Biografía de don José María de Quesada y Bardalonga

Posted By on 5 octubre, 2014

José María de Quesada y Bardalonga. Cortesía del Museo Naval. Madrid.

José María de Quesada y Bardalonga. Cortesía del Museo Naval. Madrid.

Teniente general de la Real Armada española.

Ministro de Marina.

Senador del Reino.

Vino al mundo en la isla de León el 25 de enero de 1798, siendo sus padres, don Juan de Dios de Quesada y Manfri, y doña Isabel de Bardalonga y Caudevilla.

Hijo de oficial del Ministerio de Marina, pronto le atrajo la carrera de marino, con tan solo trece años se le otorgó Carta Orden de ingreso en la Corporación, sentando plaza de guardiamarina en la Compañía del Departamento de Cádiz, el 12 de agosto de 1811. Expediente. N.º 2.351.

A pesar de su juventud debió entrar con una excelente preparación teórica, pasando los exámenes con tanta nota y tan rápido, que al año siguiente pasó por orden a embarcar en la fragata Esmeralda, para dar comienzo a sus estudios prácticos, permaneció navegando por las aguas del Mediterráneo, sobre todo en las costas del noroeste peninsular y golfo de León.

Terminados sus estudios prácticos, desembarcó y de nuevo se incorporó a la Compañía, para realizar unos estudios superiores, pero en 1813 la situación de España no era la adecuada para que un futuro oficial de la Armada, permaneciera a cubierto en un aula de estudio, esto le debió de parecer algo fuera de lugar, por ello elevó petición a la Junta para obtener un puesto en la defensa de la isla de León o donde se juzgara oportuna su asistencia. Se sorprendió la Junta de tal petición, pero la consideró justa dado su alto nivel demostrado en los exámenes, por ello por Real orden del 20 de julio seguido, fue destinado al mismo Departamento de Cádiz, donde recibió la Real orden del 24 siguiente comunicándole su ascenso a alférez de fragata.

Pasado un tiempo se le ordenó embarcar en el navío San Pedro Alcántara, zarpando como insignia de una expedición a Tierra Firme.

En 1815 el Rey aconsejado por sus cortesanos decide enviar una expedición a Tierra Firme, se le otorga el mando en Jefe de ella al general don Pablo Morillo, quien había sido soldado de los Batallones de Infantería de Marina en el combate del cabo de Trafalgar, alférez en el combate de Bailén y por sus continuados buenos servicios en la guerra anterior había alcanzado el grado de teniente general.

Y como jefe de la fuerza naval y segundo jefe de la expedición el mariscal de campo (grado igual al de jefe de escuadra de la Real Armada) don Pascual de Enrile, al que se le proporcionó una división compuesta por el navío San Pedro Alcántara del porte de 64 cañones, las fragatas Diana é Ifigenia, corbeta Diamante y goleta Patriota, para dar protección a un convoy que transportaba a quince mil hombres de todas las armas, zarparon el 17 de febrero de 1815.

Cruzaron el océano y arribaron al Oeste de la isla de Coche en la costa de Cumaná, donde parte del convoy se quedó a la guarda del navío y fondearon, el resto al frente de ellos la fragata Diana insignia de Enrile se acercaron a la isla Santa Margarita, por ser el epicentro de la insurrección, la cual fue rendida después de unos ataques en firme de las tropas desembarcadas. Participando Quesada al mando de la lancha del navío armada en cañonera y designada como número 9, reforzando el fuego sobre tierra, por poder acercarse mucho más que la fragata.

El 24 de abril se oyó a bordo del navío ¡fuego en Santa Bárbara!, después de unas dudas se dieron cuenta que se había derramado de la despensa tres bocoyes de aguardiente, pero incendiados corría el liquido velozmente a la Santa Bárbara, se intentó apagar siendo imposible por ello el navío sobre las 1745 horas saltó hecho trizas, con la única pérdida del alférez de fragata Santa María, no por ser el único era menos importante. Teniendo lugar el accidente y pérdida cuando se encontraba fondeado en las cercanías de la isla de Coche, rodeado de todo el convoy, el desastre no fue mayor gracias a las distancias que se guardaron entre buques al fondear.

Después de este suceso, algo de consternación se incrusto en la piel de todos los presentes, pero Enrile quien había acudido al ver el humo, les animó y les dijo: «solo se había perdido un buque, quedando aún por hacer lo más importante de la expedición» Mientras Quesada era comisionado con su lancha a Cumaná donde se encontraba Morillo, para darle cuenta de lo ocurrido y con la orden de Enrile de quedarse a las inmediatas órdenes del Comandante General de la expedición.

Morillo al tener controlada la situación en Cumaná, envió a Quesada para incorporarse a la división, al unirse se le ordenó trasbordar en principio a la fragata Efigenia, participando en varios encuentros con los corsarios y los mercantes con mercancías en apoyo a los sublevados, realizando varias presas compensando casi lo perdido con la explosión del navío.

Poco después se le ordenó trasbordar a la goleta Constancia, escoltando con ella a los convoyes que zarpaban de Puerto Rico en apoyo de la expedición, pero de regresó el buque casi se abrió, embarcando mucha más agua de la que podían desalojar las bombas, viéndose obligado a entrar en Santo Domingo para carenar, pero no solo participaron los calafates del apostadero, sino que todos los de la goleta se unieron al trabajo, consiguiendo a mediados del mes de septiembre que el buque se hiciera de nuevo a la mar, uniéndose al bloqueo de Cartagena de Indias.

Mientras tanto la división levó anclas con rumbo a Cartagena de Indias, al arribar tanto Morillo como Enrile estaban convencidos de poder rendir la plaza por asedio para evitar bajas propias, así desembarcó el ejército y la bloqueó por tierra, mientras por mar se encargaban las fragatas y demás buques de impedir todo tipo de comunicación, por esta acción consiguieron batir a varios piratas y corsarios, eliminando así peligros añadidos.

La plaza se mantuvo firme, pero conforme iban pasando el tiempo las fuerzas se iban debilitando, el bloqueo duró cien días dejando a la población y fuerzas con una grave epidemia de cólera, eso fue lo que encontraron al entrar en la ciudad el 6 de diciembre, muerte y desolación por doquier, a más de muy pocos edificios en pie por efecto de los constantes bombardeos de la escuadra.

En el puerto se encontraba el bergantín británico General Doyle, siéndole ordenado a Quesada marinarlo, pero en su navegación se encontró con la goleta británica Elen el mismo día, a la que capturó, dejando el mando del bergantín a su segundo y trasbordando a la goleta, por encontrarse en mejores condiciones náuticas, por ello se quedó de guardacostas con éste buque, permaneciendo en ello, fueron cayendo sucesivamente en su poder, el bergantín Avenger, goletas, Valparaíso y Ola y la balandra Badger, todos con bandera británica. Pero a su vez de los buques con “ayuda” norteamericana, también cayeron en su poder, las goletas, Adelina, Commits y Hope.

Todas estas presas obligaron a suspender la ayuda a los insurgentes, pues era evidente no ser tarea tan fácil burlar el bloqueo y como gratificación por su buen trabajo, se le entregó la Cruz de la Marina y la Medalla de la toma de Cartagena de Indias. (Pero esta no era igual a la británica de Vernon, ¡era autentica!) Como premio final por Real orden del 6 de abril de 1816, se le ascendía al grado de alférez de navío, trasbordando por orden al bergantín-goleta Churruca, continuando los cruceros para evitar el tráfico ilegal y cortar el apoyo a los enemigos del Rey de España.

Se le ordenó al buque arribar a la Habana, de donde zarpó la fragata Diana, el Churruca y los bergantines Alerta y Vengador, dando escolta a un convoy de mercantes con rumbo a la península, donde arribaron sin novedades.

Al arribar a la bahía de Cádiz y dado el atrevimiento de los insurgentes, se le destinó a cruzar sobre los cabos de Santa María y San Vicente en protección del tráfico marítimo, permaneció su buque dos meses en esta comisión regresando a la bahía, desde donde se le cargó con la correspondencia, zarpando de nuevo con rumbo a la Habana y Veracruz, arribando de regreso a la bahía de Cádiz el 23 de enero de 1818.

Sin pedir nada, sus mandos le dieron una licencia de dos meses para recuperarse de tan largos y duros trabajos, por ello a finales del mes de marzo siguiente se presentó de nuevo en el Departamento. Permaneció un tiempo desembarcado, hasta recibir la Real orden del 10 de enero de 1819 de embarcar en el navío Asía, con rumbo a la Habana, allí se le ordenó trasbordar a la corbeta Diamante, con la misión de protección del tráfico marítimo de acceso a la isla, un tiempo después se le ordenó pasar a la de su mismo tipo Aretusa, continuando en la misma comisión, posteriormente se le ordenó trasbordar al bergantín Aquiles y con éste realizó tres tornaviajes con rumbo a la península, cruzando casi seguidas seis veces el océano.

Por Real orden del 6 de mayo de 1823, se le asciende al grado de teniente de fragata, pero como el 1 de octubre el Rey “Deseado” volvió a recuperar sus poderes absolutos, por Real orden del mismo día le fue suprimido el ascenso.

Aquí nos encontramos con una persona que se incorporó a la Corporación, cuando todo el pueblo español estaba dando su hacienda y vida por combatir al invasor napoleónico, por ello era un defensor de la libertad que ahora se veía dañada por las razones de siempre, por sus ideas fue desterrado, pero fueron benévolos y le permitieron elegir país, por ello como lo tenía cerca cruzó a los Estados Unidos.

No le costó mucho destacar entre aquellos ciudadanos, aprovechó sus conocimientos y fue contratado para vigilar las construcciones navales. Se gano una buena fama y mucho dinero, porque sus buques funcionaban a la perfección. Recibió la noticia del Real decreto del 22 de marzo de 1833, por el que se abolía toda persecución del Rey en muy mal estado de salud, abriéndole las puertas para poder regresar, pero su país de acogida se había portado muy bien con él y no hizo caso. Se publicó el Real decreto del 30 de diciembre de 1834, con éste recuperaban todos los bienes y empleos, pero también hizo oídos sordos, por último se publicó otro Real decreto en el mes de febrero de 1837, por el cual todo el que regresará lo haría tal cual se marchó, sin ningún tipo de pérdida económica ni de su honor. Al saber de éste, como siempre ocurre al final la tierra tira más, por ello embarcó y arribó a la bahía de Cádiz.

Como se había modificado la escala de graduación, al presentarse la que él tenía del grado de teniente de fragata había desaparecido, por ello se le otorga la equivalente de teniente de navío, pero una Real orden le da la antigüedad del 14 de diciembre de 1827, porque el Real decreto presentado a la Reina Regente le llegaba con el apoyo del Almirantazgo, quien al saber de sus virtudes ya demostradas lo destinó al Depósito Hidrográfico. Dadas las circunstancias, al poco tiempo tuvo que cumplir su permanencia de mando a bordo, por ello se le otorgó el mando del bergantín Cristina.

España se encontraba en una más de sus guerras civiles, la hacienda del país solo daba para mantener la guerra, razón por la que los buques se iban pudriendo en los mismos arsenales, manteniéndose solo activos los necesarios para la campaña del Cantábrico. Como consecuencia de ello, hasta los sueldos se dejaron de cobrar, por ello muchos oficiales y sobre todo contramaestres así como la marinería se pasaban días sin comer, salvándose algo los oficiales por tener sueldos más altos y mantener unos ahorros, pero aún así algunos lo pasaron realmente mal. (Esto es lo que no se ve del sacrifico de los que eligen ser marinos de guerra, no solo pueden perfectamente perder la vida en un combate, si no encima tienen que pasar por este tipo de penurias.)

De hecho, al igual que decidió hacer Quesada, otros muchos compañeros se vieron obligados a lo mismo, pasar a buscar trabajo en la marina mercante, los propios mandos se vieron en la obligación moral de dejarles partir con solo una advertencia, si fueran llamados para el servicio regresar a servir a su patria. Siendo el mes de agosto de 1838 cuando dejó el uniforme y se dedicó a aplicar sus conocimientos en la construcción, recibiendo la grata noticia en el mes de noviembre de su ascenso al grado de capitán de fragata.

Se puso en camino con su familia y llegó a la población de Palamós, allí vio la posibilidad de poner en práctica sus progresos, de hecho formó a los trabajadores en todas y cada una de las partes de un buque, una vez instruidos consiguió dinero y comenzó la construcción de una fragata mercante, siendo bautizada con el nombre de Isabel I. Sus líneas no habían sido nunca vistas, pues era más rápida, cargaba más y necesitaba menos tripulación para marinarla, la población creyó en él y comenzaron a llegar campesinos, y mercaderes, para que sus productos fueran vendidos en otras partes, haciendo Quesada de capitán y mercader.

Así consiguió sacar a la población adelante, pues realizó varios viajes a las Filipinas, donde se acaba de abrir al mercado a países como la India y China, pero no dejó de hacer lo mismo con los mares del Sur, con los que mantuvo una excelente relación, pues a su vez demostró cómo se debían de construir los buques modernos, por esta razón se construyo una escuela de oficios de la construcción naval, en ella daba clases mientras el buque recorría aquellas costas, dejando un grato recuerdo en todos ellos, puesto todo lo hacía gratuitamente, siendo lo más importante para él dar a conocer sus conocimientos para avanzar y evitar se perdieran.

Enterado el Gobierno de la gran labor desarrollada por Quesada, los consideró como servicios prestados a España, por ello por Real orden del 3 de enero de 1847, se le ascendió al grado de capitán de navío y con ella se le otorgaba el mando de la fragata Cortés. Siendo comisionado a la estación naval de Montevideo en el Río de la Plata, para pedir explicaciones del mal trato recibido por ciudadanos españoles en aquellos territorios.

Los cuales se habían producido, por los constantes cambios de Gobernantes, quienes luchaban abiertamente por conseguir el poder, sobre todo entre Rozas y Oribe, situación que había llevado al Reino Unido y Francia a tomar el apostadero, allí iba destinado con su fragata, la cual recibió unos arreglos ornamentales para no deslucir con los buques de las dos potencias presentes.

Zarpó de la bahía de Cádiz el 22 de noviembre de 1847, arribó a Río de Janeiro donde la dotación saltó a tierra como descanso de la travesía del océano, para volver a embarcar y arribar a Montevideo el 4 de febrero de 1848. Al fondear relevó a las fuerzas allí existentes, quedando asignados al apostadero su fragata y el bergantín Volador.

Pero al poco de estar allí se reunieron los plenipotenciarios del Reino Unido y Francia con el general Orive, la reunión no tuvo éxito y éste amenazó con volver a comenzar otra guerra. Los oficiales y dotación españoles se habían ganado la fama de correctos y firmes entre sus compatriotas que vivían en aquel constante peligro, pero el Gobierno no estaba dispuesto a mantener una guerra y ordenó el regreso de las dos unidades navales, como consecuencia de no poder enviarles más recursos y mantener dignamente el pabellón español. Los residentes le entregaron varias cartas para hacerlas llegar al Gobierno español, en ellas prácticamente en todas solo se pedía una cosa, ¡que no les abandonaran! pero no fue posible, las órdenes eran las órdenes.

Las unidades regresaron y el 1 de agosto seguido fondeaban en la bahía de Cádiz, fue avituallada la fragata e inmediatamente zarpó con rumbo a Lisboa, donde se estaba librando una lucha política que podía afectar a España, así de primera mano el Gobierno estaría informado del acontecer en el país vecino.

Un tiempo después recibió la orden de arribar al puerto de Barcelona, donde se estaba formando una expedición al mando del general Bustillo, compuesta por la fragata Cortés, corbetas Villa de Bilbao, Ferrolana y Mazarredo, bergantín Volador y los vapores Castilla, Colón y Blasco de Garay, para transportar tropas del ejército, estando aliada a Francia, Austria y Nápoles, para concurrir a proteger los bienes terrenales del Papa Pío IX.

La expedición zarpó el 4 de mayo de 1849, tomando parte en la toma de Terracina, pasando después a Nápoles, Gaeta y Porto D’Auro, donde se realizaron maniobras de demostración de fuerza, contribuyendo grandemente al buen suceso. Quesada por su anterior estancia en los Estados Unidos tenía un fluidez práctica envidiable con el idioma inglés, al que se unía también el francés, mientras el italiano le era muy familiar, esto provocó la confianza de las dos potencias, decidiendo su respectivos responsables se encargara de las relaciones diplomáticas, convirtiéndose en el jefe de toda conversación.

Esto se tradujo en la firma de la paz, quedaron tan agradecidos tanto el Papa Pío IX como el Rey de las Dos Sicilias, quienes le demostraron su afecto al concederle sus más altas condecoraciones, siendo la primera la Cruz de San Gregorio de Roma y la Cruz de Francisco I de Nápoles, a esto posteriormente se unió una Real orden, en la que entre otras cosas le dice la Reina: «…muy satisfecha que estoy del desempeño de las comisiones que se le habían confiado…»

Por iniciativa del marqués de Molins, a la sazón Ministro de Marina, quien quería darle un impulso a la Armada, pues desde la vuelta al mundo de Juan Sebastián de Elcano, hasta la realizada por la corbeta Descubierta al mando del teniente de navío don Alonso de la Riva, entre el 15 de junio de 1814 y su regreso el 13 de mayo de 1816, se habían dado veintiuna vueltas al mundo de descubrimientos o científicas, pero todo quedó paralizado por la nefasta situación económica de España, por esta razón presentó y se le aceptó por la Reina doña Isabel II, redactando una Real orden publicada en la Gaceta de Madrid y por su interés transcribimos entera:

«Ministerio de Marina. — Excmo. Sr.: La decadencia en que muchos años há se encuentra nuestra marina militar, ha impedido el que sus buques emprendan las largas navegaciones á que á menudo se dedicaban en la época de nuestra preponderancia naval, con notable provecho de las ciencias y de la civilización en general, y con particular ventaja de las artes marítimas y de la gloria nacional.

Aún estamos hoy muy lejos de poder renovar aquellas frecuentes y gloriosas peregrinaciones, á pesar del impulso que ha recibido en los últimos años este importante ramo de la fuerza pública, merced á la solícita protección que la Reina y las Córtes le dispensaron; pero tal vez este mismo crecimiento hace más necesarias esas expediciones para formar lo que ni el estudio ni los caudales pueden procurar á la Armada, hombres de mar experimentados, oficiales que, simples subalternos hoy, puedan ser mañana Jefes peritos en las ciencias navales, de que la práctica es el mejor maestro.

Desde que la corbeta Descubierta llevó alrededor del mundo lo últimos oficiales de la Armada española que ha hecho este peligroso y difícil estudio de su ciencia, hasta hoy, han ocurrido además notables cambios en la política, y ha venido á ser naciones independientes las que antes eran provincias de España en Ultramar; nuevos intereses comerciales han surgido aquí, nuevos vínculos, nuevas relaciones, para cuyo fomento contribuiría grandemente la simple vista de nuestro pabellón, ya amigos y hermanos, en las costas del Pacífico y Atlántico.

Estas razones de conveniencia particular del cuerpo de la Armada y de utilidad general del comercio, son por sí solas bastante fuertes para inclinar el ánimo de la Reina Nuestra Señora, siempre solícita del bien y engrandecimiento del Estado; pero en la ocasión presente aun se allega otra que ha pesado mucho en su piadoso corazón.

S. M., como Reina Católica, no ha podido menos de ver con religioso afecto la misión apostólica que prepara en nuestro suelo el reverendo Obispo de Puerto Victoria: y si bien hubiera gozado mas si los esfuerzos de los sacerdotes y de los fieles españoles se hubieran dirigido á súbditos de España, ha recordado que á su ilustre título une también la cualidad de ser nieta de aquellos Príncipes que llevaron en todos tiempos los beneficios de la fé y de la civilización á donde les era posible, sin preguntar de quién era súbdito el pueblo que los recibía.

Por estas razones, que fácilmente esforzará la ilustración de V. E., la Reina se ha servido mandar que desde luego y á cargo del Jefe de la Armada que se designe, se prepare en Cádiz la salida de un buque para hacer el viaje de circunnavegación; quiere además S. M. que este buque no sólo sea capaz y útil para el objeto que se destina, sino que sea de moderna construcción española, á fin de que formen favorable idea de nuestra renaciente marina aquellos pueblos, hoy amigos y aliados, que debieron su civilización á la audacia y pericia de nuestros primeros navegantes. Es asimismo la voluntad de la Reina, que ese buque no sólo sea dotado con el número de oficiales y guardias marinas que le corresponda por reglamento, sino que lleve además los que alcance y V. E. designe, para que sirva de Escuela práctica, proponiéndose S. M. recompensar convenientemente su aplicación y mérito, y últimamente, me manda decir a V. E. que en dicho buque deberá darse alojamiento al Reverendo Obispo de Puerto Victoria y á los demás misioneros que con destino á Nueva-Holanda ha reunido el mismo en los dominios de S. M., trasportándolos á aquel país, por donde deberá principiar el buque su derrotero.

Para la designación de este y demás particularidades necesarias, S. M. comunicará á V. E. las Reales órdenes que estime convenientes. De la de S. M. lo digo á V. E. para su conocimiento.

Dios guarde á V. E. muchos años. Madrid 7 de julio de 1849. — El Marqués de Molins. — Sr. Director General de la Armada»

Al recibir el beneplácito de su idea, eligió la corbeta Ferrolana, recientemente construida en el Arsenal de Ferrol y del porte de 32 cañones, por ello aportaba toda la técnica del momento y el buque tenía una excelentes condiciones náuticas, y como no, su comandante fue el capitán de navío don José María de Quesada. Tomó el mando en el puerto de Gaeta, zarpando con rumbo a la ciudad Condal y desde aquí al Arsenal de la Carraca donde fondeó el 23 de julio para alistar el buque para su periplo mundial.

Encontrándose en el Arsenal, arribaron los restos mortales del desafortunado rey Carlos Alberto, por ello se le dio aposento en la corbeta al rey de Cerdeña quien acompañaba al féretro, allí mismo recibía las condolencias, quedando muy agradecido por la acogida y respeto por todo el excelente trato recibido, por ello condecoró a Quesada con el título e insignia de Oficial de la Orden de San Mauricio y San Lázaro.

Elegida la dotación, de grumete a comandante, comenzaron las prácticas en el mismo Arsenal, mientras unos cargaban el buque con todo lo necesario, los otros ascendían y descendían de las jarcias, aprendiéndose cada cabo de toda la jarcia, con la vista puesta encima siempre de los contramaestres, con todo ello el buque quedó listo para zarpar.

Lo hizo el 5 de octubre de 1849, pasando directamente al océano y por la ruta portuguesa, puso rumbo a la costa oeste del continente Australiano, a su puerto de Swan Rive, donde al arribar desembarcó a la misión y donde fueron todos recibidos, con verdadero entusiasmo y agradecimiento. Las autoridades de las ciudades cercanas de Perth y Freemankle, junto a sus poblaciones les obligaron a permanecer un par de días más en el puerto, porque tenían previsto un grandioso baile de despedida y no habían tenido tiempo de prepararlo debidamente, por ello retrasaron su partida para complacer a sus anfitriones.

Zarpó con rumbo a Sidney, donde recibió las misma muestras de aprecio, posteriormente zarparon con rumbo a Cavite, después a Macao, Wampoa y Hong Kong, donde embarcó el capitán general de las islas Filipinas, dándole así un gran prestigio a España, pues lo normal era lo hicieran en buques mercantes de compañías británicas, desembarcando el alto mando en el fondeadero de Manila, pasó a Zamboanga, Batavia, Singapur, Pulo Pemang, regresando a Sidney, para cruzar al Callao, Guayaquil y arribando a Valparaíso, donde en ese momento de nuevo los españoles estaban siendo perseguidos por el recién nombrado Presidente de la república de Chile, consiguiendo con su presencia se tranquilizaran regresando a la normalidad, cumplida esta misión diplomática, que no estaba prevista en el derrotero del buque, dobló el cabo de Hornos arribando a Montevideo, de donde zarpó con rumbo a la bahía de Cádiz, donde fondeó sin novedad el 11 de marzo de 1852. Teniendo el viaje de circunnavegación una duración de dos años, cinco meses y seis días.

Por la pérdida de comunicación lógica en la época, a su llegada se enteró por serle entregada una Real orden fechada el 1 de abril de 1850, de su ascenso al grado de brigadier como Gracia Real, la cual entre otras cosas dice: «…para darle una prueba de lo grato que fue á S. M. sus servicios como capitán de navío más antiguo de los que concurrieron á la expedición de Italia, y singularmente para recompensar el celo que desplegó para llevar á cabo el viaje de circunnavegación…»

Hay muchas más que sería prolijo enumerar, pero de ella destacar otra Real orden fechada del 4 de septiembre de 1851, por la que: «…se aprobaban todos sus actos y la conducta digna y prudente que observó con las autoridades de las repúblicas hispano americanas.» y por último a su arribada a Cádiz, el buque fue inspeccionado por los ingenieros para comprobar su estado después de tan larga derrota, así como el estado de policía del buque, todo ello quedó reflejado por ser publicado en la Gaceta de Madrid el 26 de marzo de 1852, demostrando con ello lo satisfecho que estaba el Gobierno del estado inmejorable en el que se encontraba la Ferrolana.

S. M. para mostrar esa satisfacción de una comisión bien cumplida, con fecha del 29 de abril, le cesa en el mando de la corbeta, dejándole un tiempo de licencia para recuperarse de tan largo viaje. Por otra Real orden del 27 de julio, se le concede la Gran Cruz de la Real Orden Americana de Isabel la Católica y por otra, del 24 de diciembre siguiente, se le entrega en propiedad la Comandancia General del Arsenal de la Carraca. Dándole licencia para visitar los Arsenales del Reino Unido y Francia, para verificar si la novedad de la hélice es aconsejable para nuestros buques y de serlo, se den las instrucciones pertinentes para comenzar su instalación en ellos.

A su regreso se tuvo que poner a trabajar muy de firme, dado que aparte de tener por delante el trabajo sobre la hélice, la situación en la isla de Cuba por efecto de los contrabandistas, obligaron al Gobierno a poner en servicio todo lo disponible para guardar las costas de la isla. Por todo este esfuerzo continuado, su salud comenzó a avisarle, lo que le llevó a tomar la decisión de elevar petición de ser relevado en su puesto por escrito con fecha del 14 de agosto de 1854.

Al llegar a manos del Gobierno se vio en el apuro de darle la licencia por una parte, pero no querían perderle, pues sus conocimientos, sobre todo en construcción naval eran muy altos, como ya había quedado demostrado, por ello debían buscar una fórmula intermedia, como el Almirantazgo se acaba de activar de nuevo con fecha del 6 de septiembre de 1855, y por Real orden del 28 de diciembre por rigurosa antigüedad se le notifica su ascenso a jefe de escuadra, aprovechando su nuevo grado pasó a ser nombrado vocal de ésta alta Institución. Así no se perdían sus conocimientos y no se veía obligado a combatir pero mantenía la responsabilidad directa del mando.

Tuvo lugar un hecho, como siempre es triste en sí mismo, sobre todo por la forma tan autoritaria y desproporcionada por la que algunos Ministros deciden las cosas, sin saber exactamente lo que llevan entre manos, a pesar de cómo es el caso, ser un marino y jefe de escuadra.

Era a la sazón el general don Antonio Santa Cruz, quién presentó un proyecto de escuadra, pero tan desatinado que todo el Almirantazgo firmó un documento fechado el 15 de enero de 1856 y entregado a S. M., con la aclaración punto por punto de la mala y desafortunada dirección en la que se planteaba el mencionado proyecto.

Como reacción el señor Ministro, le dio a firmar a la Reina la Real orden del 18 siguiente, con tal prepotencia que, con fecha del 3 de febrero se le envía al Departamento de Cádiz (esto a Quesada, el resto de compañeros sufrieron las mismas iras) y ordena que figure en su hoja de servicios lo siguiente: «Se le signifique el alto desagrado con que la Reina (Q. D. G.) ha visto su comportamiento en estas circunstancias, amonestándole para que en los sucesivo no incurra en tamañas faltas que perjudican á la disciplina militar y ofrecen su fatal ejemplo en el Ejército y Armada.»

Pero gracias a que la política (como siempre) estaba fuera de lugar, no en sí por los políticos, si no por los que se escudan en ello sin serlo. Así llegó el mes de julio seguido y por la lucha por el poder este Gobierno tuvo que dimitir, ocupando el cargo el general O’Donnell después de una corta guerra civil comenzando el 14 y terminando el 16 seguido. Al pacificarse la situación, el Presidente del Gobierno pidió la consulta del caso del Almirantazgo (había sido disuelto el 6 de noviembre de 1856), al Supremo Tribunal de Guerra y Marina, quien por Real orden del 26 de diciembre siguiente, ordenó la inclusión en las hojas de servicio de todos los generales del Almirantazgo lo siguiente: «Determinó S. M. quede sin efecto la nota anterior, y que no sufra menoscabo alguno la fama y mérito de este General, como uno de los que componían el Almirantazgo citado.»

(Como se ve, todo se firmaba en nombre de la Reina, quedando aclarado no era ella la culpable de la política de España, si no los supuestos políticos)

Entre las dos fechas hubo una Real resolución fechada el 20 de octubre (hay quien dice, fue la misma doña Isabel II), por la que se le nombraba segundo jefe del Departamento de Cádiz, Comandante General e igual cargo de los Ingenieros en el Arsenal de la Carraca, dándose el caso que en esos instantes en las gradas estaban puestas las quillas de la fragata Princesa de Asturias, las goletas Concordia, Buenaventura y Consuelo, así como el vapor de ruedas Vasco Núñez de Balboa.

Estando al mando del Arsenal, las obras no pararon y dieron el resultado de salir a la mar las dos primeras goletas mencionadas, más el vapor de ruedas. Mientras se carenaron veintitrés buques más; se comenzó la prolongación del segundo dique para grandes carenas; se construyeron tres naves techadas para situar en ellas la factoría, montándose dos martinetes, una máquina movida a motor de alta presión para el taller de calderería, las prensas para fabricar los remaches, los taladros, punzones y el corte de plancha. A esto se unió la cimentación de tres naves auxiliares más, a su salida una estaba casi terminada.

En otra de las naves se montó el taller de sierra, con máquinas de mecanismos vertical y circular, de cepillado, para cuadrear maderas y hacer molduras. El Arsenal mejoró notablemente al sustituir el acueducto por una tubería de hierro enterrada, naciendo en la casa donde se encontraban las bombas, hasta la población de San Carlos en la avanzadilla, consiguiendo a partir de aquí extender la tubería con menor diámetro para dar un buen suministro a todo el Arsenal.

Por último se montaron raíles de tren, desde el muelle de San Fernando hasta la nave de máquinas, ahorrando esfuerzo y ganando tiempo en el transporte, tanto de las partes que componen los motores, calderas y demás, así como al estar montados trasladarlos de nuevo con mucho mayor peso y volumen, tanto a las gradas para acoplarlos en los buques, como para ser embarcados y transportados a otros Arsenales.

A su vez y por el alto nivel alcanzando, entraron a carenar y reparar varios buques con pabellón holandés, lo que se tradujo en un acercamiento entre los Gobiernos de los Países Bajos y España, por este motivo recibió las Gracias Reales del Rey bátavo, quien le condecoró con la Encomienda de la Orden Real de la Corona de Encina.

Por dimisión del Gobierno del general Armero, S. M. llamó a don Francisco Javier de Isturiz para encargarle la formación de uno nuevo, éste eligió a Quesada para el cargo de Ministro de Marina, tomando posesión el 29 de enero de 1858. El Congreso sabía que este era un nuevo Gobierno de los muchos que hubieron de transición, razón por la que la Cámara al principio toleró un tiempo, pero al transcurrir éste las cosas se torcieron, por ello el nuevo Presidente ordenó dejar de asistir a sus Ministros a la Cámara, hasta que sus miembros se calmaran un tanto.

La Familia Real debía de pasar a Alicante a la inauguración del ferrocarril del Mediterráneo, como era ciudad con puerto de mar, Quesada no se lo pensó y mando formar una escuadra, compuesta por el navío Rey don Francisco de Asís; fragatas, Petronila, Perla e Isabel II, con los vapores de ruedas, Isabel la Católica, Pizarro, Lepanto, Santa Isabel, Castilla, Liniers y Piles, más los faluchos Lince y Corzo a los que se unieron el vapor de ruedas británico, Coston y la fragata francesa, Impetuosa.

Todos ellos fondearon en el puerto de la ciudad de Alicante, para embarcar a la familia Real siendo transportada al puerto de Valencia. Viaje corto pero con un gran significado, pues a bordo del navío y en la mar, la reina doña Isabel II, firmó un Real decreto que dice: «Vengo en nombrar guardia marina de primera clase de la Armada á mi augusto y muy amado hijo D. Alfonso, Príncipe de Asturias. — Dado en la mar á bordo del navío Francisco de Asís, á veinte y ocho de Mayo de mil ochocientos cincuenta y ocho. — Rubricado por la Real Mano. — El Ministro de Marina, José María Quesada.»

Pero no quedó aquí el agradecimiento Real, pues por una Real orden firmada en la ciudad de Valencia al terminar el viaje, dice:

«Ministro de Marina. — Excmo. Sr. — Con la mayor solicitud me ha ordenado la Reina (Q. D. G.) manifestar á V. E. lo complacida que se halla por el brillante estado de los buques que, bajo sus órdenes, la han transportado con su Real familia desde la rada de Alicante á la de Valencia.

Ya S. M. se sirvió expresar verbalmente á V. E. el agrado con que visitó en el primer puerto el navío Francisco de Asís, la fragata Petronila y el vapor Isabel la Católica, y durante su viaje, manifestó también repetidas veces la satisfacción que experimentaba al conocer por sí misma la disciplina, orden y policía de los buques de la Armada, y la adhesión que los Jefes, Oficiales, tropa y marinería demostraban á su Real persona, haciendo presente al mismo tiempo su resuelto propósito de continuar dando impulso y fomento á la marina, como uno de los ramos más importantes y necesarios al explendor de la corona y al desarrollo de la riqueza pública, indicando, entre otros deseos, el muy vehemente de que desde luego se pusiera la quilla de un navío de hélice de grandes dimensiones, que llevara el augusto nombre de Príncipe de Asturias, en recuerdo de la primera navegación que ha hecho su querido hijo. Pero no contenta S. M. con estas muestras inequívocas de su real aprecio, ha querido además dejar consignada con un hecho notable la distinción que profesa al cuerpo de la Armada, concediendo á favor del Príncipe Alfonso el 28 de Mayo, día en que precisamente cumplió seis meses de edad su muy amado hijo; y últimamente, quiso S. M. visitar de nuevo Valencia los buques todos de la división naval, puesta al digno cargo de V. E.; y al recibir también con ellos los últimos homenajes de respeto y cariño hacia su Real persona, la de su augusto esposo y familia, vuelve á ordenarme que dé á V. E. las más encarecidas gracias en su real nombre, por el acierto con que ha desempeñado la importante comisión que se dignó confiar á su ya reconocido celo; gracias que quiere se transmitan á los Comandantes y Oficiales de los buques por su distinguido comportamiento, siendo al mismo tiempo su real voluntad se circule en la Armada esta Real Orden para conocimientos y satisfacción de todos los individuos que la componen. — Todo lo que digo á V. E. de orden de S. M., para los propios fines. — Dios guarde á V. E. muchos años. — Valencia 3 de Junio de 1858. — Quesada. — Sr. Capitán General del Departamento de Cartagena»

De nuevo el 5 de junio siguiente regresaban a Madrid. La crisis de Gobierno se había acentuado, provocando diferencias de opinión entre los miembros, pues Quesada y Posada Herrera, Ministro de Gobernación, estaban en contra de celebrar nuevas elecciones y disolver el Congreso, obligando a presentar la dimisión en pleno del Gobierno., S. M. nombró al conde de Lucena para formar uno nuevo, siendo elegidos por éste los dos que estaban en contra de disolver el Congreso, lo que vino a ratificar la aprobación de su buen hacer y la confianza que S. M. tenía depositada en ellos. Pero este Gobierno solo se limitó a ordenar la rectificación de las listas de los Diputados a Cortes, quedando de momento en espera de estas nuevas la disolución de la Institución.

S. M. quiso viajar a conocer las tierras de Asturias y Galicia, para ello efectuó otro viaje, yendo la familia Real acompañada del Presidente y el Ministro de Marina, saliendo de la Villa y Corte el 21 de julio. Quesada ya había ordenado formar otra demostración de la Armada en estas costas con igual escuadra, la diferencia era que la costa Cántabra se encontraba muy agitada, pero nada impidió a S. M. y familia abordar los buques, pero por seguridad se mantuvieron cercanos a la costa, viajando con ellos a realizar la visita al Arsenal de Ferrol, donde la Reina fue recibida como nunca lo había sido, llegando a caerle unas lágrimas por la inmensa impresión de alegría recibida. En este Arsenal S. M. firmó un Real decreto fechado el 15 de julio, por el que era nombrado el Ministro Quesada, Senador del Reino.

Desembarcó la Real familia y fueron transportados al Arsenal, donde desde una soberbia tribuna presenciaron, la botadura de la corbeta Narváez y la goleta Diana (después pasó a llamarse Rosalía) y se colocó la quilla de una fragata, a la que se invitó a doña Isabel II que le pusiera nombre y por todo lo acontecido en ese día, le salió del alma el nombre de Lealtad.

Cumplimentado este acto, se le invitó a ver las evoluciones del navío Rey don Francisco de Asís, de las cuales se quedó muy complacida, pasando luego a su bordo donde el comandante, oficiales y marinería le tenían preparado un almuerzo y después una comida, se le invitó a que conociera el buque hasta en sus más mínimos detalles, para ello le hicieron pasear por todas sus cubiertas, llegando al sollado, quedando gratamente sorprendida sobre todo al ver los pañoles de pólvora y granadas. Guardándole un último detalle, no fue otro que al llegar al sollado, descubriera una placa de bronce donde se había grabado el nombre de la Reina la fecha de visita. Fue tal la alegría que se llevó, que para demostrar su aprecio permaneció a bordo dos días enteros compartiendo con todos y conversando incluso con los marineros, los cuales atorados solo les salían balbuceos ante la presencia de la Reina, pero los oficiales intervenían y al final algo se les entendía.

Debía de ser transportada la familia Real a la Coruña, para ello se designó a la fragata Petronila, de la que desembarcó S. M. visiblemente emocionada, tanto, que al poco tiempo firmó una Real orden con fecha del 3 de septiembre de 1858, por la que se emitía una medalla en agradecimiento Real, para los Comandantes, y Oficiales así como las planas mayores del primer viaje de Alicante a Valencia, siendo las primeras de oro con brillantes, las segunda de oro, las de plata para los suboficiales y las de cobre para la marinería, pero estás no fueron pagadas por la Hacienda del país, si no por la propia Reina pues era un agradecimiento personal. Con la misma fecha se redactó otra Real orden, que a su vez el Ministro remitió al Departamento de Ferrol al día siguiente y dice:

«Ministerio de Marina. — Excmo. Sr.: La Reina Nuestra Señora (Q. D. G.), al embarcar en este momento, que es la una de la tarde, á bordo de la fragata Petronila, para trasladarse con S. M. el Rey y Real familia al puerto de la Coruña, se ha dignado prevenirme haga presente en su Real nombre á todas las corporaciones y clases del Departamento lo muy satisfecha y complacida que ha quedado por las continuadas y expresivas muestras de afecto y respeto que durante los cuatro días de su estancia en Ferrol le han tributado cuantos dependen de la marina, en unión de los demás vecinos de dicha villa, ordenándome al mismo tiempo dé á todos las gracias por su buen comportamiento, digno de la cultura propia de la capital de un Departamento marítimo, y por el entusiasmo con que se han distinguido, patentizando de este modo una vez más el extraordinario amor y lealtad que profesa á su Real persona y familia. Así pues, á V. E., como primera autoridad del Departamento, hago fielmente presente los sentimientos de S. M. la Reina, para que les sirva de satisfacción y orgullo las significaciones de aprecio con que á todos distingue tan augusta señora, expresándolo V. E. á las personas que, unidas con la marina, han entendido en todo lo necesario para su régio recibimiento, y dando conocimiento también á las dotaciones de los buques y á los cuerpos y clases de marina que están en el Departamento. De Real órden lo digo á V. E. para su noticia y fines expresados. Dios guarde á V. E. muchos años. A bordo de la fragata Petronila en el puerto de Ferrol á 5 de septiembre de 1858. — Quesada. — Sr. Capitán General del Departamento de Ferrol»

No sabiendo como atacar a Quesada los políticos, pues había alcanzado gran renombre dentro y fuera de su Ministerio en muy poco tiempo, comenzó a correrse la voz de pretender él y Posada Herrera, eliminar al general O’Donnell, de estos rumores se pasó la noticia a la prensa y como provocación más abierta, el mismo Presidente ascendió a dos generales más jóvenes en el escalafón que Quesada, razón por la que sin pensárselo dos veces, el 25 de noviembre del mismo año presentó su dimisión irrevocable.

Durante su mandato, consiguió fondos para la construcción del navío Príncipe de Asturias y la fragata Lealtad prosiguió su construcción, se construyeron en el extranjero cuatro goletas y se encargaron en Hong Kong los dieciocho cañoneros de acero y máquina, para el control de la piratería en las islas Filipinas. Estableció la Junta superior facultativa del Estado Mayor de artillería de la Armada, con sede en el Departamento de Cádiz y supeditadas a éste una en Cartagena y otra en Ferrol, llegando a darle tiempo para que se formasen igualmente en la isla de Cuba y en las Filipinas. Compuso un nuevo reglamento de matriculas de mar y se realizaron dos expediciones, una la toma de posesión de Fernando Póo y la otra uniéndose a la multinacional de Conchinchina, que sin estar él en el Ministerio, hay serias dudas de haberse llevado a buen término.

La situación de Fernando Póo era de abandono total por parte del Gobierno, de hecho no había ni un solo establecimiento español, eso desde que había sido cedida por el vecino país de Portugal en 1778 a la corona de España. Una vez más en la Historia la dejadez de los Gobiernos españoles, llevó a la crisis que se entabló con el Reino Unido, pues estos habían creado un establecimiento militar con el nombre de Clarense, realizando algunas obras para facilitar el comercio sobre todo de madera para ser transportada a su país, llegando a dominar aquellas aguas en busca de buques negreros, pero al mismo tiempo se reparaban buques de guerra y estaba alcanzando un gran nivel de aprovechamiento para su expansión en el continente africano.

Buques españoles visitaban la zona por ser un buen banco de pesca, pues era cuantiosa y fácil, solo el inconveniente de los muchos días a navegar tanto para arribar como para regresar; viendo los británicos que cada vez eran más los buques españoles, como siempre actuaron por las bravas y capturaron dos de ellos, con la acusación de traficar con negros, siendo conducidos a Sierra Leona y condenados. Obviamente en la zona no había ningún representante del Gobierno español, al llegar esta desagradable noticia el Gobierno y las Cortes se rasgaron las vestiduras. (No podían hacer menos de cara al pueblo, pues como siempre ellos no eran responsables de nada.)

A su vez dieron la noticia a la prensa y ésta movilizó al pueblo, consiguiendo se enviara una expedición, para ello se nombró al capitán de fragata don Carlos Chacón y Michelena, Gobernador y Comandante en jefe de ella, estando compuesta por el vapor de ruedas Vasco Núñez de Balboa, el bergantín Gravina, la goleta, Cartagenera y la urca Santa María, zarpando de la bahía de Cádiz el 30 de abril de 1858, arribando sin novedad el 22 de mayo siguiente.

Después de todas las tiranteces que hubieron entre los dos Gobiernos, a su arribada a Fernando Póo los británicos acataron las órdenes del nuevo Gobernador, pasó a la isla de Annobon y ocurrió lo mismo, después a la de Corisco con el mismo resultado, una vez tranquilizada la zona y aceptada su autoridad, los españoles se pusieron a trabajar, talando un gran bosque en una inclinada ladera y fundando la ciudad de Santa Isabel, al mismo tiempo se levantaron varias ermitas en las tres islas, para ir dando a conocer la Fé Católica y a partir de ahí, escuelas para enseñar el idioma español, siendo creados nuevos establecimientos que fueron atrayendo a más y más españoles, consiguiéndose un buen asentamiento cercano al continente africano y en el mismo ecuador del planeta.

De la propia pluma del Ministro escribió: «Cualquiera que hayan sido los resultados de la administración del Sr. Chacón, en grande ó en pequeña escala, le cabrá sin duda la gloria de ser el primero que vino á tocar ó vencer los inconvenientes, á luchar con los contratiempo del clima, de la estación, de la falta de muchísimos recursos que el Gobierno no pudo creer necesarios, ni por consiguiente facilitarle, y á abrir la senda por donde con mayor desembarazo y anchura podrán marchar ya los que le sucedan en tan penoso cometido.»

La otra intervención armada fue ni más ni menos en el extremo de Asía, en la llamaba Conchinchina, en su provincia de Annam (Descanso del mediodía) después conocida como Vietnam (Esplendor del mediodía), la cual había sido conquistada por un nuevo emperador, quien permitió el asesinato de los cristianos, entre ellos se encontraban el obispo Díaz Sampedro, el padre José Díaz, el fraile Melchor, siendo este decapitado en Tonkín y muchos más, pues como no recibían castigo se extendieron los asesinatos, calculándose al final la muerte de no menos de siete mil católicos.

Como entre ellos habían muchos franceses, el Emperador Napoleón III quiso pedir explicaciones al Emperador de Annam, para ello formó una expedición, a la que se unió el Gobierno español, por haber también sufrido en menor cuantía la muerte de sus súbditos, se envío un buque de guerra que llevaba los pliegos con las órdenes para el capitán general de la Filipinas el general Norzagaray, éste organizó rápidamente una fuerza, en su mayoría por ir a una zona parecida eran todos naturales de las islas, zarpando de Manila el 20 agosto de 1858, al frente el vapor de ruedas Elcano y las falúas cañoneras Dolores y Soledad, buques de poco calado para permitirles ascender por los ríos de la zona.

Arribaron el 30 de agosto a la isla de Hainan, en la bahía de Yonlinkau, donde ya se encontraba la expedición francesa al mando en Jefe del contralmirante Rigault de Genouilly, sin mayor demora desembarcaron con el apoyo de la artillería de los buques franceses, al día siguiente continuó el bombardeo y se unió el ataque por tierra, conquistando el puerto y su fortaleza de Touranne dando protección al río del mismo nombre, consiguiendo así un buen punto de desembarque y apoyo al ejército.

Estas primeras fuerzas en torno a los ochocientos hombres, estaban al mando del teniente coronel Oscariz. Llegando el resto del contingente español el 13 de septiembre con el jefe de toda la fuerza, el coronel don Ruíz de Lanzarote. En este ataque participaron las tropas británicas con setecientos hombres y un buque de apoyo, mientras los franceses desembarcaron a unos dos mil quinientos.

A partir de aquí las operaciones fueron muy duras, el enemigo era un gran conocedor del terreno, a lo que se añadía las lluvias constantes de la zona, con sus múltiples plagas de todo tipo de insectos que causaban más bajas que las mismas balas. Se vio que los annamitas utilizaban a los elefantes, montando sobre estos unas pequeñas culebrinas, lo que les daba un apoyo de fuego tremendo en situaciones donde la artillería aliada no podía ni rodar.

Las fuerzas aliadas se pusieron en camino a la capital, Saigón el 2 de febrero de 1859, el enemigo utilizaba como base de su fuerza la guerra de guerrillas, lo que causaba muchas bajas, a pesar de todo ello los españoles consiguieron cercar la ciudad, cayendo en poder de los aliados el 17 siguiente, el 19 de marzo, el coronel don Ruíz de Lanzarote, abandona la expedición para regresar a Manila por orden superior. La guerra prosiguió.

Hemos encontrado un curioso parte del cirujano Jefe de la expedición, don Rufino Pascual y Torrejón, quien deja fuera de toda duda lo duro del combate y sobre todo, del ambiente que se vive en aquella zona, sus datos son los recogidos entre el mes de septiembre de 1858 hasta marzo de 1860: «El contingente total de fuerzas era de mil seiscientas cuarenta y cinco efectivos. Se registraron dos mil ciento sesenta ingresos por fiebres intermitentes; doscientos cuarenta y cuatro casos de disentería y quinientos cuarenta afectados por úlceras fagedémicas de las piernas. En total se registraron cuarenta y dos mil ciento setenta y siete estancias hospitalarias, con un promedio de trece con diecisiete días de convalecencia. Falleciendo solo el ocho por ciento del total. Y ni siquiera se escaparon los facultativos de tener que ser atendidos todos por sus colegas. De hecho, hasta las vacas transportadas para dar leche a los enfermos más graves, también cayeron enfermas, menos mal que el mando envío con ellas a veterinarios.»

Como ya casi se sale del tiempo en que el general Quesada dimite de su Ministerio, haremos un somero repaso a la expedición por él comenzada. En 1860 el capitán general de la Filipinas Norzagaray, por caer enfermó se le ordena regresar a la península. A principios de este año el coronel Palanca, recibe instrucciones del Ministro de la Guerra Mac Crohon, así como del Ministro de Estado, quien lo nombra plenipotenciario en Annam. El 10 de febrero dada la seguridad en la capital se abrió el puerto de Saigón, por ello entre el 16 y 19 fueron entrando las fuerzas navales estacionadas en Touranne, por ser más amplio y seguro. El 10 de mayo Palancan regresa a Saigón, como comandante en Jefe de la expedición. El Ministro de la Guerra viaja a Manila, falleciendo en el viaje siendo enterrado en Adén.

El 7 de febrero de 1861 el ejército francés alcanza la cifra de cuatro mil efectivos. El 24 en la conquista de Ki-hoa cae herido Palanca. El 12 de abril se conquista Myt-ho. El 28 de mayo Palanca renuncia a su cargo, pero desde Madrid no se le hace caso. El 4 de agosto el jefe de la fuerza expedicionaria francesa, declara como propiedad de Francia a la capital Saigón. Y el 17 de diciembre es conquistada la ciudad de Bien Hoa.

Durante los meses de enero y febrero de 1862, se produce una rebelión en Tonkin contra Tu Duc, los franceses piden ayuda a los españoles para sofocarla. En el mes de marzo se conquista la población de Vinh-Luong. El 5 de junio se firma el tratado de Paz de Saigón. Y el 23 de diciembre vuelven a alzarse los revolucionarios, por ello se piden refuerzos a Cantón los franceses y a Filipinas los españoles.

El 2 de febrero de 1863 arriba un batallón francés de setecientos dieciocho hombres y el 6 lo hace uno español con quinientos quince hombres, más noventa de personal médico y ayudantes. El 1 de abril, habiendo terminado con la insurrección comienzan a abandonar el país los españoles con rumbo a Manila. El 14 seguido se hace muy solemnemente el canje de documentos entre los plenipotenciarios en Saigón y el 26 de mayo, queda disuelto oficialmente el cuerpo expedicionario español.

A su regreso el coronel Palanca, había dejado patente la forma de combatir a un enemigo que utilizaba la guerrilla como base de su fuerza, pues incluso herido desde una camilla dirigía las operaciones, estás daban un asombro resultado, pues o bien el enemigo era vencido, o bien conseguían salir del cerco y en varios días no volvían a molestar a las tropas. Hay malas lenguas que dicen: «…el recuerdo de esta forma de combatir sigue vigente en el actual «Esplendor del mediodía» (2000)»

Al presentar su irrevocable dimisión del cargo, no quiso Quesada hacer valer sus privilegios que le concedían por ser Senador del Reino y quedarse a vivir en la Villa y Corte, pasando al poco tiempo a residir en la ciudad de Cádiz.

Don Cesáreo Fernández Duro dice al respecto: «…dando con ello una prueba de que si inteligente era en la política, no fundaba pretensiones de esa ciencia que tantas ambiciones alimenta.»

Por prescripción facultativa estuvo visitando pueblos y casas de baños minerales, al parecer en algo aliviaban la enfermedad del paciente Quesada. Llegando a viajar a la islas Canarias por ser su clima mucho más benigno. Pero en la Corporación no se le había pasado a retirado, continuando como activo, por ello recibió una Real orden del 22 de agosto de 1863, siendo ascendido por rigurosa antigüedad al grado de teniente general, siguiendo sin destino en el Departamento y ciudad de Cádiz. Donde en 1866 se le entregó el mando en propiedad del propio Departamento.

El 22 de agosto de 1866 a cuatro millas del cabo Tristao, en la isla de Madera tuvo lugar el apresamiento del vapor Tornado por la fragata española Gerona a cinco millas de la isla de Madeira, como el buque iba con tripulación británica, éste país y Francia pronto denunciaron el apresamiento porque para ellos era ilegal. Quesada desde su alto puesto dirigió una investigación paralela a la oficial, recogiendo datos de primeras personas como el oficial de la Gerona que marinó al vapor a puerto español siendo el teniente de navío don Manuel de Bustillo y Pery, esta investigación era algo por orgullo personal, por lo tanto aislada e inconexa con la trama diplomática, pero al producirse el juicio la documentación recogida se le entregó a los abogados de la defensa de España, sirviendo de base para el buen desarrollo de la causa, quedando demostrado, que el buque por su ocultamiento de pabellón había incumplido la Ley de neutralidad, siendo de obligado cumplimiento oficialmente no habiéndolo respetado ni el Reino Unido ni Francia con respecto a España, por estar en guerra con las repúblicas de Chile y Perú, lo que se dio a conocer a la prensa de los tres países, deshaciendo la mentira que los intereses ilegales habían intentado ganar, pues las opiniones públicas de ambos países se dieron cuenta del engaño de sus Gobiernos.

El cumplimiento de esta última acción, iba en contra de los intereses de España le costó una nueva recaída de sus varias enfermedades, por ello al terminar el juicio con la sentencia favorable a España, elevó la solicitud de retiro de sus obligaciones y mando, con exención de todo servicio, siéndole concedido por la Reina.

Dejó el mando a su segundo interinamente y se fue a su casa, pero por desgracia para él poco le duró la tranquilidad, pues sus males fueron incrementándose hasta que el 3 de noviembre de 1867 le sobrevino el fallecimiento, en su residencia de Cádiz. Contaba con sesenta y nueve años de edad, de los que cincuenta y seis fueron al servicio de España y su Reina.

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