Biografía de don Antonio de Vea

Posted By on 29 octubre, 2011

Navegante y capitán de Mar y Guerra.

Gobernador General de Mar y Tierra del Mar del Sur.

Al parecer vino al mundo en el primer cuarto del siglo XVII en la población de Milagro del reino de Navarra.

Se da conocer al ser nombrado Gobernador de los Mares del Sur y darle el mando de una expedición, la cual transcurrió a caballo de los años de 1675-1676 con destino a explorar el estrecho de Magallanes.

Se encontraba por casualidad en Lima con licencia para recuperarse de sus dolencias, producidas por el continuo navegar entre las Antillas y el seno mejicano, siendo su último cargo el de jefe de las costas de Portobelo, por Panamá.

El virrey del Perú, don Baltasar de la Cueva Henriquez, Briaz, Saavedra, Pardo, Tavera y Ulloa, Conde de Castelar, Marqués de Malagón, etc., había recibido noticias alarmantes de los gobernadores de Chile y Buenos Aires, que le comunicaban la presencia de ingleses en el estrecho de Magallanes, con la intención de bloquear el paso de todo buque español.

Por esta razón convocó Junta de Guerra, en la que se decidió todo lo que se debía de hacer, así se le otorgó a Vea el título de Gobernador General de Mar y Tierra, se determinó alistar un nuevo navío por nombre Nuestra Señora del Rosario y Ánimas del Purgatorio, siendo nombrando capitán del bajel a don Pascual de Yriarte.

El navío se terminó de alistar en el Callao, llevaba en la cubierta por cuarteles dos barcos longos (1) y un bote, para permitir sondear las zonas desconocidas y saber si el navío podía pasar por ellas, se dotó con ciento ochenta hombres de mar y guerra, cuatro pilotos y dos ayudantes, se embarcaron mosquetes, arcabuces, carabinas, chuzos, alcancias (2) y las municiones y armas blancas para las tropas, el navío fue armado con ocho cañones pequeños y dos para ser embarcados en los barcos longos y como Piloto Mayor el capitán Guillermo Bautista de Chavarría.

Recibió las órdenes del Virrey quien le indica que la ruta a seguir es: « Rumbo a Chiloé, al llegar se lanzarían al agua los barcos longos y junto a varias piraguas de indios penetrarían en el intrincado archipiélago y proseguirán viaje barajando la costa hasta el estrecho de Magallanes, al mismo tiempo el navío saldría de Chiloé, para navegar alejado de la costa y comprobar en las islas de fuera que no había establecimientos ingleses »

Ya todo repasado y alistado se hizo a la vela desde el puerto del Callao, el día veintiuno de septiembre del año de 1675, el navío se dirige a la isla de Juan Fernández, donde arriba el día tres de octubre, conversa con indígenas y no habían visto a nadie, descansan unos días y zarpan con rumbo a Valdivia, al intentar entrar en el puerto de Chacao dio un fuerte golpe contra una roca, como consecuencia sufrió graves daños en los fondos, se mantuvieron sobre ella hasta sobrevenir la pleamar, momento que izaron todas las velas y pudo zafarse, pero el agua entraba tan rápida que no hubo más remedio que varar en la playa para no perder el navío.

Comenzó el duro trabajo de aligerar el buque, comenzando por poner en el agua a los barcos longos, luego se fue trasladando todo el material de repuestos que llevaban, alimentos y aguada por último la artillería, una vez conseguido que fuera menos pesado se lanzaron cables y todos desde tierra a través de ellos tirando del navío se consiguió ponerlo casi sin tocar el agua y a la banda, para que fuera fácil el trabajo de carpinteros y calafates, sobre todo en la bajamar.

Decidió Vea salir con los barcos longos, para ello ordenó a don Pascual de Yriarte, que si se podía reparar el navío que se esperara a ello, de lo contrario que se hiciera llegar a Chiloé y embargar un navío adecuado para proseguir viaje al Magallanes, si lo conseguía que regresase a Chacao y allí se encontrarían.

El día diecinueve de noviembre zarpa Vea con rumbo a Chiloé donde arriba el día veintidós siguiente, allí distribuye a la gente, en total eran setenta españoles y sesenta indios, embarcan en los barcos longos y los indígenas en nueve de sus canoas; se repartieron los víveres, que eran cien arrobas de bizcocho, cien fanegas de harina de cebada, veinte de habas, alguna harina de trigo, veinte arrobas de tocino y carne fresca para ocho días; los indígenas por su parte llevaban su propia comida.

Escribe unas instrucciones para los capitanes de los bajeles, dejando así constancia de lo que se debe de hacer, una vez terminado de acomodar a todo el personal se hacen a la mar el día veintiocho, con rumbo al S., pasando por el interior del archipiélago de Chiloé, a las pocas horas de comenzar el viaje empieza a lloviznar, en el trayecto no descubren asentamiento alguno, continúa al de Chonos el cual por tener partes pantanosas, no había más remedio que desembarcar y arrastrar las buques, volviendo a embarcar cuando se lograba tener suficiente calado, llegando a la mar al desembocar por el río San Tadeo. Dejando en la Laguna de la Candelaria una guarnición por si aparecían los enemigos y para que los naturales les pudieran informar si habían visto a alguno; seguía lloviendo sin parar desde que comenzó.

Continúan su viaje siempre con rumbo al S., entraron en el abra que queda formada por la isla de Welington y tierra firme, la costa era toda ella abrupta y hostil a la supervivencia, al mismo tiempo se sumaba que los alimentos comenzaban a pudrirse por la constante lluvia, lo que aumentaba el riesgo de fracaso total. Momento en el que el indio don Cristóbal que llevaba como práctico le confiesa, que él lo había dicho a unos españoles para contentarlos, pero que no imaginaba que iban a llegar tan lejos, lo que convenció a Vea de virar y regresar.

Esto sucedió el día cinco de enero del año de 1676, se encontraban en la latitud de 47º Sur, en el ancón de Cabo Corzo que por no tener salida, en la bajamares se produce una fuerte corriente en dirección N. a ello se sumaba el viento del N. de forma que se encontraban en un punto que no se podían mover y los remeros ya cansado de tanta inclemencia, pues siempre había algo en contra.

Prosiguió su constancia en querer alcanzar el estrecho, pero ya casi todo agotado, había que regresar, el domingo día doce encontrándose en los 48º en las cercanías de la isla de San Esteban decidió que se saltara a tierra a colocar una placa, copia reducida ya que se hizo a bordo de la que le había entregado el Virrey al capitán Yriarte la cual dice:

« Reinando Carlos 2.º el Justo, el Grande el Prudente, el Temeroso de Dios, y devotisimo de su Preciosa Madre la Virgen Santisima concebida sin mancha de pecado original en el primer instante de su ser natural Rey de las Españas. En continuacion de la antigua, y nunca disputada posesion de estos Mares, Dominios, Señorios, y Reinos del Perú. Gobernandolos en paz y justicia y tranquilidad, y siendo Virrey Lugarteniente, Capitan General dellos el Excmo. Señor Don Baltasar de la Cueva Heriquez, Conde de Castellar, Marques de Malagon, Gentilhombre de su Camara, del Consejo de Camara y Junta de Guerra de Indias; de orden y mandato de S. E. se puso y fijo esta inscripcion por el Gobernador General Don Antonio de Vea, habiendo reconocido hasta 50 grados de altura del ancon sin salida, en la isla de San Esteban á 13 de Enero de 1765 años — Don Antonio de Vea — » 

Señala el paraje donde quedó: « Si te hallares en altura de 48 grados, vendrás á buscar la tierra por una abra que te hará y en frente una tierra baja y hallarás albergue de la travesia en la isla de San Esteban que tendrá cinco leguas de noruestesueste; y desta isla para la tierra firme hay una legua y media, en la cual isla al leste de ella hallarás una playa de cascajo, como la del Callao de una punta á otra, que hacen dichos puntas dos barrancas y en la del sur antes de llegar á la barranca hallarás remate de la playa, un arbol grueso de una pica de alto el troncon y tiene de bujeo seis varas y cerca de otro arbol donde hallarás una cruz hecha en su corteza y el año de 1676. Todo esto está al pie de un arbol que es el mas pequeño de los que encontrarás en dicha playa; y encima del dicho arbol en un hueco que hace, una botijuela vidriada cerrada con brea y dentro en una caja de barba de ballena el escrito antecedente »

El regreso se hizo por el mismo rumbo pero sin las escalas e ir más despacio revisando la costa resultando más rápido, arribando al Chaco el día veintiocho del mismo mes de enero.

Mapa de la ruta seguida por Antonio de Vea y Pascual de Yriarte.

Mapa de la ruta seguida por Antonio de Vea y Pascual de Yriarte.

Mientras sucedía todo esto, Yriarte comprobando que no se podía reparar el primer navío, se acercó a Chiloé a treinta leguas de distancia y obedeciendo las órdenes de Vea embargó un buque, de lo poco que pudo elegir puesto que solo habían dos posibles, de ellos eligió el llamado La Concepción, recibiendo el beneplácito del Capitán General, se decidió cambiarle el nombre por Santísima Trinidad y se hizo a la vela desde Chacao el día catorce de enero con rumbo al Estrecho de Magallanes.

Dejando a un capitán un mensaje para Vea que le esperase en Chacao hasta el día seis de marzo, que suponía estaría de vuelta para continuar juntos hasta el puerto de salida del Callao.

Yriarte barajó de nuevo la costa y confirmó que no había ningún extranjero, al alcanzar las islas de Los Evangelistas situadas en la salida o entrada del Estrecho, ordenó arriar el chinchorro siendo abordado por su hijo y dieciséis personas más, con la orden de fijar la placa ya mencionada original, pero el mal estado de la mar le dio un golpe al bote que lo puso quilla arriba, razón por la que todos sus integrantes fallecieron ahogados. En estos casos, hay que mencionar que las armaduras y armas eran un gran estorbo para nadar (en caso de que supiesen) y su peso los hundía rápidamente a lo que se añadía el oleaje.

Vea efectivamente se esperó a que regresase Yriarte, al verlo llegar se dio cuenta que lo hacía casi de milagro, pues el buque estaba en muy malas condiciones, pero dio la orden de repararlo para poder regresar, lo que se hizo con cierta facilidad cambiando tablazón y bien calafateado, zarpando el día veintitrés siguiente entrando en Valparaíso el día veintinueve.

Desde aquí envió correos a los dos el Virrey del Perú y el Capitán General de Chile, al primero para informarle de estar en Valparaíso y al segundo para darle las gracias por toda su ayuda y confirmarle se había cumplido la misión gracias a su apoyo.

Terminaron de revisar el navío Santísima Trinidad y se repararon algunas averías, al mismo tiempo que comieron frutos frescos y carne, para recuperarse de todo lo pasado.

Zarparon el día quince de abril con rumbo al Callao, donde arribaron el día diecinueve siguiente, nada más desembarcar Vea envió una carta al Virrey para pedirle audiencia y contarle todo lo pasado y conseguido.

Todo se sabe gracias a una: « Relación diaria del viaje que se ha hecho a las costas de el Estrecho de Magallanes, en el recelo de enemigos de Europa, por don Antonio de Vea. Al excelentísimo Señor Don Pedro Portocarrero, Conde de Medellín, Gentil-hombre de Cámara de Su Majestad y Presidente del Consejo Supremo de las Indias. Ofrece y dedica al Excelentísimo Señor Don Baltasar de la Cueva Henriquez, Briaz, Saavedra, Pardo, Tavera y Ulloa, Conde de Castellar, Marqués de Malagón, Conde de Villa-Alonso, Señor de las Villas del Viso y Paracuellos, Fuente del Fresno, Fernan Caballero, la Porcuna, San Miguel; Alfaqueque Mayor y Mariscal de Castilla; Gentil-hombre de Cámara de Su Majestad, de su Consejo y Junta de Guerra y Cámara de Indias. Virrey, Gobernador y Capitán General de estos Reinos y Provincias del Perú, Tierra Firme y Chile, etc. — Manuscrito en 4.º en la biblioteca del conde del Águila, en Sevilla; y copia en el Depósito Hidrográfico. Tomo 20 de su colección »

La Relación está impresa, en el primer tomo de Colecciones de Diarios y Relaciones. etc. en 4.º mayor, comienza en la página 49 y termina en la 97, más el Diario del capitán don Pascual de Yriarte del galeón Nuestra Señora del Rosario y Ánimas del Purgatorio, ya que en algún momento de la expedición se separaron completando así el viaje, que comienza en la página 99 y termina en la 123. Si algún día podemos lo transcribiremos, para el buen conocimiento de los sucesos.

Posteriormente al parece se quedó en su puesto de Gobernador del Mar del Sur, a donde llegó el nuevo Virrey don Melchor de Navarra y Rocafull, príncipe de Massa y duque de la Palata, quien en su viaje hasta el Callao se dio cuenta que la escuadra del Mar del Sur era una simple quimera.

En el año de 1679 fue la primera vez que los filibusteros cruzaron por el Darién al Pacífico, abriendo una nueva ruta para realizar sus depredaciones, sucediéndose varios ataques a poblaciones y ciudades de las costas del océano, pero en el año de 1683 dos piratas holandeses Cook y Cowley viajando desde Virginia a las islas de Cabo Verde, capturaron un navío del porte 36 cañones holandés, con éste pasaron a Brasil, donde se les unió Juan Eaton con su buque del porte de 16 cañones y puestos de acuerdo atravesaron el estrecho de Magallanes.

Comenzando su trabajo, atacando a todos el tráfico marítimo costero entre el Estrecho y las costas de Chile, llegaron al golfo de Nicoya, pero aquí como en Cabo Blanco, bahía de la Caldera y Realejo, fueron rechazados por estar ya prevenidos todos los alcaldes, quienes en unión de los mismos pobladores se enfrentaron y los devolvieron al mar, con pérdidas muy altas de hombres, así como varias embarcaciones pequeñas que eran en sí los botes de desembarco, lo que llevó a enfrentamiento entre los dos jefes, llegando a dispararse entre ambos buques cayendo muerto Cook, siendo elegido para sustituirle un flamenco llamado Eduardo Davis.

En el año de 1684 recibieron refuerzos los piratas, de sus amigos ingleses y franceses, llegando a formar dos escuadrilla, una con diez naves, que se agregaron a las dos anteriores, más ocho presas que no llevaban artillería, en total unos mil cien hombres bien armados, la segunda escuadrilla, era de veintidós lanchas y piraguas con quinientos hombres. Realizando la rapiña desde California a Chile, aprovechando como resguardo las islas del Rey ó Perlas cercanas a Panamá, las Galápagos sobre el Ecuador y en las de Lobos, Gorgona y cualquier otra que les permitiera tomarse un respiro. Como buenos depredadores aprovechaban la noche para sus ataques, haciendo verdadero mal en los de Saña, Sata, Casma, Huaura, Paraca, Pisco de dónde sacaron un buen botín.

Sabedor de todo esto don el Virrey buscó la ocasión para que la escuadra del Mar del Sur se pudiera dedicar exclusivamente a buscar a los que tanto daño estaban haciendo, ya que en realidad no era su trabajo, sino el de la custodia y guardia de los transportes Reales, de hecho para que nadie le pudiera contradecir, le dio licencia a don Pedro Pontejos, Capitán General de la escuadra del Mar del Sur y nombró como Capitán General a su cuñado don Tomás Palavicino que era Gobernador del Callao, así ni la escuadra estaba en su misión ordinaria y en ambos casos llevaban como Almirante a don Antonio Vea, por ser el verdadero conocedor de la zona.

Ordenó formar una escuadrilla de buques que buscaran a los piratas, quedando formada, por la Capitana, de 40 cañones, la Almiranta, de 40, el navío San Lorenzo, de 26, el patache Pópulo, de 14 y dos mercantes convertidos en brulotes, a los pocos días se divisaron las dos fuerzas, los piratas confiando en su mayor número no hicieron caso de ver a buques muy superiores en artillería, a pesar de ser efectivamente más rápidos que los de la escuadra, pero pretendían hacerse al menos con uno de los mayores para poder cargar en él todo el botín y poder cruzar el Estrecho de Magallanes, así que comenzó el combate, pero pronto se dieron cuenta los piratas que no eran tan fáciles de vencer, ya que se fue al fondo uno de sus buques grandes, otros dos estaban en muy mal estado decidiendo que lo mejor era dispersarse y que no les pudieran seguir, así lo hicieron y la escuadra se quedó dueña de la mar.

La escuadra regresó a fondear en Payta, sin que nadie haya podido averiguar la razón, de pronto sin verse humo ni fuego la Capitana saltó por los aires, muriendo casi toda la dotación que era de cuatrocientos hombres, salvándose solo el hijo del general Pontejos por encontrase en el Tercio de mediana, siendo despedido por la deflagración cayendo al mar.

Con esta acción se consiguió que casi desapareciera la piratería, aunque permaneció pero fraccionada y no por escuadras como había llegado a estar compuesta, siguierón haciendo daño pero en menor medida, sobre todo en las poblaciones de Realejo, Esparza, Nicoya, León Tehuantepec, Granada y Guayaquil, de todas ellas sacaron doscientos mil pesos, pero en contra hubieron encuentros parciales de uno a uno, donde casi siempre se imponían los españoles.

De las diferentes divisiones que se produjeron de los pitaras una fue a parar a las islas de Juan Fernández, estaban al mando del capitán Wilnet, allí se repartieron el botín saliendo cada uno a ocho mil pesos, embarcando y dirigiéndose al Estrecho de Magallanes, pero no todos estaban en condiciones de poderlo pasar, razón por la que embarrancaron y perdieron el buque, muy decididos fueron arrancando tablones del casi hundido y construyeron una barca, continuando viaje los supervivientes, pero un grupo se quedó en las islas de Juan Fernández y curiosamente se había enviado a don Antonio Vea para realizar unas cartas náutica de ellas a mediados del año de 1688, siendo vistos y eliminados dejando limpias por fin las aguas de los Mares del Sur de piratas, y encima se pudo hacer un pequeño botín.

Éste es el último dato que se tiene de él fiable, dando algunas fuentes su fecha de fallecimiento a lo largo del año de 1693, muy posiblemente en el mismo Callao donde tenía su casa, desde que viajó para descansar en el año de 1675.

(1) Estos buques se habían construido los primeros en Cádiz en el año de 1635, eran una especie de galeras pequeñas, nos las definen así: « Invención muy importante, así para que no tengan efecto el quemarnos el enemigo las naos, como para socorrer cualquiera de ellas que lo haya menester y remolcarlas en tiempo de calma » llevaban cuarenta remeros y vela latina, sacándose la dotación del mismo buque que las remolcaba por su popa. (En este caso iban en la cubierta trincados)

(2) Alcancía: Olla de barro llena de alquitrán y otras materias inflamables que, encendida, se arrojaba a los enemigos.

Bibliografía:

Enciclopedia General del Mar. Garriga, 1957. Compilada por el contralmirante don Carlos Martínez-Valverde y Martínez.

Fernández de Navarrete, Martín.: Biblioteca Marítima Española. Obra póstuma. Imprenta de la Viuda de Calero. Madrid, 1851.

Fernández Duro, Cesáreo.: La Armada Española, desde la unión de los reinos de Castilla y Aragón. Tipográfico Sucesores de Rivadeneyra. Madrid 1895-1903. Facsímil Museo Naval. Madrid. 1973.

VV. AA.: Colección de Diarios y Relaciones para la Historia de los viajes y Descubrimientos. Instituto Histórico de Marina. Madrid, 1943 a 1975. 7 Tomos.

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