Biografía de don Francisco Javier de Ulloa y Ramírez de Laredo

Posted By on 8 septiembre, 2014

Francisco Javier de Ulloa y Ramírez de Laredo. Cortesía del Museo Naval. Madrid.

Francisco Javier de Ulloa y Ramírez de Laredo. Cortesía del Museo Naval. Madrid.

XXII Capitán general de la Real Armada.

Caballero de la Soberana y Militar Orden Hospitalaria de San Juan de Jerusalén de Rodas y de Malta. Su expediente no se conserva, solo se sabe el año de concesión, 1784.

Gran Cruz de la Real y Muy Distinguida Orden Española de Carlos III.

Secretario de Marina.

Nació en la Isla de León, Cádiz, el 17 de agosto de 1776, siendo sus padres don Antonio de Ulloa de la Torre Guiral y doña Francisca Ramírez de Laredo.

Sentó plaza de guardiamarina en la Compañía del Departamento de Cádiz el 26 de marzo de 1787. Por contar con tan solo diez años, se le concedió dispensa de edad. Expediente N.º 1.820. En el mismo figuran sus hermanos don Antonio, sentando plaza el 29 siguiente, nacido en 1775 y don Buenaventura, en el mismo día, nacido en 1773.

Cuando terminó sus estudios en enero de 1790, embarcó en el navío San Julián, realizando varios viajes por América del norte, recalando en la Habana, dándole la noticia de haber sido ascendido el 17 de mayo próximo pasado a alférez de fragata.

Regresó a la península embarcado en el navío Soberano, al fondear en la bahía de Cádiz se le ordenó trasbordar a la fragata Rosa, realizando cruceros entre las isla Azores y los cabos de San Vicente, Cantín y Espartel en protección tráfico marítimo proveniente de ultramar, permaneciendo en esta comisión ininterrumpidamente dos años y medio.

En 1793 embarcó en el navío Reina Luisa, participando en la defensa de Tolón contra los convencionales franceses, cuando las tripulaciones hicieron pie a tierra en la defensa se distinguió por su valor, estando a las órdenes del general don Federico Gravina.

En el mismo navío a las órdenes del general don Juan de Lángara, donde éste enarbolaba su insignia, realizó el viaje para traer desde Liorna a Cartagena al príncipe de Parma para contraer nupcias con la Infanta María Luisa, desembarcando a su regreso en Cartagena el 11 de mayo.

Por Real orden del 1 de febrero de 1794 se le ascendió al grado de alférez de navío.

Poco después tomó parte en la defensa de Rosas, embarcado en el navío Mejicano, en la escuadra del general don Federico Gravina, permaneciendo en todas las operaciones hasta finalizar la guerra por el tratado de paz de Basilea en 1795.

Terminada la guerra llevó a cabo varias comisiones, primero a bordo de la fragata Esmeralda, sobre Santa Margarita y poco después trasbordó al navío San Justo, realizando un viaje a la isla de Malta, regresando a la bahía de Cádiz con marinería y armamento ligero para el Departamento.

Participó en el desafortunado combate del cabo de San Vicente, del 14 de febrero de 1797, combatiendo a bordo del navío insignia de don José de Córdova, el Santísima Trinidad contra la escuadra británica del almirante Jerwis, perdiéndose los navíos San José y Salvador del Mundo, de 112 cañones y tres baterías, el San Nicolás, de 80 y San Isidro, de 74, ambos de dos baterías.

El 28 siguiente sobre el cabo Cantín, el navío Santísima Trinidad navegando en solitario rumbo a la bahía de Cádiz, fue atacado por la popa por la fragata británica Terpsichore, una de las cuatro y tres corbetas que el almirante Jervis ordenó buscaran al navío español y lo echaran al fondo, pero se tuvo que retirar la enemiga al recibir un fuego vivo de los guardatimones, pues en pocos minutos sufrió nueve muertos más varios heridos, poco más tarde fue encontrado por una escuadra española dándole escolta hasta fondear todos en la bahía en el siguiente mes de marzo.

Recibió la orden de trasbordar al navío San Telmo, el 6 de febrero de 1798 por levantar el bloqueo de la bahía de Cádiz a causa de un fuerte temporal la escuadra británica al mando del vicealmirante Nelson, momento aprovechado por el general al mando de la española don José de Mazarredo compuesta por veintidós navíos y dos fragatas, para perseguirla pero sin poderle dar alcance, decidiendo regresar a la bahía, fondeando el 13 siguiente.

El 13 de mayo de 1799, realizó su segunda salida la escuadra del Océano al mando del general don José de Mazarredo con rumbo al Mediterráneo, para reunirse en el Arsenal de Cartagena con la francesa al mando del almirante Eustache Bruix, reunidas pusieron rumbo al sur, pasaron el Estrecho y remontaron el océano Atlántico hasta llegar a Brest, donde fondearon ambas escuadra el 8 de agosto siguiente, donde permaneció hasta zarpar a primeros del mes de mayo de 1802, fondeando en la bahía de Cádiz el 13 de mayo siguiente.

Se encontraba en el Departamento cuando le fue entregada la Real orden del 5 de octubre de 1802, con su ascenso al grado de teniente de fragata.

El 5 de octubre de 1804, sobre el cabo de Santa María, una división de cuatro fragatas británicas atacó a otra española del mismo número al mando del jefe de escuadra don José de Bustamante, cuando ambos países estaban en paz, siendo un claro acto de piratería, ello llevó al Rey a declarar la guerra al Reino Unido el 12 de diciembre siguiente.

Recibió orden de embarcar en el navío Santa Ana, a principios de 1805, trasbordó por orden superior del 15 de junio al navío Castilla, pocos días más tarde se le ordenó de nuevo trasbordar al navío San Leandro, todos ellos formaba parte de las fuerzas navales del Departamento de Cádiz.

La escuadra combinada arribó a la bahía el 20 de agosto siguiente, el 31 contínuo el general don Federico Gravina trasbordo su insignia al navío Príncipe de Asturias, recibiendo la orden Ulloa el 3 de septiembre de trasbordar al buque insignia, dando la orden el vicealmirante francés Villeneuve el 20 de octubre de zarpar, entablándose el combate del día siguiente, 21 sobre el cabo de Trafalgar, en el transcurso de la pelea el teniente general don Federico Gravina, fue herido siendo el primero en acudir al lugar donde cayó, recogiéndolo en sus brazos, herida que posteriormente le causaría la muerte.

Por la promoción general para todos los que habían participado en el combate anterior, S. M. firmó la Real orden del 9 de noviembre siguiente por la que todos fueron ascendidos un grado, así pasó al de teniente de navío.

Se produjo el alzamiento nacional del 2 de mayo de 1808, en contra del invasor napoleónico, por ello y quedando en la bahía de Cádiz los restos de la escuadra francesa al mando del almirante Rosilly, el general don Juan Ruiz de Apodaca lanzó el ataque entre los días 9 a 14 de junio sobre el ahora enemigo, finalizando con la rendición del almirante francés, siendo la primera victoria obtenida sobre los ejércitos napoleónicos en toda Europa, demostrando al resto que no eran tan invencibles.

El botín de guerra fue cuantioso: prisioneros, tres mil seiscientos setenta y seis, 442 cañones de á 24 y 36, mil seiscientos cincuenta y un quintales de pólvora, mil cuatrocientos veintinueve fusiles, mil sesenta y nueve bayonetas, ochenta esmeriles, cincuenta carabinas, quinientas cinco pistolas, mil noventa y seis sables, cuatrocientos veinticinco chuzos, ciento una mil quinientas sesenta y ocho balas de fusil, más toda la carga de munición de la artillería de los buques y sobre todo, fueron los víveres los que calmaron al menos el hambre de los españoles.

El 1 de enero de 1809 estaba destinado en la fragata Atocha, siéndole ordenado cañonear las baterías de la ciudadela y de la Linterna de Barcelona, realizando y cumpliendo la orden al mando de cinco faluchos, siendo el 27 de mayo siguiente el ataque para confundir y esconder las verdaderas intenciones del mando, no siendo otra que distraer fuerzas para facilitar el avance del ejército.

El 9 de octubre contínuo se le otorgó el mando de la corbeta Sebastiana, realizando cruceros en comisión secreta por el Mediterráneo, se le ordenó transportar al Comisionado de las Cortes don Feliciano Montenegro, con destino a la Guaira, al desembarcar desertó uniéndose a los insurgentes, puso rumbo la isla Margarita, de donde pasó a Cumaná y Maracaibo arribando a la Habana, de donde zarpó de nuevo con rumbo a la península fondeando en la bahía de Cádiz el 5 de junio de 1810.

Por la falta de buques no se le dejó descansar, siendo su buque destinado a dar escolta a un convoy con tropas y destino a Ferrol, de donde regresó a Cádiz, volviendo a zarpar esta vez con igual comisión con rumbo al Mediterráneo, permaneció en estos trabajos sin importancia militar, pero de mucha en el terreno logístico para el ejército, al regresar de uno de ellos se le entregó la Real orden del 15 de septiembre de 1811, siendo ascendido al grado de capitán de fragata, entregando el mando de su corbeta.

Por Real orden del 12 de abril de 1813 se le otorgó el mando de la fragata Prueba, zarpando el 27 siguiente con rumbo a Montevideo, donde fondeó el 18 de agosto seguido, zarpando con rumbo a la península el 12 de noviembre continuo, donde fondeó el 14 de febrero de 1814.

El 3 de junio zarpó dando escolta a un convoy de tres velas con rumbo a Puerto Rico, la Habana y Veracruz, donde fondeó el 8 de agosto siguiente, volviendo a zarpar el 27 de enero de 1815 con rumbo a Tampico, donde embarcó plata saliendo el 25 de febrero seguido desembarcándola en Veracruz, zarpó de este puerto dando escolta a un convoy con rumbo a la Habana, donde al arribar desembarcó parte de la carga, zarpando el 27 de agosto para continuar viaje a la bahía de Cádiz, donde fondeó el 8 de octubre.

Fue incorporado a la división de don José Rodríguez de Arias, compuesta por el navío Asía, las fragatas Prueba y Esmeralda más el bergantín Cazador, zarpando el 3 de febrero de 1816, realizando varios cruceros por las costas del Mediterráneo peninsular, así como una comisión diplomática ante las regencias de Argel, Trípoli y Túnez, a su regreso permaneció cruzando entre los cabos de Santa María y San Vicente, al concluir fondearon en la bahía de Cádiz donde quedó desembarcado.

En 1818 el Gobierno proyecto una fuerte expedición de castigo contra las provincias del virreinato de Buenos Aires.

Como la escasez de buques era alarmante, tal proyecto no se podía realizar, interviniendo el valido del rey don Fernando VII, don Antonio Ugarte, quién concertó con Rusia la compra de una escuadra, resultando tan inoperante y maltrecha que solo duro unos años una fragata, se habían invertido en la compra de dicha flota medio millón de libras esterlinas; por el resultado de tan nefasta compra y el escándalo producido, provocó la dimisión del ministro de marina Vázquez de Figueroa y para terminar de arreglar las cosas, los mandos de la Armada fueron cesados, así como el Almirantazgo disuelto, por lo mucho que molestaba al Rey, pues ponía en duda o rectificaba algunas de sus decisiones, por ello le era insoportable y como mejor solución lo disolvió.

A Ulloa se le encomendó el mando de uno de estos buques, la fragata Viva, tal fue su desagrado y desacuerdo, demostrándolo al negarse con firmeza y responsabilidad a tomar el mando de tan nefasto buque, produciendo en el Rey y su camarilla un ataque de cólera irresistible.

Aún así, por Real orden del 8 de agosto de 1822, se le otorgó el mando de la fragata Perla, lo retuvo poco tiempo al serle entregada la Real orden del 6 de septiembre siguiente, con su ascenso al grado de capitán de navío, otorgándosele el mando del San Pablo por Real orden del 6 de noviembre siguiente, realizando un viaje a las islas Canarias, pero viendo en la situación que se encontraba el buque, falto de carena y haciendo agua, resolvió volver al arsenal de Cádiz, cesando en su mando el 22 de octubre de 1823.

El mismo día de su cese en el mando del buque fue nombrado Comisario General del Cuerpo de Artillería de Marina, por el plazo de dos años estuvo en este mando, redactando dos « Memorias » muy interesantes sobre el artillado de los buques.

Por la promoción de 1825, se le ascendió al grado de brigadier, continuando en el destino anterior hasta el 9 de octubre de 1827, por haberse extinguió la plaza.

En 1830 fue nombrado Vocal de la Real Junta Superior de Gobierno de la Armada, pasando a Madrid para desempeñar su cargo.

En 1832 fue nombrado ministro de Marina, así mismo se le entregó el de Guerra interinamente, desempeñándolo con gran talento y energía, sin por ello descuidar la de su ramo.

Estando en este cargo, tuvo que tomar enérgicas decisiones para ser aceptada la Princesa de Asturias doña Isabel, como la reina Isabel II, todo esto sucedía cuando Fernando VII cayó gravemente enfermo, una de sus más atrevidas ordenes fue la de cambiar a todos los capitanes generales de los distintos reinos por ser seguidores del pretendiente don Carlos, allanando con esta decisión el camino y en parte consolidó a la Reina.

Lo importante fue conseguir que el Rey los firmara, puesto que en principio fue renuente, pero Ulloa firme como una roca no cesaba en su petición por ser la única salvación de la Reina, pasaron unos días de tribulaciones, pero al fin viendo que el Rey se encontraba algo mejor y como él siempre llevaba los Reales decretos para la firma, se arrodilló con una pierna y sobre la otra cogió su sombrero lo dobló y sobre él puso los documentos, el Rey se le quedó mirando por su insistencia, sonrió, cogió la pluma que le ofreció y los firmó, en esa improvisada mesa quedó ratificado el futuro reinado de la Princesa de Asturias.

También fue quien redactó el Real decreto del 22 de marzo de 1833, por el que se proclamaba una amnistía para todos aquellos encausados en el Trienio Liberal, pero no era total en todos sus conceptos. Siguiéndole otra el 30 de diciembre de 1834 siendo más amplio el perdón Real.

A su vez fue quien ordenó la construcción de tres fragatas en el Arsenal de Ferrol, bautizadas con los nombres de Cristina, Cortés e Isabel II, demostrando prestaba todas las debidas atenciones a su cargo, a esto se unió la orden de instalar en el Arsenal de La Carraca una fuente para conducir el agua a todas sus dependencias.

En el mes de enero de 1833 el rey Fernando VII se recuperó, realizando un cambio en el Gabinete el 25 de marzo del que fue reemplazado don Fernando Javier de Ulloa, en agradecimiento por sus servicios S. M. lo ascendió al grado de jefe de escuadra, pero conservando su pertenencia al Consejo de Estado, unos días más tarde el Monarca le entregó por tener cumplidos todos los requisitos la Gran Cruz de la Real y Militar Orden de San Hermenegildo.

Al fallecer don Fernando VII el 29 de septiembre de 1833, al día siguiente se le entrega una Real orden por la que debía abandonar la Corte antes de las próximas 24 horas, abandonando Madrid y presentándose en el Departamento de Cádiz.

Al llegar se le confió la Comandancia General del Cuerpo de Artillería de Marina y vocal de la Junta del Departamento de Cádiz; siendo elegido por esta provincia como representante de los Procuradores del Reino, estando presente en las legislaturas de los años 1834 y 1835.

La reina Gobernadora doña María Cristina de Borbón sentía un aprecio especial por Ulloa, por la firmeza con que había defendido los derechos de sucesión de su hija, haciendo posible su subida al trono, y en reconocimiento a su lealtad le concedió la Gran Cruz de la Real y Militar Orden de Isabel la Católica.

En 1835 por no estar de acuerdo con el programa naval del presidente de Gobierno de la nación, señor Mendizábal y por su total desaprobación por su famoso programa del 14 de septiembre de 1835, declinó aceptar la cartera de Marina, al cambiar en 1836 el Gobierno ocupó la presidencia el señor Calatrava, ofreciéndole de nuevo la cartera de Marina, por las misma razones anteriores la rechazó.

En 1837 por los sucesos de Pozuelo de Aravaca volvió a cambiar el gobierno y con ello su presidente, lo era esta vez el señor Bardají, en esta ocasión sí acepto la cartera de Marina y la de Gobernación interinamente, tomando posesión del Ministerio en septiembre de 1837, cesando por Real decreto del 16 de diciembre siguiente.

La Reina Regente y Gobernadora doña María Cristina de Borbón le concedió la llave de Gentil-hombre de Cámara con ejercicio, pocos días después fue nombrado Vocal de la Junta Suprema de Sanidad.

Fue ascendido por rigurosa antigüedad al grado de teniente general en el mes de abril de 1839.

En 1840 fue nombrado vicepresidente de la Junta Superior de la Armada, fue cesado por el pronunciamiento del 1 de septiembre del mismo año, quedando disponible en Madrid.

Por Real orden del 21 de enero de 1842, se le otorgó el mando de la escuadra y arsenal de la Habana, como siempre desarrolló una incansable labor, tanto en el arsenal como en los buques, impulsando la construcción de nuevos y adquiriendo otros, entre los primeros el bergantín Habanero y la corbeta Luisa Fernanda, entre los segundos el pailebote Churruca y la goleta Transporte.

Desempeño desde el 15 de septiembre de 1843 interinamente la capitanía general de la isla, a la llegada de su propietario al año siguiente se la entregó al general don Leopoldo O’Donnell, el Gobierno lo premió por sus desvelos y buen hacer concediéndole en el mes de diciembre la Gran Cruz de la Real y Muy Distinguida Orden Española de Carlos III.

El 6 de junio de 1845 entregó el mando del arsenal de la Habana al teniente general don José Primo de Rivera, regresando a la península en 1846, siendo designado Senador y Consejero de Estado, al serlo por derecho propio, tomando parte activa en las deliberaciones.

Durante su permanencia como Senador, consiguió del Gobierno la eliminación de los hasta entonces informes reservados, una fuente permanente de discordias y enfrentamientos entre los miembros del Cuerpo General de la Armada.

En 1847 fue nombrado vicepresidente de la Junta Consultiva de la Armada y al establecerse al año siguiente la Dirección General, se le nombró Presidente y ascendido a la suprema dignidad de Capitán General de la Real Armada, por fallecimiento de don José Rodríguez de Arias.

Permaneció hasta el mes de septiembre de 1855, por ser suprimida la Dirección General, creándose de nuevo el Almirantazgo, pero no formó parte de este organismo.

Durante el tiempo que estuvo al frente de la Dirección General, se comenzó la construcción de dos navíos, cinco fragatas con máquinas de vapor, una corbeta, cinco bergantines, dos goletas, diecisiete vapores de ruedas, cinco urcas y otros buques de menor porte. (1)

Cuando cesó en el cargo de la Dirección de la Armada, siguió con residencia en la capital.

Falleció a finales de noviembre de 1855 en Madrid, cuando contaba setenta y ocho años de edad, de ellos sesenta y ocho de excelentes servicios.

Su último gran acto, consistió en prohibir se le hicieran los honores de su alta dignidad, por ello solo acudieron sus compañeros, a cuyo frente se encontraba el general Vigodet, amigo desde los tiempos de Trafalgar, quienes acompañaron a la familia hasta la sacramental de San Nicolás de Bary, donde fueron sepultados su restos.

En palabras de su biógrafo, don José Marcelino Travieso nos lo retrata así: «Era D. Francisco Javier de Ulloa de pequeña estatura; pero de marcial y firme continente; los años no habían logrado enervar su cuerpo, ni debilitar en lo más mínimo sus facultades intelectuales, ni doblegar tampoco la inflexible rectitud de su carácter. Murió sin que se hubiesen marcado en él los síntomas de ancianidad, y mucho menos los de la decrepitud, conservando hasta el fin de su vida toda la energía moral de los mejores años de su virilidad. Su tez morena y sus negros ojos de expresiva y penetrante mirada, revelaban la ardiente y privilegiada organización de los hijos del Mediodía; y su voz robusta y prepotente, la profesión del marino y los hábitos del mando. En su primer arranque era vigoroso é irresistible; pero generoso en demasía, y si sus palabras podían ofender á aquel á quien se dirigían, bien pronto, calmado el primer ímpetu, seguía una doble y superabundante satisfacción al agravio.

Severo cuando se trataba del cumplimiento de un deber militar, se olvidaba que era Jefe fuera de los actos del servicio, y se convertía en franco y condescendiente amigo para con sus subordinados. Su generosidad y esplendidez para recompensar el mérito no conocía límites; su caridad para con la desgracia era tan inagotable como cristiana; En este punto, su mano derecha ignoraba lo que hacía su izquierda; su limosna no era el favor humillante de la afectada ó hipócrita compasión del hombre, sino el pan de consuelo que descendía en silencio de los tesoros de la Providencia. Hubieran permanecido estas ocultas para siempre, si las lágrimas derramadas en su muerte, y las alabanzas prodigadas á su nombre por los labios del pobre, no hubieran venido á rasgar el misterioso velo con que las cubría. La práctica constante y fervorosa de tan sublime y consolada virtud, era el mejor calmante que podría encontrar para ciertas ingratitudes que venían á lastimar profundamente su corazón.»

(1) Navíos: Reina doña Isabel II y Don Francisco de Asís, de 84 cañones. Fragatas: Princesa de Asturias, de 50, Bailén, de 44, Petronila, Berenguela y Blanca, de 34. Corbeta: Mazarredo, de 16. Bergantines: Valdés, Pelayo, Gravina, Galiano y Alsedo, de 16. Goletas: Cruz y Cartagenera. Vapores: Isabel II, Francisco de Asís, Isabel la Católica, Fernando el Católico y Velasco, de 500 caballos; Colón, Don Jorge Juan, Don Antonio Ulloa, Pizarro, Hernán Cortés, Vasco Núñez de Balboa, de 350; Narváez y Liniers, de 160; Neptuno, Guadalquivir y Conde del Venadito, de 120; Don Juan de Austria y General Lezo, de 100. Urcas: Santa María y Niña, de 1.000 tn: Pinta y Marigalante, de 800, y Santacilia, de 723, más otros menores.

Bibliografía:

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