Biografía de don Alejo Berlinguero de la Marca y Gállego

Posted By on 12 de agosto de 2012

Piloto de la Real Armada Española.

Teniente de fragata.

Pintor.

Vino al mundo el 17 de junio de 1745, bautizado el 21 seguido en la parroquia de Santa María de Gracia en la marinera ciudad de Cartagena, fueron sus padres don Nicolás Berlinguero de la Marca y Corso, alférez de navío y su esposa doña María Baltasara Gallego, en la marinera ciudad de Cartagena.

En el año de 1757 embarcó como meritorio por primera vez, contando con tan solo once años de edad, no pudiendo sentar plaza del cuerpo general, por no ser hijodalgo. Pero se instruyó en el arte de navegar en la Escuela de Pilotos sita en el mismo Arsenal de Cartagena.

Comenzó a navegar por el Mediterráneo y costas norteafricanas, siempre en misiones de corso que eran la mejor forma de aprender, ya que las órdenes de los comandantes eran rápidas y a la rueda del timón había que hacerla girar al mismo tiempo que los contramaestres y marineros viraba las velas, para en ningún momento perder la fuerza del viento, único que guiaba a unos y otros realizando con precisión los rumbos del buque.

Se mostró tan práctico y eficaz que con tan solo veintidós años, tenía ya el título de piloto, siendo elegido por el capitán de fragata don Domingo Perler, como su piloto Mayor, pasando a pilotar el chambequín Andaluz, que en conserva con el Aventurero, iban a cumplir una larga navegación hasta el Río de la Plata.

A primero del año de 1768 zarparon de la bahía de Cádiz, pero al poco tiempo de la navegación el chambequín Andaluz tuvo que retornar a Cádiz por averías, siguiendo viaje el Aventurero. La reparación fue rápida y unos días después zarpó en solitario, pero tuvo que recoger a la dotación, pertrechos e incluso artillería del Aventurero por haber encallado y perdido en el ‹ Banco Inglés ›, arribando solo al Río de la Plata.

Por estar ya en el conocimiento de la presencia de los británicos en las islas Malvinas, el Gobernador del Río de Plata don Ruiz Puente ordenó se les siguiera, por lo que zarpó la fragata Santa Rosa y el chambequín Andaluz, estando al mando en jefe el capitán de navío don Juan Ignacio de Madariaga, los cuales arribaron y vigilaron lo que estaban montando los británicos, que entre otras cosas era una empalizada con maderas y cañones de a 12, de lo cual existe un documento: « Plano del puerto que llamaron Anunciación á la parte del Este por los oficiales del chambequín Andaluz, año de 1768 »

A su regreso, el mismo Gobernador pidió a don Domingo Perler, que realizara una expedición a las Malvinas y al estrecho de Magallanes, para fijar correctamente los puntos dignos de mención para mejor orientación y seguridad de la navegación. Así zarpó con el chambequín Andaluz con rumbo a las islas Malvinas primero, donde bojeó y sondó el puerto Soledad, dejando claro en su informe que no era posible su entrada de buques superiores a su chambequín.

Puso rumbo al continente y comenzó a bojearlo, señalando los ríos, cabos y ensenadas, alcanzando la latitud S. 53º en el Cabo de las Vírgenes y entrada al estrecho de Magallanes, de donde por los vientos contrarios regresó a las Malvinas, quedando también rectificadas. Su buque ya por los fuertes vientos y mares de esa zona estaba en mal estado y decidió regresar, arribando de nuevo el día 15 de abril del mismo año de 1768 al puerto de Montevideo.

De la expedición se extrajo con todas las rectificaciones: «Plano del río de la Plata nuevamente enmendado, sondado y corregido á fines del año 1769 de orden del Excmo. Sr. D. Francisco de Paula Bucareli y Ursúa, capitán general de esta provincia, por el teniente alférez de fragata D. Javier Antonio Muñóz y D. Sebastián de Canel, bajo la dirección del capitán de la Rea Armada y comandante de las fuerzas marítimas de este río, D. Juan Ignacio Madariaga. Delineado por el pilotín Alejo Berlinguero.  Original primoroso en la Biblioteca particular de S. M. el Rey»

Mientras el Gobierno estuvo litigando por la vía diplomática, pero nada se sacaba en claro, así recibió el capitán general de Buenos Aires don Francisco Buccarelli, la Real orden de desalojarlos por la fuerza, para ello se organizó una división, con las fragatas Industria, Bárbara, Catalina, Santa Rosa y el chambequín Andaluz, transportando a un regimiento de infantería a las órdenes del coronel don Antonio Gutiérrez, estando al mando de ella don Juan Ignacio de Madariaga.

A su arribo se mantuvieron a poca distancia, ya que las fuerzas navales británicas estaba formada por las fragatas, Favourite y Swift al mando de Mr. Hunt, desembarcando Madariaga y entablando conversación con el británico, pero éste le contestó que las islas Falkland eran de propiedad del Rey del Reino Unido, por lo que el español se embarcó en el bote y regresó a su insignia, a los pocos minutos comenzó el bombardeo, no habiendo disparado nada más que dos descargas cuando se apercibieron de que la bandera blanca había sustituido a la del Reino Unido, por ello suspendieron el fuego y ordenaron desembarcar a los infantes.

Hay unos documentos que narran las operaciones: «Extracto del diario de la expedición hecha á Puerto Egmont para el desalojo de los ingleses en él establecidos, el que se verificó el 10 de junio de 1770 por la escuadra del mando del capitán de navío D. Juan Ignacio Madariaga» y otro: «Capitulación firmada en Puerto Egmont por los comandantes ingleses Guillermo Maltby y Jorge Farmer y los jefes españoles Madariaga y Gutiérrez» (1)

Al regreso de esta experiencia, se le nombra en el año de 1772 maestro de dibujo de Escuela de pilotos de Cartagena, en la que permanece hasta que en el año de 1775, pasa a servir en la escuadra de nuevo con ocasión del sitio de Melilla. Éste se produjo por causa de que el Sultán de marruecos, Mohamad ben Addalá quien por carta del día 19 de septiembre del año de 1774, dirige al Rey de España que le sean entregadas todas las plazas de soberanía española situadas en su territorio, dando un plazo de cuatro meses para que le fueran devueltas.

El Rey don Carlos III no vio bien recibida tal exigencia, por lo que ordenó a su embajador en Argel que hiciera de intermediario, pero Mohamad no se avenía a razones, de hecho el día 9 de diciembre del mismo año puso sitio a Melilla, si bien sus artillería estaba fuera del su propio alcance, demostrando así que no quería guerra, pero sí la tierra, siendo una argucia ya que por la noche ocuparon unas alturas y situaron la artillería de forma que al amanecer del día 10 comenzó el bombardeo de la plaza.

Como siempre la plaza no estaba con suficiente guarnición ni artillería para soportar un asedio, pudieron enviar un buque en aviso a la ciudad de Málaga de que estaban siendo atacados, por lo que rápidamente desde el mismo puerto comenzó a cargarse en buques pequeños todo tipo de provisiones de boca y guerra, que zarparon los primeros el mismo día de la llegada del aviso, ya que el problema principal era, que se debía de descargar en la playa y llevar a brazo todo tipo de cosas, aparte de no estar protegida de fuegos enemigos, lo que aún agravaba la situación.

Pero informado el Rey, ordenó al brigadier don Francisco Hidalgo de Cisneros, que zarpara para dar protección a la ayuda que ya se estaba enviando, por lo que se hicieron a la mar dos navíos, seis fragatas y nueve jabeques, transportando a un ejército de tres mil quinientos hombres, cantidad que se juzgo por los informes suficientes.

Lo peor era que quitando el trozo de desembarco que era playa, el resto era roca y la temporada de la mala mar en el Estrecho dificultaba mucho poderse acercarse lo suficiente, pero Cisneros supo manejar sus fuerzas, pues no solo bombardeaba a las baterías enemigas, sino que impidió que un refuerzo salido del Peñón de Gibraltar pudiera llegar a manos de los moros.

Los días que la mar lo permitía los buques menores, se acercaban tanto a la costa y playa, que desmontaban la artillería enemiga, siendo aplaudidos por los que en la fortaleza estaban sitiados, pues era un autentico espectáculo verlos abrir fuego tan cerca de la costa, al mismo tiempo que informados por estos, pudieron deshacer el trabajo de zapa que estaban haciendo los enemigos para poder atacar desde el mismo interior de la plaza, esto le hizo pensar al Sultán, que si no podía romper los muros, ni penetrar en la plaza, lo único que conseguiría era perder más hombres, ante esto dio la orden a mediados marzo del año de 1775 de comenzar a levantar el asedio y a los pocos días ya no quedaba nadie a la vista. Razón por la que las fuerzas navales regresaron a Cartagena dejando una guardia de buques, por si volvían poder llevar el aviso inmediatamente.

Al regresar de esta nueva experiencia militar, se le nombra profesor de delineación en la misma Escuela en el año de 1778. Pasando a embarcar de nuevo en el año de 1780 con su antiguo compañero el chambequín Andaluz, en la escuadra del general don Juan José Solano, con ocasión de envío de la escuadra en apoyo de los independentistas norteamericanos.

El general Gálvez, gobernador de la Luisiana, no hubiese podido llevar a cabo sus operaciones en La Florida y tomar Penzacola a los británicos, sin el concurso de Solano y de sus navíos. Otra vez el domino de la mar daba la victoria en tierra.

Para esta expedición zarparon las fuerzas de la Habana, a donde había arribado para incorporarse el Andaluz y el día 16 de octubre del año de 1780, las fuerzas navales a las órdenes del general don José Solano compuestas de siete navíos, cinco fragatas y varios buques menores, iban dando escolta a un convoy de cuarenta y nueve velas con tres mil hombres del ejército, al mando del general Bernardo Gálvez.

Un huracán dispersó a los buques pero sus comandantes evitaron el desastre de irse al fondo, los buques fueron arribando a la Habana donde los dañados quedaron en él, pero los que se pudieron alistar rápidamente volvieron a zarpar el día 28 de febrero del año de 1781, a pesar que ahora se tenían menos fuerzas.

Desembarcó Gálvez en la isla de Santa Rosa con mil trescientos quince hombres, después de ahuyentar a dos fragatas británicas que defendían el paso, a las que se les persiguió con los navíos. Hubo que aligerar a los buques españoles para que pudieran pasarlo por su escasa profundidad, pero así y todo varó el navío San Ramón, que taponó momentáneamente la entrada.

Al fin Gálvez recibió refuerzos de Nueva Orleáns y de Mobile, de ésta última fueron las fuerzas navales de Perler y Belinguero que seguía de piloto de su buque, transportando a parte de las fuerzas del ejército. A lo que se unió la arribada del general Solano con once navíos, tan oportunamente que ya se habían avistado ocho británicos desde cabo San Antonio, con la intención de socorrer a la plaza, pero al ver la fuerza de la escuadra española reunida consideraron que no era día de combatir.

El día 11 de mayo la ocupó Gálvez, tomándose 143 cañones y haciendo mil ciento trece prisioneros y otros tantos negros, además del general Campbell y del almirante Chester, capitán general británico en aquel territorio.

Al terminar esta campaña con la Independencia de las Trece Colonias, regresaron a la Península, entre ellos Perler y su piloto, quedando por un tiempo sin buque por pasar el Andaluz a carenar, pues ya llevaba varios años sin hacérsele un buen recorrido.

Al formarse la expedición contra Argel, se le entregó el pilotaje de los buques, la escuadra al mando del general don Antonio Barceló zarpó el 1 de julio de 1783 de Cartagena; la componían cuatro navíos con insignia en el Terrible de 70 cañones, cuatro fragatas, nueve jabeques, tres bergantines, tres balandras, cuatro tartanas, cuatro brulotes y lo que iba a ser decisivo, diecinueve cañoneras con cañones de á 24, veintidós bombarderas con morteros y diez de abordaje, lanchas que servían de escolta a las anteriores por si eran abordadas por embarcaciones enemigas con superior dotación. A la escuadra se unieron dos fragatas de la Orden de Malta; con un total de 14.500 hombres en las dotaciones y 1.250 cañones.

Tras una penosa travesía, dificultada por vientos y mares contrarios, la escuadra fondea frente a Argel el día 26, quedando fondeados a la espera de que mejora del tiempo, mientras se iban haciendo los preparativos para el bombardeo, con el tiempo ya calmado el día 1 de agosto las 1430 horas, se rompió el fuego contra la plaza.

Las diecinueve bombarderas forman en línea avanzada junto con la falúa en la que embarcaba Barceló; a los costados estaban las cañoneras y las de abordaje, por si las embarcaciones enemigas intentan un contraataque, más atrás dos jabeques y dos balandra; el resto de la escuadra no tomaba parte en el bombardeo.

Al poco salen del muelle veintidós pequeños buques enemigos, entre ellos nueve galeotas y dos cañoneras, que no tardan en ser rechazadas por el fuego de los españoles. Hacía las 1630 horas las lanchas españolas han consumido todas sus municiones y se ordena el alto el fuego.

Los atacantes han disparado unas 375 granadas y 390 balas de cañón (éstas sobre todo contra los buques de la defensa), provocando dos grandes incendios en la ciudad, de los que uno se prolonga toda la noche. Los argelinos han disparado unas 1.436 balas y 80 granadas, que no han causado sino dos heridos leves en las cañoneras españolas.

El balance no puede ser mejor, pues aunque no se ha optado por un bombardeo nocturno, como en los ensayos de Gibraltar, la fuerza atacante apenas ha sufrido daños del fuego enemigo y quedaba constancia que el suyo los había causado muy serios. Y así, con pocas variaciones se producen otros ocho ataques, uno el día 4, dos el 6, dos el 7 y dos más el día 8, lanzándose un total de 3.752 granadas y 3.833 balas contra la ciudad y sus defensas.

Según fuentes neutrales, entre las que se hallaba el cónsul francés, el pánico se apoderó de parte de la guarnición y de toda la población, quedando destruidas no menos del diez por ciento de las viviendas y muchas más afectadas, numerosas fortificaciones, buques y cañones, más gran cantidad de pérdidas humanas.

En cuanto al fuego de la defensa, no menos de 11.280 balazos y 399 bombas sólo han causado veinticuatro muertos y veinte heridos entre las dotaciones atacantes, y aún esas pérdidas de deben casi por entero a un golpe afortunado, cuando el día 7 por la tarde una bomba hizo volar a la cañonera número 1, causando veinte muertos, incluido su segundo, el alférez de navío Villavicencio, y once heridos, entre ellos su comandante, el teniente de navío Irisarri. Al dar por finalizado el bombardeo se embarcaron todos y se hicieron a la vela, regresando al puerto de Cartagena.

Los argelinos no se quedaron parados ya que comenzaron los preparativos y las reparaciones consiguiendo: levantar una nueva fortaleza con cincuenta cañones, se reclutaron cuatro mil soldados turcos voluntarios que arriban en buques «neutrales», llegan asesores › europeos (todos contra España, ¿alguien da más?) para ayudar en las fortificaciones y baterías, se han preparado no menos de setenta embarcaciones entre goletas y cañoneras para rechazar a las españolas, etc. etc., incluso el dey ha ofrecido una recompensa de mil cequíes al que aprese una embarcación de la escuadra atacante.

Enterado de todo ello don Antonio Barceló activa sus preparativos en Cartagena, ahora su escuadra constará de cuatro navíos cambiando la insignia al Rayo, de 80 cañones, cuatro fragatas, dos de ellas desarmadas para ser utilizadas como almacén de pólvora y municiones, doce jabeques, tres bergantines, nueve más pequeños, y la fuerza atacante: veinticuatro cañoneras con piezas de á 24, ocho más con uno de á 18, siete con calibres menores para abordaje, veinticuatro con morteros y ocho obuseras, con piezas de á 8.

Pero esto no es todo: la expedición adquiere un cierto aire de cruzada, por lo que cuenta con el apoyo de la Armada de Nápoles tan íntimamente unida a la española, que bajo el mando del almirante Bologna aporta dos navíos, tres fragatas, dos jabeques y dos bergantines; la de Malta, con un navío, dos fragatas y cinco galeras y la de Portugal, al mando del almirante Ramírez de Esquivel, con dos navíos y dos fragatas, si bien ésta llegó tarde y ya cuando estaban empezados los bombardeos.

Tras una solemne advocación de la empresa a la Virgen del Carmen, la escuadra zarpa de Cartagena el día 28 de junio del año de 1784, llegando ante Argel el día 10 de julio. El día 12 a las 0830 horas se rompió el fuego, sosteniéndolo hasta las 1620, en este tiempo se lanzaron unas 600 bombas, 1.440 balas y 260 granadas, contra 202 bombas y 1.164 balas del enemigo.

Se observaron grandes destrozos, un gran incendio en la ciudad y fortificaciones, y se rechazó a la flotilla enemiga compuesta por setenta y siete unidades, causando la voladura de cuatro de ellas. Las bajas atacantes se redujeron a seis muertos y nueve heridos, más por accidentes con las espoletas a bordo que por fuego enemigo, aumentadas tristemente y de forma accidental con la voladura de la cañonera número 27, mandada por el alférez de navío napolitano don José Rodríguez.

Y así durante siete ataques más, sin incidencias dignas de mención, salvo que en uno de ellos un disparo de la defensa alcanzó en la lumbre del agua a la falúa desde la que Barceló dirigía el bombardeo, echándola a pique, en esta ocasión estuvo muy cerca de perder la vida, acudiendo en su ayuda su mayor general don José Lorenzo de Goicoechea, no sufriendo herida alguna y siendo trasbordado inmediatamente a otro bote, desde el que continuó dando órdenes sin dar mayor importancia al incidente.

Al fin, el día 21 de julio se decidió poner fin al ataque, después de haber disparado más de 20.000 balas y granadas sobre el enemigo, habiendo perdido unos cincuenta y tres hombres, resultando heridos otros sesenta y cuatro en los ocho ataques, buena parte de ellos, como sabemos, debidos más a accidentes que al fuego enemigo, aunque resultó evidente que en esta ocasión las defensas eran más fuertes.

Sin embargo fue tanta la oposición de los moros, pues se llegaron a realizar cargas de caballería con doce mil jinetes y del Dios Eolo, que también se puso del lado de los herejes, a pesar de haber ya hundido o incendiado a la mayoría de los buques enemigos, se dedicó por completo a reembarcar a las tropas, lo que se consiguió gracias al constante fuego que desde las lanchas se efectuaba sobre tierra, pero no obstante el viento contrario se mantenía firme y esto terminó por obligar a que nuestro general diera la orden de regresar de nuevo a Cartagena.

Al arribar de este segundo ataque a Argel, se le destinó como profesor de la Escuela de Pilotos de Cartagena, hasta que en el año de 1791, por Real orden se le asciende al grado de alférez de navío, siendo destinado como director de la recién creada en Ferrol, donde estuvo varios años ejerciendo la docencia, participando así para que los nuevos tuvieran una experiencia de primera mano.

Posteriormente se le destino a su primogénita Escuela de Pilotos en Cartagena, donde ocupó también el cargo de director continuando con su buen hacer. Llegándole por Real orden del año de 1793 su ascenso al grado de teniente de fragata. Al mismo tiempo y en sus ratos libres comenzó a pintar en acuarelas los buques de su época, consiguiendo dar a luz a una buena colección de ellas.

Falleció en la ciudad de Cádiz en el año de 1805.

Lo curioso es que su hermano Agustín, que también era piloto de la Real Armada, se dedicará a pintar buques de la época, pero es más conocido porque el grabador don Rodrigo y Gascó, las popularizó al imprimirlas en diferentes libros, de forma que al final se confunden las de don Alejo con las de don Agustín. La mayoría de todas ellas forman parte actualmente de los fondos del Museo Naval, Biblioteca del Palacio Real, Museo del Ejército, Servicio Geográfico del Ejército, Real Academia de la Historia y Archivo de Indias.

Ya que se dedicó como buen dibujante a plasmar sobre el papel todo lo que encontraba que fuera de buen servicio para el pilotaje, por lo que existen todo tipo de planos y dibujos de alturas de perfiles para hacer reconocible el lugar desde la mar, siendo los más famosos cuadros de don Alejo: «Navío de cuatro puentes visto por la popa: Sanísima Trinidad»; «Navío de dos puentes empavesado visto por proa: San Eugenio»; «Navío de dos puentes empavesado visto por popa»: «Navío de dos puentes remolcado: Sal Telmo»; «Navío de dos puentes: San Juan Nepomuceno» y «Navío de tres puentes: Real Carlos». Estas son las más conocidas, porque están en los fondos del Museo Naval y en su día realizó una tirada limitada de los seis cuadros, que posteriormente se han ido repitiendo en casi todas las obras escritas sobre la época.

(1) Uno de los oficiales (no hemos podido averiguar su nombre) de la expedición compuso en octavas reales, la redición de los británicos:

«No es valor oponerse á un imposible,

reconociendo fuerzas superiores;

temeridad sí, que lo sensible

experimentará de sus errores.

Tres fragatas en lance terrible,

baten su torreón con mil furores

y su fragata, nuestra hazaña fiera

contienen con pacifica bandera»

Bibliografía:

Enciclopedia General del Mar. Garriga. 1968. Compilada por don José María Martínez-Hidalgo.

Fernández Duro, Cesáreo.: Disquisiciones Náuticas. Madrid, 1996. Tomo VI.

Fernández Duro, Cesáreo.: La Armada Española, desde la unión de los reinos de Castilla y Aragón. Museo Naval. Madrid, 1973.

González de Canales, Fernando.: Catálogo de Pinturas del Museo Naval. Tomo V. Ministerio de Defensa. Madrid, 2002.

Compilada por Todoavante ©

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