Biografía de don Juan Francisco Tomás Enríquez de Cabrera y Álvarez de Toledo

Posted By on 17 diciembre, 2009

XI Almirante Mayor de Castilla.

Grande de España.

Caballero de la Real Orden de Calatrava.

VII Duque de Medina de Rioseco.

X Conde de Melgar.

IX Conde de Rueda.

Varios Señoríos más.

Adelantado y Notario Mayor del Reino de León.

Alcaide Perpetuo y hereditario de la Torres de León y del castillo de Zamora.

Miembro del Consejo de Estado.

Vicario General de Castilla la Vieja.

Caballerizo Mayor de Su Majestad.

Vino al mundo el día veintiuno de diciembre del año de 1646, en la ciudad de Nápoles por encontrase allí su madre acompañada del abuelo paterno, siendo bautizado el día seis de enero en la parroquia de Santa María Magdalena, sus padres fueron don Juan Gaspar Enríquez de Cabrera. X Almirante Mayor de Castilla y de su esposa, doña Elvira Álvarez de Toledo Osorio Ponce de León.

Como primogénito se le instruyó desde muy temprano en el manejo de las armas, pero no se descuidó enseñársele de todo un poco, hay noticias que con pocos años ya escribía alguna poesía, y corriendo los años llamó la atención a varios Ministros del Consejo de Estado y Grandes de España: « que no habían cogido un libro » de hecho escribió una sátira al respecto que dice:

« Leves de cascos, graves de sombreros,

son los que llaman Grandes de España,

y en todo el mundo. . . majaderos » (1)

Su padre le entregó el título de conde de Melgar, añadido a lo que nos dice de su persona, que era alto, hermoso y de porte elegante, siempre que por las noches sonaban el choque de los aceros en los mentideros de la Corte al día siguiente, lo metían en el lance, lo que era cierto en algunas ocasiones, esto llevó a su padre a buscarle novia, ya que le impidió que sirviera como era su petición a la Reina Gobernadora en la Escuadra del Océano, siendo elegida doña Ana Catalina de la Cerda, hija del séptimo duque de Medinaceli, siendo firmadas las capitulaciones en la población del Puerto de Santa María  en el año de 1663, por lo que don Juan Francisco tenía tan solo diecisiete años. Para acrecentar el acontecimiento la Reina Regente lo nombró Gentil Hombre de Cámara de S. M.

En la noche del día veintinueve de agosto del año de 1665, hubo un enfrentamiento entre los criados del Almirante y los del conde de Oropesa, donde varios resultaron heridos, el conde de Melgar junto al de Cifuentes a la noche siguiente en compañía de varios de sus respectivas Casas atacaron la del conde de Oropesa, pero esta vez utilizando armas de fuego, convirtiéndose en una pequeña guerra con varios muertos y heridos, solo terminó el problema cuando el mismo Almirante hizo acto de presencia y apaciguó los ánimos.

El Consejo de Estado se reunió y recomendó a la Reina Gobernadora que fueran desterrados ambos Condes de la Corte, pero el Almirante logró que se revisara el procedimiento, alegando que el suceso había tenido lugar por « el verdor y pocos años de su hijo, que además se hallaba con poca salud » convencido el Consejo se sobreseyó el caso y la Reina Gobernadora se dio por satisfecha.

En el año de 1668, don Juan de Austria se presentó ante el palacio Real con una fuerza armada para tomar el mando del España, ante esto los aristócratas tomaron una decisión, siendo la formar un regimiento como Guardia Real, tomó el mando de la unidad el marqués de Aytona siendo sus capitanes el duque de Abrante, los marqueses de Jarandilla y de las Navas y el conde de Melgar, evitando con ello que pudiera pasar el hermanastro del Rey. Pero se mantuvieron firmes y con fecha del día diecinueve de agosto del año de 1669 se dio como formado el Regimiento de la Guardia Real, ganándose pronto el sobre nombre de « chambergos » en alusión al cubre cabezas que llevaban.

Por una intriga de don Juan de Austria, se vio el conde de Melgar en la obligación de recoger el guante que don Juan le ofrecía, debían de verse en la población valenciana de Torrente en el término de Rafals. Enterada la Reina Regente dio orden de que fueran presos todos los que asistieran al duelo, por ello tuvieron que hacer el viaje por parajes fuera de los normales caminos, pero el día veinticuatro de mayo del año de 1670 el conde Melgar estaba en el lugar, donde no acudió don Juan (algo temería), siendo hecho prisionero junto a todos sus amigos incluido su hermano Luis por el Virrey de Valencia, siendo llevados a la Casa de Armas, a parte de los hermanos, estaban los Cardona, Frígola, Villarrasa y Calatayud, siendo el Arzobispo de Valencia el que pidió que fueran llevados a su palacio, pero el Virrey se negó, ante esto el mismo Arzobispo se encargó de que les llevaran la comida todos los días, así como acercarse el mismo para que los dejaran salir a pasear en su compañía, al calmarse las aguas regresaron a Madrid, permaneciendo presos pero teniendo la Villa y Corte por cárcel.

En el mes de julio siguiente por otro desmán en la plaza de toros, en la que hubo muertos y heridos, fue desterrado de la Corte junto a tres caballeros, dejando el servicio en le Guardia Real, pero la Reina Gobernadora lo ascendió a Maestre de Campo, entregándole al mismo tiempo el mando del Tercio de Lombardía que había quedado vacante.

El Tercio de Lombardia era el de la Caballería de Milán, puesto que en toda la Corte era de mucho aprecio y al principio se pensó que no era el indicado, pero fue más que eso, ya que por su misma fuerza entró en la diplomacia, de forma que el cardenal Benedectto Odescalchi, en la segunda votación del Conclave obtuvo el nombramiento el día cuatro de octubre del año de 1676 como Inocencio XI, que era el propuesto por España, lo que es muy seguro que el triunfo fue provocado por sus movimientos entre los cardenales. Esto es lo que vio al menos el propio rey don Carlos II que ya había cumplido la edad y ocupado el trono, pues aplaudió al conde de Melgar.

Al poco salió desterrado don Juan de Austria, junto a la Reina Madre y cuantos le ayudaron en sus decisiones como el Almirante Mayor de Castilla entre otros, se deshizo el Regimiento de la Guardia Real. Mientras las cosas en Milán se ponían en contra, ya que el Rey de Francia se había apoderado de Sicilia y estaba intentándolo con Nápoles, a esto respondió el conde de Melgar de su propio peculio fortificando las plazas de Pavia, Tortona, Alejandría, Mortara y Novara, invirtiendo grandes cantidades de dinero que la corona se las devolvía cuando podía o nunca, por ello el Príncipe de Ligni, Gobernador en propiedad de Milán, a causa de su mala salud pidió una licencia para reponerse, siendo nombrado como Gobernador interino el conde de Melgar, para pasar por Real Cédula fechada en San Lorenzo el día diecisiete de octubre del año de 1678 a tenerlo en propiedad por haber fallecido el Príncipe.

En el año de 1683 volvieron a la guerra España y Francia, de nuevo el día diecisiete de mayo del año de 1684, se presentó ante el puerto de Génova una escuadra al mando de Duquesne compuesta por catorce navíos, diecinueve galeras, diez bombardas, dos brulotes, ocho transportes y noventa tartanas y buques menores entrando en el puerto en paz, pero al ir a visitarlos una Comisión del Senado de la Señoría, fueron recibidos por el marqués de Seignelay, Ministro de marina de Luis XIV, demandando la entrega de cuatro galeras que al cruzarse en la mar con buques de la armada francesa no habían saludado al pabellón del Rey y aparte, deberían de embarcar en la escuadra cuatro senadores de la Señoría para humillarse delante del Rey, de lo contrario bombardearía la ciudad, dando un plazo para tomar la decisión de cinco horas.

Como era natural no era para tanto y el Dux con su Cámara se negaron, sobrevino el bombardeo al que nada pudieron hacer los genoveses, pero sobre su ciudad una de las más bellas del mundo, cayeron doce mil trescientos proyectiles incendiarios, destruyendo casi todo lo importante, hicieron los franceses un desembarco dividido en dos uno de distracción sobre Bisagno y el auténtico sobre San Pedro de Arenas, pero precisamente las galeras los pararon con su fuego, a pesar de ello consiguieron pegarle fuego al arrabal, pero de pronto embelesados en esta acción apareció uno de los Tercios (2) enviados por el conde de Melgar, viéndose obligados a reembarcar rápidamente dejando en el campo del combate hasta la artillería. Se calculo el daño causado a la ciudad en más de cien millones.

Medalla conmemorativa del apoyo a Génova.

Medalla conmemorativa del apoyo a Génova.

Este ataque sobre Génova puso en contra del Rey Francés a toda Europa, calificándolo de: « El Gran Turco de los franceses, toda vez, después de hollar el derecho de gentes, pisoteó á la civilización y aun á la humanidad » Como causa todos los comerciantes franceses en la ciudad lo pasaron muy mal, ya que el pueblo no dejó nada de sus propiedades en pie, un autor de la época dice al respecto: « No es frase retórica la de que Europa entera se conmovió en favor de Génova, ni abultada la estimación de que desde el instante declinó el poder de Luis XIV, señalando á la opinión en todas las gacetas como nocivo á la tranquilidad pública. . . En Francia mismo disgustó el acto brutal de Seignelay, y el Rey, que curaba de la opinión más de lo que generalmente se cree, se arrepintió de haber entrado por mal camino. Después de todo, el honor militar de la República quedó á salvo, porque dentro de la ciudad no entró ningún francés á no ser prisionero »

La decisión del conde de Melgar evitó que la ciudad fuera saqueada, en conmemoración de este acto, se acuñó una medalla conmemorativa, figurando en el anverso el busto del Gobernador de Milán, con una leyenda que dice: IO. THOM. HENRIQ. CABRERA E TOL. CO. MELGAR. PRO. HISP. REG IN INSVB. IMP. Y en el reverso la escuadra francesa bombardeando la ciudad y las tropas españolas acudiendo en su socorro, con la inscripción: PROVIDENTIA ET FORTITUDINE IANVA SERVATA.

Como causa de este triste suceso se firmó la tregua de Ratisbona en el mismo año de 1684. Mientras en España dimitió el duque de Medinaceli por instigación del conde de Oropesa, que asumió el mando, como consecuencia de ello todos los que apoyaban a Medinaceli tuvieron que ir dimitiendo, entre ellos se encontraba don Juan Francisco, quien por carta del día veintiocho de abril del año de 1685, le pide al Conde que le busque sucesor por llevar ya más de dos bienios que era el doble del tiempo normal, pero el Rey no muy conforme por lo alto que estaba dejando a su persona, fue retrasando la firma de su licencia, de hecho el sucesor llegó en el abril del año de 1686, porque el Rey le había nombrado a su vez Embajador Plenipotenciario en Roma.

Pero ante la penuria por la que estaban pasando los embajadores, de la que era consciente el conde de Melgar y el mismo Rey, al llegar el sucesor se puso en camino a España, donde a llegar sabido por el Monarca lo mandó encarcelar en el castillo de Coca, por espacio de dos meses, al fin pudo postrarse a los pies de don Carlos II, a quien le habló y como siempre le convenció, volviendo a contar con el aprecio de S. M., aún en contra de la opinión del conde de Oropesa.

Según escribe don Juan Francisco se encontró con una Corte en la que: « El rey don Carlos, crecido entre melindrosas delicadezas de mujeres; doctrinado solo en cuestiones cavilosas y formalidades impertinentes, irresoluto, apático, aparece dejándose llevar alternativamente por los caprichos de su esposa ó por los consejos de su madre, señoras incompatibles entre sí. Licenciosos sus Grandes, relajados sus Ministros, apurado su Erario y obscurecida su fama, todo por la culpa de su desimaginación y descuido »

Al parecer hizo una buena amistad con la Reina, lo que no era bien visto en la Corte, de ahí que el conde de Oropesa aprovechando que los asuntos en Cataluña no iban bien, decidió enviarlo como Virrey. Pero existe un documento del Gabinete de Francia, que le da otra interpretación: « Hombre capaz y que ha brillado mucho durante su permanencia en la Corte es el Conde de Melgar. Nadie hablaba con más libertad al Rey ni era más favorablemente escuchado, por lo que el Conde de Oropesa le envió de Virrey á Cataluña. Era muy adicto á la Reina, opuesto en esto á su padre, partidario declarado de la Reina madre »

Pero hay otro documento que dice: « Por decreto del 22 de abril de 1688 ordenó el Rey al Consejo de Estado que, en vista de solicitud del marqués de Leganés para que se le concediese licencia, propusiese persona que pudieran sustituirle en el cargo de Gobernador y Capitán General de Cataluña. El Conde de Montijo presentó entonces memorial haciendo relación de servicios y pidiendo ser nombrado Virrey de Cataluña, para donde ofrecía marchar á las cuatro horas de su nombramiento » pero al serle entregado para ratificarlo a S. M., de su puño y letra en el margen escribe: « Nombro al Conde de Melgar » (Esto deja claro quién fue el que le dio el nombramiento, sin entrar para nada el conde de Oropesa ni los agasajos a la Reina)

Al llegar a la Ciudad Condal se encontró con un alzamiento del pueblo, no hay datos exactos de como lo hizo, pero en poco tiempo los calmó a todos, para ratificar que estaba solucionado, dicto un oficio en el que venía a decir, que daba el perdón general á los que se habían alzado, con la promesa de intentar remediar en lo posible los males que habían causado que se lanzarán a la calle. De hecho parece que solo estuvo el tiempo suficiente para dar la solución al problema ya que en el mismo año de 1688 regresó a Madrid.

Estando en la Corte solicitó el hábito de la Orden de Calatrava, realizando las pruebas en las poblaciones de Marchena, Rioseco y en Madrid, con más de cuarenta testigos. El día doce de febrero del año de 1689 falleció la Reina, doña María Luisa, siendo conocedor del óbito se fue a Palacio, pues al parecer sí que de verdad la admiraba, lo que visto por el Rey le conmovió, comenzando con este acto a contar para casi todo consejo demandado por el Monarca. Al mismo tiempo y como era lógico, las envidias crecieron y no dejaban pasar ocasión de intentar lastimarlo, pero don Carlos II hacía oídos sordos.

Pero no paró, ya que el Rey contrajo nuevas nupcias con doña María Ana de Neoburgo, y solo verse volvió a caer bien a la nueva Reina lo que a su vez agradó al Rey (según un autor francés lo define: « Que tenía vuelos de Reinas »), pasado un tiempo esto le cayó muy mal al conde de Oropesa, quien presentó la dimisión el día veinticuatro de junio del año de 1691, siendo nombrado en su puesto el duque de Montalto. Pero a su vez al conde de Melgar se le nombró Consejero de Estado por decreto fechado el día veintiséis de junio del año de 1691, (dos días después de haber cesado el conde de Oropesa), no se quedó aquí su ascenso en la Corte, pues falleció su padre y como primogénito, con fecha del día veintidós de octubre siguiente se le confirma el título de Almirante Mayor de Castilla, más todo lo que poseía la Casa.

Ante esto el duque de Montalto no quiso estar solo y le pidió al Rey que lo compartiera el Almirante, a lo que con gran gusto accedió S. M., pero el almirante tenía otra forma de ver el Estado, así que se decidió repartir España en cuatro distritos, que se quedaron al final en tres por no aceptar uno el conde de Monterrey, siendo los efectivos el del duque de Montalvo, condestable de Castilla y el Almirante, quien se quedó con las zonas actuales de Andalucía, Extremadura, Canarias y posesiones en África. Estos nuevos cargos tenían la máxima autoridad, no podían tocarlos los Tribunales, Consejos, Virreyes ni Gobernadores, teniendo el título de Tenientes Generales del Rey y para que no se desviaran los asuntos, se confirmó reunirse dos juntas por semana.

El Rey estaba presente en ellas por lo que en realidad nada escapaba a su mano, pero pasando el tiempo el Almirante comenzó a destacar por sus acertadas opiniones y propuestas, a lo que se añadía su agradable oratoria, dejando atrás al duque de Montalto que tenía fama de ser el más instruido de todos, convirtiéndose en un intocable al que ni las habladurías de la Corte afectaban en el aprecio del Rey, llegando a formar un partido político, al que puso por lema: « Que el menoscabo de Francia estribaba el mayor interés de la patria » lo que aún gusto más al Rey, pues era conocedor de la soberbia del Rey francés, que siempre estaba al acecho para robar un trozo de España donde pudiera.

A tanto le llegó al Rey el tema, que en el mes de enero del año de 1695 quedó vacante la plaza de Caballerizo Mayor, una de las más disputadas por todos los que querían estar cerca del Monarca, pero éste no se lo pensó y nombró al Almirante, aunque para ello tuvo que desplazar a dos de sus allegados con el destierro y la desgracia a varios otros.

Eran tantos y tan diversos sus cargos, que sobre todo por ser el Caballerizo Mayor debía de estar siempre presente en la Corte cuando el Rey lo ordenaba, comenzó pidiéndole consejo sobre cosas y sus acertadas disposiciones, lo hicieron indispensable a los ojos del Monarca, llegando a ser casi un valido. Como ratificación de esto, el Embajador de Venecia, Veniero escribió a su Gobierno: « El Almirante, aparentando siempre no querer disponer de nada, todo lo determina como si fuera Primer Ministro, teniendo á su dependencia Ministros, Virreyes, Embajadores, y el caso es que el Rey despacha con consulta suya los negocios más graves, por la estimación en que tiene á su capacidad. Con este poder tiende á los fines: mantener su superioridad y esquivar las imputaciones de malos sucesos. Va por su camino, y con sagacísimo genio y superior disimulo, si no á todos engaña, engaña á muchos, ó al menos parecen engañados los que por necesidad tienen que estarle sometidos »

Como respuesta esto, el poeta Bances Candamo escribió:

Yo me incliné al Almirante,

no al que dicen que es valido;

lo que podéis amen otros,

que yo lo que sois estimo.

El día veintiocho de febrero del año de 1697 falleció su primera esposa, a mediados del mimo año volvió a casarse con doña Ana Catalina de la Cerda y Aragón, hija del duque de Medinaceli y de su esposa doña Catalina Antonia, duquesa de Segorbe y Cardona, pero sin saberlo don Juan Francisco, tuvo mucho que ver su enemigo político el Arzobispo de Toledo, Cardenal don Luis Manuel Fernández Portocarrero, que ya se había puesto a la cabeza del partido contrario al del Almirante.

En el mes de septiembre del mismo año firmó la Paz de Ryswick, por la que España recuperó varios territorios perdidos, lo que no solo fue del agrado del Rey, sino también del pueblo. Fue en este momento cuando su amigo de correrías de toda la vida el conde de Cifuentes sin dar causa empapeló media España y Europa con un desafío en el mes de diciembre siguiente, pero el Almirante se excusó por ser Ministro del Rey, aprovechando ésta razón el Arzobispo se encargó de que se supiera en todos los rincones del país, como repuesta a todo esto, don Carlos II le ordenó que pasara a vivir al mismo palacio en las habitaciones de los infantes, lo que por una parte era el reconocimiento del Rey, pero aún puso a más en contra Almirante.

(Como se ve, es la envidia la que mueve montañas y siempre suelen ser los que no consiguen las prebendas por su capacidad, sino por su sagacidad los que mueven los hilos de la discordia. ¡Nada ha cambiado!)

El pueblo en pocos meses cambió de opinión siendo inducido a ello los libelos que el Arzobispo lanzaba constantemente, ya que al conde de Cifuentes se le presentó como a un Cid salvador de la patria, consiguiendo con ello meter la cizaña entre todos, ya que los que quería alcanzar las prebendas estaban satisfechos, los Grandes desconfiados y el pueblo no sabiendo en realidad a qué atenerse. Viendo que aun así no se conseguía nada, se lanzo una nueva ofensiva, en esta se hablaba que basándose en su guapura juvenil, se había convertido en Almirante y al llegar al poder se había afeminado siendo un pusilánime, que dilapidaba la fortuna de la Monarquía. (Razones falsas, porque está demostrado fueron más calumnias contra el Almirante)

Viendo el Embajador de Francia los movimientos que le eran favorables, lo comunicó inmediatamente a su rey Luis XIV; por su parte el Embajador de Austria, también comenzó a moverse, pero al parecer el oro francés movió más sentimientos.

El Almirante intentó que el otro sabio de la aristocracia el conde de Oropesa se pusiera a su lado compartiendo el Gobierno, a lo cual accedió para salvar a España de las garras de los franceses, pero dieron el golpe de gracia los del Arzobispo, pues a los pocos días se presentó ante Palacio una multitud gritando en contra del Almirante y de Oropesa, esto asustó al Rey, pero se quedaron ahí, sino que fueron movidos por don Francisco Ronquillo, quien había aprendido de don Juan de Austria a agitar multitudes, dirigiéndose a casa del conde de Oropesa siendo arrasada, al terminar se encaminaron a casa del Almirante, donde a pesar de la resistencia de sus criados, no dejaron nada por romper e incluso quemar.

Momento de incertidumbre del Monarca que aprovechó el Arzobispo para presentarse ante el Rey, diciéndole que la única forma de parar aquel movimiento del pueblo dañino para su persona era la suspensión del Almirante de todos sus poderes. Así el día veintitrés de mayo del año de 1699, cuando todavía el Almirante vestía de luto por la muerte de su primera esposa, recibió el Real decreto por el que le mandaba salir de la Corte por convenir a su servicio y a la quietud que él le había pedido en varias ocasiones, no pudiéndose acercar a menos de treinta leguas de la Corte sin licencia, le fue entregado por el Ministro don Antonio de Ubilla. « . . .la Monarquía perdió los dos Ministros de más habilidad, experiencia y talento » El conde de Oropesa regresó a su destino de Montalván y el Almirante salió de Palacio camino a la ciudad de Granada. Tanto Lafuente como Geghardt, en sus obras lo denominaron como « . . .el motín de los gatos de Madrid »

Falleció don Carlos II el día uno de noviembre del año de 1700, por la intervención afrancesada del Arzobispo el difunto Rey firmó su último testamento nombrando a su sucesor, en la persona del Duque de Anjou segundogénito del Delfín heredero del rey Luis XIV, entrando en Madrid el ya rey don Felipe V en febrero del año de 1701. En el mes de mayo acudieron todos lo que estaban conformes a prestar el juramento de fidelidad, entre ellos el Almirante a San Jerónimo el Real, vio como se formaban los dos grupos enfrentados, por una parta la Gran Alianza de Inglaterra, Holanda, Austria y Brandeburgo, contra Francia y España, siendo considerada por algunos autores como la primera guerra Europea.

Hasta el siglo XIX no se supo parte de la verdad, que consistía, en que ya estaba desde su destierro en Granada en contacto de personas influyentes en Inglaterra y Holanda, y con su amigo Darmstadt, con los que preparó el ataque por la bahía de Cádiz de las potencias de la Alianza, ya que este territorio era de su mando y sabía perfectamente que no estaba en condiciones de soportar una invasión, siendo lo más importante hacer caer en sus manos a Castilla, si por el contrario el levantamiento se hacía en el reino de Aragón este fracasaría, porque Castilla no quería nada que viniera de éste reino.

El Arzobispo consiguió del nuevo Monarca que para evitar problemas con el Almirante lo mejor sería enviarlo a donde no pudiera hacer mal, pensando que el mejor puesto sería de Embajador en París, el Rey convencido, justo antes de zarpar rumbo a Nápoles desde Barcelona, firmó el Real decreto del día cuatro de abril del año de 1702, por el que se le nombraba Embajador en Francia.

El Almirante agradecido por la confianza del Rey le escribió dándole las gracias por la merced, lo mismo hizo con la Princesa de los Ursinos, en la que se ponía a sus pies, al Embajador de Francia y al marqués de Torcy, siéndole asignada la cantidad de tres mil escudos, siendo el mismo que ya gozó en su estancia en Milán y Cataluña, pero la mano del Arzobispo entró y le rebajó el sueldo a dos mil, a su vez de categoría y con la prevención de no poderse tratar el tema en el Consejo de Estado, al que había regresado el Almirante.

Como era de esperar pero con sus formas le comunicó que no le importaba, ya que había pedido un préstamo con embargo de su casa en Castilla, habiendo obtenido ciento cincuenta mil reales de á ocho, pero en secreto fue embargando todo lo demás con lo que se llevaba una gran cantidad de dinero, a parte, ordenó empaquetar todo lo de su casa que más le gustaba, como alhajas, vajilla, tapices y cuadros, a su persona le acompañaba un sequito de trescientas personas, siendo todo transportado en ciento cincuenta carruajes, aparte de todo lo embalado se llevó sus dieciséis caballos personales, saliendo de la Villa y Corte el día trece de septiembre del año de 1702.

No se olvidó de utilizar sus encantos, ya que el día anterior visitó a la Reina, a quien le rogó le escribiera una carta de presentación para el Rey de Francia, S. M., le confirmó que lo haría y se la enviaría por el camino de las postas para que le alcanzase antes de cruzar la frontera. Ya en camino y en espera de esa carta, al llegar hizo desviarse la comitiva a Tordesillas para despedirse de su hermano el marqués de Alcañices que residía en Rioseco, donde permaneció hasta que le comunicaron que la carta de S. M. había llegado, al abrir la carta se mostró muy molesto, pues al parecer la Reina le ordenaba pasar a Portugal como Embajador extraordinario, para tratar sobre la presencia de la escuadra anglo-holandesa en la bahía de Cádiz. Todo fue un ardid que convenció a los que llevaba casi como escolta.

Razón por la que cambiaron de rumbo y llegaron a Zamora, donde su llegada causo asombro y alguna sospecha, el Gobernador de la ciudad le rogó que esperase a que consultara con Madrid, a lo que no se opuso el Almirante, pero era tanta la ceguera del Arzobispo y del Presidente de Castilla, que lo tradujeron como una huida de alguien peligroso, dejando así el camino libre para ellos, contestando al Gobernador que era lo que pedía la Reina, libre, se puso en camino la comitiva y cruzó la frontera por Alcañices. Ya cruzada por todos ordenó parar, y que se reunieran, diciendo a todos para su mejor servicio cual era su intención y que se separaba del servicio del Rey, con ello indicó que el que estuviera de acuerdo le siguiera y los restantes regresaran a España.

El primero en dar la vuelta fue el secretario de la Embajada don Miguel de San Juan, su sobrino don Pascual Enríquez de Cabrera, que era el primogénito del marqués de Alcañices, a quienes siguieron sus criados. En cabeza y con dirección a Lisboa se puso el conde de la Corzana, Maestre de Campo General que había sido en Cataluña y Gobernador de Barcelona; tres padres de la compañía de Jesús, don Álvaro Cifuentes, su maestro; don Carlos Casneri, su confesor; don Juan Ignacio de Aguirre, comensal, con el médico de la casa, don Gabriel Joli, secretario particular, mayordomo, caballerizos, cocheros y criados de escalera abajo. Lo primero que hizo al llegar a la capital fue escribir a la reina doña María Luisa de Saboya, en la que le adjuntaba los despachos oficiales para presentar en Francia y el dinero que le había entregado para el viaje, a lo que añadía sus razones de su grave comportamiento: « motivos que le obligaban á refugiarse en reino extraño mirando por el decoro propio y el de su linaje, y recusando al Cardenal Portocarrero y al Presidente don Manuel Arias en cuanto le concerniera »

El Rey de Francia informado de la deserción, movió cielo y tierra por medio de los Embajadores de Francia y España ante el Rey de Portugal, para que lo entregasen a la justicia en España. Pero a Luis XIV se le olvidó que Portugal siempre fue una gran aliada de Inglaterra, a pesar de ser quien era no consiguió el resultado apetecido por Rey Sol. Es más, el Almirante externamente era un buen vasallo del Rey de España, pero ya había jurado fidelidad al Emperador ante su Embajador el conde de Valdstein, sin que ninguno de los Embajadores y servidores lograran saberlo. (Seguía engañando a los más listos, siendo patente que él lo era más)

En el Consejo de castilla se le juzgo por el cargo de: secuestro de propiedades, lo que como siempre a unos les pareció mucho y a otros poco. Estando en el juicio se realizó un registro en unas barcas portuguesas en Sevilla, se encontraron unos documentos que indicaban que el mismo Emperador de Austria iba a viajar a Portugal a visitar al Almirante. Esto los decidió rápidamente a dictar sentencia, que está fechada el día diecisiete de agosto del año de 1703, en la que se le condena a muerte y confiscan todos sus bienes (3), así para él y toda su familia. Enterado de lo injusta que era la sentencia, dictó un « Manifiesto en explicación de su conducta », en el que muy resumido, le daba las gracias al Rey intruso por su conducta sobre su persona y el conocimiento de la sentencia era el mejor regalo que le habían hecho desde hacía muchos años, despidiéndose del Rey como el Duque de Anjou. Pero el Cardenal Portocarrero aún en la respuesta al Manifiesto, le amenaza con que la gente también muere en Lisboa.

Al presentar al Almirante en Lisboa los Aliados lo vieron como un gran apoyo a sus intenciones, a lo que se unió el rey de Portugal don Pedro II, que tenía un tratado con Luis XIV pero se pasó de bando, lo que ya vino a confirmar tener una base de operaciones muy importante, esto convenció al Archiduque a presentarse en Lisboa para dirigir los ejércitos, proclamándose rey de España como Carlos III en el mes de marzo del año de 1704, lo que a su vez provocó la dimisión del Arzobispo Portocarrero, que se refugió bajo su capelo cardenalicio en la ciudad de Toledo abandonando la política.

Se convocó una reunión a la que asistieron los Reyes de Portugal, el Príncipe de Brasil, los Darmstadt y Leichtestein, el Almirante de Castilla, el conde de la Corzana y los Almirantes de las escuadras británica y holandesa, para decidir por dónde empezar el ataque, el Almirante insistió que el mejor camino era un desembarco en fuerza por Cádiz, para acometer y alcanzar lo antes posible Sevilla, con esto se privaría al de Anjou de los recursos de América, ya que además no había casi ejército que se pudiera oponer, pero el Archiduque con el apoyo del Príncipe de Darmstadt y los Almirantes de las escuadras decidieron hacerlo por el Mediterráneo, ya que tanto Aragón, Valencia como Cataluña, ya se habían mostrado favorables al Archiduque.

Se puso en marcha la recluta para levantar un ejército de veintiocho mil hombres, para ayudar a los catorce mil que aportaban el Reino Unido y Holanda, siendo conocedor de esto el rey don Felipe V declaró la guerra a Portugal y publicó un manifiesto en el refutaba al Archiduque, formó un ejército e intentó invadir el vecino reino, pero no tuvo éxito, lo mismo ocurrió con los aliados que atacaron la población de Ciudad Rodrigo, siendo también rechazados, lo único que les salió bien a los aliados fue la conquista del peñón de Gibraltar. (Menuda memoria nos trae el tema)

Al Almirante de Castilla se le entregó el mando de toda la caballería aliada (se acordaban de lo bien que la hacía trabajar sobre el campo desde lo ocurrido en Milán), pero él aportó de su peculio un regimiento, vistiendo sus hombres la librea de la Casa Real, al mismo tiempo que aconsejó poner sitio a la ciudad de Badajoz, siendo esta su última orden.

Y aunque en aquellos siglos no estaba diagnosticada la depresión este es un caso de posible anticipo. Los más allegados a su persona cuentan que andaba apesarado, por ver que los sucesos no le eran favorables, entrando en un tedio que le obligó a tomar cama, estando en ella le dio un ataque de apoplejía del que perdió los sentidos, siendo recuperado solo á fuerza de cauterios, lo justo para recibir los sacramento y al día siguiente veintinueve de junio del año de 1705 le sobrevino el óbito, se encontraba en la ciudad portuguesa de Portoalegre donde fue enterrado.

Al terminar la guerra se realizaron las obras para depositar sus huesos definitivamente, preparado el lugar fue trasladado a la población de Estremoz, en el Alentejo Central relativamente cerca de la frontera con España. Siendo depositados en el osario de la Capilla Mayor del Convento de San Francisco, pero no hay lápida, ni epitafio ni figura en los libros de la parroquia su enterramiento. No llegó a cumplir los cincuenta y nueve años de edad.

Terminando con él la dinastía de los Enríquez como Almirantes Mayores del Reino de Castilla. Ya que el don Felipe V con fecha del día doce de enero del año de 1726 firmada en el Pardo, el decreto que ya no sería un título de la corona hereditario, no volviéndose a entregar a nadie.

Para deshacer una gran mentira sobre su persona; dictó su testamento en la ciudad de Belén el día once de abril del año de 1705 y se abrió en Lisboa el día diez de julio del año de 1705, a pesar del tiempo transcurrido los maledicentes han mantenido desde entonces que en su testamento le donaba todos sus bienes al Archiduque.

Comienza declarando que no tuvo descendencia no existiendo herederos forzosos, dejando mandas á criados, médicos y varios Padres jesuitas, aclarando que en caso que el Rey Carlos III, su señor, no tomara posesión de los reinos de España, constituía por heredero universal de los bienes que poseía en Portugal á Nuestra Señora de la Concepción, casa de noviciado de la Compañía de Jesús que se había de fundar en Lisboa al hacerse la paz general; pero en caso de que el Rey tomara la posesión, como lo esperaba de Dios y de su Santísima Madre, constituía por heredero de cuanto le pertenecía y pudiera pertenecerle á Nuestra Señora de la Concepción, título de un nuevo Colegio de Indias, de la Compañía de Jesús, que se había de fundar en Madrid. (4)

(1) Biblioteca Nacional. Manuscritos, códice 2.569, folio 264.

(2) El día quince de marzo de 1685 el Dux escribe al Rey de España y le dice: « En medio de esto, me he alentado algo con haber sabido por correspondientes fidedignos que el Conde de Melgar se halla hoy con diez y siete mil infantes y seis mil caballos que ponen en campaña en cualquier acontecimiento, y que trabaja en el aumento con harta aplicación »

(3) Lo embargado se componía de: tapicerías, alfombras, colgaduras, escritorios, bufetes, pinturas, marcos negros y dorados, estatuas de mármol, esculturas de plata y bronce, relojes, carrozas, literas, sillas de manos, joyas de oro y piedras preciosas, camas de madera, espadas, espadines, armas de fuego, guadarnés, caballos, mulas, botas, espuelas, enseres de cocina y la biblioteca. Para el transporte de los libros disponía de unas cajas portátiles y el resto en cajones, entre todas habían 848 obras en Madrid y 495 en Móstoles y una nota curiosa: « Los tres libros grandes de mapas inventariados al número 1.049, cuya encuadernacion es colorada y dorada y tiene colonias con que se atan por todas partes, tampoco se tasan aquí, porque no toca á tasacion de libreros, y parece ser cosa de muy grande estimacion » sumando todo según la tasación el importe era de tres millones quinientos treinta y cuatro mil cuatrocientos veinte y dos reales, salvo error.

(4) Testamento del Almirante D. Juan Tomás Enríquez de Cabrera, Gran Almirante de Castilla, Duque de Medina de Rioseco, Conde de Módica, del Consejo de Estado de S. M., y su Teniente General, etc. etc. Copia en la Academia de la Historia, Colección Salazar, K-26, folio 184, por la que se advierte que hablaron por errónea referencia el Marqués de San Felipe y el anotador de W. Coxe al decir que había instituido por heredero al Archiduque.

Bibliografía:

Danvila, Alfonso.: Austrias y Borbones. Cape. Madrid, 1925.

Danvila, Alfonso.: El Testamento de Carlos II. Calpe. Madrid, 1923.

Enciclopedia General del Mar. Garriga. 1968. Compilada por el Contralmirante don Carlos Martínez-Valverde y Martínez.

Enciclopedia Universal Ilustrada. Espasa. Tomo 10, 1911. Página 208.

Fernández Duro, Cesáreo.: El último Almirante de Castilla. Francisco Fernández de la Cueva. Don Juan Tomás Enríquez de Cabrera. Est. Tif. de la Viuda é Hijos de M. Tello. Madrid, 1902.

Fernández Duro, Cesáreo.: La Armada Española, desde la unión de los reinos de Castilla y Aragón. Museo Naval. Madrid. 1973.

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