Biografía de don Isaac Peral y Caballero

Posted By on 21 abril, 2008

Biografía de don Isaac Peral y Caballero

Teniente de navío de la Real Armada Española.

Inventor del submarino torpedero.

Isaac Peral y Caballero.

Cortesía del Museo Naval de Madrid.

Vino al mundo, en el callejón de Zorrilla, esquina a la calle de San Francisco, de la ciudad departamental de Cartagena, el día uno de junio del año de 1851; siendo sus padres, don Juan Manuel Peral y Torres y de su esposa, doña Isabel Caballero.

Del matrimonio nacieron tres hijos, don Pedro Peral, que nació en el año de 1849, perteneció como todos sus hermanos a la Real Armada, falleciendo de capitán de fragata, en el año de 1897; Isaac, nuestro biografiado y don Manuel Peral, que nació en el año de 1862, y que también fue marino, pero tuvo la desgracia de estar al mando del cañonero Leite, en el combate de Cavite en el año de 1898, por lo que al ser entregado sin presentar combate a los norteamericanos, se le formó consejo de guerra, falleciendo unos años más tarde, con el grado de teniente de navío.

Como su padre y como norma de los marinos, siempre estaba destinado en algún punto de los territorios españoles, su madre doña Isabel no se arredró, y como los salarios no daban para mucho, envió una solicitud a la soberana Isabel II, ésta con fecha del día nueve de enero del año de 1860, le concedió a Isaac el título de aspirante de marina y a utilizar el uniforme de la corporación, con tan solo ocho años de edad, con el compromiso firme de ingresar en la Escuela Naval, en cuanto alcanzara la edad pertinente.

Sucedió esto el día el día uno de julio del año de 1865, pues pasó el examen de acceso al Colegio Naval Militar de San Fernando, donde comenzó sus estudios, aplicándose por entero a la aritmética de Serret; la geografía de Rouche y Camberouse y al álgebra de Briot.

Por su gran facilidad para aprender estas materias, el día veintiséis de diciembre del año de 1866, se le dio el grado de guardiamarina de segunda clase, de hecho sus compañeros llegaron a apodarlo como <<el profundo Isaac>>.

A parte de las mencionadas materias, se empapó como si de un papel secante se tratara su cerebro, de otras materias más propias de la náutica, como, la construcción naval, maniobra de los buques, pilotaje, astronomía, historia naval, historia de España, mecánica, física y máquinas de vapor; como se podrá ver, no había materia que se le escapara a su conocimiento.

Por lo que el día veintiuno de enero del año de 1867, fue a embarcar por orden superior, en la corbeta Villa de Bilbao, con la que realizó varios viajes y evoluciones como correspondía al buque que como escuela flotante funcionaba.

Pero al embarcar se llevó la gran sorpresa de su vida, pues en las cercanías de la corbeta, se encontraba fondeada después de dar la primera vuelta al mundo de un buque acorazado, la fragata Numancia, que había arribado a la bahía, el día veinte de septiembre anterior después de novecientos sesenta días de ausencia de la Península.

El día veintitrés de abril del año de 1867, zarpó la corbeta, arribando el día veintiséis al puerto de Málaga, zarpando de este puerto y visitando los de Santa Pola, Alicante, Rosas, Barcelona, Palma de Mallorca, Mahón y Cartagena, al arribar a éste último, se les enseñó el Arsenal, defensas y fortificaciones.

También coincidió, con la oportunidad de poder visitar al último navío español, el Reina doña Isabel II, que permanecía de pontón en el arsenal y la maravillosa vista, de ver fondeadas a las fragatas acorazadas, que por casualidad se había reunido, siendo las Numancia, Zaragoza y Gerona, zarpó la corbeta de esta Arsenal con rumbo al de Cádiz, arribando el día veintiocho, por lo que había permanecido en su navegación y visitas, cincuenta días.

A los pocos días, todos los guardiamarinas recibieron la orden de trasbordar a la urca Santa María, que estaba preparada para las largas navegaciones de altura, que a pesar de ser un buque muy viejo, sus robusta construcción le permitía el realizar ese tipo de navegaciones.

Fueron distribuidos por todo la urca, designando su comandante; un viejo marino hecho en la mar, a Peral como <<gaviero de la seca ó vega mayor del mesana>>, lo que le vino muy mal, dado su físico endeble.

Se abordaron todo tipo de alimentos y pertrechos, preparando así a la urca para su larga navegación, por lo que una vez alistada se hizo a la mar, el día veinte de noviembre, no sin antes saludar al buque insignia, la fragata Almansa que se encontraba en la bahía, y enarbolaba el gallardete del Almirante de la flota, realizando por las ordenanzas, las salvas pertinentes.

Una vez salió a alta mar, se arrumbó el buque con destino a las Isla Canarias, pero por unos vientos contrarios, les fue muy penosa la navegación, ya que estuvieron casi todo el viaje, dando bordadas, para coger el respectivo viento y seguir el marcado rumbo, lo que les hizo, fondear en Santa Cruz de Tenerife, el día veintiséis.

Zarparon de este puerto, con rumbo al Sur, por lo que cruzaron por primera vez la línea del Ecuador, recibiendo así el tradicional saludo de Neptuno, prosiguiendo con su rumbo, que al igual que la vez anterior, los vientos parecían ir en contra de la urca, y cuando no, éstos dejaban de soplar, por lo que se encontraban con calmas arduas de soportar, en tan pequeño cascarón.

Peral que no dejaba para nada su diario, pues lo comenzó el mismo día que se le aceptó en la Corporación, fue en este viaje tomando notas de todo cuanto se encontraba, así como hallando posiciones tanto diurnas como nocturnas, por lo que en  ningún momento se encontró sin trabajo.

Así continuó el viaje, que al principio transcurrió por las costas africanas, vieron cerca el peñón de Santa Elena, continuando su andar lento pero seguro, hasta cruzar al continente americano, y por sus costas, doblar el cabo de Buena Esperanza.

Desde aquí se puso rumbo hasta arribar al fondeadero de Java, el día veintiséis de abril del año de 1868.

Mientras tanto, los jóvenes guardiamarinas, habían descubierto todo el hemisferio Sur, la Cruz del Sur, la lumínica Alción, el alfa de Centauro y más, así y poco a poco, fueron familiarizándose con aquel grupo de estrellas, que desde siempre habían sido las guías de los rumbos, pues solo se encontraba en el horizonte, mar y más mar.

Descansaron escasas cuarenta y ocho oras, pues el día veintiocho volvieron a hacerse a la mar, con rumbo a las isla Filipinas, a las que arribaron y dejaron caer las anclas, en el fondeadero de Manila, el día catorce de junio del mismo año.

Por lo que consiguieron realizar todo el viaje, desde su salida de la bahía de Cádiz, hasta su llegada al fondeadero de Manila, en doscientos un días de navegación, que no estaba nada mal para un guardiamarina.

La urca llegó en tan mal estado, que hubo que ponerla en seco en el arsenal de Cavite, donde le fueron reparadas y repasadas, todas sus estructuras, tiempo que aprovechó Peral, para dar unos paseos por las islas y aprender de la convivencia que allí era lo normal, pero que en algunos aspectos, difería sobremanera de la conocida en la Península.

Alistada de nuevo la urca, se volvió a hacer a la mar, en viaje de retorno a la Península, no teniendo más remedio que regresar por donde habían llegado, ya que el canal de Suez, aún estaba en esos momentos en construcción.

Pero de nuevo, la navegación  se hizo muy dura, pues el buque era duro de mantener el rumbo, los vientos contrarios y la mar agitada, lo que la convertía en una trabajosa experiencia, que Peral no desaprovechó, pues continuó trabajando en su diario, pero era tal el retraso, que no se hizo escala hasta haber doblado el cabo de Buena Esperanza, y arribando al peñón de Santa Elena, el día veinte de junio del año de 1869.

Zarpando desde ésta y arribando a la bahía de Cádiz el día veintidós de octubre del año de 1869.

A su llegada, España estaba con un gobierno provisional, pues hacía casi un año que se había producido el levantamiento del General Prim, y del almirante de la flota, Juan Bautista Topete, con el que se provocó la salida de España de la reina doña Isabel II, siendo la situación muy comprometida, así que permaneció en el arsenal.

Realizó los exámenes pertinentes, sobre la práctica de navegación y otros estudios, por que sacó una buena nota, llegándole la orden de su ascenso a guardiamarina de primera, el día treinta y uno de enero del año de 1870.

El día trece de junio, recibió la orden de embarcarse en la recién incorporada fragata acorazada Vitoria y como caballero guardiamarina, por primera vez pudo ocupar su propio camarote, en tan espléndido buque.

Esta unidad naval, estaba incorporada a la escuadra de instrucción, por ello el día veinte de junio zarpó con la escuadra, en uno de sus cruceros de su nombre, poniendo rumbo a Vigo y Ferrol, regresando después al mar Mediterráneo, donde realizaron escalas en los puertos de Mahón y Cartagena.

Por iniciativa del general Prim, se eligió por las Cortes como nuevo monarca, a don Amadeo de Saboya, que sería en España, don Amadeo I.

Para traerlo a su Reino, zarpó la escuadra, entre las que se encontraban la Vitoria que junto a la Numancia, componían por aquél entonces la escuadra más poderosa del Mediterráneo, realizando su salida el día diecinueve de diciembre, con rumbo a Génova y desde aquí se arribó el día veinticuatro a la Spezzia.

A la llegada a éste puerto, se le dio orden a Peral de que formara parte de la comitiva, como guardia de honor al nuevo monarca, por lo que trasbordó a la Numancia, ya que en ella iba a viajar el Rey; zarpó la escuadra el día veintiséis  y el día treinta de diciembre del año de 1870 arribaban a Cartagena, donde al monarca se le recibió con todos los honores, correspondientes a su cargo.

Pero comenzaba muy mal su reinado, pues recibió la mala y funesta noticia, de que su principal valedor para alcanzar el trono de España, el general don Juan Prim Prat, había fallecido victima de un atentado, siendo el encargado de comunicárselo, el almirante don Juan Bautista Topete.

Recibió orden de trasbordar a la Vitoria, pero poco tiempo después, se le volvió a embarcar en la Arapiles, cuando abordó la fragata acorazada, el día uno de febrero del año de 1871, le estaba esperando su comandante, pues el rey Amadeo I, le había otorgado la Cruz de Caballero de la Corona de Italia, por haber estado a bordo del buque que lo transportó a España, al mismo tiempo, se de otorgó la medalla conmemorativa del mismo acontecimiento.

Como embarcado en esta fragata, realizó varios cruceros de instrucción, entre las comisiones que realizó el buque, se volvió a encontrar entre los que fueron de nuevo a Italia, para transportar a la Reina, que venía acompañada de toda su familia.

Prosiguió embarcado y realizando cruceros, y comisiones, que le llevaron a visitar, Tánger y Barcelona, en esta ciudad se le dio orden de desembarcar, y te transporte en el vapor Vinuesa (mercante civil), zarpó con rumbo a Valencia, Málaga, y Cádiz, donde al llegar se le ordenó embarcar en la corbeta Consuelo, buque que precisamente había visto y seguido su construcción en el arsenal de La Carraca.

Con la corbeta, realizó nuevas navegaciones, sobre todo viajes a las diferentes islas del archipiélago de las Canarias, pues servía como transporte, llevando víveres, municiones y tropas, de éstas últimas tanto en los de ida, como de regreso.

En uno de estos viajes enfermó en la islas, por lo que fue transportado en el vapor correo América, hasta el la bahía de Cádiz, donde después de una corta estancia en el hospital, se recuperó de su endeble salud.

Al salir de él y ya vuelto al servicio, embarcó de transporte en el vapor Vasco-Andaluz, con rumbo al arsenal del Ferrol, pero realizando las propias escalas de los vapores de pasajeros, primero en Vigo y después en Carril, por fin a la Coruña y desde aquí se incorporó al Arsenal.

En este Arsenal, se le dio orden de embarcar en la corbeta Ferrolana, con la que regresó a la mar, en misión de aprendizaje y ampliación de conocimientos, realizando varios cruceros por el océano.

A su regreso, se le examinó, dando ejemplo muy claro de todo lo aprendido, pues sacó las mejores notas, por ello con fecha del día veintiuno de marzo, siéndole dada la gracia, de tener un mes de permiso, por lo que al acabar este plazo se reincorporó, en el Arsenal de Cádiz.

Al llegar, se le ordenó embarcar en la goleta Sirena, con la que realizó un breve periodo de practicas, al termino de él, se le ordeno, en el mes de mayo trasbordar al vapor Vulcano, con el que volvió a realizar viajes, cruceros y comisiones, que de nuevo le llevaron a visitar, Marruecos, y entre sus ciudades, las de Tánger, Larache, Rabat, Safi y Mogador, desde esta última se puso rumbo al arsenal de Cádiz.

Como ya era oficial, pues tenía su camareta, en la que prácticamente era imposible el entrar, por la cantidad de libros, que estaban por todas partes, pues no por ser ya oficial dejó de aprender y de firme, pues cuando no estaba en sus obligaciones, se le encontraba allí con un libro en la mano y con papel y lápiz, sacando notas y apuntes.

España volvía a pasar por una de esas época tan normales en ella, pues por una parte, se estaba en guerra civil en el Norte y Cataluña, escaramuzas en el norte de África y para terminar de situarnos, con graves problemas en la Perla del Caribe, nuestra siempre querida isla de Cuba.

Así que le tocó el viajar de trasporte, en el vapor correo Comillas, con destino a la isla de Cuba, situación que si cabe le agrado mucho, pues hasta ese momento no había ido en un viaje tan largo y sin obligaciones a bordo, lo cual aprovechó para tomar más notas y aprender el tipo de mar que era el océano, aunque no le era totalmente desconocido, pero si como viajero.

El vapor, hizo escala en la isla de Puerto Rico, arribando al puerto de La Habana, el día catorce de octubre, donde desembarcó y se presentó a su comandante.

La Armada española en la isla, se limitaba a la protección de la costa, para evitar el contrabando que tan fácilmente proporcionaban los yanquis, a los González, Martínez, Fernández, Gómez, Pérez, García, Gil, López, pues no eran otros los que intentaban para su medro personal, la independencia de la isla.

Le ocurrió un suceso, que por la importancia en la vida de Peral traemos a estas líneas, pues demuestran en profundidad lo que es capaz de hacer un hombre, al que se le insulta y se ríen de él, además de dejar clara constancia, del valor y a veces la temeridad de nuestro biografiado.

La isla en aquellos momentos estaba en ebullición al completo de ella, no existía casi orden y los cubanos, solían llevar siempre un arma blanca, tanto para defenderse como para ofender.

Peral el sexto día de su estancia en la isla y por lo tanto desconocedor de todo cuanto ocurría, decidió el tomar una tartana, que realizaba el viaje desde Guanabacoa, donde acostumbraba a estar la flotilla de guardacostas, hasta la plaza de Armas de La Habana.

Al subir a ella se apercibió de que los cubanos que iban ya en ella, comenzaron a hablar mal de España, él intentó por estar en franca inferioridad el ignorarlos, pero estos viendo que sus amenazas y gritos, no hacían mella en él, comenzaron a insultarlo directamente, por lo que movido por su amor propio, se abalanzó sobre los de enfrente, comenzando una pelea.

Al enterarse por el bullicio el conductor se percató de lo que ocurría, por eso paró a las caballerías y bajaron a tierra, donde prosiguió el combate, hasta que se acerco un oficial de voluntarios, y la pelea terminó, pero uno de los cubanos le entregó una tarjeta de visita, para concertar un duelo de Caballero.

Peral la rompió en varios trozos y la arrojo al suelo, pero le advirtieron que le esperarían, en el <campo del honor>. Él era en esos momentos un hombre de veintiún años de edad, serio, barba, bigote y ojos muy vivos, así como un valiente y sereno oficial, pero no de mucha altura y delgado, pero todo el un puro nervio.

Al llegar a su cuartel, comentó con los compañeros lo que le había ocurrido, estos le dijeron que había caído en la trampa, pues habían unos cuantos expertos espadachines, que se dedicaban precisamente a esa labor, pues así y sin miedo a la justicia, lograban matar a muchos oficiales de las tropas españolas allí estacionadas, cubriéndose las espaldas con la misma justicia.

Así que Peral se encontró en una encrucijada, pues no podía dejar de asistir, pero a su vez era un inexperto en el manejo del sable. Aun así se decidió a perder la vida si era necesario, por lo que escogió a dos compañeros como padrinos, al alférez de navío don Adolfo Solá, de gran altura y corpulencia y el del mismo grado don José Díez, que físicamente, se parecía más a Peral.

Su contrincante no era otro que el más famoso de los espadachines de la isla, Pancho Pozas, que según cuentan, manejaba la espada como cualquier malabarista unos aros, pues era tal su rapidez y tan gran tirador de esgrima, que nadie osaba el dirigirle la palabra por si se enfadaba.

Así las cosas, a la mañana siguiente, salieron a pie con dirección a la playa de la Cabaña y a las nueve horas, se encontraban en ese lugar conocido por tantos españoles que habían perdido la vida, en este tipo de ejecución, pues no se actuaba a justicia, si no valiéndose de ella.

Pozas y los suyos, llegaron con gran algarabía en una tarantas, las típicas tartanas de la isla, de la cual descendieron entre risas y festejos, siendo portadores de varias botellas, para poder celebrar el desenlace del duelo, a completa satisfacción.

Ya reunidos, Peral dijo: <<¡Señores! Después de este duelo suscribiremos un acta en que hagamos constar lo que ocurrió y al final pondremos un ¡Viva España!. Es condición que impongo. Pues si no se es español, no puede batirse en esta tierra española, y como no hemos venido a una mojiganga, los padrinos seguiremos el combate cuando caiga nuestro apadrinado>>.

Los cubanos se rieron del hecho, pero dijeron que de acuerdo, por lo que ya escogidas las espadas, Solá abrazó a Peral y dio la una palmada para que comenzara el duelo.

Pozas se movía como si fuera un bailarín, al mismo tiempo, que para disfrutar del momento, señaló en muchas ocasiones, pero con el sable en plano, por lo que no dejaba herida a Peral, pero lo iba subiendo su voluntad, así las cosas permanecieron como unos quince minutos, pues Peral solo sabía defenderse a duras penas, por lo que ya estaba sudando y medio cansado.

Pero las constantes risas de Pozas y el jolgorio de los suyos, a cada golpe de su apadrinado, aumentaron el coraje de Peral, que ya se veía más muerto que vivo, pero de pronto, dejó de defenderse, olvidó todos los grandes consejos que le habían dado y pletórico de fuerzas, se abalanzo sobre Pozas, que se vió desbordado por momentos, ya que Peral, daba golpes por todas partes y su contrario, no sabía a donde acudir, se le borró la sonrisa de los labios, ante la inesperada reacción de Peral.

El inexperto, se había convertido en un ariete, en definitiva, una especie de huracán que se le comía el terreno, esto propició, que Peral consiguiera el herirle en la cabeza, Pozas intento cubrirse esta parte, pues se quedó medio aturdido, ocasión que vió Peral, que le lanzó otro golpe al mismo lugar, pero amagando el golpe, y con el pecho al descubierto de Pozas, le propinó una estocada, que introdujo el sable en el pecho hasta la empuñadura, ello hizo que la hoja asomara por la espalda, por la rapidez, velocidad y fuerza, con que lo dio.

Pozas cayó al suelo, y Peral se abrazo a Solá, que en ese momento había avanzado al ver el resultado del envite; lo que a su vez produjo una gran decepción en los acompañantes de Pozas, pues éste era un profesional de estos lances, mientras que Peral era un perfecto desconocedor del arte de la esgrima.

Los cubanos pretendieron irse sin más, pero Solá de nuevo se interpuso y les obligó a firmar el documento con el resultado, para que nadie pudiera acusar a Peral de asesino, lo que realizaron contra su propia voluntad, pero lo firmaron; después volvieron al lugar donde yacía Pozas y lo cargaron en su taranta, abandonando  el <campo del honor>, donde al parecer y por esta vez, no lo hicieron tan contentos como en ocasiones anteriores.

Regresaron al cuartel y esa misma noche, se le entregó la orden, firmada por el comandante general del Apostadero, de que se embarcara al día siguiente, veinticuatro de octubre, en el cañonero Cuba, por lo que se puso en camino hacía Nuevitas, lugar de atraque del buque.

Al llegar, subió a bordo e inmediatamente, se hizo a la mar, en su constante vigilancia de la costa; poco tiempo después, recibió la orden de trasbordar al cañonero Neptuno, con el que se dedicó a realizar la misma misión, ya que la isla era en sí un volcán, pues por todas partes brotaban sublevaciones, por lo que había que hacer al menos acto de presencia.

Poco tiempo después, se recibió la orden de que el cañonero, arribara a Puerto padre, para desde aquí y con una compañía de infantería, se le transportara al puerto de Nuevitas.

Estando en ese apostadero de fuerzas sutiles, y estando a punto de cumplir los veintidós años, se le nombró segundo comandante del cañonero Dardo; era uno de los más pequeños y casi sin importancia militar, pero como siempre, el valor de su tripulación lo hizo que se hiciera sentir, pues apresó a un par de mercantes mucho más grandes que él.

Llegando a navegar sin descanso, solo el preciso para recargar los depósitos, doscientos dos días, navegando entre Nuevitas, Puerto Padre, Gíbara, Guanaja, etc..

A pesar de ser un persona seria, no hay que olvidar que tenia veintidós años, por lo que al final un día junto a varios compañeros del ejército y la armada, se fueron a una fiesta típica de las que se montaban en la manigua cubana, se apercibió de que solo se les hacía beber, a lo que él después de dos vasos, dejó de hacerlo, comenzó a anochecer y canidazo de esperar a sus compañeros, más la dulce presión de las  cubanas, decidió el poner se en camino hacía Nuevitas.

Se le hizo de noche y se encontró perdido, por lo que consiguió el encontrar un pequeño alto plano y allí apoyado en un fuerte tronco de árbol se durmió placidamente, el fresco del amanecer le despertó, y se puso en camino hacia un bohío, donde al llegar se le recibió bien y se le indicó el camino a seguir, alcanzando a su buque sobre las nueve de la mañana.

Pero llegó descalzo, su traje blanco lleno de barro, sin gorra y lógicamente agotado, pero se aseó y se preparó para recibir órdenes.

Los jefes preguntaron donde se encontraban el resto de excursionistas, pero no supo responder, pues solo conocía su nombre, la Criolla, así que dejaron pasar tres días, al final de ellos, se puso en marcha una patrulla con unos cincuenta soldados, a los que se agregó Peral.

Consiguieron el localizar el lugar, que Peral reconoció, pero al ir  acercándose, se apercibieron que varios de los excursionistas, estaban colgados por el cuello de los árboles cercanos, por lo que se prepararon para entrar en el lugar.

Al hacerlo, dentro no había nadie, a excepción del resto de excursionistas, que habían sido asesinados bárbaramente a machetazos y todos ellos castrados, y las partes mutiladas, introducidas entre los dientes. Más dantesco imposible, pero así de grave era el problema.

Para no tener que tocarlos y que nadie pudiera ver lo ocurrido, el jefe de la columna decidió el pegarle fuego al lugar, cosa que se realizó de inmediato.

Se pusieron en marcha y de pronto desde una arboleda cercana sonaron unos disparos, por efecto de los cuales cayeron varios de los soldados del pelotón. Inmediatamente se desplegaron y comenzaron a avanzar hacía el lugar, pero al llegar ya no había nadie en toda la manigua, esto tuvo lugar en el año de 1873, a primeros de año.

De nuevo volvió a la mar, a recorrer los innumerables, cayos canales e islotes que circundaban al apostadero de Nuevitas, a bordo de cañonero Dardo, pues los abastecimientos yanquis a los insurrectos cubanos, no cejaba ni un instante, por lo que el trabajo era de tensión constante y por lo tanto agotador.

Ya el día veinticuatro de junio, los mambises habían intentado el conquistar Nuevitas, pues los insurrectos necesitaban un puerto, para poder hacer sus desembarcos de material proporcionado por los yanquis, así que intentaron el apoderarse de él, pero fue impedido por los voluntarios y por la marinería, que al mando del teniente de navío don José Beraza, consiguió el ponerlos en fuga, persiguiéndolos hasta el desalojar a toda la población.

Pero no quedaron contentos con esta acción, pues de nuevo el día catorce de julio y al mando del propio Máximo Gómez, volvieron a intentarlo, atacando por sorpresa la población y el puerto.

Como las fuerzas del ejército era pocas, se reclamó la presencia del cañonero Dardo, por lo que buque se puso a toda máquina con rumbo al apostadero, al llegar sin ni siquiera atracar, saltaron a tierra Peral y quince de los marineros, siendo destinada su fuerza, a cubrir las afueras de la población, donde sufrieron el fuego de la fusilería y de la artillería, pero no cedieron ni un centímetro, lo que llevó a convencer al jefe mambise, de que ante la resistencia ofrecida lo mejor era abandonar el lugar, por lo que dio la orden de retirarse.

Aquí hay que decir, que si bien la marinería se cubrió de gloria, los enfermos que estaban en el hospital de campaña, al oír los disparos, se levantaron y cogiendo sus fusiles, opusieron la misma resistencia, por lo tanto, no es solo el valor de la marinería, sino de todos lo que allí se encontraban, fuera la que fuera su situación.

Las fuerzas de Peral, sufrieron la pérdida de tres marineros, que fueron materialmente cosidos a bayonetazos, pero ante el apoyo de sus compañeros, los consiguieron poner en fuga.

Pero de nuevo, el día veinticuatro de agosto, repitieron la acción, eran ya las tres de la madrugada, cuando los rebeldes ya se creían dueños de la población y paseaban por sus calles, como a tales, pero al oír el griterío, Peral seguido de doce de sus hombres, desembarcó y comenzaron a recorrerlas, dando sablazos y disparando sus armas, fue tal la sorpresa de la reacción de los españoles, que los mambises abandonaron todos sus pertrechos de guerra en las mismas calles, por lo que se consiguió un gran botín de guerra.

Tanto era el descalabro producido, que “El Chino Viejo” mote de Máximo Gómez, se sintió tan herido en su orgullo, que puso precio a la cabeza de Peral, por lo que se convirtió en muy poco tiempo, un hombre perseguido hasta por su sombra.

Por cuarta vez, el día quince de octubre, volvieron a intentarlo, en esta ocasión Peral y sus quince hombres, volvieron a ocupar la misma posición que la vez anterior, pero como el ataque fue renovado y ya algo conocedores de las defensas de la población, no consiguieron desalojar a los mambises hasta transcurridas veinticinco horas de lucha, siendo uno de los momentos más duros de la vida de Peral, pero que de nuevo su firmeza de carácter, consiguió el objetivo de que los rebeldes se retiraran, sin conseguir hacerse con el dominio del puerto.

Toda esta actividad, le impidió el proseguir con sus lecturas y estudios, además de que los grandes esfuerzos pasan factura, por lo que de pronto se sintió mal y con mucha fiebre, ello le llevó a un hospital, pero no se estuvo quieto, pues en su estancia en él, y tranquilo de combates, terminó su obra, que posteriormente fue publica con el título: <<Tratado teórico-práctico sobre huracanes>>. Como se verá nunca perdió el tiempo.

Al mismo tiempo, que el Gobierno (en estos momentos el de la efímera 1ª República) y por instancia de sus superiores, le concedió la ganada y muy bien, á más que merecida Cruz Roja del Mérito Naval de primera clase, por sus acciones en la defensa de la población y puerto de Nuevitas.

En estos días, tuvo lugar el acontecimiento que a la larga provocó la declaración de guerra de los Estados Unidos a España, en el año 1898.

No fue otra acto, que el apresamiento del vapor Virguinius, que con bandera yanqui, proporcionaba a los insurrectos, todo tipo de armas y pertrechos de guerra, todo porque era uno de los más rápidos de la época, lo que le permitía el escapar siempre de la persecución de los patrulleros y cañoneros españoles destinados en aquellas aguas, por lo que era muy conocido por todos.

Estaba en esos momentos de Capitán General de la isla de Cuba, el general Pieltaín, quien consiguió el que se llevara a isla a la corbeta Tornado, que a su vez era el buque más rápido de cuantos contaba la Armada española, por lo que se le dio la orden a su comandante, de que se pusiera a cruzar, vigilando la costa desde el Cabo de Santa Cruz, hasta Santiago de Cuba.

El día treinta de octubre, sobre las 14:30 horas, y como a unas dieciocho millas de tierra, la corbeta divisó una estela de humo, que puso en sobre aviso al comandante y éste a la tripulación, pues navegaba con rumbo al primer cuadrante, por lo que la Tornado, se puso en rumbo de cortar la proa, pero el pirata al estar ya a menos distancia, se apercibió a su vez de que había sido descubierto, por lo que viró con rumbo Sudsudeste.

Al distinguir esta maniobra desde la corbeta su comandante, el capitán de fragata don Dionisio Castillo, le hizo sospechar más todavía, pues dejaba muy claro que el buque que se venía encima, no quería el ser descubierto.

Esto le llevó a dar la orden de forzar máquinas al máximo, por lo que las distancias se fueron acortando, cuando ya se encontraban como a unas cinco millas, comenzó a oscurecer, pero precisamente era un día de luna llena, lo que permitió el seguir el rumbo y viendo cada vez más cerca al pirata.

Al verse casi alcanzado, el fugitivo, forzó máquinas a su vez, para intentar el llegar a Punta Moronte, situada en el extremo de la isla de Jamaica, que por ser posesión del Reino Unido, impediría al español entrar en sus aguas.

Pero a pesar de ese esfuerzo, la Tornado aún era algo más rápida y sobre las 21:30 horas, desde la corbeta se le hicieron cinco disparos con el cañón de colisa, que al levantarse los piques tan cerca del pirata, éste se apercibió de que no le querían hundir, pero si no obedecía si que lo harían, así que convencido de no tener escapatoria, paró sus máquinas.

Se colocó la corbeta a barlovento, para evitar el mucho oleaje a los dos botes que se arriaron, al mando de los alféreces de navío don Enrique Pardo y don Ángel Ortiz, que abordaron al buque pirata y lo declararon presa de guerra por parte de la Armada española.

Se procedió a trasbordar a toda la tripulación del capturado, a nuestra corbeta, pasando a su vez la dotación de presa, para marinarlo hasta el puerto de La Habana.

Por lo que la día siguiente, diez de noviembre sobre las 17:00 horas, hacían su entrada en el puerto la corbeta Tornado y el apresado Virginius, que fondearon casi juntos.

El comandante de la corbeta, dio su parte al capitán general de la isla, con estas sucintas palabras: <<A mi llegada he dado cuenta a las autoridades del hecho y entregado a los prisioneros a la acción de la Justicia.—- Dionisio Castillo.

Esta descripción se conoce, con esa exactitud, por que Peral, recibió una carta de su hermano Pedro, que con el grado de alférez de navío, estaba a bordo de la corbeta Tornado, encontrándose este documento entre la multitud de ellos a la muerte de Peral.

Se formó el consiguiente Consejo de Guerra, para juzgar los actos de los piratas, que como a tales se les denominó, pues el buque apresado, no llevaba bandera, pero si transportaba armamento y municiones para los insurrectos, lo que dejaba muy claro cuales eran sus intenciones.

El Consejo se aprovechó para ser juzgados otros detenidos, que estaban pendientes de sentencia judicial, por lo que a parte de los treinta y seis tripulantes del buque y su capitán Mr. J. Free, que en su defensa solo pudo decir, lo que ya sabían todos, que era ciudadano norteamericano, a parte de estos, se juzgó a Bernabé Varona, Céspedes, Jesús del Sol y O’Rian, conocidos cabecillas de varios de los grupos rebeldes y a Franchi Alfaro, que se auto denominaba Ministro de la República de Cuba, más otros que estaban en las celdas, rebeldes también.

Por lo que en total, se juzgó a sesenta y cinco personas, que no pudieron escapar a la acción de la justicia, ya que el dictamen de ésta, fue la muerte por fusilamiento, por lo que a la mañana siguiente fueron llevados a la playa, y ante el pelotón de ejecución, formado por marineros de los buques surtos en el puerto, se cumplió la sentencia.

Esto provocó de inmediato la declaración de guerra de los Estados Unidos a España.

Al mismo tiempo, que en la Península, se declaraba la guerra de los Cantonales en el departamento y Arsenal de Cartagena, por lo que una vez más en su Historia, España tenía que atender varios frentes al mismo tiempo.

Mientras en la Península, había llegado el nuevo rey Alfonso XII, Peral el día uno de febrero del año de 1874, por orden dejó el cañonero Dardo, incorporándose a La Habana, trasladándose a bordo del Saratoga.

Y a su llegada el día tres, pasó directamente a embarcarse en la fragata Gerona, con la misión de cruzar y vigilar la costa, entre el cabo de San Antonio y la ciudad de Cárdenas.

Pocos meses después, trasbordó al vapor Gloria, realizando la misma misión, pero entre Cienfuegos, Casilda, Las Tunas, Santa Cruz, Manzanillo y Santiago de Cuba, que a parte de su misión principal, siempre iba cargado de tropas y vituallas, para abastecer a las distintas poblaciones, para mantenerlas lo mejor abastecidas posible.

Un tiempo más tarde, y sin parar, recibió la orden de trasbordar al vapor Churruca, que a su vez volvía a repetirse la historia, pues su misión no era otra, que la de proteger las poblaciones y abastecerlas, por lo que se dedicó a cruzar esta vez, entre Guantánamo, Cabo Cruz y Nuevitas, siendo esta vez muy pesada, ya que durante setenta y dos días, ni siquiera desembarcaron, pues se carga al vapor de combustible y a la mar de nuevo.

Ya comenzaba a dar muestras de flaqueza, por su endeble constitución física, y a nadie se le escapa, que tanto navegar y sin descanso, acaba con el más fuerte, pero aún así prosiguió, hasta que le llegó la orden de trasladarse a La Habana, realizando el viaje en el vapor correo Niágara.

Aún así pasó al vapor San Francisco de Borja, pero ya las fiebres lo tenían en su camarote, así que el comandante, decidió el arribar de nuevo a La Habana y desembarcarlo, por lo que se le ingresó en el hospital, donde los médicos le diagnosticaron, que le quedaba muy poco tiempo de vida, dictamen que fue comunicado al capitán general del Apostadero, lo que le llevó a decidir, el pasaportarlo a Cádiz, para ello se le subió en camilla al vapor correo Méndez Núñez, con el que realizó el viaje de vuelta a la Península.

A su salida de La Habana, debió pensar muchas cosas, pues unos años antes, en esta tierra había perdido a su padre y él ahora, casi le cuesta la suya, por lo que la abandonaba con ganas de hacerlo, pero al mismo tiempo con cierta añoranza.

Al llegar al hospital de Cádiz, los médicos le dieron dos meses de permiso, por lo que se trasladó a su casa, con su madre que estaba en la misma ciudad, ya que hacía años que la mujer se había residenciado en ella, para tener a sus hijos algo más cerca, pues por Cartagena solo pasaban de visita.

Con los cuidados de su madre mejoró bastante rápido, lo que le permitió en poco tiempo regresar a su verdadera formación, pues comenzó a leer en alemán, ya que en ningún otro idioma había información sobre la electricidad, ya que ni en francés ni en inglés se conocía nada.

Y lo bueno fue, que no tenía ni idea del idioma teutón, por lo que para aprenderlo, hizo amistad con un contrabandista, de los muchos que pululaban por el Peñón, que fue quién le enseño a leer y escribir en ese idioma, por eso pudo aplicarse en la lectura de los libros e ir descubriendo las nueva aplicación y funcionamiento de ese fluido.

Porque en los años de 1874 y 1875, toda la definición sobre la electricidad, consistía en decir: <<que era un fluido desconocido, que quemaba y no podía ser ponderado>>, así que el desconocimiento era total sobre las posibilidades de ella.

Así pasó los dos meses, al terminar el plazo de permiso y estar restablecido, se tuvo que incorporar al servicio, por lo que al presentarse, le ordenó el embarcar en la fragata de hélice Concepción, pero estuvo poco tiempo, pues se le ordenó el trasbordar a la goleta Sirena, por tener su comandante una difícil misión que cumplir, por eso se le eligió para que formara parte de la oficialidad el buque.

Por lo que el día veintiséis de enero, zarpo de la bahía de Cádiz, llevando a remolque una lancha de vapor armada en cañonero, con destino al puerto de Los Alfaques, donde se había propuesto el Gobierno, el formar una flotilla de buques sutiles, para apoyar a los realistas y ofender a los carlistas.

Su primera arribada fue en el puerto de Algeciras, zarpando al día siguiente y arribando al del Arsenal de Cartagena, donde se le añadieron dos lanchas más a remolque, por lo que en si se había formado un extraño convoy, de lenta velocidad y no fácil manejo, a parte del obligado esmero en el cuidado de la navegación, como comandante de una de las lanchas iba Peral.

Consiguieron alcanzar el puerto de Valencia, donde permanecieron de descanso solo veinticuatro horas, al cabo de las cuales se volvieron a hacer a la mar, consiguiendo arribar el día seis de febrero, la desembocadura del río Ebro, donde se dejaron las lanchas sin novedad.

La goleta, ya libre de su responsabilidad, se dirigió al norte, con rumbo al puerto de Barcelona, pues esa eran las órdenes, donde al arribar, le embarcaron  a unos presos, para a su vez ser transportados a la ciudad de Tarragona.

Estando en este puerto, recibió la orden de regresar a Los Alfaques, porque una de las lanchas se había estropeado su máquina, y debía devolverla al Arsenal de Cartagena, comisión que se cumplió sin problemas.

Después vino una mala época, pues se le destino a la goleta a hacer de correo, por lo que con la mar que fuera y los vientos que hubieran, se dedicó a viajar entre Valencia, Cartagena, Cádiz, Sanlúcar, Huelva, y así hasta que hizo por fin escala final en la bahía de Cádiz.

Pero no por se hubiera terminado, sino que se le encomendó otra nueva comisión, pues se acaba de entregar por los astillero de la Seyne, el monitor Puigcerdá.

El monitor no estaba pensado para navegar en mar abierto, por su baja obra muerta, y su poco calado, que lo hacía muy mal marinero, pues se balanceaba mucho y cabeceaba más, lo que llevó a considerar al Gobierno, que lo mejor era el que viajara hasta el  Ferrol, para que se utilizara como defensa de las rías y del propio Arsenal.

Lo que nadie se explica, es porque el buque fue transportado a Cádiz, en vez de ir directamente al Ferrol, a pesar de estar construido en el en el Arsenal de Tolón, el caso es que debía hacer el viaje por sus propios medios y eso era en sí una autentica aventura, por lo que al no tener nadie ni idea de lo que podría pasar, se destino a la goleta, para que navegara en conserva con él.

Y ya tenemos a Peral, haciendo navegaciones con buques, que eran una experiencia totalmente nueva para la Real Armada; de sus diario se extraen comentarios, en los que dice: <<Le crujían los hierros al navegar. . . . .al doblar el cabo de San Vicente, creímos que se iba a pique>>, esto da muestras, de lo pesado e intranquilos que iban todos, en esa navegación.

Hay que añadir, que además, solo se podía navegar de día, por lo que al acercarse la noche, debían buscar un refugio, para ambos buques, y cualquier lugar era válido, con tal de que la fuerza de la mar, no los arrastrara contra las rocas.

En este lento navegar, consiguieron arribar a Lagos, donde descansaron unos días, se volvieron a hacer a la mar, y consiguieron arribar al puerto de Lisboa, donde permanecieron poco tiempo, de aquí a Cascaes, después arribaron al puerto de Oporto, al que le siguió el de Vigo, luego ya el de Muros y por fin el Ferrol, donde se le volvió a montar la artillería, que había sido desmontada en Cádiz, para evitar pesos altos y facilitar así la navegación, lo que puede ser que le salvará de irse a pique.

Así el día ocho de julio, la goleta fue asignada a las fuerzas del Cantábrico, por lo que se hizo a la mar, para unirse a la escuadra, que se encontraba en operaciones frente a Ondárroa.

Como la goleta era tan maniobrera, y se podía introducir por los sitios más difíciles, siempre le encargaban las comisiones más complicadas.

Desde este punto, cruzó a Santander y posteriormente a Santoña, el día veintinueve, después de una conveniente señal a la población civil de Elanchove, para que desalojara el lugar, y por encontrarse ocupada por los carlistas, procedió a su bombardeo, el cual fue respondido desde tierra, con fuego de fusilería y artillería, consiguiendo no obstante, el producir graves daños a las defensas de ellos, así como desmontar la artillería que le hostigaba.

El día tres de julio, ante Bermeo, procedió a bombardear las posiciones de los carlistas, pero estos en esta población contaban con tres baterías de artillería, pero ocultas entre los frondosos bosques que la rodean, por lo que la goleta y gracias a su maniobrabilidad, consiguió el hacer frente a formidable enemigo, pues permaneció todo el día en su luz, frente a esta posición y salió ilesa por completo.

Que si hubiera recibido algún impacto, el buque se habría quedado en una muy mala situación, pero la pericia de su comandante y la virtudes del buque lo impidieron.

De nuevo el día veintitrés de agosto, volvió a Bermeo y Elanchove, donde realizó el pertinente bombardeo, pero al final se tuvo que retirar, pues los carlistas habían reforzado sus piezas de artillería, con lo que el riesgo aumentó considerablemente.

Pero el mando, quería a toda costa el que se prosiguiera con los bombardeos, así el día veinticinco de agosto regresó frente a Bermeo, donde a su vez, los carlistas habían mejorado sus protecciones y fuegos, pero la goleta cumplió con su deber, hasta que un proyectil, a pesar de estar calado el mastelero en el palo trinquete, para ofrecer menos blanco, se lo arrancó totalmente.

Esto produjo en Peral, una gran impresión, porque segundos antes había estado de observador en ese palo, para dirigir los fuegos de la goleta, por lo que dijo: <<En salvando un bajo, lo mismo es por un pelo que por una milla>>, lo que demuestra su gran ánimo y valor.

El día veintidós de octubre, recibió orden de incorporarse al Arsenal de Ferrol, por lo que abandonó la goleta y se embarcó de pasaje, en el vapor Nicasio Pérez, que lo transporto hasta el Arsenal, donde se le dio la orden de embarcarse en la fragata Blanca, con el cargo de instructor de guardiamarinas.

La fragata se hizo a la mar en crucero de instrucción, poniendo rumbo al Mediterráneo, en su viaje, ya para que los guardiamarinas fueran conociendo las costas y puestos, se tocaron los puertos de Vigo, Cádiz, Tánger, Santa Pola y desde aquí la conocida derrota, con la visita a los principales puertos peninsulares de este mar, incluidas las isla Baleares.

En este buque y realizando las mismas comisiones, permaneció hasta el año de 1877, en que fue reclamado, para embarcar en la fragata Numancia, como ayudante de derrota e instructor de guardiamarinas.

Solo que con este buque, por ser acorazado sus principales visitas fueron en el mar Cantábrico, como las de Santander, San Juan de Luz y otras varias localidades, para instrucción de los guardiamarinas.

Al término de este crucero, se le ordenó el trasbordar de nuevo a la Blanca, con la que realizó otras comisiones, como las anteriores, pero comenzó a sentirse mal otra vez, así que desembarcó y visitó el hospital del Ferrol, donde se le diagnostico su agotamiento, por los que los facultativos recomendaron, el darle un mes de recuperación y descanso.

Lo cual aprovechó para desplazarse a la ciudad de Cádiz, que tantas veces le había servido de sana recuperación, por lo que reanudó sus lecturas sobre los nuevos inventos aportados por la ciencia, así que otra vez entre libros, y papeles, con notas y cálculos matemáticos, el envolvían por completo.

Pero no se paró aquí, pues al ser dado de alta en el servicio, pidió  y se le otorgó plaza, en el Observatorio de Marina, de San Fernando, donde se preparó a fondo, con los estudios del Álgebra superior, Analítica y Descriptiva, Química, Dibujo Topográfico y así pasó un  año, el de 1778.

En el de 1779, prosiguió sus estudios, con el Cálculo Infinitesimal, Física Experimental, Dibujo Lineal y otras materias.

Por lo que como se verá tenía muy altas miras, para luego poder llegar a cabo su gran invento, pero que no fuera algo inventado, sino algo serio científicamente demostrable.

En la escuela, coincidió con otro estudioso, y se hicieron tan amigos , que compartieron todos sus desvelos, siendo éste, don José Luis Díez y Pérez.

Pues los dos compartían los mismos pensamientos, de haber conocido una España que comenzaba a resurgir, y que de pronto, por mil causas, se estaba hundiendo y ellos solo pretendían el conseguir sacarla con sus estudios, llevados a la practica, el devolverle al menos el pasado tan cercano y glorioso que se había casi terminado, ya que los nuevos acorazados, estaban dejando invalidas a nuestras fragatas acorazadas.

Díez, era otro sabio, pues era de los pocos en el mundo, que sabía el porque del fluido eléctrico, llegando a sombrar al propio Peral, que en esta materia se convirtió en su mejor alumno.

Al mismo tiempo, que por estos meses, vio la luz su obra: <<Tratado teórico-práctico sobre huracanes>>, que pasó sin pena ni gloria, pues a muy pocos les interesó el tema.

Por su parte, José Luis Díez, que se había especializado en el tema eléctrico, como queda dicho, fue el encargado de la instalación de ésta, en el Arsenal de la Carraca, llevándola a todos sus servicios, lo que le proporcionó una gran fama, pues en aquellos años, este fluido parecía mágico y que alguien pudiera conducirlo y aplicarlo, pues era un mago.

Pero Peral no desaprovechó en absoluto los conocimientos de su amigo, pues le seguía a todas partes y así iba aprendiendo, sobre algo tan novedoso, que asombraba a todos.

Consiguiendo Díez, su mayor reconocimiento, al provocar la explosión y con ella la voladura del vapor Pedreño, que dejó muy claro el poder de la electricidad.

El día veintiuno de julio, Peral recibió la comunicación de su ascenso a teniente de navío, y con ella, como era habitual, su nuevo destino, por lo que tuvo que abandonar la Escuela de Aplicación, e incorporarse a la escuadra de Instrucción.

Pero aquí estuvo poco tiempo, pues de nuevo se le destinó a las islas Filipinas, por lo que abordó el vapor Asía, que atravesando el mar mediterráneo y canal de Suez, prosiguió su viaje por el mar Rojo, atravesó el océano Indico, realizó escala en Singapur, ya a Manila y por último al Arsenal de Cavite.

Por estas fechas aproximadamente, nacía el torpedo, que tanto tendría que ver con Peral.

Ante esta temible nueva arma, España había pedido dos lanchas portadoras de estos ingenios, una a Francia en La Seyne y otra en Londres, al mismo tiempo que se construyó una de madera, en el Arsenal de La Carraca, a la que se bautizó con el nombre de Aire, mientras que las dos extranjeras, solo se le dio el nombre de primera y segunda.

Como el torpedo automóvil no estaba aún en servicio, estos buques estaban destinados a morir matando, pues el torpedo iba colocado en la proa de la lancha, de una quince toneladas de desplazamiento y mucha máquina, y todo el sistema consistía, en conseguir hacerlas llegar al costado del buque enemigo, para que al explotar el torpedo, ocasionara graves averías en el buque contrario.

El mayor problema de este sistema, era el que el pequeño buque consiguiera el llegar al costado del enemigo, pues ya las armas de calibre pequeño eran automáticas, lo que los hacía casi imposible el conseguir llegar al contacto directo.

En el Arsenal de Cavite, donde otrora se habían construido hasta navíos, ahora solo se realizaban carenas y se construían pequeños cañoneros y otros buques ligeros; eso después de que el Gobierno decidiera el que se realizaran unas obras, para por lo menos poder mantener a los buques destinados en aquellas aguas y no tuvieran, que ser transportados a la Península.

Como hacía poco de este cambio, pues aún se estaba con el aprendizaje de convertir a los carpinteros de ribera, en herreros, por lo que la labor era ardua y complicada.

Por estas razones y siendo conocedores sus superiores de sus grandes dotes, lo destinaron al Detall de Ingenieros del Arsenal, donde se familiarizó, con los ingenieros y con ellos compartió, los conocimientos sobre la materia de la construcción naval, que aunque básicos, eran suficientes para que después él pudiera aplicarlos a su invento.

Como se verá, no desaprovechaba ocasión de aprender, por eso después obtuvo un arma revolucionaria, que hoy en día sigue siendo la columna vertebral de las Armadas que se precien.

Permaneció por unos meses en el Arsenal, hasta que el capitán general llevado por la necesidad de oficiales, se le ordenó embarcara en unas falúas, que fueron reunidas para formar una Comisión Hidrográfica, para levantar los planos y cartas náuticas de las islas, tiempo en el que se ocupó de conocer lo más a fondo posible, aquellas islas, ríos y ensenadas, que en ellas habían.

Hasta que el día quince de noviembre, se le ordenó embarcar en el cañonero de hélice Caviteño, un cascaron de madera, construido en el mismo Arsenal, de 44 toneladas de desplazamiento, seis nudo de velocidad máxima, armado con un cañón de bronce rayado de 120 m/m y treinta hombres de tripulación, con el que como era su nombre, estaba dedicado a navegaciones cortas y costeras, en protección del contrabando de las islas.

Por los que los derroteros del buque, fueron en su lugar de vigilancia, que comprendía las poblaciones de Zamboanga, Isabela y posteriormente se le extendió hasta la isla de Joló.

En esta última isla, en una ocasión tuvo que representar a España y acudir a una reunión, con el Sultán de ella, en la que puso de manifiesto sus dotes de buen dialogador, consiguiendo evitar una nueva guerra contra los Joloanos.

Después hubieron otras muchas comisiones y acciones de guerra, entre estas últimas, la que se llevo a efecto, contra los busilanes y contra los piratas chinos que infestaban las aguas del archipiélago, aunque con estos últimos, era casi habituales.

Por lo que también sufrieron, los temidos huracanes y tornados, propios de esa tierra, al mismo tiempo, que los importantes bajíos que en ellas se encuentra, y que pueden deshacer los bajos de cualquier buque, con algo más de calado que el cañonero.

Cuando no estaba en estas misiones, se reunía con la Comisión Hidrográfica, por lo que en una ocasión, se encontraba en el canal de Limanalé el cañonero Paragua, que estaba realizando estos trabajos, arribando el Caviteño al mando de Peral, que tomó el mando de la comisión, añadiéndose unos días después, el cañonero Calamianes, que era mucho mayor, pues tenía un desplazamiento de 83 toneladas, así reunidos los tres, el trabajo se repartió y resultó lago más sencillo.

Por lo que se realizaron, los prolijos trabajos de sondeo, triangulación y señalamiento por balizas de los puntos más peligros para la libre navegación.

Pero de nuevo le sucedió algo, que pasados los años le ocasionó la muerte, y fue una simple y mala sombra que le acompañó hasta que se desató la enfermedad.

Peral contaba con treinta años y una espléndida barba, por lo que al acabar los trabajos de la Comisión Hidrográfica, del canal de Limanalé, hicieron una arribada a un poblado, para que le cortaran el pelo y le arreglaran la barba, el barbero de nacionalidad china, le hizo un leve corte, en la sien al cual no se le dio mayor importancia, pues sangró un poco y se cortó, cerrándose posteriormente la herida, pero por las anomalías de enfermedades tropicales y la cantidad de diferentes bacterias e infecciones, parece ser que aquí fue donde después se le declararía el sarcoma, que le llevó a la tumba, a pesar de los esfuerzos de los médicos.

En el año de 1882, se declaró una epidemia de cólera morbo en las islas, los habitantes morían, con unos terribles dolores de tripas, vómitos, diarrea, estupefacción y la muerte sin remedio.

Al ser oficialmente declara, Peral regresó de la isla de Joló y por eso tuvo que permanecer en cuarentena, al arribar a Isabela, al termino de este tiempo, se le dio orden de incorporarse al Arsenal de Cavite, por lo que se embarcó en su cañonero, pero en el transcurso del viaje, se perdieron a seis hombres por la enfermedad, para terminar de arreglar la situación, se les vino encima un tornado, que como consecuencia de él, la máquina del cañonero se averió, por lo que permanecieron al garete, durante unos días, tratando de evitar el que las corrientes los arrastraran contra las rocas, hasta que el tiempo amainó, y poco después en el horizonte se dibujó una vela, que por bendición no era otra que la corbeta Vencedora, la cual los tomó a remolque, hasta dejarlo a salvo en la ciudad de Manila.

Desembarcaron los tripulantes y el Caviteño, a remolque lo trasladaron a Cavite, para ponerlo otra vez en servicio.

Pero Cavite era casi un cementerio toda la ciudad, pues por todas la calles plazas y lugares de ella se encontraban cadáveres, que no daban tiempo a las autoridades a ser retirados, lo que por momentos agravaba la situación.

Peral en su cuidado personal, se limitó a beber agua hervida y huevos cocidos, lo que al alargarse la situación, le provocó el caer enfermo de cólera, por lo que de nuevo entró en un nuevo hospital, solo que esta vez era el Militar de Cavite, pero estando aquí, lo pasó muy mal, pues no paraba de sonar la campanilla del Viático, que se trasladaba de una sala a otra, para dar los últimos auxilios a los que agonizaban, así que no había forma de poder descansar.

Así las cosas, se demando de la Península auxilio, por ello arribó el vapor correo Barcelona, con más medicamentos y personal sanitario, y al mismo tiempo, los que menos enfermos estaban y podían soportar el largo viaje, fueron embarcados, entre ellos Peral, pero aún así la derrota del vapor, se hubiera podido seguir perfectamente, por la cantidad de enfermos de cólera, que fueron falleciendo en él y dándoles por sepultura, en el propio mar.

Por fin el vapor Barcelona, arribó a la bahía de Cádiz, y fueron desembarcados todo los enfermos, cuando Peral se encontró de nuevo en su amada ciudad, pareció casi revivir, a pesar de que en esos momentos, en toda Andalucía, se sufría la misma epidemia de cólera y muy grave, pero eso no le importaba, pues ya estaba en los lugares conocidos y siempre añorados, cuando uno abandona su tierra por un largo periodo de tiempo.

Se le publicó  unos meses más tarde, su tratado de: <<Geometría Elemental>>, que no consiguió el que se convirtiera en libro de texto de la Escuela Naval flotante, a bordo de la antigua fragata Princesa de Asturias, que ahora se le había borrado el título y se había quedado solo, con el nombre del principado de Asturias.

Y unos meses más tarde, se publicó otra obra de él: <<Lecciones de Álgebra y Geometría>>, que no era otra cosa, que su saber en estas materias, pero que tampoco tuvo demasiado éxito, ya que al parecer, las inquietudes de la nación estaban fijas en otras materias.

Recibiendo en estas fechas, la Cruz blanca del Mérito Naval, por la publicación de la obra ya mencionada sobre los huracanes, que le fue otorgada por orden del Gobierno, así se le reconocía su valor, pero  por averiguaciones, no existe ningún ejemplar, ni en la Biblioteca Nacional ni en la del Ministerio de Marina. ¿Por qué será?.

Peral, ya llevaba unos años casado y con hijos, por eso a su llegada a Cádiz, se encontró en su ambiente y por eso se recuperó con cierta facilidad.

Como ya había prestado, grandes trabajos a España y había realizado muchas navegaciones, a más de su delicada salud, sus superiores lo destinaron como profesor de la Escuela de Aplicación del Observatorio de San Fernando, lugar que no le era desconocido, por haber estado ya de alumno, y ahora, se dedicó a explicar la Física, Química e Idiomas.

Dándose la paradoja, de que ningún otro miembro de la Corporación, tenia el dominio del idioma alemán, lo que le convertía en persona única en España, apta para dar esta lengua y muy posiblemente, por ello viajara a este país, para encontrar mejoría a su enfermedad, pues entendía y escribía perfectamente el idioma, y no otras razones, que después se manipularon, por unos y otros.

En sus ratos libres, se dedicó de pleno a la lectura de Arquímedes y su principio, que con toda sencillez, describe, el por que flotan los elementos: <<Todo cuerpo sumergido en un fluido pierde de su peso tanto como el volumen de fluido que desaloja>>, aquí encontró lo que tanto buscaba, por lo que se puso a trabajar de firme en ello.

Por lo que aplicando de momento su gran facilidad para el dibujo, primero diseñó, un torpedero protegido, que en su apariencia era un monitor Puigcerdá, pero con menos desplazamiento y mucho más marinero, al que se le acoplaba un cañón neumático, que proyectase al torpedo, para no tener que entrar directamente al contacto con el propio buque.

Pero justo en esos días, se acababa de dar a conocer el torpedo Whitehead y su tubo para el lanzamiento a distancia, lo que obligó a Peral a su vez, a cambiar el rumbo de sus sueños.

Por lo que contacto con su amigo Díez, quién le puso en antecedentes, de que se había logrado el almacenar el fluido eléctrico, ese temible e incontrolable elemento, pues le comentó que el físico de nacionalidad francesa Planté, había conseguido en el año de 1860, las llamadas <<Pilas eléctricas secundarias>>, que familiarmente se les denominaba como <<acumuladores eléctricos>>, pero que se habían ido mejorando y ahora ya daban suficiente energía como para mover un motor durante un corto espacio de tiempo.

Pero que a su vez, se habían aplicado los conocimientos, sobre unos motores, que a su vez movían unas <<dinamos>>, las cuales recargaban a los acumuladores, por lo que era factible el alcanzar ya, distancias apropiadas con esos motores y ese fluido.

Esto movió el alma de Peral, y como un poseso, se puso a dibujar lo que su imaginación le producía, así fue dedicando horas, días, meses, en su casa de la calle de Juan de Mariana, número 3, una típica casa andaluza, solo con el bajo y su patio de losas de mármol, donde fue dando forma a su sueño de construir un <<Torpedero Submarino>>.

En este lugar con tanta armonía, consiguió el dar los últimos toques a su proyecto, por lo que ya terminado, revisó hasta el último detalle y ya con su visto bueno, se decidió a darlo a la publicidad de sus superiores, y con ello pasar de los planos, y el dibujo de su imaginación, a la acción directa de intentar conseguir su ansiado proyecto, en estos momentos corría el año de 1885.

Peral había escondido al máximo su proyecto, pues solo lo conocía Díez y algún otro compañero, que le ayudaba en las labores de investigación, pero de pronto saltó la noticia, que no fue directamente suya, sino por una circunstancia, en la que España de vió envuelta y fue nada más, que el problema de las isla Carolinas, en el océano Pacífico.

El día veinticinco de agosto de este año, el cañonero de pabellón alemán Itis, arribó a aquellas islas y enarboló la bandera de su país, lo que poco tiempo después, se conoció en España y se levantó una gran polémica, llegando el pueblo a pedir la guerra contra los germanos.

Pero el peso de España, aún se dejaba notar y como los dos países eran católicos, se dejó la decisión al laudo que dictara el Papa, el cual convino, en que los dos países llegaran a un acuerdo amistoso y así ocurrió.

Por ello se evitó una nueva guerra, para la que España no estaba preparada, pero eso como siempre, solo lo sabían los profesionales de la Corporación, por lo que estos, incluidos sus jefes convencieron a Peral, el dirigir un escrito al ministro de Marina vicealmirante Pezuela, el cual le contestó con gran ilusión de poder contar con ese nuevo tipo de buque.

Lo que hizo que su secreto, se divulgara a los treinta y dos vientos de la Rosa de los Mares, y con ello alcanzó la popularidad.

El ministro, le ordenó que viajara a la capital, para enseñarle sus planos y sus decisiones al respecto, que al verlos el Ministro se quedó maravillado de que aquello era posible, por lo que nombró una Junta Técnica, para que examinara el proyecto y que dictara, si era factible o no el poderlo llevar a cabo.

El dictamen de la Junta, fue de total aprobación, pero como siempre, sucedió que el Ministro fue depuesto, por un nuevo cambio de Gobierno, al mismo tiempo, que se producía el fallecimiento del rey don Alfonso XII, lo que movilizó a todos los políticos, en asegurar según ellos la gobernabilidad de España, lo que motivó que el proyecto de Peral, quedara abandonado y olvidado, en algún cajón de alguna mesa del ministerio.

Pasado casi un año, Peral regresó a Madrid, para reclamar la ayuda económica de la que él no disponía y que la Junta había aprobado, pero el Ministerio estaba en franca economía de medios, por lo que después de mucho rogar y demandar, se le dieron dos mil pesetas, que un tiempo después se ampliaron a cinco mil.

Con ellas compró una dinamo, se desplazó con ella a la Escuela de Ampliación, donde daba las clases y ni corto ni perezoso la convirtió en taller, donde construyó un <<aparato de profundidades>>, que en esos momentos era el máximo secreto, para todo aquel que intentara el construir un buque submarino.

Todo esto le llevó un año de trabajo, siempre ayudado por sus incondicionales amigos Díez, Mercader y Cubells, por lo que una vez terminadas las obras, se pusieron a realizar prácticas sobre los acumuladores, que no había otra forma de aprender.

Lo que le llevó a mejorar los acumuladores, pero estos no se utilizaron en su proyecto, pues estaban más pensados para la vida civil y para otros menesteres, pero había conseguido el mejorar algo difícil en aquella época, y lo más importante, ¡funcionaba!.

Al ver que todo estaba en su lugar, se le comunicó al capitán general del departamento, quién realizó una visita para mostrarle como funcionaba, quedando satisfecho de ello, lo conminó a que viajara a Madrid de nuevo y ante la Junta Técnica, se manifestara que todo estaba a su favor, en estos momentos corría el mes de marzo del año de 1887.

La reina Regente, doña María Cristina, estaba siempre muy pendiente de todo lo relacionado con la Real Armada, por lo que al enterarse del proyecto de Peral, demandó la documentación, la cual la leyó y estaba tan preparada como la propia Junta, entonces pidió al Ministro, que llamara a Peral a su presencia.

Por lo que acudió a la audiencia con la Reina, acompañado del Ministro, en la conversación Peral ponía tal alegria en su proyecto, como única solución para mejorar a bajo costo la capacidad ofensiva-defensiva de la Armada, que su majestad se quedo muy agradecida y ello le llevó a tomarle un gran aprecio.

Esto produjo, que se firmara por la soberana, una Real Orden, con fecha del día veinte de abril, por la que se le dotaba con trescientas mil pesetas, para poder llevar a cabo su invento y posterior demostración de su uso militar.

Por ello y ya con el aval de la Real Hacienda, viajó el día veinticinco a Cádiz, pero estuvo poco tiempo, pues viajó a Londres, Paris, Bruselas y Berlín, para ir comprando materiales para su buque.

Ya que en Cádiz en esos momentos no había posibilidad alguna de comprar nada, pues se carecía hasta de los necesarios cables eléctricos, pero en su viaje fue acompañado por Díez, que se encargó personalmente de comprobar las calidades y efectuar la compra, para después transportarlos a Cádiz.

Mientras Peral, tenia que subsistir con los cuarenta y cinco duros de su sueldo, para dar de comer a su familia, que ya tenia a cinco hijos, y permanecía en la Escuela dando sus clases.

En uno de su innumerables viajes, en búsqueda de materiales, paró en Madrid y visito, al eminente marino y escritor, don Pedro Novo y Colson, que ya se había declarado un ferviente seguidor de la idea de Peral, así que se propuso el darle un buen empujón, y para ello llamó a varios de sus amigos.

Se reunieron en la noche del día diecisiete, en casa de don Pedro, una gran representación de la Armada, las ciencias y las letras, para que así no hubiera cabida a mal entendidos.

Por lo que acudieron los marinos Valderrama, Rodríguez de Rivero, Ariza, Torres, Moreno, Gil de Borja, Hacar, Matéu, Spottorno, Gálvez, Castaño Y Pastorín y de civiles, José Echegaray, Fernández Flórez, marqués de Valdeiglesias, Eduardo del Palacio, Javier de Burgos, Ortega Munilla, Laserna y Gasset, por lo que se encontraba lo mejor de esos momentos.

Peral, comenzó a hablar y los dejó con la boca abierta, siendo Echegaray, el que más preguntas le hizo sobre los problemas físicos y matemáticos del proyecto, pero los razonamientos de Peral, de obligaron a exclamar: <<Después de estas explicaciones, puedo decir, señores, que la navegación submarina está descubierta>>.

Por lo que ya convencidos todos ellos se levantaron y se fueron, Peral a la mañana siguiente viajó a Cádiz.

Por consejo de los anteriores, se le indicó el nombre del ingeniero naval, que mejor se acoplaba para su proyecto, que no fue otro que don José Castellote, quien como Peral no había construido buques, se puso a trabajar sobre los planos, los examinó, corrigió y adicionó, por lo terminado esto, se puso la quilla del torpedero submarino, en el dique número 3.

Se encontraba en la Academia de Ingenieros Navales, como profesor un valenciano, que era Castellote, quién ya había proyectado los seis cruceros acorazados, los tres Infanta Maria Teresa y los tres Princesa de Asturias, que era conocido del suegro de Peral, y por quién sentía gran admiración nuestro inventor, pues había quedado maravillado de lo recio de sus diseños.

Así que se fue a visitarlo, pero claro, lo que quería Peral para su buque, en si no era más que una boya, que navegara, pues no tenia proa ni popa, ni cubierta ni quilla, pero que acabara en punta, para poder instalar el tubo lanzatorpedos, lo que no dejaba de ser una innovación total, comparado con todo lo que navegaba entonces.

Por lo que se puso a trabajar, y de ahí salieron los planos del torpedero submarino, en cuanto a estructuras, que cuando se comenzó a colocar en la grada, los mismos trabajadores, viendo aquella quilla curva, con cuadernas circulares, pensaban que aquello como mucho solo se aguantaría para flotar.

A todo esto y a pesar de que la construcción iba a buen ritmo, a Peral acudía todo, incluido los comunicados que se le reclamaban desde el Ministerio en Madrid, por lo que se tenía que multiplicar, para estar en todas partes, y no dejar nada al azar.

El <<cacharro>>, como lo denominaba el propio Peral, pasó a ser celebre por otro seudónimo, pues su forma fusiforme, se hizo popular con el nombre de <<El Puro>>, por ser muy parecida su forma del casco, al de este cigarro puro, pero mucho más grande.

El día ocho de septiembre, se hizo la botadura del casco, bueno mejor dicho la prueba de estanqueidad de su casco, ya que a pesar de ser de hierro aún se calafateaban los cascos, así se averiguaría si no había ninguna plancha mal colocada o encajada.

Se realizó la prueba, se verifico durante unas horas, que efectivamente estaba todo correcto y en el dique se volvió a desalojar el agua, para proseguir con los trabajos.

Dándose el caso, que por la afluencia de público, se dio orden de que no se pudiera visitar, pues muchos mirones tomaban notas, lo que llamó la atención, incluso, sufrió un ataque, pues entre los obreros se introdujo un individuo, que armado con un gran martillo, comenzó a propinar golpes al codaste, consiguiendo el romper las dos hélices y si no lo paran los demás trabajadores, es muy posible que hubiera destrozado el codaste, que al ser todo de una pieza, hubiera retrasado el proyecto mucho tiempo.

Pero como el hacer la denuncia, representaba el que los jueces fueran a visitar los daños, y todo este tipo de burocracia, lo cual redundaría en un aplazamiento de la construcción sin plazo fijo, Peral ordenó dejar en libertad al enajenado destructor del buque, pero con el compromiso de que se pusiera vigilancia armada en rededor del casco, así consiguió el proseguir sus trabajos que no era otra su razón.

Recibió una notificación del Ministro, que con fecha del día catorce de diciembre, le llamaba a Madrid para concertar el programa de pruebas, por lo que tuvo que abandonar a su “hijo” y viajar hasta la capital.

Aquí se le recibió como a un héroe, y trato del Ministro, le llevo a hospedarse en el hotel de Embajadores, por lo que desde aquí se traslado al Ministerio de Marina y se entrevistó con el ministro Rodríguez Arias, siendo a la salida de esta reunión, cuando pronunció unas palabras, que fueron casi un augurio de lo que le ocurriría, pues en contestación a un pregunta de un periodista de El Imparcial, le dijo: <<Si consigo resolver la navegación submarina, como creo, me importa poco morirme al día siguiente>>.

Dos días mar tarde se puso en camino a Cádiz, donde le esperara otra manifestación como las ocurridas en Madrid, que quizás fueron el detonante, de sus amarguras posteriores, pues las envidias nunca trabajan para el bien de nadie.

En esto momentos cruciales de su vida, tenía treinta y siete años, seguía con su estatura media y con su inseparable barba y pelo negro, más el deje típico andaluz, que le hacía ser agradable en sus explicaciones, así que nada había cambiado en él desde la anterior descripción, solo la edad, que ya comenzaba a ser mucho más madura, aunque en nada le afectaba para su propósito de terminar el <<torpedero submarino>>.

El buque quedó listo para las pruebas, en el mes de enero del año de 1889, por lo que se comenzó por las de inmersión, que al principio se realizaron en el propio dique grande del Arsenal, al ver el buen comportamiento del submarino, ya se pasó a realizarlas en mar abierto.

Pero poco acompañó las noticias de esos años, pues a pesar de estar todo el país con los ojos puestos en el submarino, sucedió que la fragata Carmen, con guardiamarinas a bordo, estuvo a punto de irse a pique en un temporal en las aguas de la isla de Cerdeña, pues su pésima conservación, la había llevado al límite de lo que podía soportar, un buque de la década de los sesenta, con casco de madera.

La salida de varios buques para poder devolverla a España, volvió a conmover corazones, pues el buque se salvó de puro milagro, a lo que se sumaba, que pocos meses antes se había perdido, el vapor de guerra Pizarro, estando a la vista de las islas Bermudas, mientras que el vapor Malaspina, lo había hecho a su vez en el mar de China, sin dejar ni siquiera a un superviviente, todo ello provocó que se tomaran medidas, pero justo las contrarias de las necesarias, que debían de haber comenzado por impulsar nuevas construcciones, pero justo se actuó, de forma que cada vez la cantidad asignada de dinero era menor para el Ministerio de Marina, por que se consideraba, que la Armada no estaba cumpliendo con su deber.

Mientras el torpedero submarino, estaba casi terminado, pues solo le faltaba la instalación eléctrica interior y la colocación de los acumuladores, más el importante aparato diseñado por Peral para marcar las profundidades.

Aquí viene una curiosidad, pues muchos años después otros lo han hecho, pareciendo así que ellos son los descubridores de algo, cosa que no es fácil enseñar a España, que otrora enseño a muchos incluso a navegar, el dato es que por orden de Peral, el torpedero submarino, se pintó de gris por fuera, pero blanco por dentro, para facilitar la visión aún en penumbra, se colocó un cartel que decía <<Se prohíben las visitas>> y así quedó en el dique, con su guardia personal.

El día veintiocho de enero, se probaron los compartimentos estancos, que eran los que debían dejar entrar el agua, para aumentar su desplazamiento y así sumergirse, los cuales resultaron de un gran éxito, pues se realizó toda la maniobra de inundación, como de expulsión, con los medios de abordo.

Ya confirmado todo esto, se dispuso lo más difícil, que consistía en la instalación de los acumuladores, la cual se consiguió sin mayores problemas, una vez ya en su sitio, se pusieron tres locomóviles de vapor, que actuaban como dínamos que a través de seis cables, fueron cargando los seiscientos acumuladores introducidos en el casco, los cuales y conforme se pensaba que ya estaban cargados, y uno a uno, Peral fue comprobando su carga con su galvanómetro.

Y como siempre o casi siempre ocurre, cuando todo estaba comprobado, pues se habían embarcado tres torpedos, más ocho coys para descansar la dotación, se desato un temporal de Levante, y al concluir éste y a renglón seguido uno de Poniente, por lo que la mar estaba en muy malas condiciones, ello supuso el suspender las pruebas, y para terminarlo de arreglar, al ir calmándose el temporal de Poniente, Peral enfermó, por lo que definitivamente se aplazaron.

Parecía que todo estaba en contra de él y de su gran proyecto.

Mientras se recupera Peral, nosotros damos las características del torpedero submarino y así nos hacemos una idea aproximada, de lo que era ese <<trasto>>, como Peral lo denominó.

Su eslora era de 21 metros, la manga y puntal en la cuaderna maestra, que lo era circular, de 2,74 metros; lo que le daba un desplazamiento, en superficie de 70 toneladas y sumergido de 87; con una velocidad máxima, en superficie de 11 nudos y 10 sumergido; los motores movidos por 613 acumuladores; su casco todo de acero; y un radio de acción de 355 millas en superficie y 326 sumergido.

Al interior se accedía por dos escotillas, situadas a ambos lados de la pequeña torre de mando, formando un camaranchón de acero, que al mismo tiempo, hacía de cuarto de derrota y de mando; En él una mesa, para trabajos de derrota, en la cual se reflejaba a deforma parecida a una cámara fotográfica, el exterior que rodeaba al buque, pero en gran extensión, acción que producía, un espejo circular de acero, al que Peral lo denominaba como el <<anteojo marino>>, sirviendo este mismo tubo, al sacarlo del agua en inmersión, como un periscopio, que recogía todo lo que se encontraba a cuatro millas de él.

Detrás de esta mesa, se encontraba un taburete, donde se sentaba Peral y detrás de él, algo más elevado el timonel, que atendía a las órdenes verbalmente. En este mismo lugar y a la vista de Peral, se encontraba la corredera de velocidad, manómetros, compás, aparato de timones verticales, telémetro, medidor de distancias, aneroides, manómetros que indicaban la profundidad a la que se navegaba, conmutadores de luz y fuerza, un péndulo para indicar la inclinación, etc. etc., en definitiva, una especie de laboratorio de física, que daban constantemente, los datos precisos al comandante, para tomar sus decisiones, a parte de los clásicos tubos acústicos, para dar las ordenes precisas al resto de la tripulación.

El torpedero submarino, llevaba siete inventos principales de Peral; un compás o brújula marina, aislado de todo elemento eléctrico y paredes de acero, para que pudiera funcionar correctamente, para destacar las puntas de la aguja, una parte iba pintada de rojo y la otra de azul, y que a su vez iba compensado con imanes, siendo una creación anterior a la Thomson de bolas, que se mantuvo hasta muy avanzado el siglo XX.

El periscopio o anteojo marino y los espejos, que reflejaban el exterior sobre la mesa de derrota.

Reflectores eléctricos de arco, de los que se desprendía una luz, que recogida por lentes y espejos, conseguía iluminar, hasta unos ciento cincuenta metros de largo, alrededor del submarino, lo que facilitaba su manejo debajo del agua.

El silbato eléctrico, hasta entonces desconocida.

La corredera eléctrica, que sigue en uso.

La bomba de aire comprimido, que conseguía el sacar al exterior el viciado del interior, acompañado de unas válvulas, que poco a poco, dejaban salir el aire puro acumulado, en los depósitos de reserva.

El aparato de profundidades, que era de vital importancia para la navegación submarina.

Los limpia portas, ya que son lo mismo que hoy se usan en los vehículos, para los cristales delantero y trasero.

Y un cuadro de distribución de la energía, cuya misión principal era, avisar cuando algún acumulador fallaba, vital como todo lo inventado por Peral, para poder acudir al lugar e intentar repararlo.

Desde este cuarto o sala de mando, por una escalera metálica, se descendía a un pasillo central que recorría todo el buque.

Dato curioso; todas las paredes interiores, estaban pintadas en color blanco esmaltado, para aumentar así la visión, pues el esmalte hacía a su vez de espejo, y todo el lugar con múltiples bombillas incandescentes. (Ya se que hoy eso no se llama así, pero como está sacado del diario de Peral, en su época las bombillas eran “incandescentes”).

Por medio de cajas de madera de caoba, que recorrían por paredes y techo, se había realizado por el interior de ellas toda la instalación eléctrica, para evitar los incendios por cortocircuitos.

Todo lo demás tubos, ruedas, chumaceras de empuje, engranajes, motores, iban pintados en color ocre claro.

En Popa se encontraban los motores, protegidos a su vez por un mamparo, estando su interior alumbrado por diez lámparas de ciento cincuenta bujías. (Como se ve, sigue la descripción de la época)

El sollado, estaba ocupado todo él, por las seiscientos trece acumuladores, que se protegían con una lona, a forma de cortina, así y al mismo tiempo, hacían la vez de lastre, de eso tan inestable como un <<puro>>.

En la proa, se encontraba el tubo lanzatorpedos, ya cargado con uno de ellos, mientras que en las paredes cercanas, se hallaban uno a cada lado de los tres que en total llevaba el buque; al mismo tiempo que, el tubo, llevaba dos diafragmas, que cuando se abría para cargar, el del interior, el del exterior se cerraba y viceversa cuando se disparaba, así se evitaba el que entrara el agua al buque, tanto en las maniobras de carga como de lanzamiento.

A proa y en popa, se encontraban los dos grandes depósitos de aire comprimido, que consistían en cámaras de bronce sulfurado, que por las válvulas irían dejando escapar el aire automáticamente, mientras que a su vez, una bomba iba extrayendo el viciado y lo impulsaba al exterior.

Todo el buque estaba con una alfombra de goma, para mantener lo máximo posible a tripulación, sin sobresaltos por la gran cantidad de energía eléctrica acumulada en tan pequeño espacio.

Mientras que todos los tripulantes, ya iban uniformados, con batas y guantes de goma, por la misma razón. (Que no es poco prevenir en la época)

Para terminar de mantener al buque, en su estado natural vertical, en un doble fondo, entre el casco exterior y la plataforma donde se hallaban los acumuladores, se encontraba un deposito de agua, para alojar ocho toneladas de ella como lastre.

La tripulación del buque estaba compuesto por: Peral como comandante; Iribarren y Moya, oficiales a cargo del sistema de lanzamiento de torpedos; García Gutiérrez y Pedro Mercader, de la electricidad y sus complejos sistemas; Cubells, como Oficial; Antonio Noé López, encargado de los motores, por eso se le apodó <<el del Arca>>; y como complemento solo se autorizo a un contramaestre, para que pudiera ayudar en las labores de maniobra.

Todos los tripulantes, menos Antonio Noé, era tenientes de navío, a su vez especialistas en las distintas misiones a desempeñar y escogidos por Peral, quienes a su vez sentían una admiración, que hacía que Peral fuera como un autentico superior, a pesar de tener la misma graduación.

Para las pruebas, se tuvo que autorizar a dos personas más, una por el gran interés demostrado por la Reina, que era su ayudante, señor Armero y al contralmirante Arrebol, pero como los pesos y desplazamiento del buque eran tan justos, más sirvieron de lastre que de ayuda, pero las órdenes son eso.

Como dato final, añadiremos la justificación de las cuentas, que Peral elevó al Ministro cuando éste le demandó el saber que y como se había utilizado el dinero, así que esta es la lista de ello:

Baterías y acumuladores. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 75.000

Tres dínamos, a 8.500 pesetas. . . . . . . . . . . . . . . . . .25.500

Tres locomóviles, a 10.000 pesetas. . . . . . . . . . . . . . .30.000

Dos motores de 30 CV. a 6.000 pesetas. . . . . . . . . . . .12.000

Tres motores, a 1.500 pesetas. . . . . . . . . . . . . . . . . . . 4.500

El tubo de lanzar torpedos. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 20.000

Casco del buque. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 7.500

Jornales y varios. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 125.500

Total. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 300.000

Al poco tiempo, regresó el buen tiempo y Peral de recuperó de su enfermedad, por lo que se volvieron a intentar las pruebas.

Pero ya la cosa se había salido, pues Cádiz y San Fernando, estaban repletas de gentes llegadas de todas partes del país y algunos extraños extranjeros; corriéndose la voz, de que el submarino, a parte de su misión de guerrear, era capaz de sacar los tesoros hundidos del pasado, lo que si cabe, aún aumento la expectativa del invento.

Ahora sabemos, que si el proyecto de Peral se hubiera llevado a buen término, en su documento elevado a la superioridad en el año de 1885, se proponía la construcción nada más que de cuarenta de estos submarinos, que trasportados a las colonias y repartidos por todas nuestras islas y Península, haría casi inexpugnable la presencia de buques enemigos, en caso de declararse alguna guerra, incluida la todopoderosa Real Marina Británica, pues nada podrían oponer.

Al mismo tiempo, que proponía la creación de pequeñas bases para su mantenimiento y atraque, en las siguientes ciudades: Vigo, Ferrol, Pasajes, Bilbao, Mahón, Cartagena, Valencia, Barcelona, Cádiz, Ceuta, y alguna por definir en las islas Canarias.

Por lo que dotadas todas ellas de lo necesario, y con las vigilancia adecuada, más sus fortificaciones, y el coste de 300.000 pesetas por unidad, el gato total era de unos doce millones, lo que comparado con los cuarenta del precio de construcción del recientemente entregado acorazado Pelayo, resultaba a todas luces, mucho más económico, que una escuadra de éstos.

El día cinco de marzo, se probaron las máquinas, pero dentro del dique, con excelente resultado.

A las 14:00 horas Peral dio orden de volver a inundar el dique, unos veinte minutos después el torpedero submarino ya flotaba, por lo que lo dejaron así, ya que si esto funcionaba había un admirador de Peral, que había prometido un refrigerio, como siempre, con jamón, pan y manzanilla.

Al terminar este agasajo y siendo las 15:00 horas y a bordos todos, incluido el secretario de la Reina, Peral dio la orden de abrir por primera vez las compuertas del dique, por lo que les lanzaron un cabo desde un bote con seis remeros, que los sacó del dique y los remolcó a unos veinte metros de la construcción más cercana.

Se fondeo con amarras a un anclote que hacía las veces de “muerto” y se lanzó otra amarra, que se fijó a un noray y se volvió a probar las máquinas, posteriormente se acoplaron a las hélices, y todo funcionó perfectamente.

Visto el éxito, desembarcó Peral y varios más, quedando a bordo un maquinista y dos fogoneros, se reforzó la guardia con más miembros de la Real Infantería de Marina, pues se temían acciones, que pudieran dar al traste con el proyecto, revisó Peral todo y se puso en camino a San Fernando.

Al día siguiente, cuando aun se estaba levantando Peral de su cama, se presentó el ayudante del capitán general, lo cual produjo un sobresalto en toda la familia, el ayudante los tranquilizó, pero ya con Peral en la calle, le dijo que habían llegado rumores, de que “alguien”, estaba planeando el echar a pique el buque de ahí la urgencia de que se presentará ante el general, para tomar las medidas oportunas para impedir tal desastre.

Al llegar al despacho del General, se le comunicó que la corbeta de guerra británica Curlew, del porte de 771 toneladas, había visitado sin razón alguna, el puerto de Málaga y que en su travesía hacía Gibraltar, se le había perdido un torpedo, por lo que pensaban que ese artefacto, estaba preparado para hundir al buque, pues nadie sabía donde se encontraba.

Pero sobre el medio día llegó un cablegrama, que explicaba que el torpedo estaba descargado de su mortífera carga, por lo que volvió la tranquilidad.

Mientras en Madrid, se había reunido un grupo de marinos, que no eran partidarios del submarino, pues pensaban que no había nada igual que una buena coraza y una potente artillería para combatir, por lo que se comenzó la típica guerra interna en contra de Peral.

Al mismo tiempo, se había decido el salir a efectuar algunas pruebas, por lo que el General y Peral compartían conversación en la Carraca, mientras que muchos botes bien a remos y otros a vapor casi rodeaban al fenómeno naval, al mismo tiempo, que el bote a vapor de la fragata Carmen, con los guardiamarinas a bordo, permanecía de vigilancia, para que nadie se acercara más de lo debido al submarino.

Fueron embarcando todos lo tripulantes, más los invitados, Armero, el ayudante de la Reina y Novo y Colson, siendo el último Peral, que se acercó a la torre del submarino, y en un asta que se había colocado para la ocasión, le entregó Armero un paquete, el cual contenía una bandera de combate para la nueva unidad.

Al terminar esta acción, Peral como si se tratara de un buque de cien metros de eslora, se dirigió a la tripulación y en voz muy alta, dijo:

<<¡Tripulantes del submarino Peral! Yo, como comandante, voy a abanderar el buque por orden del capitán general del Departamento. Esta bandera la han bordado y regalado las mujeres de Cádiz. Con ella iremos al combate para defender el honor de España>>.

Sus manos afirmaron las drizas, en cuyos extremos Moya había anudado la bandera y con lentitud parsimoniosa, fue izando el pabellón español, hasta llegar al tope y entonces una suave brisa se levantó, lo que consiguió que se desplegara al viento, quedando en todo su esplendor la bandera de España; eran las 13:05 horas.

Al desplegarse la seda con los colores de España, todos los buques prorrumpieron en vivas a España, y mientras los militares saludaban al cañón a la nueva unidad, los civiles hacían sonar sus sirenas, la mismo tiempo que desde tierra, se daba suelta a una gran cantidad de cohetes, acompañados por varias bandas de música.

Permitió Peral durante unos minutos aquella alegria desbordante, pero al ir calmándose el griterío y acallarse los truenos de las salvas, pasó a ser el comandante de su buque, por lo que comenzó a dar las pertinentes órdenes.

¡Listos! Todos a sus puestos. . . Preparados para zarpar, hizo una señal y se largaron las amarras. ¡Maquinas de estribor y babor! ¡A octavo de máquina! ¡Avante!.

Las hélices comenzaron a mover el buque, y este a deslizarse sobre el líquido elemento, detrás de él, le seguía la lancha de la Carmen, para que los restantes barquitos no se acercaran demasiado, y muy cerca, el remolcador del Arsenal a cuyo bordo enarbolaba su insignia el Capitán General del Departamento.

Detrás de ellos, iba la comitiva, con diferentes buques, las autoridades civiles y militares en vapores distintos, así como hasta el vapor Península, a cuyo bordo iban los corresponsales del diario El Imparcial, que habían invitado a la esposa de Peral, que allí se encontraba.

Logrando salir de la bahía, a pesar de la corriente en contra a cinco nudos de velocidad, lo que le llevó como a unas siete millas de la costa, sobre las 13:50, por culpa de la poca profundidad de la zona, pusieron con mucho mimo, rumbo a Puerto Real.

En este punto, ya se encontraba el remolcador con el capitán general y la Comisión, pues se había adelantado al comunicar a viva a voz al General a donde se dirigía, al llegar a su posición se produjo una avería, que inmediatamente Moya comunicó, que era una chumacera de empalme que se había recalentado; Peral mando parar la máquina.

Se encontraba estribor del remolcador, pero como la corriente lo empujaba hacía a fuera, fue a varar en un bajo fangoso, al darse cuenta de la situación, los guardiamarinas se acercaron e intentaron el sacarlo, pero no resultó, entonces fue cuando el vapor Península, se acercó, le largaron un cable y con una simple arrancada lo puso en franquicia.

Momento que aprovechó Peral, para demostrar sus dotes de marino, pues ordenó poner la máquina en funcionamiento, consiguiendo el virar en redondo con solo una hélice y puso rumbo al Arsenal, a tan solo cuatro nudos de velocidad, por lo que alcanzaron de nuevo el punto de atraque, sobre las 18:00 horas.

Al día siguiente, se vio de verdad la gravedad de la varía, por lo que no se pudieron hacer más pruebas hasta el día diez, pero al intentar salir de nuevo, volvió a fallar la máquina, igual que lo había hecho el día siete, y memorable para la historia de la navegación, por lo que regresó a su punto de atraque.

Al parecer, todo el problema consistía; según explicación del propio Peral, en que la protección de los cables, para que estos no se comunicaran, estaba defectuosa y que casualidad, la casa que los proveyó era de Londres.

Se podía haber solucionado con los típicos manitas de la Corporación, pero Peral decidió que eso era cuestión del fabricante, y aunque así se retrasaba el programa, ordenó a García Gutiérrez, que sin pérdida de tiempo se desplazara hasta la digna ciudad isleña, y reclamase lo que se había pagado y no lo que habían proveído.

Mientras esto sucedía, Peral se enfrentó a las consiguientes críticas de sus enemigos, el día dieciocho dio una conferencia en el Ateneo de Madrid, para defender su proyecto, pero don Juan de Madariaga, que no era un declaro enemigo suyo, le puso tantas pegas, que consiguió el dejar en entredicho a Peral.

Ante esto, su amigo y compañero José Moya, publicó un artículo en El Imparcial, en que daba los detalles de uno de los inventos de Peral, que era como el pulmón de acero del submarino, lo que permitía a un ser humano el respirar sin problemas en las profundidades de la mar, describiéndolo así:

<<En popa iba una caja de chapa de hierro que contenía una solución muy concentrada de sosa cáustica; por una bomba en constante movimiento, el aire del submarino pasaba a través de ella, al hacerlo se quedaba en esta sustancia el ácido carbónico y se saturaba de la humedad necesaria a la respiración. Además, otra bomba extraía este aire viciado y lo inyectaba en la mar, mientras de los depósitos de aire comprimido iba saliendo automáticamente aire puro que completase la atmósfera respirable>>.

Llegaron otra vez malas noticias para la Armada, pues en Filipinas el vapor Rennes, se había ido a pique, al tocar con sus bajos una aguja, por lo que habían muerto, casi todos los miembros de una compañía de ingenieros, salvándose unos pocos de los pasajeros y tripulantes, pero muy pocos de lo militares, lo que volvió a desencadenar otras serie de manifestaciones, en contra de la Armada, cuando ésta no era responsable de este desastre.

Pero los enemigos de siempre nunca pierde ocasión y se aprovecha de la más mínima, para tergiversar los acontecimientos.

Mientras a Peral, le venía ayuda de todas partes y rincones del planeta, como muestra; el día catorce de abril, recibió un telegrama, desde la población de Rosario de Santa Fe, sita en Argentina, que decía:  <<Señor don Isaac Peral: Envío en carta certificada una letra de 20.000 libras esterlinas para fomentar su invento ¡Viva España!—Carlos Casado.>>.

El día siete de mayo, el teniente de navío García Gutiérrez, por fin regresó de la isla de Albión, con el matiz, de que no hizo su arribada al puerto de Cádiz, sino al del Peñón (siempre hay que ir analizando las cosas, pues como ya se ha dicho, si que entró una corbeta en el de Málaga poco tiempo antes, en cambio ahora, no deja el material en el puerto que hace falta, sino en su graciosa colonia ¿será por el olor?), vino el material en el vapor Khedive, que transportaba una bobina nueva y la defectuosa arreglada, más algún otro material, que por prevención encargó Peral.

Mientras todo esto se transportaba al Arsenal de La Carraca, y se procedía a cambiar y recomponer el submarino, se volvió a recibir una mala noticia para la Armada.

Pues el ayudante de Marina de Conil, que avisado a su vez por pescadores, pasó la comunicación, al capitán general del departamento, de que el día once de junio, el cañonero Infanta Paz, se había ido a pique, en las cercanías de Cádiz en el cabo de Trafalgar y en el más que trágico bajo Aceiteras, donde un tiempo antes le había ocurrido lo mismo al vapor Marssalia y que poco después le ocurriría al crucero Reina Regente, estando al mando del teniente de navío de primera don Manuel Saralegui.

Lo que volvió a remover a las masas, que siempre a punto están los enemigos de España, tanto dentro como fuera.

Pero Peral no se dejaba amilanar, así que se prosiguieron los trabajos para dejar lo antes posible el buque listo, por ello a los pocos días regresó al dique número 2 el más grande, y en el que había estado la mayor parte del tiempo de sus pruebas, mientras que en la grada casi al lado de él, se ponía la quilla del crucero acorazado Princesa de Asturias, para en ese dique volver a realizar las pruebas de inmersión, por la que ya había pasado, pero al pasar tanto tiempo de las primeras, casi se comenzó de nuevo.

El incidente no hubiera tenido mayor importancia, pero todo se lió de mala manera, pues en un diario profesional de marina, La Gaceta Industrial, se publicó un artículo que ponía a Peral y su invento de vuelta y media, lo que no hubiera pasado de ser una anécdota, por que solo iba dirigido a profesionales, pero se publicó copiado, en la Revista General de Marina, sin hacer ningún comentario, ni a favor ni en contra, pero esto sacó de quicio a Peral.

Por lo que se dirigió a la Revista, para que rectificaran los errores manifiestos que en el artículo se mencionaban, pero desde Madrid se le contestó que nada se podía hacer.

No viendo otra salida, Peral publicó un folleto explicativo y aclaratorio, que dejaba en muy mal lugar a los representantes de Madrid y a los de la Gaceta, lo que a su vez causo espanto en las altas esferas.

Para compensar este daño, sus compañeros firmaron una carta colectiva, dándole las gracias por su defensa y está carta a su vez se publicó también, pero para reforzarla, se añadieron a ella las firmas de don Jacobo Torón, don Ramón Estrada y don Pedro Novo y Colson, lo cual paró de momento todo lo pensado y dicho por el dichoso artículo.

El capitán general don Florencio Montojo, era un entusiasta de la idea de Peral y amigo personal, pero tan poderosos eran sus enemigos, que hicieron creer a todo el mundo de que Montojo estaba harto del submarino y de Peral. Cuestión que se sabe, por que el propio Montojo, llamó a Peral y le deshizo el enredo, pero como quedó entre ellos, el malentendido prosiguió filtrándose por todos los recovecos de la sociedad.

El día trece de julio del año de 1889, arribó a Cádiz su benefactor don Carlos Casado de Alisal, al que se desplazó Peral con su familia, y abordando el transatlántico Reina María Cristina, que traía desde Argentina a su amigo, se saludaron las dos familias y los transportó con su misma lancha al muelle.

Don Carlos quería visitar el buque, pero Peral le dijo que como estaba bajo vigilancia, debía pedir permiso al capitán general, por lo que quedaron en verse en cuanto tuviera la conformidad del General, siendo concedida, dadas las circunstancias como un favor muy especial, por lo que al saberlo Peral, llamó a don Carlos y concertaron el verse el día diecisiete.

Este día, se desplazó Peral con la lancha para recoger a la familia, y los condujo hasta el submarino, lo abordaron, siendo recibidos por todos los tripulantes, aunque las señoras se quedaron a bordo de la lancha, pero entre ellos el gran defensor de Peral, Novo y Colson, también estaba a bordo del buque, por lo que permanecieron en la pequeña cubierta y torre, que estaba abierta.

Peral mando soltar amarras, el buque se puso en movimiento y alcanzó los cinco nudos, atravesando los canales de salida desde La Carraca hasta la ciudad de Cádiz, todos pensaron que se iba a salir a alta mar, pero no fue así, ya que Peral no quería arriesgar a personal civil, por lo que al llegar a la punta del Fuerte de San Felipe, viró y comenzó a aumentar la velocidad, iba sorteando buques de todo tipo que en la bahía se encontraban, ante el asombro general y los vítores de los gaditanos, pero justo al pasar por la popa del Colón, se enganchó en la hélice una estacha sumergida, que lo dejó inmediatamente parado, pero un marinero que iba a bordo, se desnudo y se lanzó al agua picó la estaca, volvió con ayuda a la cubierta del submarino, y este comenzó a deslizarse, y aumentando la velocidad, consiguió el alcanzar los diez nudos de velocidad.

Alrededor de las 19:30 llegó el submarino a su punto de atraque, al terminar la maniobra y estar ya todo listo para pasar a la lancha que se había acercado para recogerlos, don Carlos donó como premio, cinco monedas de oro de una libra, por su arrojo, valentía y rápida acción, al marinero que había librado al submarino.

El día veintiséis continuaron las pruebas, en esta se iba a poner a prueba las condiciones del buen funcionamiento del depurador del aire, para ello se embarcaron un total de doce perdonas, las cuales se distribuyeron por todo el buque, incluso se fumó, para ratificar que nada fallaba, permanecieron durante tres horas encerrados y en ningún momento nadie, se sintió mal o con falta de aire, que comprobaron perfectamente al salir del buque, que en nada era diferente.

Se recibió la orden, desde el Ministerio de Marina, de que las pruebas se realizaran con el mayor secreto, lo que decidió a Peral, el regresar con el submarino al dique número 2, así y cuando ya no había nadie, se pasaban los días probando la estanqueidad del submarino, pues inundaban el dique y permanecían dos y media horas a dos metros de profundidad, no era mucho, pero el dique no daba para más.

Así un día probaron que con tan solo poner los timones de profundidad, en su posición correcta para ello, y aprovechando solo la velocidad del submarino, éste obedecía y lo introducía sin necesidad de cargar lastre.

Otro día al contrario, solo con el lastre para saber y comprobar cual era la cantidad adecuada, que se debía de cargar, así como ratificar, que las bombas de achique de los depósitos funcionaban bien, comprobando, que no dejaban una gota de agua dentro de ellos y que el submarino obedecía perfectamente.

Por todas estas pruebas se calculó que en tres o cuatro minutos, el buque podía sumergirse o emerger, pues al reaccionar los dos mecanismos, los timones y el lastre, la rapidez era máxima.

Durante la mayor parte del verano, se dedicó a estas comprobaciones, que al ser tan satisfactorias, se propuso para el día veintisiete de agosto, el hacer la salida al mar para comprobar el funcionamiento del tubo y los torpedos.

Se había trasladado el submarino, desde el caño de La Carraca, aun nuevo fondeadero en la misma bahía de Cádiz, por lo que sobre las 11:00 horas largó amarras y se puso rumbo a la salida, como siempre Peral en la cubierta y sujetado al asta de la bandera, a su lado dos de los oficiales.

Se suponía que las pruebas eran secretas, pero los gaditanos y los no tan españoles, siempre estaban vigilantes, por lo que al verlo salir comenzaron los vítores, gritos de aliento y los Viva España, y de nuevo se le fueron incrementando en la escolta múltiples buques, a los que paraba algo la lancha de vapor del Arsenal, más otra lancha con la esposa de Peral y la de Oliver, y como final, el vapor que transportaba a toda la prensa, marinos e invitados. ¡Y eso que era secreto por mandato del Ministro!, sino llega a ser secreto, sin palabras.

El submarino fue cogiendo velocidad, pasó a la altura de la ciudad, sorteando a los buques que en la bahía estaban fondeados, pasando frente a Puntales, y por la popa de la fragata Gerona, y tripulación saludó a Peral, continuó su navegación a gran velocidad, pasando por la popa del vapor británico City of Malaga, recibiendo gritos y aplausos de su tripulación, pero en con su buen andar, se había ido dejando a su estela a todos los que le seguían.

En esos momento navegaba a unos ocho nudos, pasó por el muelle de la Transatlántica, cuyos buques lo saludaron arriando bandera, a continuación paso por las cercanías de una división de buques de guerra de la armada italiana, de uno de ellos salió un lancha a vapor, que consiguió el ponerse a su altura, por lo que se entabló una corta conversación, siendo el final, que Peral se comprometió a pasar a los buques italianos y saludar a sus tripulaciones, le dieron tres Vivas y se separaron, Peral los despidió, llevándose su mano a la visera de la gorra.

Una autentica flota seguía al submarino, buques de todos las esloras y calados, pero todos se quedaban atrás, teniendo que aminorar la velocidad, para que la lancha de vapor de la Gerona, que había sido elegida para convoyarle y prestarle el apoyo o auxilio necesario, le pudiera dar alcance, consiguiéndolo a la altura de Puerto Real.

Siguió el submarino hasta alcanzar los Cochinos y frente al castillo de San Sebastián, dio frente a la Caleta, que al sobrepasarla, puso proa al Sur, a partir de aquí, comenzó una especie de baile, pues el buque iba de una banda a otra, acción que confirmo la firmeza de obediencia al timón y sobre todo, lo bien lastrado que iba, pues en ningún momento dio sensación de irse de lado o dar a la banda, con exceso.

Alcanzando el punto de lanzamiento, sobre las 13:40, se colocó en posición de tiro, y como blanco, a unos quinientos metros, estaba situada la goleta Ligera, que iba a sufrir los impactos, aunque las pruebas se realizaron, con los torpedos sin carga explosiva.

Como el tubo de lanzar del submarino, estaba situado por debajo de la línea de flotación, el efecto del lanzamiento y como prueba, igual daba realizarlo en superficie que en inmersión, por lo que se eligió la primera.

Por ello se oyó, la fuerte voz de Peral: ¡Atención a la maniobra!. ¡máquina avante! ¡Timonel a la vía! ¡Tubo listo! ¡Máquina! ¡Stop!. . . ¡Fuego!, se pudo apreciar la estela del torpedo saliendo del tubo, que rápido acortó las distancias, hasta dar en el blanco, que al no llebar carga no explotó y se detuvo, manteniéndose entre dos aguas.

A este primer lanzamiento le siguieron varios más, pues se intentó comprobar en todas las circunstancias, se hicieron estando parado y en marcha, con giros y estabilizando el submarino, para seguidamente efectuar el lanzamiento, consiguiendo en todos los casos el hacer blanco.

Posteriormente, el submarino regresó a su lugar de atraque, mientras, que la lancha del Arsenal, fue recogiendo los torpedos, ya que estos ingenios, en esos momentos costaban tres mil pesetas cada uno.

Al realizar el atraque se comprobaron las cargas de los acumuladores, uno por uno, quedando demostrado, que habían estado cuatro horas de navegación y solo se habían descargado doscientos cuarenta, así que quedó claro, que utilizando los seiscientos trece de a bordo con un peso de treinta toneladas, se podía permanecer en la mar, no menos de trescientas millas.

Al día siguiente y demostrando una vez más en su vida que era un hombre de honor, pidió permiso al general del Arsenal para visitar a los buques de la escuadra italiana, el cual le fue concedido, junto a Iribarren, viajaron hasta ellos, estos eran tres fragatas, la Victor Emmanuele, Caracciolo y Victor Pisan, donde fueron recibidos por el almirante en jefe de la división y agasajados con los mayores honores y despedido con tres Vivas a España, los cuales agradeció.

El día tres de septiembre de madrugada, abordaron el submarino toda su tripulación y a las 06:00 Peral izó la bandera, dio orden de soltar amarras y con la máquina ya encendida se puso en rumbo, a  mar abierto.

El día era como para no haberse movido, pues la niebla impedía el ver más allá de dos metros de la proa del buque, pero ese día estaba programado el hacer pruebas de velocidad, así que había que arriesgar, navegando y haciendo sonar su sirena, para advertir de su presencia.

Sobre la 06:30, ya a gran velocidad, pasaron por delante de Puerta de Tierra, donde se viró con rumbo a San Fernando, pero justo cuando ya iban a embocar el caño de La Carraca, varó en la punta Clica.

Como siempre que salía, le acompañaba la lancha del Arsenal y en esta ocasión también el vapor Kety, que intentaron el ponerlo a flote, de aquel montón de fango y arena allí acumulado y que era el lugar donde se había clavado materialmente la proa del submarino.

Comenzó a hacer sonar su sirena, pidiendo auxilio, pues ya el calor y la niebla, hacía muy difícil el soportar el estar parados, así que como nadie acudió, se intentó entre los dos buques que allí se encontraban, una y otra vez el dejarlo libre del abrazo del fango.

Después de múltiples intentos, se consiguió, pero ya eran las 19:00 horas, lo que provocó el que comenzara a anochecer, por lo que Peral decidió, que en vez de retornar a su lugar, por lo peligroso de la niebla, pues permaneció todo el día, puso rumbo a Puerto Real, donde en la desembocadura del río, se amarró a un anclote dispuesto para ello, encendieron las luces de posición de buque fondeado y sobre las 22:00 horas, abandonaron el buque, quedándose una guardia a su cuidado.

Todo estos accidentes, ocurrían por que desde hacía ya siglos, los caños de acceso a la bahía, se estaban encenagando pero ningún gobierno quiso o pudo, darle una solución, por lo que la navegación por los canales era francamente dificultosa, a pesar de que ya habían provocado más de una desgracia, nada se había hecho al respecto.

El Ayuntamiento de San Fernando, reunido en sesión solemne, decidió el comprar la casa en la que vivía Peral y su familia, pero éste se negó a ser el único, en toda la ciudad que no pagara su alquiler, una gran delicadeza por parte suya y que demuestra, que en nada quería ser diferente al resto de conciudadanos.

A pesar de que el submarino no había sufrido ningún desperfecto, se considero el dejar las pruebas hasta el mes de noviembre, pues el jefe del Arsenal, Loño, un viejo lobo de mar, aunque no tenía nada en contra de Peral, consideró que lo mejor era dejar pasar un tiempo, para que las cosas se calmaran, pues los enemigos de Peral aprovecharon el embarrancamiento, postulando; <<que si no era capaz de ver a través de la niebla, sería imposible el hacerlo por debajo de la Mar>>, una más de las muchas, que se vertieron sobre su gran invento.

Con los debidos permisos se desplazó a la Exposición Universal de Paris, para así cerciorarse de los nuevos avances en la materia, al regreso, se entrevisto en Madrid con el Ministro, quién le dio permiso, pero verbal sobre una cuestión.

Pero esto fue lo de menos, lo que no se admitió en el Arsenal, es que visitara al Ministro, por lo que al regresar a San Fernando, fue arrestado como si de un vil delincuente se tratara, viéndose de pronto entre rejas sin mayores razones.

A lo que se añadió, que estando Peral encerrado, contestó con un telegrama a unos seguidores suyos en la ciudad de Río de la Plata, que a su vez fue publicado, pero tergiversando lo dicho, pues se afirmaba que el submarino había ya hecho pruebas satisfactorias de inmersión en alta mar, a la que se acompañaban otras sartas de mentiras.

Lo que volvió a provocar a sus enemigos, que no eran pocos ni débiles, pero Peral consiguió enviar otro telegrama, en el que dejó muy claro cual era la situación real del programa, con ello quedó desmentido lo publicado y demostró su buena fe, así consiguió que se acallaran las voces de momento.

Peral seguía encarcelado, lo que provocó que las pruebas casi se paralizaran, pues además el dique número 2 estaba ocupado con el crucero Castilla, así que se le dio el número 1, que aunque más pequeño, podía servir para proseguir, pero de todo esto en Madrid nada se sabía, además de que la tripulación sin su comandante, no sabían muy bien por donde seguir, este retraso fue conocido no así su motivo, lo que llevó a una interpelación en las Cortes.

En una sesión plenaria, el diputado señor Maisonave, demandó al ministro de Marina, el porque del retraso de las pruebas del submarino Peral, ya que España estaba impaciente ante el progreso del programa, y este sin causas conocidas se había paralizado; a lo que el Ministro, contestó, diciendo que enviaría a una Comisión a San Fernando, para averiguar las causas.

También recibió unas cartas de Casado de Alisal, preguntándole a Peral, que hacía con la cantidad por él entregada, aquellos cien mil pesos en oro, que tan amablemente le giró, por lo que Peral y ya cansado de tanta adversidad volvió a demostrar su honradez, le comunicó que le hacía una transferencia por el mismo importe, al Banco de España, con lo que le devolvía todo lo por él otorgado, gesto que agradeció Casado. (Sin palabras).

La Comisión no apareció por San Fernando, pero si llegó el caso al Supremo de Guerra y Marina, que dictaminó; <<que aunque no había habido delito, se abstuviera Peral de reincidir en lo de viajar sin permiso de sus jefes>>. En fin la burocracia y las órdenes, son insoslayables, así como ciertos elementos.

Por lo que ya libre y más que descansado, el día treinta de noviembre, se decidió a reanudar las pruebas de profundidad en alta mar, para ello se abordo el submarino y a las 06:00 horas, arrumbaba hacía la salida, pasando otra vez por los sitios ya descritos, consiguiendo el llegar a mar abierto sobre las 12:00 horas.

Para ir sondando las profundidades, en una lancha de vapor iba el hermano de García Gutiérrez, Francisco, pues el otro iba a bordo del submarino, este sondaba y le indicaba a Peral, con una tablilla blanca y los números en negro, la profundidad, ya que en esas aguas las variaciones de ella son casi a diario, así Peral era conocedor del lugar y no corría riesgos innecesarios.

Por lo que de pronto el torpedero submarino se paró, Peral se introdujo en él, cerro la escotilla y en unos pocos segundos, el <<cacharro>> se quedo con la torre por cubrir solo unos  centímetros, pasados unos segundos en los que se verificó todo el panel de luces e indicadores, desapareció totalmente.

Los que le seguían como siempre, se quedaron boquiabiertos y asustados por la rapidez de la maniobra, no llegando a saber con certeza, si se había sumergido por voluntad de Peral, ó que se había ido a pique, ello llevó a que se quedaran fijos con la mirada en la superficie, pues poco más podían ver; algunos se pusieron a cronometrar el tiempo, otros sonreían pero sin ganas y nadie movía sus buques, por temor a tropezar con el sumergible.

Al cabo de unos cinco minutos, en una parte alejada de donde se había sumergido, comenzó a emerger una bandera, después la torre y por fin el resto del submarino, por lo que se prorrumpió en vivas a España y las bandas de músicas a tocar himnos patrióticos.

El submarino se dirigió a la lancha de la Comisión, se acoderó a ella, Peral abrió la escotilla y salió, recibiendo las más efusivas felicitaciones, por parte de todos ellos.

Pero no se paró aquí sino que continuó la jornada, realizando más pruebas, de inmersión, estabilidad y visualidad, que todas fueron positivas, por lo que al término de ellas, puso rumbo a su fondeadero, arribando sobre las 17:30 horas, se arrió su bandera y desembarcaron todos, quedando como siempre custodiado, por la guarnición fija de vigilancia del Real Cuerpo de Infantería de Marina.

Se tuvieron que interrumpir las pruebas, por declararse un fuerte temporal de Levante, pero el día cinco de diciembre, a las 09:00 izó la bandera Peral, y se hicieron otra vez a la mar, como siempre que salían, eran saludados por todos los buques surtos en los caños y bahía, por lo que a su vez, los buques militares lo hacían a salvas de cañón, lo que anunciaba a toda la ciudad la salida del torpedero submarino, lo que provocaba que todos se acercasen a verlos salir, con los típico vivas a España acompañados de todo tipo de saludos.

Al llegar al muelle de Puerta de Tierra, se moderó la velocidad, recibiendo al mismo paso, saludos de personas que allí se encontraban, al acercarse al punto, se dieron cuenta de que eran las familias de los tripulantes, por lo que Peral les devolvió el saludo, arriando e izando la bandera varias veces, así como después y conforme se alejaban con la mano.

Las robustas murallas de Perejil y Apodaca, se encontraban también llenas de gente, por lo que vieron al submarino doblar el muelle de San Felipe y con rumbo al sur, adentrarse en la mar, estando ya frente a las Puercas, Peral y Cubells, se introdujeron en el submarino y cerraron las escotillas laterales, en esos momentos eran las 11:00 horas, el día excelente, sin viento, con sol y mar llana, muy propicio para las pruebas de inmersión.

Como siempre la lancha de sondear se quedó atrás, así mismo todos los buques y barcos de todo tipo, que siempre estuvieron presentes en las pruebas, el submarino se paró y a las 12:00 se sumergió dejando solo la torre fuera, delante se colocó una lancha de vapor del crucero Colón, para anunciar la presencia del submarino, sobre las 12:30, de pronto se sumergió, quedándose todos otra vez atónitos.

Sobre las 13:00 emergió, pero al instante, regreso a su estado natural, sumergiéndose de nuevo, pero está vez iba haber sorpresa, pues al cabo de unos minutos, emergió pero como si fuera un delfín, pegando un salto sobre las aguas.

A esto siguieron más inmersiones y emersiones, que se realizaron con rumbo a Rota, donde volvió a sumergirse, hasta que emergió asomando como siempre primeo la bandera, virando en redondo y poniendo rumbo al Arsenal, pero aun volvió a asombrar, pues se volvió a sumergir y mantuvo el rumbo, por espacio de bastante tiempo, hasta casi llegar a las proximidades de la entrada a la bahía, demostrando así, que se podía guiar aun incluso debajo del agua.

En la prensa se publicó los logros del Peral, pues había descendido en fondo de diez metros a siete, navegando a media máquina y permaneciendo sumergido en total tres horas, en las que el “pulmón artificial” no dejó de funcionar y las inmersiones, habían sido de entre ocho y diez minutos, tiempo suficiente para demostrar su estanqueidad.

Pero hasta aquí había llegado el programa de pruebas, por lo que para proseguir, había que elevar al Ministro nuevo formulario de ellas y sus fechas, para que una vez aprobadas se pudieran efectuar.

Mientras en las Cortes hubo otro enfrentamiento, entre Beránger, enemigo declarado de Peral y el Ministro Rodríguez Arias, que se zanjó con la victoria verbal del Ministro, pero que su enemigo no cejó un instante en destruir el programa.

Por lo que el día catorce, prosiguieron las pruebas, con la debida autorización del Ministro, a las 10:00 abandonaron el fondeadero, alcanzando el mar abierto por el cantil del río, rumbo a Puntales.

En esa zona, era muy habitual el cruzarse con los laúd, que transportaban la sal, siendo ese día con viento contrario, por lo que estos veleros iban dando bordadas para no embestir al submarino, uno de ellos  el Nuestra Señora de la Merced, en una de las vueltas de ceñida y a pesar de que Peral llevaba al submarino a poca velocidad, el laúd se le tiró encima, su patrón para no hacer daño al buque, consiguió el arrumbarlo a la proa del torpedero submarino, pero al presentar el costado el laúd, la proa del submarino le rompió varias de sus tablas de armazón, lo que le provocó el comenzar a embarcar mucho agua, pero al llevar el viento de ceñida, viró el patrón y a pesar de ir ya muy escorado, consiguió el varar en la playa, salvando así buque y mercancía.

Peral, viró con el buque y se dirigió a su punto de atraque, para allí confirmar el estado del buque, el resultado fue, que ni siquiera le había saltado la pintura en el lugar del impacto.

Como era de esperar este incidente retrasó las pruebas unos días, pero el quince, sobre las 10:00 se volvió a soltar amarras y se hicieron de nuevo con rumbo a mar abierto (no comento más el tema de las salidas y entradas, pues siempre eran igual, ya que los buques militares volvían a saludar al cañón al torpedero submarino, con lo que se alertaba la presencia del buque y su progresión en las pruebas, así que cada vez que salía, se formaba la misma historia), ya en aguas fuera de la bahía, se sumergió de nuevo totalmente, realizó un disparo de torpedo, viró dieciséis cuartas y realizó otro en dirección totalmente opuesta a la inicial, y un tercero utilizando como blanco a Fort Louis, éste a una distancia de trescientos metros, lo dos anteriores a quinientos, pues los torpedos al parecer se les podía marcar el alcance, por lo que al llegar a esas distancias, se paraban y se quedaban flotando.

Volvieron a hacerse a la mar, el día veinticinco de diciembre, con rumbo al placer de Rota, donde se volvió a sumergir, alcanzando su máxima velocidad que resultó ser, según la corredera de once nudos, con todos los pesos y tripulación, al terminar y como siempre regresó a su fondeadero.

Al termino de esta prueba, se dio el parte a la Comisión, se resumía así: <<Siete horas de navegación, veintidós millas de recorrido y el buque listo, para continuar mañana>>. En menos palabras no se podían decir más cosas.

Este mismo día falleció en capitán de fragata don Antonio Armero, el ayudante de la Reina, lo que causo a Peral un profundo dolor, pues era conocedor de que sin el apoyo de él, las cosas se podían poner más feas. Al día siguiente acudió al sepelio, y cuando comenzaron a tirar tierra sobre el féretro, Peral exclamo: <<¡Adiós Armero!>>.

Tanta fue la impresión que sufrió Peral que volvió a caer enfermo, por lo que las pruebas se aplazaron. Recuperó la salud, pero al mismo tiempo se conoció la noticia de que el Rey niño, don Alfonso XIII, había caído gravemente enfermo, pero en realidad se supo después, lo que había ocurrido, es que de los mimos de sus tías, se había pasado en la ingesta de comida, por lo que permaneció ocho días con fiebres y lo que realmente padeció, fue una indigestión.

Pero mientras el capitán general ordenó paralizar las pruebas, hasta que se tuvieran noticias de la mejoría del Rey niño.

El día quince de enero, ya repuesto el Rey, el capitán general, ordenó se volvieran a realizar las pruebas, que ya eran las finales de las preliminares.

Así que este mismo día, sobre las 09:40 comenzó su ultima prueba, con la intención de resolver o garantizar la navegación submarina.

De nuevo se hizo a la mar, con la algarabía acostumbrada, le seguía como siempre la lancha de vapor del Arsenal y la consiguiente comitiva de todo tipo de buques, al doblar la Punta de San Felipe, por el mal estado de la mar, el submarino dio una fuerte cabezada, por lo que Cubells y Peral, se introdujeron en el submarino y cerraron las escotillas.

Al poco, se sumergió y sobre las 12:00 dispararon el primer torpedo, prosiguió su rumbo y navegó a gran velocidad, pues al sumergirse poco le afectaba el estado de la mar, pero en cambio si que le afecto, la mucha mar de fondo, aun así continuó las pruebas, verificando que el comportamiento era totalmente normal, por lo que dándose por satisfecho puso rumbo al fondeadero.

Se tuvo noticia, del fallecimiento en estos días del anterior Rey de España, don Amadeo I, a causa de una pulmonía.

El mismo día quince, elevó un oficio al capitán general, con las pruebas de su submarino, comunicándole al mismo tiempo, que se daban por finalizadas las preliminares y que permanecía a la espera de las oficiales.

Al mismo tiempo el Ministro fue cambiado, ocupando ahora la cartera don Juan Romero.

Peral, durante unos días estuvo fijo, en redactar una memoria de todas las pruebas realizadas y sus valoraciones, que al ser terminada se la entregó al capitán general, para que éste la hiciera llegar al nuevo Ministro del ramo.

Se aprovecho todo este tiempo, en meter al submarino en dique y repasarlo, dándole al final una nueva capa de pintura, que lo dejó como el primer día y listo para comenzar las pruebas definitivas y oficiales.

En el mes de abril, se designó a los miembros de la Junta técnica, que a su vez se les puso a su disposición el crucero Colón, pero éste entro en dique a la salida del submarino, lo que aun retrasó más las pruebas, pues estas se calcularon de entre diez a doce días.

A finales del mes de abril ya estaban listos los dos buques, pero de nuevo un temporal de Levante, impedía cualquier salida a la mar, y no solo al submarino, sino al propio crucero, lo que no deja de ser significativo.

Pero Peral ya harto de tanta espera, decidió el día veintidós, el hacerse a la mar, pues en nada podía afectar al submarino y demostrar al mismo tiempo, que su buque podía aguantar cualquier estado de la mar.

Así a las 06:00 horas acompañado del crucero y de los cañoneros Cocodrilo y Salamandra, con la misión de que nadie se acercara a menos de dos millas del submarino, para que éste pudiera navegar libremente y sin peligros de colisión.

La prueba consistía en navegar desde San Fernando a Cabo Hoche, con viaje de ida y regreso, los buques salieron al mar abierto, el viento era del Nordeste, lo que obligó al doblar San Felipe, a que Cubells y Peral se introdujeran en el buque y cerraran las escotillas, se sumergió dejando solo la torre fuera, pero navegando tan rápido, a pesar del estado de la mar, que casi lo perdieron de vista.

Pues en el propio Colón, se mareo casi hasta la bandera, pues el viento había rolado a Poniente, lo que le impedía el tomar bien la mar, el submarino iba dando cabezadas y balanceos, pero no cejaron en conseguir lo ordenado, por lo que mantuvieron rumbo y velocidad.

El crucero consiguió darle alcance, y situarse sobre la distancia marcada, pero viendo que él no aguantaba la mar, ordenó por banderas de señales al submarino, que virara ya que se daban por satisfechos, lo que ocurrió fue más chocante todavía, pues el submarino ayudado ahora por el viento, logró alcanzar al crucero y sobrepasarlo, por lo que entró antes en la bahía de Cádiz, donde le esperó y al fondear el crucero, se abarloo el submarino a su costado.

Abordó el crucero Peral y se entrevisto con la Comisión, llegando al acuerdo de que había sido más que satisfactoria la prueba, pues había permanecido ocho horas en un estado de mar, casi imposible de soportar por buques muchos más grandes, se había navegado cuarenta y cinco millas y el pulmón artificial, había funcionado a la perfección, así que más no se le podía pedir.

A su vez y en estos días, habían  fallecido su íntimos amigo, compañero y colaborador en el proyecto don José Luis Díez, lo que volvió a afectar a Peral, pero las pruebas debían proseguir, aunque solo fuera por honrar a su amigo.

Esa misma noche, zarpó del Cádiz la fragata Gerona, con rumbo al Ferrol, pues tenía que recoger al muevo Almirante de la escuadra, señor Butler.

El día seis de junio, se decidió el volver a la mar y terminar con la prueba no acabada de la vez anterior, pues Peral no estaba satisfecho, de haber recorrido solo cuarenta y cinco de las  cincuentas millas marcadas para la conformidad de la Comisión.

Así sobre las 07:00 se volvieron a soltar amarras, se hizo a la mar, y cumplió a la perfección lo dictaminado, por lo que sobre las 14:00 horas, ya estaban de vuelta en el puerto de Cádiz, y Peral pasó al crucero, donde se entrevistó con Montojo, quedando éste más que satisfecho de lo realizado, y Peral aprovechó para pedirle, que fuera  de las pruebas oficiales él quería realizar unas de inmersión especiales, a lo que le autorizó.

Por lo que regresó a su buque, y en la misma bahía, el submarino se puso en movimiento, alcanzando muy pronto gran velocidad, de pronto se sumergió, pero a los pocos segundos, volvió a salir y así realizó la prueba cinco veces, demostrando, que podía realizar esta maniobra, para lanzar y sumergirse en pocos segundos, lo que le haría casi invulnerable para la artillería de la época.

Se quedaron todos paralizados, la gente volvió a tronar con sus gritos y todos más que contentos, sobre las 17:30 horas, regresaron a sus puntos de amarre.

Al día siguiente, siete de junio, a las 06:00 horas, ya estaban soltando amarras; como siempre y previa salida, Peral había izado la bandera, al salir de puntas, volvió a poner rumbo al placer de Rota.

Llegado a un punto marcado por la Comisión, de pronto se sumergió dejando una vez más atónitos a todos por espacio de cinco minutos permaneció bajo las aguas, emergiendo a continuación, pero nada más salir volvió a sumergirse, viró y comenzó a realizar pruebas de control por medio del timón, aumentando y disminuyendo la velocidad, realizando así rápidos movimientos y cambiando constantemente de rumbo, emergió y volvió a sumergirse, pasaron unos minutos y volvió a emerger, pero como a una milla de distancia donde nadie lo esperaba.

Se arrió un bote del crucero, con órdenes para Peral, por lo que se acercó al submarino, donde Peral recogió los partes, se volvió a encerrar en el submarino y puso rumbo al Oeste, para dirigirse de nuevo a Rota.

Sobre las 14:00 horas se sumergió, permaneciendo durante quince minutos bajo el agua, pero volvió reaparecer a mucha distancia, donde se volvió a sumergir y esta vez fueron veinte los minutos que estuvo en esa situación, pero al volver a emerger, se encontraba en otro punto muy distante, el cual solo se distinguía por la bandera, ya que el buque no se podía apreciar, pero volvió a sumergirse, bajando hasta los diez metros de profundidad y permaneció en movimiento, durante otros doce minutos.

Volvió a emerger, para realizar la última prueba marcada por la comisión, pero esta si que iba a ser terrorífica para sus amigos, pues ni más ni menos, que permaneció durante una hora y cinco minutos sumergido, navegando durante todo este tiempo por las rutas marcadas por la Comisión, que eran los únicos, que sabían de verdad donde iba más o menos a aparecer el submarino.

Terminada la prueba, se pusieron rumbo al Arsenal, que al principio los buques iban delante, pero Peral demostró que aun le quedaba energía a su invento, para sobrepasarlos a todos, entrando así el primero en la bahía, donde se esperó a la arribada del Colón, al cual se volvió a abarloar y abordar.

Pero esta vez, se le hizo pasar a la Cámara del Almirante, donde se encontraba Montojo y los miembros de la Comisión, donde fue felicitado por todos y en nombre del Rey,  la reina Gobernadora y de la Armada, al terminar todo este agasajo, Montojo le dijo: <<Estoy tan satisfecho de las pruebas, que la de hoy me ha llenado de orgullo de ser español hasta hacerme llorar. En cuanto desembarque telegrafiaré al ministro de Marina, proponiéndole a usted y a la heroica tripulación del Peral para la cruz roja del Mérito Naval. . . . ¡Viva España!>>.

No en vano la prueba, había consistido en ver la resistencia del submarino, de ahí el hacer tantas inmersiones seguidas, permaneciendo en total tres horas bajo las aguas, recorriendo cuarenta millas y navegado a diez metros de profundidad, durando todo casi diez horas, que como se podrá comprobar no era una cuestión baladí.

Por ser el día clave de las pruebas oficiales, compilaremos el parte de Peral a la comisión, pues es muy extenso, pero trascribiremos solo lo importante:

<<Se puso la máquina al máximo de potencia, nos sumergimos a diez metros; a pesar de la profundidad y gracias a los espejos, se podían leer perfectamente los planos y derrotas, así como todos lo indicadores que se hallaban en la cámara de mando; navegando sumergidos el buque no oscilo nunca; las inmersiones y emersiones, se realizaron a pequeña, media y rápida velocidad, ya dejando al buque sumergirse lentamente o rápidamente, como si fuera una piedra; se tuvo una avería a diez metros, pues falló una válvula, por la que entraba agua, pero se pudo subsanar y proseguir>>

Esto y dicho así, deja muy claro, que el buque era perfecto para la navegación submarina y una perfecta máquina de guerra.

A la mañana siguiente, le esperaba el ayudante del capitán general, que le entregó el telegrama recibido aquella misma mañana, en la Capitanía:

<<Ministro de Marina a capitán general de Cádiz.—Recibo en este momento el telegrama de V. E. de anoche. Apruebo la propuesta de recompensas, que someteré a la aprobación de Su Majestad. En mi nombre y en el de todos los almirantes, jefes y oficiales de la Armada, felicite calurosamente a Peral y tripulantes>>.

Pero al medio día llegó otro del Ministro, en el que se decía:

<<En nombre de S. M., a quién acabo de tener la honra de comunicar el telegrama de V. E. de anoche, queda aprobada la propuesta de gracia. Al mismo tiempo me encarga felicite V. E. en su real nombre a Peral por su invento, que S. M. espera contribuirá al engrandecimiento y prosperidad de la patria>>.

Pero la fuerzas enemigas, no desesperaron y prosiguieron haciendo imposible el proyecto. Ahora se desencadenaba la verdadera lucha con el pobre Peral.

Tal era el despropósito contra Peral, que cierto ex ministro dijo públicamente: <<¿Quiere descubrir la navegación submarina, un oficialete del Cuerpo General de la Armada? ¡Eso es imposible! ¡No lo han podido hacer los ingleses, que son los mejores marinos del mundo!>>. En fin, sin palabras.

Mientras todo esto ocurría, y los temporales de Levante impedían las pruebas, fueron oficialmente suspendidas de momento, lo que se aprovechó para recargar con tranquilidad los acumuladores, aprovechando al mismo tiempo, para pasarle una revisión al buque tanto por dentro como por fuera.

Enterado Peral, de la sentencia a Higinia Balaguer, por el espantoso crimen de la calle Fuencarral, la cual estaba esperando el ir al patíbulo, Peral escribió a la Reina, para que a cambio de sus méritos por la patria, ésta le conmutara la pena capital. Acción que fue conocida por los españoles, lo cual introdujo más cariño y aprecio hacía Peral, de todo un pueblo, pero al mismo tiempo sus enemigos se aprovecharon, con decir que encima de idiota, era un sentimentalista.

Como Peral seguía con su sueldo de cincuenta duros mensuales, con sus cinco hijos y esposa, en las Cortes se aprobó, el donarle un título de Castilla, más una cantidad en efectivo de cien mil duros, como agradecimiento a todos sus desvelos por el bien de España.

El día veintitrés de junio del año de 1890, se iban a realizar las pruebas de ataque, las cuales debía efectuar sobre el mismo crucero Colón de la Comisión.

Por lo que sobre las 06:00, el submarino abandonó su fondeadero, llegó a abarloarse con el crucero, donde se le dieron las instrucciones a seguir.

El crucero y el Cocodrilo, se hicieron a la mar sobre las 09:30, a las 11:00, el submarino puso rumbo de salida a alta mar, el viento del sudoeste y marejada, eran las condiciones meteorológicas, al salir del puerto, se sumergió dejando solo la torre a la vista, así dobló la punta de San Felipe.

En el horizonte se encontraba ya el crucero y el cañonero a su estela, al ser avistado por los múltiples vigías de ambos buques, el crucero disparó un cañonazo, al mismo tiempo que a toda máquina lo puso por su proa, para tratar de embestirlo, pero Peral esquivó el encuentro, se sumergió y se dirigió al placer de Rota.

Los dos buques de superficie no sabían donde estaba, por lo que se pusieron a toda máquina y variando el rumbo constantemente, (¿esto no suena al después famoso zig zag, para evitar el torpedeamiento en guerras posteriores?).

Sobre las 12:30, se vieron aparecer por el horizonte, unos palos de un buque de guerra, éste al ver a los españoles se dirigió a ellos, era la corbeta de guerra chilena Abtao, que al divisar la insignia del capitán general en el crucero, se dirigió a él para saludarlo con las veintiuna salvas correspondientes; pero la corbeta era desconocedora de lo que estaba en juego, no obstante el crucero le devolvió las salvas de honor.

En esos instantes el submarino llevaba cuarenta y cinco minutos sumergido, y fue a emerger a diez brazas de la corbeta chilena pero entre los dos buques, fue tal la sorpresa de los chilenos, que al principio lo confundieron con un bajo, a la torre del submarino, por lo que se separaron de él.

Dos veces más se realizaron las pruebas de ataque sobre el crucero, en las cuales, el submarino cruzó varias veces su estela, a pesar de que en el Colón, habían serviolas, en las crucetas, cofas y vergas de su parejo, todos de ellos con buena vista, previamente comprobada y nunca llegaron a verlo.

Así concluyó una más de las pruebas, que para desgracia de los enemigos de Peral, siempre les salía el tiro por la culata, pero con las más satisfactorias consecuencias para él y su invento.

Las pruebas terminaron pasado el medio día, pero se que quedó en continuarlas por la noche, para verificar si el submarino era capaz de navegar en esas condiciones de visibilidad casi nula.

Pero no tuvieron que esperar mucho para ratificar lo anterior, ya que a pesar de contar el crucero con dos poderosos reflectores, y el submarino navegar solo sumergido dejando a la vista la torre, llegó a colocarse varias veces a veinte, quince y diez metros de distancia del casco, pero nunca sonó la alarma en el crucero, por lo que se dio por más que válida la experiencia.

El día cuatro del mes de julio, se realizaron las pruebas de velocidad, en el submarino embarcó el señor Pérez de Vargas, que formaba parte de la Comisión Técnica, el recorrido a efectuar, se encontraba entre la boya número 2 y la 6, que era exactamente de una milla y dos décimas, el submarino se lanzó a toda máquina en superficie, logrando pasar a la máxima velocidad, pues había partido de parado, por la número 6 en diez minutos, con la mar rizada y viento del Sur, lo que resultó un gran éxito.

Al desembarcar, comenzó la tragedia de Peral, pues le entregaron un papel, en el que se le comunicaba que había sido nombrado Ministro, su peor enemigo el almirante Beránger, por las típicas crisis y alternancia del Gobierno, entre Cánovas y Sagasta.

Peral, se decidió entonces a demandar como comandante que era del submarino, la Cruz Laureada de San Fernando, para toda su tripulación, pues con el acto de disciplina y entrega, que se realizó el día siete de junio, cuando la válvula a diez metros de profundidad, dejó de funcionar, con su buen hacer y mejor resultado, habían conseguido salvar al buque y con él a toda la tripulación.

Al recibir el Ministro la propuesta, sin dudarlo telegrafío al capitán general del Arsenal, demandando la presencia de Peral en Madrid, lo antes posible.

No describimos el viaje, ya que todo él fue jalonado por vivas a España, con cientos de agasajos, bandas de música y demás demostraciones de afecto del pueblo hacía Peral. Inclusive se llego a colapsar la puerta de Atocha, por la que casi no pudieron ni pasar, así como el paseo del Prado y la plaza de Cibeles.

Todo esto sentó muy mal en el Ministerio, pero aun así lo recibió; al terminar su entrevista, fueron conducidos al Palacio Real, donde la Reina los recibió y quiso que Peral le pusiera al corriente de todo, pero tuvieron que interrumpir la charla, por que la Corte viajaba ese mismo día a San Sebastián de vacaciones.

Regresaron al Hotel y descansaron a duras penas, ya que el griterío en la calle era inmenso, por la tarde, pasaron a visitar al Presidente don Antonio Canovas del Castillo, que se dio la peculiaridad, de estar hablando Peral con él y entró apresuradamente el Ministro, que estaba pálido por el coraje de no poder parar el éxito de Peral.

Al salir de la presidencia, el coche lo llevo al Ministerio de la Guerra, Capitanía General, Ayuntamiento, Diputación, en fin visitando como un autentico héroe a todo los importantes de país, mientras en todo este viaje por las calles de Madrid el pueblo entregado, incluso impidiendo el paso del vehículo, que tenía que aminorar la velocidad, para no ir atropellando a las personas, que en su afán de saludar al gran inventor de España se interponían en su camino.

Al mismo tiempo, el Presidente se reunió en consejo de ministros y de dio el visto bueno a la ejecución de Higinia Balaguer, desoyendo así las súplicas de Peral, abaladas por la propia reina Gobernadora.

Continuaron los agasajos, incluso una comida en casa del duque de Medinaceli, que fue suspendido, y desde luego más visitas al Ministro.

Por fin se hizo el banquete en la casa ducal de Medinaceli, donde Peral casi al final de él, se levantó y dijo: <<¡Señores! Antes de venir aquí he puesto un telegrama a Su Majestad la Reina pidiéndole la vida de Higinia Balaguer. Mientras nosotros holgamos, comemos y bebemos, se está en Madrid levantando un patíbulo; desde aquí se oyen los martillazos. Mañana, si Dios no lo remedia, el verdugo matará en garrote vil a una mujer. Yo pido a la dueña de esta casa el favor de que interceda con Canovas y le diga: “Señor presidente del Consejo de Ministros: ¡Piedad!. . . ¡Ablandad vuestro corazón y perdonad para que Dios os perdone! Señoras y señores, enviad un telegrama colectivo a la Reina. . ¡Tenga el cielo piedad de Higinia!>>

A pesar de todo, Canovas no perdonó a Higinia, que al día siguiente fue ahorcada por el verdugo de Madrid, apellidado Zamora.

Esto ocurrió el día diecinueve de julio, cuando aún se levantaban voces, diciendo que Higinia era inocente. Pero este mismo acto, llevó a Peral a suspender todo tipo de aclamación, al mismo tiempo que para si, se dio cuenta, de que no era nadie, pues no había podido salvar la vida de una posible inocente.

En su última visita al Ministro, éste decidió el nombrar una nueva Comisión, para que informase de la conveniencia o no de dotar a la Armada con buques <<torpederos submarinos>>.

Así las cosas Peral decidió abandonar Madrid y regresar a su casa.

Al regresar, se corrió la noticia, de que los moros habían atacado a la ciudad española norteafricana de Melilla.

Al mismo tiempo que en su casa se recibían miles de cartas, que le invitaban a visitar las ciudades de toda España, por lo que al no tener nada que hacer, se dedicó a ello, entre las que vienen al tema, está la visita a Mondariz, en la cercanías de Vigo, para inaugurar una estatua al héroe de España y nacido allí, don Casto Méndez Núñez.

Entre tanto la nueva Comisión Técnica, se reunió en Cádiz y discutió ampliamente sobre el tema de discernir (habría mucho que pensar), de si era o no conveniente la construcción del submarino Peral.

Según se supo después, en la Comisión el Ministro Beránger dijo; <<que el submarino era un cacharro inútil>>.

Así las cosas, los que pertenecían a la citada Comisión eran; Montojo, Santaló, Heras, Berro, García del Villar, Pujazón, Chacón, Dantaló, Azcárate, Bermejo, Sociat, Pérez de Vargas y Viniegra.

Pero como siempre, guiados por el ministro, que aunque en esos días en España, eran de muy poca duración, no dejaban de tener su influjo y unos por obediencia debida, y otros por ser unos chupa tintas, después de muchas y a veces discutidas razones, convinieron en llegar a un dictamen.

Llegando, convencidos por Berro, que era ingeniero naval y Santa Maria, maestro de taller, en declarar unas graves deficiencias, en los compartimentos estancos, lo que hacía muy posible el tener un grave accidente y con ello la pérdida del buque y sus tripulantes, llegando a un acuerdo final, por el que se proponía, dadas estar debilidades, el construir un nuevo submarino, pero con casco mucho más resistente.

Un periódico de la época, La Dinastía, logró conseguir el informe secreto, por lo que pasó a publicar solo partes de él, concluyendo que: <<El problema de la navegación submarina estaba aún por resolver. El buque construido, no podría defender ni Cádiz, y solo por unos veinte o veinticinco días por año. Adolecía de malas condiciones marineras, incluso más que los torpederos. Su imperfecta forma, le impedían el navegar con mares algo revueltos. Y sobre todo su velocidad era muy limitada, virtud indiscutible, para este tipo de buque torpedero. En cambio se le reconocía, sus excelentes facultades para el ataque nocturno>> (Menos mal que en algo era bueno).

Terminaba el informe con tres puntos insoslayables a cumplir y que el buque ahora existente era imposible el que los realizara:

1º. Dotar al submarino de estabilidad y condiciones marineras.

2º. Duplicar la velocidad y el radio de acción.

3º. Conseguir que la operación de sumergirse a diversas profundidades se verificase con facilidad extrema ante cualquier circunstancia, y que la aparición y desaparición de la superficie, fueran instantáneas (condición primordial e inexcusable).

Se precisaba el construir un buque más preparado.

Y el existente, estuvo en una peligrosísima situación cuando saltó la válvula que obligo a parar, como demostraba el  juicio contradictorio, para la concesión de la Laureada a su tripulación, que por cierto les fue negada.

Sólo en estas dos cuestiones últimas estaba de acuerdo Peral, con la Comisión Técnica.

Mientras que en el voto particular del almirante Chacón, comentaba que los demás países, solo estaban siguiendo lo que Peral había logrado, por lo que al menos se le debía agradecer a él y a su tripulación los méritos obtenidos.

El informe, al final llegó a Madrid, donde se presentó al Consejo de Marina, que igualmente presidía el Ministro y eran sus componentes, los marinos; Arias Salgado, Rodríguez Arias, Pita da Veiga, Bono, Barrie, Pasquín, Alcalá Galiano, Ochoa, Butrón, Martínez de Arce y Ruiz del Árbol.

Como era lo lógico, el Consejo se reunió varias veces, se leyeron todos los documentos y se discutió, entre ellos todos las posibilidades, una vez terminado ese estudio, se llegaron a unas conclusiones, y una vez pasadas a limpio, se volvieron a reunir, pero esta vez bajo la presidencia del Ministro.

Éste hizo una pregunta; <<¿Consideran los señores del Consejo que en el torpedero submarino construido por el señor Peral hay secreto, invento o novedad? >>. (Era obvia la respuesta).

Por unanimidad, dijeron que ¡no!, pues Peral solo había acoplado materiales y aparatos, ya conocidos e incluso publicados en libros y revistas profesionales.

Siguieron comentando sobre el asunto, concluyendo, que el submarino de Peral, les había defraudado y que las deficiencias de su buque eran tan notorias, que el submarino no era posible el ser utilizado, por lo que materialmente no servía para nada y menos como buque de guerra.

Pero no se quedaron aquí las conclusiones, pues anotaron, que el Gobierno nunca le había puesto ninguna pega, más bien le había facilitado todo y a su antojo, pues el presupuesto presentado por Peral era de 301.500 pesetas, y la Administración había desembolsado 931.154, de las que 330.117, se habían ido de España, por realizar las compras en países extranjeros. (A ver como se come esto).

Después de intentar que en el Arsenal, se le diera el visto bueno para construir otro submarino mejor y que cumpliera las normativas de la Comisión, todo le fue negado, pues se planteó el construir otro, pero sin estar él al mando.

A pesar de todo esto, aun recibió por Real Orden del mes de noviembre, tomada por reunión del Consejo de Ministros, que quedaba rechazada la iniciativa de construir un nuevo submarino, al mismo tiempo que le ordenaba bajo inventario, devolver todo el material que estaba disponible en el Arsenal de La Carraca.

Todo esto le llevo a una grave depresión, de la cual salió, con la decisión firme e irrevocable, de presentar su cese en la Real Armada, pues su dignidad le impedía el mantenerse en ella, como si fuera un ladrón de España, protegido sólo por sus galones de marino y en nada quería dañar a sus compañeros.

Ya libre de mandos, le propusieron el presentarse en política, pero mal negocio era, para una persona tan inexperta en estos menesteres, pues de hecho, el acta de las elecciones en el Puerto de Santa María, donde se enfrentaba ni más ni menos que contra el hijo del Ministro de Marina, se enviaron a Madrid, pero declarándola “sucia”, pues fue manifiesto que hubieron muchos pucherazos en esta localidad.

Así que tampoco le dejaron subir al poder, y de pronto se encontró solo rodeado de su familia y de sus amigos incondicionales, que éstos nunca le fallaron.

Intentó el montar varias empresas para poder subsistir, pero no tenía alma de comerciante, y por eso fracasó en todos ellos.

Se le achaca como su principal error, el no tener una ideología concreta, (para nosotros es una virtud, sintiéndose solo español, ¡sobraba!), pues igual se hablaba con sacerdotes, que con masones, lo mismo le pasaba con los monárquicos, que con los republicanos, por lo que era algo especial, solo un buen marino y un mejor ingeniero, además de un genio, que como otros muchos, nunca fue profeta en su tierra y menos en ésta.

Al ser de dominio público su abandono de la Corporación, comenzó a recibir visitas de representantes de Gobiernos de otros países, que le ofrecían el irse a ellos y construir su torpedero submarino, pero todos recibieron la misma respuesta, que aunque hoy parezca vana y sin sentido, pero él lo tenía y muy arraigado, como buen marino que era; <<El submarino torpedero será para España o para nadie>>.

Ya harto de tanta mentira, se limitó a vivir con y para su familia, por lo que se quitó de la cabeza todo el problema que le había acarreado su invento.

Es encontró mal y visito a los médicos, estos no vieron solución a su problema, por lo que le aconsejaron el viajar a Alemania, pues más avanzada estaba la ciencia en éste país.

Se reunió la familia, y todos juntos de fueron a Alemania, donde por recomendación de un médico de Madrid, se puso en manos del cirujano Bergmann, que había adquirido una gran fama mundial.

Se decidió el operarlo, pues ya estaba muy enfermo, así que pasó por quirófano, pero no hubo solución, pues después de ella se le declararon unas fiebres, que no se pudieron controlar, y el tumor era maligno, falleciendo el día veintitrés de mayo del año de 1895, en la capital de Alemania, Berlín.

Su familia se hizo cargo del cadáver y se pusieron en camino a España.

El día anterior el embajador español en Alemania, puso un telegrama cifrado al ministerio de Asuntos Exteriores, que decía: <<El embajador de España en Berlín a Ministro de Estado: El ex oficial de la Armada, Peral, fallecido. Cadáver y familia salen para España. Ruego no haya dificultades frontera.—Méndez Vigo. 24 mayo 95>>.

En fin, que hasta muerto, había de demandar permiso para entrar en España, para que encima la familia, no tuviera que pasar por el desagradable momento, de que en la frontera fuera abierto el féretro, para comprobar que nada ilícito entraba. (¡Burocracia!, divina palabra).

A su llegada a Madrid, se le dio cristiana sepultura en el cementerio de Santa María de la Almudena, el día veintinueve de mayo del año de 1895.

El Gobierno muy digno él, pasados los cinco años de rigor, dispuso que fueran trasladados sus restos, al Panteón de Marinos Ilustres, pero los gastos del mausoleo y traslado, los debía pagar la familia, por lo que nunca llegaron a ese santo lugar. Por la esplendidez de un Gobierno, que no hay palabras para adjetivarlo.

Al conocerse el fallecimiento, varias ciudades se ofrecieron para tener como suyo el sepulcro de tan ilustre marino, después de una ardua lucha política al final fue su ciudad natal la que se lo pudo llevar.

Por lo que el Ayuntamiento levanto un gran panteón, en su cementerio y al estar todo dispuesto, el día veintinueve de abril del año de 1911, se exhumaron en la Almudena y se trasladaron a Cartagena, donde recibieron otra vez cristiana sepultura.

Allí descansan tranquilos los restos de este gran marino e inventor, desde entonces, pues ningún Gobierno ha considerado, el que sean trasladados al Panteón de Marinos Ilustres, como sino hubiera sido en vida ni marino ni ilustre. (El constante agradecimiento de los zorroclocos, a los que para ellos siempre son “militares”, o sea “carne de cañón”, pero poco más.)

Como colofón a esta biografía y por lo mucho dicho sobre su persona, dejaremos constancia de su Hoja de Servicios, para que se pueda apreciar, si fue realmente un marino, a parte de un gran inventor.

Efemérides de Peral.

1 de junio de 1851= Nacimiento en Cartagena.

1 de julio de 1865= Aspirante de Marina.

26 de diciembre de 1866= Guardiamarina de 2ª.

31 de enero de 1870= Guardiamarina de 1ª

21 de marzo de 1872= Alférez de navío.

1872= Viaje a la isla de Cuba y sus combates en Nuevitas.

1874= Regreso de Cuba por enfermedad.

1875= Bombardeos de Elanchove y Bermeo, éste el 29 de julio.

1877= Destino al Observatorio y Escuela de Aplicación como alumno.

21 de julio de 1880= Teniente de navío.

1881= Viaje a Filipinas y combates en Joló y Mindanao.

1882= Regreso a la Península por enfermedad.

1883= Observatorio y Escuela de Aplicación como profesor.

1885= Carta al ministro, con la propuesta del submarino torpedero.

1889= Pruebas de su invento.

5 de enero de 1891= Se le otorga la licencia absoluta, por el solicitada.

1891- Se presenta a Cortes, pero no le dejan ganar.

24 de mayo de 1895= Fallece en Berlín con cuarenta y cuatro años de edad y veinticinco de servicio a la Armada.

Los buques en los que navegó y su grado.

Villa de Bilbao–Corbeta de vela–Guardiamarina.

Santa María–Urca aparejada de fragata–Guardiamarina.

Vitoria–Fragata acorazada–Guardiamarina.

Numancia–Fragata acorazada–Guardiamarina.

Arapiles–Fragata acorazada–Guardiamarina.

Vinuesa–Vapor mercante–De transporte.

Consuelo–Corbeta de hélice–Guardiamarina.

América–Vapor correo–De transporte.

Vasco-Andaluz–Vapor correo–De transporte.

Ferrolana–Corbeta de vela–De dotación.

Sirena–Goleta de hélice–Oficial.

Vulcano–Vapor de ruedas–Oficial.

Comillas–Vapor correo–De transporte.

Cuba–Vapor mercante–De transporte.

Neptuno–Vapor mercante–De transporte.

Dardo–Cañonero de hélice–De dotación.

Saratoga–Vapor mercante–De dotación.

Gerona–Fragata de hélice–De dotación.

Gloria–Vapor de hélice–De dotación.

Churruca–Vapor de Ruedas–De transporte.

Niágara–Vapor de hélice–De dotación.

San Francisco de Borja–Vapor de ruedas–De dotación.

Méndez Núñez–Vapor correo–De transporte.

Concepción–Fragata de hélice–De dotación.

Nicasio Pérez–Vapor de hélice–De transporte.

Blanca–Fragata de hélice–De dotación.

Asía–Vapor correo–De transporte.

Panay–Vapor correo–De dotación.

Mindoro–Cañonero de hélice–De dotación.

Caviteño–Cañonero de Hélice–Comandante.

Barcelona–Vapor correo–De transporte.

Peral–Torpedero submarino–Comandante.

Y para finalizar:

Destinos en tierra: nueve años.

Destinos en buques: dieciséis años

Días de mar: 1.318

¡Este era, ese oficialillo que quería navegar y descubrir, la navegación submarina!.

Y no es que la descubrió, sino que fue fuente de inspiración para otros muchos, que pudieron hacerse con los informes por él redactados y aplicarlos a sus submarinos.

Bibliografía:

Aguilera y Elías. Buques de Guerra Españoles, 1885-1971. Editorial San Martín. 1972.

Enciclopedia General del Mar. Garriga. 1957. Compilada por el contralmirante don Carlos Martínez-Valverde y Martínez.

Enciclopedia Universal Ilustrada. Espasa. Tomo 43, 1921, páginas 504 á 507.

Rodríguez González, Agustín Ramón.: Isaac Peral. Historia de una frustración. Grafite Ediciones. Baracaldo, 2007.

Sanmateo Isaac Peral, Javier.: El submarino Peral. La gran conjura. Divum& Mare. Cartagena, 2008.

Villanúa, León.: Isaac Peral. El Marino Popular. Colección Europa. Madrid, 1934.

Compilada por Todoavante.

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