1938 Hundimiento del crucero Baleares

Posted By on 9 junio, 2017

La noche del 5 al 6 de marzo navegando rumbo a la isla de Alborán en total oscuridad, se encontraron con la escuadra roja, pues salieron de Cartagena para atacar Palma de Mallorca y habían cambiado rumbo en busca del crucero Cervera, por recibir noticias de estar navegando en solitario a Cádiz para reparar. El encuentro inesperado por ambos bandos, comenzó con el lanzamiento de dos torpedos del destructor Sánchez Barcáiztegui contra el Cervera, el más retrasado, pero no tuvo éxito. Este combate pasó a la historia con el nombre de Cabo de Palos. Tras perderse de vista las dos formaciones, el contralmirante Vierna jefe de la división de cruceros, ordenó rodear al convoy para evitar un ataque de la escuadra enemiga a los mercantes. Al no aparecer ésta, ordenó a la una y media de la madrugada regresar al rumbo anterior. Cinco minutos después de las dos, los tres cruceros comienzan la maniobra de invertir el rumbo para compensar su mayor velocidad con respecto a los mercantes. Este cambio les llevó al encuentro de la escuadra roja, la cual a su vez había también virado.

De nuevo se volvieron a avistar, trabándose un breve duelo artillero, en el transcurso Vierna ordena disparar unos proyectiles iluminantes, por algún error quedaron largos provocando que los cruceros sublevados quedaran perfectamente iluminados y no los enemigos, estos sólo silueteados, momento aprovechado por los cruceros rojos Libertad y Méndez Núñez quienes lograron un impacto en la cubierta del Baleares. Poco después tres de los cinco destructores de la 2ª flotilla, los cuales ya venían preparados lanzaron 12 torpedos, tres el Lepanto, cuatro el Sánchez Barcáiztegui y cinco el Almirante Antequera, mientras el Lazaga y Gravina no intervienen en la acción. Uno o dos de ellos, (no se sabe con certeza) alcanzan el Baleares a la altura del puente de mando por la banda de babor, estallando el pañol de municiones de las torres una y dos.

La situación del Baleares se convierte en desesperada. Se encontraba en llamas, con continuas explosiones y entrando aguas a raudales por la brecha abierta. Navegaba al garete sin energía y escorado a babor. El oficial más antiguo abordo con vida era el teniente de navío don Manuel Cervera Cabello, quien organizó la evacuación y las tareas necesarias para prolongar la flotabilidad del crucero.

A las cuatro de la madrugada se acercaron dos destructores británicos, el Boreas y el Kempenfelt, alertados por las llamas y explosiones. Cervera intentó organizar la evacuación de forma ordenada, algo casi imposible con las explosiones y los bandazos por no oírse ni sus voces de mando. Los buques británicos intentaron en varias ocasiones acercarse al crucero. Viendo era imposible, Cervera ordena abandonar el buque, hundiéndose ocho minutos después de las cinco de la madrugada. Los supervivientes se acercaron como pudieron a los destructores británicos agarrándose a los cabos lanzados. Impregnados de petróleo, muchos marineros caían de nuevo al agua y se ahogaron ante la dificultad de nadar entre el petróleo.

Murió en el acto de recibir el explosivo el contraalmirante Vierna, el comandante capitán de navío don Isidoro Fontela y todo su Estado Mayor, entre ellos treinta y cinco oficiales, y seiscientos ochenta y cinco, suboficiales y marineros siendo arrastrados al abismo. Los dos cruceros sublevados se alejaron para proteger el convoy, además de evitar un nuevo ataque de los destructores. La escuadra roja en vez de explotar su éxito, se retiró a Cartagena satisfecha de lo conseguido.

Los cruceros Canarias y Almirante Cervera después de asegurar los dos mercantes, regresaron al lugar del naufragio a las siete y veinte. Comenzando el transbordo de los buques británicos a los españoles. Poco después de las ocho y media aparecieron nueve aviones republicanos que ametrallaron a los náufragos y a los botes británicos. Fue alcanzada una de las lanchas del destructor Boreas, causando cinco heridos y muriendo uno de los marineros británicos. Acto que se puede tildar de asesino, dado que los buques británicos eran de un tipo muy parecido al que precisamente tenían los rojos, por lo que no cabía error, al no disponer los sublevados de ninguno de ellos ni parecido.

Temiendo un nuevo ataque, el capitán de navío don Rafael Estrada comandante del Canarias, pide a los británicos le sigan a Palma para desembarcar los náufragos. Los británicos acceden llegando a Palma a las cinco de la tarde. De los 1.223 hombres de dotación del crucero Baleares cuando fue torpedeado, murieron 788. A la dotación habitual se había añadido el Estado Mayor, marineros de otras unidades que debían desembarcar en Cádiz y disfrutar de un permiso y un grupo de operarios de la Sociedad Española de Construcción Naval de San Fernando, dedicados a hacer reparaciones sobre la marcha.

En su corto tiempo en servicio realizó 278 singladuras, bombardeó en 33 ocasiones puntos en la costa enemiga, tuvo cuatro encuentros con la escuadra enemiga, abatió 14 aviones, realizó 40 servicios de escolta de convoyes, reconoció 289 buques mercantes, fue atacado en tres ocasiones por submarinos y en 34 por aviones que le lanzaron 110 bombas.

Fue en sí el mayor desastre naval de toda la contienda, tanto por la cantidad de víctimas causadas, (sólo superado por el hundimiento del mercante Castillo Olite) como por la valía y necesidad del buque, provocando una gran decepción en toda la escuadra y posteriormente, un desafortunado discurso del general Franco, en la toma a los pocos días de la población de Vinaroz que le dio la salida al Mediterráneo, partiendo en dos la zona ocupada de España aún por el ejército rojo.

Se dio un hecho extraordinario; le ocurrió al teniente de navío don Manuel Cervera Cabello, quien por ser el oficial de mayor graduación vivo tomo el mando del buque, quedándose a bordo hasta confirmar el abandono de todos los miembros de la dotación, cuando decidió saltar en el instante de que el buque se hundió y lo arrastró al fondo, pero dio la casualidad de ser envuelto en una de las típicas burbujas que se forman en estos casos, siendo devuelto a la superficie donde fue rescatado. Quedando demostrado que no era su día y confirmando casos anteriores que se produjeron a lo largo de la Historia Naval y que no se daba crédito a semejante suceso.

Bibliografía:

Moreno de Alborán y de Reyna, Fernando y Salvador.: La Guerra Silenciosa y Silenciada. Historia de la campaña naval durante la guerra de 1936-39. Impreso en Gráficas Lormo. S. A. 1998. Reconocida por la Real Academia de la Historia en 2004, como la mejor y más imparcial obra publicada hasta la fecha con referencia a la Campaña Naval de la Guerra Civil 1936-1939.

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