004.

Enciclopedia General del Mar. Garriga. 1957. por el Contralmirante don Carlos Martínez-Valverde y Martínez

González de Canales, Fernando. Catálogo de Pinturas del Museo Naval. Ministerio de Defensa. Madrid, 2000.

Fernández Duro, Cesáreo.: La Armada Española, desde la unión de los reinos de Castilla y Aragón. Museo Naval. Madrid, 1973.

Laborda, Antonio.: Viaje alrededor del Globo. Realizado por la escuadra al mando de don Ignacio María de Álava 1795-1803. La hoja del monte. 2005.

Paula Pavía, Francisco de.: Galería Biográfica de los Generales de Marina. Imprenta J. López. Madrid, 1873.

Válgoma, Dalmiro de la. y Finestrat, Barón de.: Real Compañía de Guardia Marinas y Colegio Naval. Catálogo de pruebas de Caballeros aspirantes. Instituto Histórico de Marina. Madrid, 1944 a 1956. 7 Tomos.

Compilada por Todoavante.

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