Biografía de don Adrian Pulido Pareja y Ramírez de Arellano

Posted By on 14 abril, 2013

Retrato de don Adrian Pulido Pareja y Ramírez de Arellano. National Gallery, London. Mazo.

Retrato de don Adrian Pulido Pareja y Ramírez de Arellano. National Gallery, London. Mazo.

General de Mar y Tierra español, a caballo de los siglos XVI y XVII.

Caballero profeso de la Orden de Santiago.

Vino al mundo en la ciudad de Madrid en el año de 1606, siendo sus padres don José Pulido Pareja y doña Ana Ramírez de Arellano.

Nada se sabe de sus años jóvenes, pero a buen seguro que estuvo embarcado, bien en buques del Rey o en mercantes, pues cuando ya se tiene noticias de él, ostentaba el grado de capitán de Mar y Tierra.

Podemos centra algo su vida, cuando al mando de un galeón perteneciente a la escuadra de Dunquerque del mando de don Lope de Hoces, intenta regresar a la península en su puerto de Coruña el cual resulto casi un desastre, puesto que se levantaron vientos contrarios muy fuertes, que obligaba a arribar a las costas de Inglaterra y ese sí era un gran peligro, pero demostrando otra vez su pericia marinera, consiguió cazando el viento y dando bordadas, no sin un duro trabajo y constante esfuerzo, fondear en el puerto español sin sufrir ninguna pérdida.

En ese momento Francia declaró la guerra a España, y en poco tiempo su ejército, que sumaba unos veinte mil hombres a las órdenes del príncipe de Condé, atravesando el Bidasoa el día 1 de junio del año de 1638 invadiendo casi inmediatamente Guipúzcoa, haciendo hincapié especial en Fuenterrabía a la que por sus defensas, fue sitiada por tierra y por mar, con una escuadra de sesenta y cuatro buques al mando del arzobispo de Burdeos, el famoso marino francés Henri Escoubleau de Sourdis.

La escuadra bloqueadora estaba compuesta por cuarenta y cuatro galeones gruesos, de ellos el principal era el insignia de ella, La Couronne de dos mil toneladas siendo prácticamente el mayor construido en esa época y otro de los grandes era el Le Vaisseau du Roy de mil; aparte de dos pataches, cuatro urcas, doce buques de transporte y otros doce brulotes. En palabras del mismo don Antonio de Oquendo, al ver sobre todo a los más grandes dijo: « nunca me había visto así en la mar »

Dada la situación, se recibieron órdenes en Coruña de hacerse a la mar, por lo que Hoces cumplió la orden y bojeando la costa para intentar aumentar su escuadra con nuevas unidades, ya que el Monarca le había dado el consiguiente permiso, siempre con rumbo a Guetaria y establecer en ella la base de operaciones de la escuadra.

Sabedor de la superioridad de los franceses, y que de seguir sería a una pérdida total de la escuadra, decidió convocar consejo de capitanes en su galeón, pero todos decidieron que había que cumplir las órdenes del Rey, por lo que oído a todos ellos se decidió ir a buscar el combate sin ningún temor; fue informado de que Pasajes había quedado limpia de enemigos, lo que le decidió intentar arribar a este puerto para estar más cerca del enemigo y de su base, pero una vez más en nuestra historia el Dios Eolo no lo consintió.

Lo que provocó, encontrarse en la mar sin resguardo y sin poder navegar a donde él quería, para poder al menos jugar sus bazas, que eran pocas pero no sería tan fácil para los enemigos derrotarle. Así la situación le forzó a tomar la decisión de acercarse lo más posible a la costa, formado a su escuadra « en fortaleza », o sea que los buques lanzaron sus anclas y afirmados los cables entre ellos presentaban al enemigo solo un costado; se desembarcó la artillería que quedaba « ciega » y se posicionó en la costa para así proteger sus alas.

Viéndose tan apurado, envío emisarios al capitán general del ejército, para ver si le podía enviar tropas y artillería que reforzara a la suya, pero no pudieron llegar a tiempo.

Informado el príncipe francés de la situación y composición de la escuadra española, decidió ir a combatirla, así se presentaron el día 20 de junio, trece de los galeones más grandes de su escuadra, quienes viendo la disposición de la española, se colocaron a tiro de cañón y fondearon también.

Así comenzó el combate, pero dada la superioridad artillera de los galos, estos iban causando grandes daños en los españoles, porque además prácticamente no se desperdiciaba disparo ninguno, por la formación adoptada para la defensa y a pesar de los cañones instalados en tierra, que efectuaban mucho fuego y certero, no se podía de ninguna manera compensar el fuego recibido.

Cuando ya los franceses vieron que casi ni recibían fuego y para terminar de arreglarlo se levanto una brisa del ENE, lo que les daba la ventaja de poder lanzar sus brulotes, ocasión que no desperdiciaron, por lo que los pusieron en movimiento contra la formación española, los cuales intentaron desasirse de su posición picando los cables de las anclas y los que los mantenían en línea, aparte de crear una gran confusión que impidió poderse mover, pero es que el viento los arrastraba contra la costa, siendo que la mayoría fue a parar a ella, estando ya en esta posición y varada contra las rocas la capitana fue alcanzada por uno de los navíos incendiarios, provocando un inmediato volcán que devoró a la nave en poco tiempo, así como al resto de galeones, logrando salvarse solo el Santiago y unos mil hombres, que consiguieron a nado alcanzar las rocas.

Así terminó está desafortunada jornada, que si bien el enemigo era superior tampoco era la primera vez que se combatía en estas condiciones, pero las circunstancias y el destino quiso que en esta ocasión, no fuera una más de las muchas victorias españolas conseguidas sobre las olas y en inferioridad numérica.

El galeón Santiago a pesar de estar maltrecho, pudo arribar al puerto de Coruña unos días después, llevando así la mala noticia, que fue la causa para posteriormente a Hoces, ciertos historiadores lo maltrataran sin conocimiento de la verdad, entre ellos el Padre Moret y un tal Bernal O’Reilly.

Al producirse el incendio de la capitana, Hoces verificó la salida de todos sus hombre incluidos los heridos, pues al estar varado sobre las rocas, permitía descender a los compañeros que no podían hacerlo por su propio pie, al terminar ellos y ya casi yéndose a pique la nave, fue cuando saltó Hoces a las rocas, ascendiendo por ellas y salvándose así de aquella hoguera en que se había convertido su hermoso galeón.

A los pocos días aparecieron los refuerzos demandados, que solo pudieron hacer la labor de ayudar a sus compañeros a recuperarse, trasladando a los heridos a las carretas para ser transportados a lugares más seguros y tranquilos, al mismo tiempo que Hoces con unos cuantos de sus oficiales y gente de mar, en caballos y carretas, se trasladaron hasta el puerto y ciudad de la Coruña.

En el año de 1640 la escuadra francesa con base en Tolón zarpó al mando del almirante marqués de Brézè, vicealmirante Mr. Dumé y contralmirante Mr. de Coupoville, con una escuadra compuesta de veinticuatro galeones y doce brulotes, al encontrarse en aguas del mar de Alborán, tropezaron con una escuadra argelina, compuesta de diez galeones, cinco galeras y dos bergantines, la cual iba persiguiendo a un buque español, que al ver a la francesa se refugió en su centro, a cambio de esta protección su capitán contestó a las preguntas que se le hicieron, la principal que si la Flota de Indias seguía en el puerto de Cádiz a lo que contestó que sí, ya que por dificultades de vientos no había podido hacerse a la mar en el mes de marzo, pero que estaba lista cuando él zarpó de la bahía y de eso solo hacían tres días.

En la noche del día 21 de junio, comenzó a zarpar la Flota de Indias al mando del general don Jerónimo Gómez de Sandoval, llevando de almirante a don Pedro de Ursúa, más otros capitanes entre ellos don Adrián Pulido. El general de la Flota era don Luís Fernández de Córdoba y como almirante don Asensio de Arriola. La escuadra estaba compuesta por ocho galeones y un patache, más los dos galeones de la Armada en la Flota, en total diez buques de guerra, siendo por tanto un tercio de la fuerza de la escuadra francesa.

Navegaban confiados, pues estaban en el conocimiento de la presencia de la escuadra argelina, pero ésta no les preocupaba, por lo que los galeones iban cubriendo la línea de mercantes, que por haber pasado la noche aun estaban en línea de fila, por seguir al farol de popa del buque que iba a proa. Cuando comenzó amanecer se levantó una neblina que hizo que se fueran colocando en diferentes líneas, para navegar a la vista lo mejor posible, mientras que los galeones de la guarda pasaron a ocupar los extremos de las líneas exteriores de los mercantes. Pasaron unas horas y al ir disipándose la niebla un vigía alertó de lo que había en proa, la escuadra francesa al completo y contando treinta y seis velas. Encima el viento les era favorable, por lo que no dio tiempo a formar el Consejo de Guerra pertinente y por banderas, el general de la escuadra dio la orden de combatir sin tregua para salvar al convoy.

Los galeones intentaron navegando de bolina formar la línea, pero unos sí pudieron hacerlo y otros no, ya que partían de distancias muy diferentes (hay que recordar, que estaban en línea de fila en los extremos de la formación del convoy) a pesar de ello consiguieron alcanzar la cabeza de la línea el general en jefe y el último de la retaguardia su almirante don Asensio de Arriola, pero por una mala maniobra del galeón San Juan y de la nao Gallega, los dos quedaron separados de la línea y a partir de aquí sufrieron el mayor ataque. No obstante el galeón capitana se puso a tocapenoles con la almiranta francesa, descargándose todo tipo de armas, donde los arcabuces tuvieron mucho y bueno que decir, el resto de los franceses fueron buscando a su enemigo ideal, mientras que el contralmirante Mr. de Coupoville con sus galeones intentó doblar a los españoles, al mismo tiempo que les daba protección a sus brulotes, ya que estaba buscando el momento oportuno para lanzarlos sobre la línea española.

Consiguiendo su propósito al lanzar uno que fue a dar de lleno en el San Juan, por ser el que había quedado más separado y sotaventado siendo presa fácil, el cual ardió por completo muriendo su capitán el marqués de Cardeñosa, don Diego de Guzmán con casi toda su gente, pues los que saltaron se ahogaron por el peso de las armas y los que se quedaron, fueron abrasados por el fuego como su capitán. Otro de los brulotes se enganchó a la jarcia del bauprés de la capitana española, pero don Pedro Negrete arrió inmediatamente un bote con varios hombres y se interpuso al brulote, consiguiendo, ayudado por la tripulación del galeón desasirse de él y dirigirlo a un lugar que no hiciera daño. Lo mismo ocurrió con la capitana de la Flota, pero está fue salvada de igual forma por el arrojo de don Adrián Pulido, ya que se interpuso con el bote entre los dos cascos, el brulote y la capitana, haciendo resbalar a estrepadas el casco del incendiario hasta conseguir alejarlo por la popa, donde prosiguió su deriva dado que se encontraba a barlovento perdiéndose en la mar.

El problema estuvo con la dotación que no hizo caso a sus mandos, ya que efectivamente el espectáculo debía de dar terror, pues el brulote iba lamiendo el casco y arboladura de la capitana, está inseguridad causo pavor y el resultado final es que de los cuatrocientos hombres de la dotación solo quedaron a bordo y sanos treinta, el resto se había lanzado a la mar y en ella perecieron por el peso de los coseletes y armas.

El bombardeo que efectuó la escuadra española fue tan seguido y contundente, que ningún buque enemigo pudo distraerse para atrapar a los mercantes, por esta razón todos ellos entraron de nuevo en la bahía de Cádiz. El combate continuó hasta que anocheció, cuando por falta de visión ya no se hacía fuego. Se perdió en el combate el galeón San Juan y el patache, la nao Gallega que iba al mando de don Sancho de Urdanivia, fue martirizada por la artillería enemiga consiguiendo salir pero muy maltrecha, porque en algunos momentos del combate y no siendo un galeón, los franceses le llegaron a colocar hasta seis de los suyos y el galeón capitana de la Flota salió más chamuscado que maltratado, sufriendo solo nueve muertos y veinte heridos, las mayores bajas como ya se ha dicho las sufrió el perdido San Juan.

Al arribar de nuevo a la bahía de Cádiz, se alegraron todos de verlos llegar, pues solo la falta de un buque importante, cuando se habían batido contra el triple de enemigos; se libraron de su total destrucción por no ser mejores conocedores los francés del arte de navegar y combatir, de haber sido superiores las consecuencias hubieran sido mucho más trágicas, por esto se les recibió con un pequeño canto que en su parte más importante dice: «…si no volvían los galeones con feliz suceso, lo hacían con reputación…»

Al año siguiente de 1641, el día 1 de junio del mismo año firmaron un tratado de alianza y confederación los reinos de Francia y Portugal, con el objeto de mantener la guerra contra España solo por la mar, al que poco después se sumo el reino de Holanda, con la decisión de ocupar territorios de la corona de Castilla y atacar las Flotas de Indias, pero el día 12 firmó el mismo país un tratado de tregua, navegación y comercio con Portugal, terminándose de unir las tres coronas contra España. (Los enemigos salían por todas partes, pero curiosamente, siempre con alianzas entre ellos para poder mermar la capacidad militar naval de España)

Francia acudió rauda con su escuadra de Poniente, compuesta de treinta y cinco bajeles, con esta escuadra y aprovechando que en los presidios de África los reyes de España habían respetado que permanecieran los gobernadores portugueses, consiguieron fácilmente conquistar algunos donde izaron su bandera de independencia, solo se quedó en poder de España la ciudad de Ceuta y las islas Terceras, esto envalentonó a los portugueses, que se plantearon ya seriamente atacar a la propia Península.

Mientras estaba en navegación la escuadra bátava con rumbo a Lisboa, se encontró con la de Dunquerque, al mando de Judocus Peeters manteniendo un fiero combate, en el cual a pesar de su inferioridad manifiesta, ya que la holandesa era el triple que la de Dunquerque. A pesar de ello sufrieron la pérdida de un galeón, otros con muy fuertes averías, por lo que entró en el mar de la Paja con sus tripulaciones muy mermadas y contando con dieciséis buques de guerra. En la reunión se planteo conquistar la plaza de Cádiz o bien si no era posible la de Sanlúcar de Barrameda, considerando que sería una empresa fácil.

Coincidió que se avisó de la presencia de una división de la regencia de Argel en las cercanías del cabo de San Vicente, zarpando inmediatamente de la bahía de Cádiz la escuadra de Dunquerque con cinco velas al mando de su jefe Judocus Peeters, cuando alcanzó la escuadra el cabo lo dobló y al hacerlo se le presentó la escuadra luso-holandesa (Francia había cedido temporalmente bajo contrato su escuadra a los portugueses), así que solo habían más de cuarenta y cinco buques enemigos a su proa, ante esto no había posibilidad ninguna, por lo que dio la orden de virar y mantenerse en formación cerrada en línea de frente con sus cinco galeones, así se mantuvo todo el día 6 de septiembre.

Al anochecer de este día el viento calmó, pasando los enemigos a embarcar en las lanchas y acercándose a los bajeles, que además se estaban separando por el efecto de las corrientes, les intimidaron a la rendición con oferta de dar cuartel. Judocus mantenía las conversaciones intentando ganar tiempo y ver si se levantaba de nuevo el viento, pues cada uno de sus galeones estaba rodeado de tres o cuatro enemigos, pero en la madrugada del día 7 el viento se levantó, momento que aprovecharon para izar velas y al menos conseguir unirse en fortaleza, comenzando un combate que duró dos días, el tiempo que tardaron en arribar a la bahía de Cádiz. Los buques sufrieron daños, pero no fueron muy superiores a los que ellos habían infringido a sus enemigos.

En su ciega persecución llegaron a entrar en la bahía, pero fueron muy bien recibidos al estar todas las fuerzas en sus puestos esperándoles, sobre todo, se había cambiado a los gobernadores de las fortalezas que eran portugueses, que en esa confianza iban tan alegres y seguros de su victoria, pero al ver lo que se les vino encima se desengañaron por completo de intentar conquistar la plaza, por lo que viraron y zarparon con rumbo a Lisboa pero con muchos más daños.

Arribaron a Lisboa y planearon el siguiente movimiento que no era otro, que zarpar parte de la fuerza con rumbo a las islas Terceras y la otra al cabo de San Vicente, pues estaban en el conocimiento de la próxima llegada de la Flota de Indias. Los bátavos tenían la orden de regresar en el mes de noviembre a su tierra, por lo que si no se hacía antes o la Flota de Indias se retrasaba tendrían que abandonar a los portugueses. Pero al mismo tiempo infravaloraron que España mantenía contra viento y marea la defensa de sus Flotas de Indias, contra todo pronóstico y sabedores de que estaba próxima su llegada, se dio la orden Real de agruparse en la bahía de Cádiz.

En muy poco tiempo fueron arribando la escuadra de Galicia, al mando de don Andrés de Castro (el que estuvo en el combate naval de las Dunas), la escuadra de Nápoles, al mando de don Martín Carlos de Mencos y la de los galeones del océano al mando de don Pedro de Ursúa, juntándose veintitrés buques de guerra de los mejores que tenía España, pues las escuadras no estaban al completo para no dejar sin guarda sus zonas de patrulla y a los reinos que pertenecían, quedando en ellos parte de los buques, pero los más pequeños y rápidos. Al mando de esta fuerza debía de estar el capitán general del Mar Océano, el duque de Maqueda, pero por estar enfermo no pudo hacerse cargo de la escuadra, pasando a tomarlo el Gobernador de la plaza de Cádiz, don Juan Alonso de Idiáquez y Robles, duque de Ciudad Real, (de quien dice Fernández Duro) « Soldado valeroso ajeno á la mar »

Al arribar a la vista del cabo de San Vicente ya se habían distinguido la velas enemigas, era el día 4 de noviembre del año de 1641, por lo que la escuadra española ya iba en zafarrancho. Hay pocas noticias sobre este combate, solo los partes de los responsables. Por parte del duque de Ciudad Real, le escribe al Rey diciéndole que han echado al fondo a tres buques bátavos, otro quedó casi deshecho y el resto con graves averías. Según otro historiador de la época, dice que la escuadra holandesa no intentó entrar en ningún puerto, no dejando de navegar hasta arribar a su puerto de origen. Con esta acción dejaron solos a los portugueses, quienes salieron muy mal parados del combate, a lo que se unió, que al terminar se desató un fuerte temporal lo que provocó la pérdida casi total de la escuadra lusitana, muriendo su general don Tristán de Mendoza, que hundido su gran galeón buscó refugio en un bergantín, pero a éste se lo tragó la fuerza de la naturaleza.

Prosiguió la escuadra su rumbo en búsqueda de la Flota de Indias, a la cual encontró y dio escolta hasta dejarla a salvo en la bahía de Cádiz donde todos lanzaron las anclas. Pero a pesar de esta victoria en todos los sentidos, pues se había puesto fuera de combate totalmente a una escuadra casi el doble, el capitán don Martín Carlos de Mencos elevó a S. M. un ‹ Memorial › dejando clara la posición de él y de los firmantes abajo, puesto que el General de la Escuadra está presentando contra ellos cargos de indisciplina, dejando claro que en el combate con los holandeses en aguas del cabo de San Vicente, no se practicó la persecución del enemigo, momento muy favorable para terminar con toda su escuadra, pues la mayor parte de los bajeles enemigos estaban casi mochos y sin aparejos, dado que el duque de Ciudad Real los paró por estar haciendo repetidamente la señal de abandonar las presas. Los firmantes, aparte de Mencos, están el almirante don Pedro de Ursúa y los capitanes, don Adrián Pulido, Pedro Girón y Gaspar de Campos.

En estos casi catorce años de su vida se mantuvo siempre en la mar, en la que fue ascendiendo y participando en varias empresas, así como comisionado por el Monarca en destinos diplomáticos, incluso estuvo al mando de la escuadra de Barlovento durante poco tiempo cuando esta se formó.

Por Real orden del año de 1655, se le nombró General de la Flota de Nueva España, con la que viajó al menos dos veces haciendo el recorrido de éstas. Zarpaban de la bahía de Cádiz, con rumbo directo a Veracruz, se dejaban a salvo parte de los buques del comercio y se recogía el situado, pasando después realizando el mismo trabajo al fondear en la Habana, de donde ya cargados los buques se retornaba a la bahía de Cádiz. En el segundo caso, se hacían los rumbos al contrario para al final regresar de nuevo a la Habana, después de haber hecho escala en ella a la ida y de nuevo al volver de Veracruz, desde donde se ponía rumbo de regreso a la península.

Entre los años de 1657 a 1659 permaneció junto al almirante don Juan Vicentelo en la Carraca, como directores de la construcción de los galeones, así como comprobando el buen trabajo de las sucesivas carenas de los que entraban para ello en el Arsenal.

Hemos encontrado un dato que desdice a todos los autores su supuesto año de fallecimiento. La Flota de Indias al mando de don Adrián, arribó a Veracruz el día 28 de julio del año de 1660, en la que fue transportado el virrey Excmo. Señor Conde de Baños.

Se encontraba en la población cuando los ingleses atacaron el puerto y ciudad. Estaban al mando de William Penn y venían rebotados de su —visita— a Santiago de Cuba, pensando que en ella iban a encontrar Oro y al no hallarlo, tomaron venganza con lo que nada les podía devolver el golpe, pues volaron el hospital, la catedral, el fuerte que guardaba la entrada de la bahía y la casa del Gobernador. Así que fuera de sí atacaron Veracruz, muy mal defendida porque hacía unos años que la Escuadra de Barlovento había sido disuelta, en este ataque falleció don Adrián Pulido.

Como se ve no hay fechas exactas, pero en la nota encontrada, nos dice a continuación, que la Flota de su propiedad zarpó de Veracruz el día 16 de mayo del año de 1661, al mando de don Juan de Vicentelo por fallecimiento de su titular, don Adrián Pulido.

Por lo que debió de suceder su muerte, entre finales del año de 1660 y principios de 1661.

Como nota a su biografía, don Cesáreo Fernández Duro nos lo retrata así: « Era hijo de Madrid, caballero de Santiago, galán, apuesto; en tierra hombre de sociedad, espadachín, bienquisto de las damas; en la mar el primero en las acciones arriesgadas. Hízole el pintor Velázquez admirable retrato »

Pintado por Velázquez en 1639 ya que en la parte de la firma dice « Did. Velasqz. Philip IV á cubículo ejus pictor, 1639 » Pertenecía a la colección de los Duques de Arcos, quienes se lo vendieron al Conde de Radnor en el siglo XVIII y por el año de 1890 lo compró la National Gallery, London. Quien después de un estudio del retrato se lo quita a Velázquez y se lo otorga a don Juan Bautista Martínez del Mazo.

Interesados en saber algo más sobre el cuadro, hemos consultado la Espasa, en su tomo 48, páginas 480 y 481, viene una definición de la pintura hecha por Aureliano de Beruete y Moret (nacido en Madrid en 1845 y fallecido en la misma ciudad en 1912, siendo el único Director del Museo del Prado que no fue pintor, pero un grandísimo entendido y crítico de arte). Queda claro que Velázquez pintó a Pulido, pero el cuadro de la Galería Nacional de Londres es de Mazo seguro, por lo que buscó y encontró el original en el palacio de Woburn Abbley en Bedforshire, propiedad del duque de Bedford, que no ha sido nunca expuesto, de ahí las dudas de que estaba mal atribuido por los especialistas españoles. Hace un gran desarrollo de los dos retratos, que manifiestan sus conocimientos sobre Velázquez y Mazo, dando punto por punto las diferencias entre ambos cuadros. Dejando aclarado el problema y dando por bueno el atribuido a Velázquez, siendo el que se encuentra en el palacio de Woburn Abbley, en cambio es una copia y según don Aurelio, no muy buena el que posee la Galería de Londres que sí corresponde a Mazo.

Bibliografía:

Enciclopedia General del Mar. Garriga. 1968. Compilada por el contralmirante don Carlos Martínez-Valverde y Martínez.

Enciclopedia Universal Ilustrada. Espasa. Tomo 8. 1910, página, 181.

Fernández Duro, Cesáreo.: La Armada Española, desde la unión de los reinos de Castilla y Aragón. Museo Naval. Madrid, 1973.

Fernández Duro, Cesáreo.: Disquisiciones Náuticas. Madrid, 1996.

Compilada por Todoavante ©

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