Álvaro de Bazán y Guzmán

Posted By on 6 junio, 2021

Álvaro de Bazán y Guzmán. Cortesía Museo Naval. Madrid.

Capitán general del mar Océano y de la Gente, de a pie y a caballo del reino de Portugal.

Capitán General de la Galeras de España.

Capitán General de las Galeras de Nápoles.

Capitán General de las Galeras del Estrecho. Después llamada de la Avería.

Grande España.

Caballero Cruzado de la Orden Militar de Santiago.

Comendador Mayor de León en la misma Orden.

I Marqués de Santa Cruz de Mudela.

Señor de las Villas del Viso y Valdepeñas.

Consejero de Su Majestad.

Su abuelo primer Álvaro de Bazán conquistó en 1485 la villa de Baza, dejando el camino libre para que las tropas llegaran a los muros de Granada. Su padre 2º Álvaro de Bazán, defendió a Carlos I en el levantamiento de los Comuneros; estuvo al mando de las Galeras de España muchos años; fue el inventor del Galeón; mandó la escuadra que deshizo a la francesa en Muros; continuó mandando la escuadra de Galeones del mar de Poniente, participó en la toma de la Goleta y Túnez; apresó muchos buques incluso al propio Barbarroja; por un mal entendido dejó el mando de las Galeras de España y se dedicó a servir al Rey bajo la firma de asientos, estuvo al mando de las cuatro escuadra que se reunieron, para trasladar al entonces Príncipe de Asturias (don Felipe) en su viaje a Inglaterra para contraer matrimonio con la reina María Tudor.

Su padre como hemos dicho era don Álvaro de Bazán y Manuel, su madre doña Ana de Guzmán, hija del conde de Teba y marqués de Ardales, viniendo al mundo el 12 de diciembre de 1526, en el barrio del Darro (actualmente Los Cármenes) en Granada, por haber sido nombrado su padre Capitán General de las Galeras de la guarda de Andalucía, las cuales serían posteriormente las mismas que se denominaron de España, por ello su casa y cuartel general se encontraba en la ciudad junto a toda su familia.

Es de suponer que en sus primeros meses estuvo a cargo de su madre, pero dado que era el primogénito y heredero del Mayorazgo, para su educación se le buscó un ayo, siendo escogido don Pedro González de Simancas, quien como juego comenzó pronto a manejar la espada y la hípica, compartiendo sus primeras letras, quien no olvidó pasado un tiempo darle lecciones de más nivel, como el latín, algo de griego antiguo, el francés y el árabe, sin olvidar las matemáticas, altas nociones de cosmografía y geografía.

Mucho debía ser el aprecio de don Carlos I, cuando le concedió el hábito de Santiago con tan solo dos años y tres meses, por Real cédula fechada en Toledo el 8 de marzo de 1529. En el documento a su dorso levanta el acta el escribano de S. M. don Pedro de Quesada, fechada en la ciudad de Guadix donde se cuenta que los caballeros don Francisco Pérez y el prior don Andrés Fernández, quienes en el monasterio de Granada: «…e tomando la dicha carta e provisión en sus manos e la besaron e pusieron sobre sus cabezas con las reverencia e acatamiento debidos…» fue armado caballero por Francisco Pérez: «…se le calzaron ispuelas doradas e ceñiéndole espada e faciendo otras ceremonias que allí pasaron…» pasando a manos del prior don Andrés Fernández, para vestirlo con el hábito seglar: «…e le vistió un abito blanco con la cruz e abito de la dicha orden e faciendo las solemnidades e ceremonias e dándole las bendiciones que en tal caso se suelen dar…»

Se cuenta que, a pesar de tener tan poca edad sufrió toda la ceremonia sin dar nada que hablar, con un estoicismo que parecía era consciente de la solemnidad del acto. Por su corta edad no pudo permanecer el año obligatorio de estancia en un monasterio para pertenecer de verdad a la Orden, marcándose lo haría al llegar a los catorce años, pero sus prontas necesidades de prestar servicio al Monarca, retrasaron esta obligatoriedad nada menos que hasta 1568, cuando ya contaba con cuarenta y dos de edad.

Permaneció en su casa de Los Cármenes hasta 1529, viajando hasta su nuevo hogar en el peñón de Gibraltar, allí descubrió la mar y ya no se despegó de ella. Mientras proseguían las clases en casi todas las materias conocidas, sin dejar la espada y la montura, pasaba el tiempo y el niño comenzaba a dejar de serlo, de hecho como muestra del agradecimiento de don Carlos a su padre, nombró al hijo por Real cédula fechada en Madrid el 2 de mayo (fecha inolvidable por varios motivos) de 1535, por la que era nombrado: «Alcaide del Castillo de Gibraltar» contando tan solo con nueve años. Como es lógico el niño no estaba preparado para tomar ese mando por ello el Rey en el documento añade: «…tuviese el padre la tenencia, salarios, derechos y juramento de fidelidad hasta que el hijo entrase por sí mismo…»

Pero su padre no se paró por ello, pues comenzó por ampliar los muelles y montó el astillero, de donde salieron no pocos de sus inventos, los galeones, ya que desde sierra Carbonera se bajaban al astillero las maderas, bien los tramos que no se podía utilizaban los equinos, bien por los cauces de los ríos Guadarranque y Palmones, surtiendo así de todo lo necesario para mejor servicio de España. Al alcanzar la edad de doce años el padre decidió era hora supiera lo que era una nave, por ello en 1538 lo embarcó como su ayudante en las propias, sufriendo los primeros síntomas de lo que significa marearse por falta de costumbre, comprobando no estaba hecho lo mantuvo a flote constantemente, al mismo tiempo se le ordenaban los trabajos como a cualquier marinero, para aprender de verdad el arte de marear. En poco tiempo consiguió hacerlo un avezado marino, pues desde bien pequeño había demostrado aprender rápido.

El 1 de marzo de 1543 el Rey le expidió una Real Provisión nombrándolo en desagravio (dado que sus cuentas investigadas por los secretarios nada había encontrado de sus supuestas malversaciones o robos de las cuentas de las galeras de España) a don Álvaro de Bazán, como jefe de una escuadra que él mismo debía aprestar, estando destinada como guarda del mar de Poniente y de sus villas, y ciudades costeras extraer los vasos, así salieron de Guipúzcoa, Vizcaya y las Cuatro Villas, designando don Álvaro a Laredo como base principal de ella, con la orden del Monarca de transportar a Brujas al maestre de campo don Pedro de Guzmán, quien con sus dos mil hombres debía llegar a Flandes, al mismo tiempo dar protección al tráfico marítimo, el cual siempre estaba siendo molestado por los franceses. Un tiempo después don Carlos I viajaba a las mismas tierras protegido por la misma escuadra.

Para cumplir la Real orden casi no le hizo falta ni moverse, solo envío emisarios y en unas semanas su escuadra alcanzó los cuarenta buques, teniendo todos ellos entre las doscientas y quinientas toneladas, escogió quince zarpando con rumbo a Brujas dando escolta al convoy trasladó al Tercio sin ninguna incidencia. Al regresar en junio siguiente, como era lo mandado debía llevar tropas en sus bajeles, para ello eligió al Tercio del maestre de Campo don Diego García de Paredes, (no el de la conquista del virreinato de Nueva España porque había fallecido) formado por otros dos mil hombres.

El 8 de julio de 1543 le llegó un correo de don Sancho de Leyva, Gobernador de Fuenterrabía, porque sus vigías situados en las alturas de Jaizkibel habían visto pasar no lejos de la costa una escuadra francesa con treinta velas, habiendo dado la vela desde el puerto de Bayona con rumbo al Oeste, reforzada con quinientos cincuenta arcabuceros escogidos de la «legión», llevando a remolque dos naos vizcaínas apresadas. Por la rapidez de los acontecimientos, Paredes no había podido reunir toda su tropa y solo contaba con mil hombres de nueva recluta, por ello inexpertos.

Don Álvaro envío un mensajero a Leyva reclamándole tropas, éste envío a los arcabuceros al mando del capitán don Pedro de Urbina, sumando unos quinientos. La escuadra francesa aunque alistada por el vicealmirante De Burye, estaba al mando del que se consideraba en aquellos momentos el mejor marino francés, Jean de Clamorgan. La escuadra enemiga continuó su navegar pasando el 10 frente a Laredo, cuando don Álvaro todavía no había recibido el apoyo pedido, por ello no pudo cortarles el paso, optando por dejarlos pasar. Pero los franceses tampoco se dieron cuenta que allí estaba la armada española, si se hubieran fijado y advertido de ello, la podían haber atacado y quizás destruido, esto favoreció a don Álvaro. (En la guerra no se pueden cometer fallos. Nunca perdonan.)

Continuaba a la espera de los refuerzos, cuando por correos seguidos se enteró del ataque y saqueo de las Villas de Laja, Corcubión y Finisterre. A ello se sumaba que en la costa no había tropas para defenderlas, pues el Gobernador conde de Castro, por no tener suficientes hombres había decidido internarse hasta Santiago, para proteger el tesoro de su catedral. Al llegarle este último mensaje el 18 de julio, lo hicieron a su vez los hombres de don Pedro de Urbina, quienes embarcaron sin descansar y se hizo a la vela inmediatamente, sacando los vasos uno a uno con los botes por tener vientos contrarios. Pero al estar fuera de puntas y doblado el cabo Mayor el viento era en parte favorable, comenzando a largar velas, se iban reconociendo todos los lugares posibles para evitar se escondiera la escuadra enemiga y ser atacados por la popa, pero no la hallaron, arribando al cabo de Peñas, para arrumbar al de Estaca de Bares donde se recaló, zarpando lo antes posible alcanzando el cabo de Ortegal, aprovechando los vientos llegó a Toriñana, continuando hasta divisar los picos de Curote y Fanequeira, siendo en este momento cuando una nave a remo de Noya se acercó a la capitana, informándole de lo que estaba ocurriendo en Muros.

Informado dio la orden de navegar rumbo a Muros, era el 25 de julio (festividad del patrón de España, fecha en la cual España no había perdido nunca un combate, ello llevó a don Álvaro a gritarlo a las dotaciones para correr la voz, éstas se enardecieron por la segura victoria) no era fácil entrar en la ría a la velocidad que iban, pero los pilotos eran de la zona, conocedores por tanto de sus problemas y marcaron unos rumbos muy adecuados, así pronto quedaron atrás los Bruyos y Meixidos, un poco más tarde Ximiela por una banda y por la otra Basoñas, aproando al monte Louro, donde pusieron rumbo directo a Muros.

Pronto divisando la escuadra francesa sobre Muros, tratando de un rescate para no ser destruirla la Villa. Luego se supo que las conversaciones las alargaron todo lo posible en espera de la escuadra de don Álvaro y estaban llegando al trato final por doce mil ducados cuando apareció la deseada escuadra. La francesa casi toda permanecía fondeada, al ver aparecer a la española a todo trapo, picaron los cables e intentaron entrar en combate lo mejor posible, pero la estrechez de la ría no les permitió conseguirlo. Don Álvaro se fue directo a pasar por ojo a la capitana francesa al mando de Jean de Clamorgan, consiguiéndolo en el centro del buque enemigo, donde casi se incrustó aprovechando para ser abordada, el golpe fue tan fuerte que la proa de la española también sufrió el encontronazo, en el combate seguido murieron cien españoles, de los franceses quedaron muy pocos.

Una nao francesa, la del mando de Hallerbarde intentó prestar ayuda a su capitana, pero fue aferrada por la de don Álvaro, sobre la cual saltaron las tropas españolas y la rindieron en muy poco tiempo. Mientras había ido entrando en combate el resto de buques generalizándose la refriega. Tuvo una duración de dos largas horas, en ellas ambos contendiente se batieron con valor, pero la fuerza de los españoles se fue imponiendo y al terminar el fuego, los franceses había perdió el galeón capitana hundido, veintitrés se rindieron y solo uno pudo zafarse, más bien don Álvaro lo dejó ir para que llevara la buena noticia, murieron unos tres mil hombres, en la española trescientos siendo heridos otros quinientos sin ninguna pérdida de buque.

En este combate por primera vez participó como ayudante de su padre, el futuro marqués de Santa Cruz quien en estos momentos contaba con quince años y ocho meses de edad, pero se batió como el primero demostrando sus buenas formas, manchando por primera vez su espada de sangre enemiga. Esto puede dar una idea de lo encarnizado del enfrentamiento, pues en algo más de dos horas por ambas partes fueron heridos o muertos casi cuatro mil efectivos, no dejando lugar a duda la dureza del combate.

Los buques capturados fueron llevados al puerto de Coruña, se desembarcó todo lo que llevaban y se clasificó, así los que había sido robados por los franceses pudieron reconocer sus pertenencias, siéndoles devueltas, luego vino el reparto del resto. Mientras don Álvaro envió a don García de Paredes a comunicar al Rey la gran victoria y el capitán Navarrete hizo lo propio con el Príncipe de Asturias, futuro don Felipe II. A su vez el Rey ordenó a su Secretario don Gonzalo Pérez escribir con los datos de la victoria, al embajador de España en la República de Venecia don Diego Hurtado de Mendoza, para ponerlo en su conocimiento.

La carta se encuentra en la colección Muñoz en la Academia de la Historia y dice: «Estando escribiendo esta, ha llegado un capitan enviado por Don Álvaro de Bazan, capitán general del armada que anda en el mar de poniente, con el cual nos escribió que habiendo tenido nuevas como cierta armada del rey de Francia había saqueado un lugar que se dice Lancha, y a Finisterre y otros casales y iglesias, y hecho mucho daño y muerto muchas mujeres e hijos, y rescatado otros, y que estaban en concierto con un lugar que se dice Muros, que les daba dos mil ducados porque no lo saqueasen, sacó gente de cinco navíos pequeños y metiola en los diez y seis mejores, y el día de Santiago por la mañana se topó con ellos en una cala del cabo de Finisterre, donde conforme al tiempo le pareció que debían estar, y peleo con ellos de manera que los rompió y les tomo diez y seis navios que traian de batalla, y en ellos dos compañias de infantería del Rey de Francia que estaban en Bayona, en que habia quinientos cincuenta arcabuceros, sin la otra gente de pelea que venia en el armada, en la que tomo mucha artillería y liberto mucha gente que llevaba presa. Ha sido buena nueva.»

Don Álvaro quiso acercarse a Santiago para dar las gracias al Santo por la victoria, dejando a su joven hijo al mando de la escuadra en la Coruña. Fue recibido en la Catedral con todo el ceremonial correspondiente a un capitán general, aparte de haber llevado la paz a la zona con su victoria, en cuyo agradecimiento estuvo desde el Gobernador conde de Castro, todo el cabildo y el pueblo al completo. Pues para dar las gracias llevó parte de sus pertenecías del botín conseguido, siendo repartido entre todos y sobre todo para el Santo Patrón de España.

Entre 1544 á 1553, permaneció en su cargo de Gobernador de la Fortaleza de Gibraltar donde había dispuesto su casa y cuando su padre zarpaba con su escuadra se incorporaba, continuando así su aprendizaje en las ciencias náuticas. El 19 de marzo de 1550 contrajo matrimonio con doña Juana de Zúñiga Avellaneda, hija mayor de los condes de Miranda, cuando él contaba con veinticuatro años de edad, de este primer matrimonio tuvo cuatro hijas, Maríana, Juana, Brianda y Ana Manuel, su esposa falleció en el mismo Peñón en 1562. Esto obligó a sus padres a fundar el Mayorazgo de las Villas del Viso y Santa Cruz, más otros muchos bienes que se le añadieron a su primogénito.

A esta edad por datos de Lasso de Vega sabemos era: «…dispuesto de cuerpo y gentil presencia, color de rostro que tiraba a moreno, recios miembros bien proporcionados, barba castaña y bien asentada, aun cuando no con nota de espesa…que tenía la cara larga, ojos grandes, facciones correctas, frente despejada, nariz fina y aspecto bondadoso…su carácter reflexivo, con una energía seca y recta, que le hizo ganar fama…era de natural piadoso y comprensivo para con sus subordinados…utilizando la sequedad para con los superiores…» Lo que dice no poco de su honor, pues los primeros era difícil le hicieran sombra, pero los segundo sí y tenían la responsabilidad del mando, de ahí el no soportar sus reacciones fuera de lugar. De hecho hay una frase de don Miguel de Cervantes, quien lo define completamente, teniendo en cuenta no habla el escritor, sino una persona que estuvo a sus órdenes: «el padres de sus soldados» Pensamos no hacen falta más explicaciones.

Con fecha del 8 de diciembre de 1554 don Carlos I firma el nombramiento de capitán general de la Armada, la cual debe reunir en el puerto de Laredo. En ella le indica su composición: las dos galeazas de su propiedad, cuatro navíos del porte de doscientas a trescientas toneladas y dos zafras de las construidas en aquellos lugares, con una dotación de hombres de mar y tierra de mil doscientos, a razón de veinte marineros o pajes por cada cien toneladas, aparte los hombres de armas, de forma que un vaso entre las trescientas y cuatrocientas toneladas, llevaba a bordo de ciento veinte y ciento sesenta hombres. Esta fue la última orden que recibió de don Carlos I, pues diez meses después abdicó.

La escuadra por el sempiterno motivo de no poder ser dotada con hombres de mar, se tuvo que recurrir a la recluta forzosa, por ello hasta mayo de 1555 no se pudo hacer a la mar. Al zarpar doblaron el cabo de Finisterre con rumbo al Sur, al estar a la altura de Lisboa rindieron un buque francés, prosiguieron su crucero haciendo escala el Lagos de la misma costa de Portugal, donde se llenaron los buques de víveres frescos, zarparon con rumbo a las islas Canarias, donde tuvieron un encuentro con los ingleses, a estos se les hundió un bajel y el resto maltratados se alejaron, limpiadas las islas pusieron rumbo a las Azores, donde se mantuvo otro combate contra franceses, siendo pareja la situación pero abandonando las aguas los enemigos, desde donde se puso rumbo a Sanlúcar de Barrameda.

A su arribada a finales de octubre de 1555 los vasos pasaron a revisar los diferentes daños de los combates, así como a cambiar las velas y toda la maniobra, tanto la fija como la móvil, pues después de cinco largos meses en la mar y los diferentes encuentros navales no se les podía abandonar. Al mismo tiempo aprovechó para congraciarse con las dotaciones y todos los que tenían familia en aquella tierra se les dio licencia para permanecer con los suyos al menos unos días. Él a su vez viajó a Gibraltar para ver a su familia, dejando el mando de la escuadra a su hermano don Alonso.

Ocurrió un hecho, que al final sentó jurisprudencia como se verá. Al poco de la marcha de don Álvaro, la marinería por la típica falta de cobro de sus sueldos se sublevó, pero en vez de hacerlo en los buques, unos cuantos se pusieron en marcha a la ciudad de Sevilla, donde su Alcalde(1) el Licenciado Calderón, ordenó fuera llevado a su presencia el Maestre don Juan de Santiago pagador de la escuadra. Se envío inmediatamente un aviso a don Álvaro para ponerlo en su conocimiento, éste viajó a la ciudad y con la ayuda de Dios consiguió convencer al alcalde de Cuadra (como se les llamaba en Sevilla, por ser así conocida la sala Capitular del Ayuntamiento) poniéndose de nuevo en camino a la escuadra.

(1) Los Alcaldes en esta época eran siempre personas de altos conocimientos y muchos de realengo, eran nombrados por el Rey, de ahí que tuvieran poderes de juez y otros, por lo que al suceder el hecho estando en su término, consideró que el problema estaba bajo su jurisdicción, por ello después de ver el error en la legislación, se dividió ésta para evitar cruces de poderes no deseables y poner a cada uno en su lugar, siendo en realidad la primera vez que se separaba la justicia militar de la civil. Un aporte más y menos conocido de los muchos que dio a España don Álvaro de Bazán y Guzmán.

Parecía que todo volvía a la calma hasta pasar otros cuatro días cuando el mismo que había denunciado al Maestre, se puso delante junto a otros de don Álvaro, éste los amonestó y: «…mandó al Alguacil Real de su Armada prendiese a dicho marinero y le diese dos ‹estropeadas›…» Al terminar el castigo siendo dos fuertes latigazos, se puso en pie encaminándose de nuevo a la ciudad, volviendo a denunciar que por demandar su salario se le había castigado. Don Álvaro regresó a su casa. El alcalde sin ampararse a nadie ordenó apresar a los culpables de semejante castigo, así llegaron y apresaron al Alguacil Real de la Armada, el Maestre de nuevo y al Capitán de la nao, con estos no tuvieron problemas, pero al ir a apresar al Alférez quien además estaba de guardia, desenvainó su espada y estuvo jugando con los alguaciles del Ayuntamiento, algunos de sus tajos si fueron en serio causando heridas a sus aprehensores, pero ninguna mortal, pues se cuidaba de no ser así, pero fueron acudiendo más y más alguaciles, para evitar llegar a más dejo caer la espada, momento en que se abalanzaron varios y le pusieron cadenas.

Enterado de nuevo don Álvaro, regresó a la ciudad yendo a visitar al alcalde, éste le espetó: «…que ningún General tiene jurisdicción, ni puede castigar ningún marinero ni en la Mar ni en el Puerto…» (Algo fuera de rumbo navegaba)

Pero no se quedó ahí la cosa, pues ordenó a don Álvaro «daos preso» a ello no opuso resistencia, siendo llevado a casa de uno de sus alguaciles, don Francisco de Guzmán. Don Álvaro algo molesto por la situación, se limitó a escribir una carta al Rey entregándosela a su carcelero, éste ordenó que uno de sus criados viajara a la Corte sin perder tiempo, encontrándose en esos momentos en la ciudad de Valladolid. Por ausencia del Príncipe de Asturias, quien precisamente estaba de viaje a Bruselas, (donde el día 22 de octubre, su padre le entregó los estados de Flandes y Brabante y el 16 de enero siguiente, la corona de España y los estados de la península itálica) por ello se encontraba de Gobernadora la Infanta de España su hermana Juana.

El mensajero se esperó a tener la contestación, en el documento entre otras cosas se dice:«…estamos maravillados de vosotros haber hecho lo susodicho, lo cual diz que ha sido causa de desaviarse la dicha Armada y no podemos servir della con la brevedad que convenia, para ir a Flandes como teníamos mandado a llevar cierto dinero, y volver con mi Rey, lo cual todo diz que ha cesado por la ocasión que con las dichas prisiones se ha dado a las dichas gentes para amotinarse y salirse de la dicha Armada y dexarla desamparada y a peligro de perderse; y porque a nuestro servicio conviene proveer y remediar lo susodicho, Nos mandamos que luego ante todas cosas solteis de la prisión en que esta al dicho D. Alvaro de Bazan, nuestro Capitan General de la dicha Armada, sino le teneis preso por otra causa mas que por mandado al dicho Alguacil de su Armada que prendiese al dicho marinero y le diese trato de cuerda o estropease para que haga cumplir lo que por Nos está mandado y asimismo soltareis luego al dicho Alguacil, Maestre de la Nao y Alferez y otros oficiales de la dicha Armada, no teniendoles presos por otras causas justas mas de haber hecho cumplido y executado lo que el dicho D. Alvaro su Capitan General les ordenó…y favorecereis  en todo lo que fuere justo y conveniere al dicho D. Alvaro de Bazan y a la Persona a quien el dexare la dicha Armada para que la pueda aderezar y poner en orden con la brevedad que conviniere y le hordenamos que lo haga y no fagades ende el…»

Pocos días después y para evitar nuevo problemas al respecto se dictó una Real orden, en ella se aclara para conocimiento de todos que, el único responsable de dar justicia sin haber nada en contra, sobre las dotaciones de los buques, bien se encontraran en la mar, bien en puerto, sería únicamente el General al mando de ella. De esta forma don Álvaro había conseguido por fin la separación de poderes sobre sus cascos y hombres, pues para los alcaldes era toda una novedad dado su poco o nulo conocimiento de las cosas de la mar. En compensación por la falta de legislación al respecto, la Gobernadora de España fijó se le gratificara incluyéndolo en el sueldo de don Álvaro, la cifra de dos mil ducados más, como desagravio de la Corona y por las nuevas responsabilidades.

La escuadra como era lo habitual pasó a desarme, dándose de baja la mayor parte de la marinería regresando los Tercios a sus cuarteles, solo se quedaban a bordo de ellos un número reducido para el mantenimiento del buque, por ello al regresar en marzo de 1556, volvían los problemas de encontrar las dotaciones suficientes. Si bien era un ahorro para la Real Hacienda, era una gran pérdida de tiempo volver a formar una dotación profesional, de ahí que en ciertas ocasiones se fallara en las maniobras más arriesgadas, pero este problema se alargó con el tiempo casi indefinidamente.

Recibió don Álvaro la orden de navegar al mar de Poniente donde debía embarcar caudales con destino a Flandes para el pago de los Tercios allí estacionados, pero al doblar el cabo de San Vicente un fuerte viento de Norte le obligó a buscar refugio en la costa de Berbería, donde además se declaró una epidemia de viruela causando muchas bajas, se tuvo que buscar más tripulantes, al conseguirlo le fue comunicado que aprovechando esos vientos favorables dos buques ingleses se encontraban en el cabo de Arger, como siempre era su forma indirecta de atacar a España, pues iban cargados de armas para los berberiscos de Fez y Marruecos.

En cuanto pudo disponer de cuatro buques, se lanzó a por los enemigos, entrando en el puerto a pesar del fuego de la fortaleza que le da guarda; los buques estaban fondeados siéndole fácil darles remolque y sacarlos del lugar, pero no contento con ello a estos los remolcaban dos españoles, los otros dos atacaron siete chalupas y carabelas preparadas para capturar a los pesqueros españoles en el Cabo Blanco, no pudiendo sacarlas todas dio la orden de pegarles fuego convirtiéndose en piras muy rápidamente, disparando por las dos bandas maltrataron a todos los que acudieron a la llamada de socorro de la fortaleza, consiguiendo salir solo con algún impacto en sus cascos, arribando a la bahía de Cádiz el 26 de mayo de 1556 con los dos buques ingleses, sumando lo apresado doscientos hombres y treinta piezas de artillería.

Se encontraba en la bahía de Cádiz cuando recibió la orden del 25 de agosto siguiente, de dar de baja en su escuadra a los cuatro buques menores, quedando formada por las dos galeazas de su propiedad y dos galeras de la Corona, con ella la de partir con rumbo a la ciudad de Málaga para embarcar refuerzos con destino a la plaza de Orán, pues había fallecido Khair-el-Edin alias Barbarroja y sus segundos estaban intentando conquistar la plaza, la cual se había convertido en una floreciente ciudad al amparo de la Corona de España. Sobre el mismo puerto entre los cabos de Falcón y Agujas se encontraban las galeras turcas castigando la plaza.

Don Álvaro se dio prisa en embarcar todo lo que se pedía, más el refuerzo de tropas de tierra con víveres y pertrechos de guerra, pero justo cuando estaba a punto de levar las anclas se recibió un nuevo cambio de destino, dado que Orán se había librado de la presión de los turcos al entablar combate entre ellos, lo que aprovechó el Gobernador de la ciudad y con varias salidas les termino de convencer no era tan fácil, por ello decidieron zarpar y abandonar, pensando que pronto tendrían muy cerca las escuadras españolas.

El nuevo destino fue ir a cruzar en la obligada recalada de las Flotas de Indias, entre los cabos de San María y San Vicente, pero don Álvaro algo previsor se adentró en el océano con rumbo al Norte, al navegar unas horas se le acercó una carabela portuguesa, para informarle que los corsario franceses estaban merodeando por la zona, sabedor de esto, dio la orden de separarse sus buques a la vista para cubrir más espacio de mar, efectivamente a las pocas horas se dio aviso de vela a la vista, por ello y a rumbo de vuelta encontrada sobre el vaso avistado se fueron reuniendo los buques, al llegar a ver el pabellón distinguieron era el blanco flordelisado, sin duda sobre su procedencia se le ofreció la rendición a ello el capitán francés viendo la superioridad se entregó sin disparar, siendo capturada una galeaza por nombre Crezen y abanderada en Burdeos, arribando a la bahía de Cádiz el 13 de octubre siguiente.

Don Álvaro escribió a la Princesa Gobernadora, en la carta hace referencia a la captura de la galeaza francesa en estos términos: «…es un muy lindo navio para Armada, y boga treinta y dos remos, de dos hombres cada remo; y tenia muy buena gente y muy buena artilleria y municiones, y la artilleria eran de cinco piezas de bronce, de ellas una de veinte quintales, y catorce de hierro y mosquetes, y tendrá el navio doscientas toneladas y hechuras de galeaza…» A buen entendedor pocas palabras bastan; quedaba de manifiesto que don Álvaro quería incorporar el buque a su escuadra, lo entendió la Princesa y se la entregó para aumentarla, solo que por ser ya terciada la mala época se quedó fondeada con el resto de la escuadra para pasar la invernada.

Pasado el invierno se volvió a reunir a las dotaciones, el 31 de marzo de 1557 zarpaba la escuadra con rumbo a la población de Laredo, con la misión de transportar a Flandes sesenta piezas de artillería con su munición, pero otra vez al doblar el cabo de San Vicente los vientos contrarios les obligaron a navegar a remo, convirtiéndose en una travesía muy penosa a parte de retrasarle mucho, pero no tuvo objeción en atacar a una flota de corsarios franceses en el paralelo de Lisboa, consiguiendo apresar a tres de ellos y el resto se dio a la huida, logrando arribar a Laredo el 3 de junio.

Al fondear le entregaron una carta del Rey don Felipe II desde Inglaterra, pues le había llegado noticias del regreso de una Flota de Indias cargada con situado, estando en rumbo a las islas Azores y en su persecución Francia había enviado una escuadra para capturarla. Ante esto don Álvaro solo se paró lo justo para avituallarse y hacerse a la mar de nuevo, esta vez los vientos fueron propicios y llegó a tiempo a las islas, avistando la Flota uniéndosele para darle escolta, todo a la vista de la escuadra francesa, quienes al divisar las velas de socorro no se atrevieron a atacar, ni a la Flota ni a la escuadra de don Álvaro, éste ordeno poner rumbo a la bahía de Cádiz, dejando a salvo a la Flota en Sanlúcar de Barrameda, fondeando en la bahía el 6 de septiembre seguido.

Mientras esto sucedía en la mar, en tierra se había librado los combates de San Quintín y Gravelinas, aumentando el odio del Rey de Francia Enrique II, quien por los desastres sufridos ordenó que todo español capturado se le pusiera inmediatamente al remo sin mirar el grado. Esto fue conocido por don Felipe II, quien a su vez envió orden a don Álvaro de hacer lo mismo con los franceses, pero al mismo tiempo aumenta las penas a ejecutar, pues en la Orden fechada el 31 de diciembre del mismo año, se le indica: «…los capitanes, oficiales y maestres que fueren tomados en la navegación de las Indias, yendo o viniendo, o esperando los navíos que van y vienen a ellas o dellas, los cuales queremos y es nuestra voluntad que todos sean ahorcados y echados a la mar, sin que haya remision nenguna, porque así conviene a nuestro servicio y seguridad de aquellas partes, encargamos y mandamos os, que conforme en lo que está dicho lo hagais y cumplais y executeis así de aquí en adelante durante la guerra, hasta que otra cosa mandemos…» Para no extendernos en demasía, los siguiente años hasta 1561, las misiones, trabajos y navegaciones fueron del mismo tenor y con parecidos resultados por parte de la exigua escuadra al mando de don Álvaro.

Cuando la rotura de relaciones y declaración de guerra con Inglaterra, en julio de 1561 el Rey le vuelve a enviar una Orden a don Álvaro, entre otras cosas dice: «…los corsarios de aquellos paises deben ser ahorcados como robadores y contravenidores de los conciertos echos y personas que van contra la voluntad de sus Reyes y señores naturales, executándolos luego en la mar con todo rigor…»

En este mismo 1561 el bajá de Argel había ido conquistando sus zonas aledañas, pero al llegar e intentar cruzar el río Muluya, los moros del Rif le obligaron a retroceder, pero no cejó el bajá, pues desde Argel le quedaban muy lejanas las tierras del sur de España, por ello bojeando las costa descubrieron el peñón de Vélez de la Gomera, habitado por unos pocos pescadores, no se lo pensaron y desembarcaron haciéndose fuertes en él, levantando muy cuidadosamente una gran fortaleza para asegurar su defensa resultando harto difícil su conquistar, como el peñón quedaba en las horas de bajamar unido a tierra por un pequeño terraplén, decidieron protegerlo en tierra firme construyendo un Al-Galá o castillo en su lengua, traducido al español es un Alcalá.

Desde aquí comenzaron a hacer mucho daño dada su cercanía al tráfico de mercancías, pues daban caza a cualquier buque mercante a pesar de ir armado, esta indefensión obligó a correr la voz entre los mercaderes y mareantes, llevando a quienes la sufrían a decidir remediar la situación, así el Prior y Cónsules de la Universidad de Sevilla en 1562 piden al Rey la autorización para construir una armada con ocho galeras y una fragata. S. M., siempre preparado a recibir cualquier ayuda en sus múltiples frentes abiertos, no tardó nada en autorizar la formación naval, y a pesar de estar disponibles don Antonio de Zúñiga y don Álvaro de Portugal, nombró como su capitán general a don Álvaro de Bazán y como recaudador del impuesto de la Avería a don Juan Gutiérrez Tello. Quedando creada la Escuadra de la Avería.

Con fecha del 8 de mayo de 1562, se escribe y firma el Rey la Real cédula de concesión del cargo, entre otras cosas dice:«…siendo informado de los daños que estos años pasados an rescivido el Prior y Cónsules de la Universidad de los mercaderes de Sevilla, y otros tratantes, ansí en las Indias como en Levante y Poniente, y los nuevos que al presente se tienen de la galeras y fustas que el alcaide de Vélez de la Gomera  tienen armadas para andar por el Estrecho de Gibraltar, por estar como está tan cerca del para hacer el daño pudiese…habemos acordado que anden ocho galeras y una fragata harmadas para el dicho heffeto a costas de averías por las partes susodichas por cierto tiempo; y acatando la fidelidad, avilidad y suficiencia y celo que vos Don Alvaro de Bazan, cuias son las vilas del Viso y Santa Cruz, teneis de servirnos, avemos determinado de os elegir y nombrar como por la presente os elegimos y nombramos por nuestro Capitán General de las dichas…y que administreis en ellas por vos y por vuestros oficiales la nuestra Justicia cevil y criminal todo el tiempo que andovieren en nuestro servicio…y os obedezcan y tengan y acaten por tal nuestro Capitán General y cumplan vuestros mandamientos so las penas que de nuestra parte les pusieredes las cuales Nos por la presente les ponemos y avemos por puestas y por condenados en ellas lo contrario aciendo y vos damos poder y facultad para las executar conforme a Justicia en las personas y bienes de los que remisos e inobedientes fueren…Item, allende lo susodicho es nuestra voluntad que todas las presas y cavalgadas que se hicieran con las dichas galeras, ansí por Mar como por Tierra, se repartan en la manera siguiente: quel quinto que pertenece a Nos como Rey y Señor, sea del Capitán General porque dello le hazemos merced, y de los demás que nos puede pertenecer de las dichas presas y cavalgadas hazemos merced al dicho Capitán General y a los Capitanes de las Galeras y soldados y gente de guerra dellas para que se repartan entre todos conforme a derecho y leis de estos Reinos juntamente con lo demás que a ellos podria pertenecer…Item, si en las presas y cavalgadas que se hicieren, se tomaren algunos esclavos que sea obligado el dicho General y la gente de las dichas Galeras a dar dellos los que se quieren tomar que sea utiles para el remo y de diez y siete años arriba en treinta ducados de oro, los quales el nuestro Contador de las dichas Galeras les libre y aga pagar de qualquier dinero que oviere de contado y sino dentro de algun termino conviniente y que se hechen luego a la cadena y los asienten en los libros de la dicha contaduria por la Averia…Otrosi, si el dicho General tomare algunos Moros o Turcos todos los Arraeces que tomare los han de enviar a esta corte a vuen recaudo para que se manden lo que ubiere de hacer dellos y el contador a de tener cuidado que se haga ansi y de avisarnos dello. Y los otros moros o Turcos que fueren de rescate de hasta ciento cincuenta ducados y dende arriba reservamos que se puedan tomar y tomen para los gastos de las dichas Galeras para que se pongan en ellas al remo…»

(Como se puede apreciar y eso solo la parte importante para nuestra biografía, la extensión de las Órdenes era exhaustiva por parte del Rey, nada dejaba al azar todo detalladamente explicado. Si como esto lo dictaba todo, no nos extraña que: ‹las cosas de palacio van despacio›, teniendo en cuenta la cantidad de territorios que con don Felipe II llegó a tener España, nos parece casi agotador el trabajo a desarrollar en su despacho.)

Con doce galeras de España más seis de Nápoles, seis del marqués don Antonio Doria, dos de Etefano de Mari y dos de Bendineli Sauli, se unieron para realizar un transporte de tropas a Orán por estar sitiada por los turcos de Torghut Dragut, zarparon el 19 de octubre de 1562 de Málaga, al poco de estar en la mar saltó un fuerte Levante, por ello no quiso embarrancarlas en las mismas playas de Málaga, pues serían destruidas, navegando unas cuarenta millas se quiso guarecer en la rada de La Herradura por ser más segura con ese viento, donde se lanzaron las anclas para soportar la mar, pero roló el viento al S., con tal virulencia que pronto comenzaron a faltar los cables y ser arrastrados los vasos contra la arena donde los golpes de mar las deshicieron, algunas al abordarse unas contra otras, la Capitana terminada cinco meses antes en Nápoles de 28 bancos, fue atravesada por un golpe de mar y puesta quilla al aire, don Diego Juan de Mendoza cayó e intentó nadar pero un madero le golpeo la cabeza perdiendo el sentido y con él la vida, junto a él otros cuatro mil hombres le acompañaron en tan triste fin, consiguiendo salvarse solo tres de ellas. Este desastre pasó a la Historia como ‹La catástrofe de la Herradura›

Don Álvaro se encontraba en la bahía de Cádiz preparando su escuadra, cuando por efecto del viento y la mar de Levante arribaron las tres galeras salvadas, siendo las Soberana, San Juan y Mendoza, las cuales con sus dotaciones y tropas quedaron a sus órdenes. Como era la peor época del año para ir navegando con las galeras, don Álvaro al amainar el temporal dio la orden de zarpar con rumbo al cabo de San Vicente, por haber tenido noticia de la presencia del pirata ‹Pata de Palo› en estas aguas, como siempre a la espera de alguna Flota, pero terminado el reconocimiento nada encontró regresando a la bahía de Cádiz.

Al arribar le esperaba una Orden de don Felipe II para embarcar un centenar de arcabuceros para ser transportados a Orán, rápidamente embarcaron y salió, pues la plaza llevaba entre unos motivos y otros más de siete meses resistiendo el asedio. Al llegar a sus aguas se encontró con una numerosísima escuadra otomana, evitando el encuentro por inconveniente, pero no cejó pues en dos noches seguidas, las del 22 y 23 de mayo de 1563 intentó sin éxito forzar el bloqueo, por ello con estas fechas envía cartas al Rey, pidiéndole permiso para intentarlo una tercera vez.

No recibió noticia, porque el previsor de don Felipe II se había adelantado ordenando formar otra escuadra de galeras en el fondeadero de Cartagena, al mando de don Francisco de Mendoza quien acudió en su auxilio, zarpando a mediados de mayo, arribó uniéndose las escuadras quedando don Álvaro a las órdenes de Mendoza, formando una de treinta y cuatro buques.

La reunión de las fuerzas navales españolas se hizo fuera de la vista de los enemigos, aprovechando la noche para acercarse a la plaza de Orán, al amanecer del día siguiente atacaron las galeras españolas a las turcas, por lo inesperado de su llegada no pudieron oponerse con todo su valor y fuerza, ni por ello evitar una rápida pérdida de sus buques y hombres, causando el pánico entre las huestes de Dragut, desperdigándose en todas direcciones a su mejor saber y entender. A tanto llegó la sorpresa que el mismo Dragut se salvó por la velocidad de su caballo. Don Álvaro fue quien capturó al único buque de la jornada, enfrentándose con su galera capitana a un galeón turco, tomándolo al abordaje no dejando enemigo sano a su bordo.

Pero como previsor don Álvaro, escribió con fecha del 8 de junio al Presidente del Consejo de las Indias, comunicándole los acontecimientos:«…El socorro de Orán es acabado, porque como los Turcos descubrieron la Armada, huyeron luego todos los de tierra y los de mar, dexandose los de tierra en las empalizadas cinco piezas de artilleria y tres que tenían ya embarcadas en un navío de alto bordo que yo tomé y otra en la playa que aun no habían embarcado: las Galeotas se fueron todas en dos bandas, diez y nueve la vuelta de Poniente y ocho al de Levante; zabordaron en tierra cinco Fragatas de hasta siete bancos que también las dexaron con otras muchas barcas que tenían para el servicio del campo; la batería que hicieron en Mazalquivir fue muy grande y cierto los de dentro se defendieron muy bien y es razón que S. M. les haga toda merced. Aquí habemos hallado ocho Galeras que con treinta y cuatro que veníamos, estamos agora cuarenta y dos, y pues ya ay tantas y los corsarios es de creer que irán de buelta del Poniente, me parece que seria de gran importancia que estas cuatro Galeras llevase a juntar con las otras para rehacellas todas de buena gente, porque yo les truxe toda la mejor y la que allá quedó fue el desecho, digo de la gente de remo, y es de creer pues ya no hay cerco de Orán que iran algunos corsarios la buelta de Poniente; yo escribo a S. M. advirtiéndole desto, V. S. haga allí la diligencia que más le pareciere convenir al servicio de S. M.…»

Como respuesta don Felipe II le escribe y entre otras cosas le dice: «…el cuidado y diligencia con que nos servistes en ella os tenemos en servicio, y así la voluntad con que somos ciertos lo habeis hecho, que es la que siempre habéis acostumbrado, de lo cual ternemos memoria para favoreceros y haceros merced como es razón…» El problema del Peñón de Vélez de la Gomera se iba retrasando, pues no había un solo día de descanso y viéndose don Álvaro con fuerzas suficiente para intentarlo, por la anterior desbandada de los turcos, decidió salir con rumbo al Peñón, al arribar los buques enemigos salieron huyendo, esto le dio confianza y desembarcó quinientos arcabuceros al mando de don Sancho de Leiva, los cuales tomaron la fortaleza de Alcalá, pero casi convencido de su éxito, comenzaron a acudir fuerzas por tierra siendo imposible mantener la fortaleza, dándose la orden de abandonarla, para ello don Álvaro acercó sus galeras lo suficiente para batir a los enemigos, al mismo tiempo que facilitar el reembarque de todos sus hombres y ciando, se separaron del alcance del fuego enemigo, virando con rumbo al puerto de Málaga.

No por ello pasó a reposo, pues llegó una nueva orden de S. M., por ella debía de ir a proteger la arribada de una Flota de Indias, pues los corsarios ingleses, franceses y escoceses estaban a la espera del deseado botín, razón suficiente para salir lo más rápido posible y arribar al cabo de San Vicente. Esto le llevaría en las próximas fechas a cruzar su espada por primera vez con los isleños de Albión.

Corriendo el otoño de 1563 don Álvaro tuvo ese primer encuentro con los ingleses. Pero mejor que relatarlo, pensamos es más importante pasar a transcribir su carta a don Felipe II, en ella le cuenta lo ocurrido: «…El savado pasado a los veinte deste, me llegó un correo del Corregidor de Gibraltar al Puerto de Santa María, donde estaba de imbernada con las Galeras de mi cargo, con aviso de cómo 8 naos Inglesas con gran desvergüenza, se avian movido dentro del puerto de aquella Ciudad a tomar una Nao Francesa que allí estaba surta y la avian tirado muchas piezas de Artilleria y abordola y como realmente la tomaran si la Nao Francesa, metiéndose debaxo del Artilleria no fuera favorecida con muchos cañonazos que del Castillo y de la Ciudad tiraron a los Ingleses y como las dichas naos le prendieron un Alguacil y se lo tuvieron preso en las dichas naos como todo lo verá V. M. por las copias del testimonio y carta que escrivio, que serán como esta, visto lo qüal y la calidad del delito que en lo susodicho cometieron y el atrevimiento con que quebrantaron aquel Puerto tan en deservicio de V. M. y de la autoridad de su Justicia y contra las pazes que V. M. tiene con los Príncipes de a quellos Reynos, yo apreste con toda prisa 5 Galeras de las de mi cargo y sali en busca de las dichas al Estrecho y oy martes 23 del presente ube vista de las dichas 8 naos que yban a la vela la buelta de Levante tres leguas del monte de Gibraltar, y dándolas caza, ellas se pusieron en huida puestas en horden y todas juntas, hechas sus cinturas al árbol para pelear; como llegue cerca de esta Galera Capitana, les hize tirar sin pelota dos piezas de Artilleria y capealles para que amaynasen; nunca lo quisieron hacer, aunque espere gran rato; gue necesario tiralles de cañonazos y a fuerza de Artilleria les hizo que lo hiziesen; tengo presa toda la gente y aquí he pedido al Corregidor la ynformacion que contra ellos tiene hecha, para juntar centenciallos y castigallos conforme a la Justicia como V. M. me lo tiene mandado por su Instrucción. Despues desta escrita se ha hallado muchas mascaras en las naos inglesas, y dice un Muchacho que se las ponían quando tomavan algún navio y se ha hallado pan de Caçaui, que es de Santo Domingo y algunos Panes de Azucar de la dicha Isla o de las Indias y les vieron echar a la mar de las Galeras, Cochinilla y otras cosas que no se pudieron determinar, por donde se entiende ser de Corsarios; de lo que todo se hiciere será V. M. avisado…»

La actuación de don Álvaro se conoció en toda Europa, principalmente en Inglaterra, desde donde se pedían explicaciones al Rey de España, cuando éste había firmado la Paz Chateau-Cambresis con el Rey de Francia, sin obligarle a la pretensión inglesa de ser devuelta Calais. Todo porque había fallecido la esposa de don Felipe II la reina de Inglaterra doña María Tudor, y la actual reina Isabel I tenía un gran encono con su padrastro, siendo la causa de muchas de las acciones que esta Reina tomó contra el Rey de España.

Por otra parte para don Álvaro los ingleses no eran santo de su devoción, pues los conocía de su anterior estancia en las Antillas, pero como corsarios, de ahí que estuviera al día de saber con quién se media y los sinsabores que le traerían a España, por otra parte, aunque había actuado en defensa de un buque francés, a éstos no les perdonaba la acción de Muros cuando tuvo que combatir contra ellos estando a las órdenes de su padre y los consideraba unos ingratos e insolentes sin medida. Por eso en su escrito al Monarca recalca lo de las máscaras, el pan de Santo Domingo y los prejuzga como piratas, sabiendo de antemano cual sería la sentencia. (Aunque de no ser así, ¿Cómo tenían en su poder esas mercancías si solo crecían en las Antillas?)

Efectivamente la mayoría fueron pasados por las armas, unos ahorcados y otros arcabuceados, dejando solo a unos pocos para el remo, quedándose con todos los vasos, pues las Leyes dictadas por don Felipe II, al ser súbditos de reyes con los que estaba en Paz, se convertían en piratas y sus penas estaban muy claras, mientras los buques al no llevar bandera reconocible, se quedaban en poder del Monarca para sufragar por medio de su venta los gastos ocasionados por su ataque.

Cuando las penas máximas estaban cumplidas por la rapidez en los juicios y por ende de las sentencias, llegaron las peticiones de Inglaterra con algo ya imposible, siendo éstas; le fueran entregados todos los tripulantes y sus capitanes, o que al menos lo hicieran con los enviados al remo, y por supuesto le fueran devueltos sus buques a la Reina. (Esto de por sí aclaraba quien los había enviado, pues la mayor parte de ellos eran de esta nación, y siempre han sido propiedad de la Reina, porque los pagaba de su peculio personal, por lo que se hacía un hincapié especial sobre ellos) A todo esto no se tienen noticias de haberle hecho caso alguno, pero si hay una cierta constancia, por la que don Felipe II estuvo satisfecho un tiempo por el gran triunfo conseguido, lo era casi personalmente pues él y solo él había dictado las ejemplares Leyes al respecto de la piratería.

De nuevo a finales del mismo año de 1563, se recibieron alarmantes noticias sobre Solimán, estaba fuera de sí por las últimas derrotas de sus jefes navales, por ello estaban organizando otra gran escuadra para volver a recuperar todo lo perdido en el Mediterráneo occidental. Llegadas a don Felipe II éste llamó a Cortes en la ciudad de Monzón, como siempre era para pedir dinero para poder armar una escuadra e ir en busca del Turco. Al concluir éstas se puso en camino a la ciudad Condal, donde le llegaron más noticias al respecto, en forma de ayuda y apoyo de los venecianos, caballeros de Malta y los Estados Pontificios, ante esta ayuda el Rey no la dejó caer en saco roto.

El 24 de febrero de 1564 escribió a don Álvaro para presentarse en la ciudad Condal. Al mismo tiempo con fecha del 31 de enero próximo pasado, don Álvaro había escrito a S. M., porque había notado en sus buques del tráfico con Indias, ciertas anomalías que ocurrían en la ciudad de Sevilla y quería ponerlo en su conocimiento pero en persona. Por ello la llegada del correo Real le vino de perlas e inmediatamente se puso en camino a la audiencia con don Felipe II. Primero habló don Álvaro (don Felipe sabía muy bien manejar a sus hombres) éste le contó que al parecer corrían las propinas, sobre todo en el abastecimiento de los víveres, lo cual no tendría mayor importancia si no fuera porque la mayor parte de ellos estaban corruptos, causando malestar entre las dotaciones, sin olvidar las enfermedades que padecían por culpa de ello. Al terminar su exposición (de ella tomó nota el secretario para pasar posteriormente S. M., a tomar medidas). El Rey le contó lo que sabía sobre Solimán debiendo organizar una escuadra en las costas de Andalucía, cuando ésta estuviera presta debía de acudir a Barcelona.

Conocedor del problema, se puso en camino a las costas cantábricas donde tanto su padre como él tenían gran ascendente, al llegar a Vizcaya fue recorriendo la costa de posta en posta, contratando o embargando cuanto buque le parecía idóneo para la escuadra, como se lo había mandado el Rey, de aquí pasó a Asturias y Galicia reuniendo treinta buques y cuatrocientos buenas bogas, se trasladó por mar a Cádiz, pasando por obligación a la ciudad de Sevilla, porque la escuadra era mantenida por el Gremio de Mercaderes, al no estar don Álvaro dejaron de pagar a las dotaciones, diciendo en su defensa que la escuadra no estaba cumpliendo con los objetivos fijados.

Adelantó el dinero de su peculio y alistó las doce galeras, con ellas salió de la ciudad con rumbo a Cádiz, donde recibió la orden de arribar a la ciudad de Málaga, por haber zarpado el resto de buques con rumbo a la ciudad Condal, puerto de reunión de toda la escuadra. Con todos estos viajes y traslados, no pudo hacerse a la mar hasta el 6 de junio de la bahía de Cádiz con rumbo a Málaga, de donde volvió a salir con rumbo a Barcelona; en el crucero se encontraron con una galeota argelina, a la que capturaron siendo remolcada y arribando a Cartagena, donde dejaron los prisioneros y los libertados, desde donde escribió al Rey, diciéndole entre otras cosas: «…tomaronse entre heridos y sanos 45 turcos y Moros, libraronse de la cadena 80 Christianos y Mochachos y un Biejo, que avian tomado en los Alfaques, por yndustria de un Francés que se les espió, del cual mande oy hacer justicia…Por el despojo de los soldados an avido en la Galeota parece que venía rica de presas que avian hecho; yo se lo he dejado todo por ser la primera Galeota que an tomado debajo de mi mando…»

Cuando arribó a la ciudad Condal le comunicaron que la escuadra no era necesaria, pues al parecer Solimán no se había movido todavía de Constantinopla, por ello el riesgo de atacar las costas de la península itálica o el levante español, dado lo avanzado del verano no le sería posible. Enterado el Rey de este acontecer y para no perder la ocasión, dio el mando de la escuadra a don García Álvarez de Toledo, pasando don Álvaro como segundo jefe, con la orden de conquistar el peñón de Vélez de la Gomera.

Fueron llamadas otras escuadras, al final la expedición se componía de 57 al mando de don García Álvarez de Toledo, a ellas se sumaron las 22 de don Álvaro, 14 de Portugal, a las órdenes de don Francisco de Barreto y 5 de Malta. Con un ejército de dieciséis mil hombres, más quinientos portugueses y doscientos cincuenta arcabuceros sin sueldo solo por ser amigos de don Álvaro. Terminaron de reunir en Málaga de donde salieron, arribando el 31 de agosto a aguas del Peñón, el 1 de septiembre don Álvaro pasó con un bote a reconocer la roca, en esta acción se acercó tanto a ella que los arcabuceros moros le causaron varias bajas entre los que estaban en su entorno, pero a él no le acertó ninguno, continuando impávido hasta bojear todo el islote y saber de verdad por donde se le podía atacar.

Al llegar a la Capitana se formó Consejo de Guerra de Jefes, acordándose dividir el ejército en dos, uno a las órdenes de don Sancho de Leyva y el otro al de don Francisco de Barreto, desembarcando a la cabeza el mismo don García Álvarez de Toledo, ocupando rápidamente la fortaleza de Alcalá. La escuadra enfilo las proas de las galeras y comenzó un duro fuego de artillería sobre las murallas, éstas al principio resistieron, pero como el fuego no cesaba incluso turnándose en él por divisiones los buques, comenzó a ceder abriéndose grandes boquetes, viendo el Alcaide moro no había solución en la noche del 5 al 6 de septiembre abandonaron la fortaleza los pocos supervivientes que se valían, siendo asaltada el mismo 6 al amanecer, al poco entraban en ella todos los jefes, habiendo apresado tan solo a trece moros dejados para defenderla pero por estar todos heridos.

Don García Álvarez de Toledo quiso cegar la desembocadura del río Tetuán, pero los jefes pusieron excusas por lo avanzado de la estación, decidiendo don García dejar a don Álvaro para reforzar el Peñón con la artillería de sitio transportada desde la ciudad Condal. Para ello se dejó una fuerte guarnición, se fueron izando las piezas al mismo tiempo que otros recomponían la muralla. Se dieron mucha prisa en ello porque eran conocedores que por tierra se acercaba un ejército de unos nueve mil moros y don Álvaro solo contaba con siete de sus galeras, viendo la obra terminada zarpó con rumbo a Málaga.

Al arribar escribió una carta al secretario del Rey don Francisco de Eraso, en ella explica:«Por la carta que escribo a S. M. entenderá V. M. como hice en el Peñón lo que don García de su parte me dejó ordenado, y acabando esto me vine como me lo ordeno. Suplico a V. M., pues no tengo quien más merced me haga en mis cosas, se acuerde de hacérmela en esta coyuntura, pues es acabada la jornada en acordar a S. M. me haga merced, pues, como V. M. sabe, desde Barcelona trabajo en ella, yendo allí por la posta, y a Vizcaya y a Laredo y al Puerto a mi costa a hacer la armada de las chalupas y la gente de buena boga, y ansi mismo hice que don Joan, mi hermano, sirviese en esta jornada con trescientos soldados, algunos de mis galeras; pero los más eran amigos y llevados míos, que sin sueldo ninguno anduvieron en ella y V. M. podrá saber el trabajo y diligencia que puse en embarcar el artillería con que se batió el Peñón en mis Galeras en Barcelona y desembarcarla en Vélez y después subir al Peñón mucha parte della y todas las municiones que venían en la armada, y ansi mismo todo lo que traian las quince chalupas y una urca, que también lo desembarqué yo y subí con mi gente. Y si yo pensara que D. García se acordara de mis negocios, como V. M. se lo encargó en Barcelona, poca necesidad tuviera yo de repetir esto aquí, pues él era dado el hacerlo. Mas yo prometo a V. M. que parece piensa más en deshacer estas galeras que no avisar de los que sirven, y ansi suplico a V. M. se acuerde de hacerme merced, como siempre pues soy tan su servidor. Y guarde nuestro Señor y acreciente la Ilustre persona y estado de V. M. como su servidores deseamos. De galera sobre Málaga a 17 Septiembre de 1564. Servidor de V. M. Don Alvaro de Bazán.» El 22 seguido el Rey entre otras cosas le contesta:«…el cuidado y diligencia que habeis puesto, así en que se subiese y metiese en el Peñón la artillería y otras cosas que quedaron fuera cuando se vino nuestra armada, como en lo que más se ha ofrecido en esta jornada, y os ha ordenado de nuestra parte D. García de Toledo, que es como lo soleis hacer…»

Todo esto viene, porque don Álvaro se consideraba el jefe de la expedición, pero el Rey nombró a don García Álvarez de Toledo quedando don Álvaro de segundo. Durante la navegación se perdieron dos galeazas moras fáciles de poderse apresar, pero las diferencias de opinión entre uno y otro impidieron su captura, esto no le gustó a don Álvaro en absoluto, pues quizás fue en toda su vida de marino los únicos buques que le burlaron, por no desobedecer a su Jefe y esto es lo que provoca la reacción de don Álvaro.

Aunque el Rey, pasa a lisonjearle pero sin darle nada a cambio económicamente. Es una gran forma de ahorrar de la Hacienda Real. Pero el Rey sigue con las suyas enviándole otra carta, en ella dice: «…debía de ser de su cuenta la reparación de la popa de su galera…» a lo que don Álvaro le responde: «…ya la primera reparación que había sufrido fue toda de su cuenta á excepción de 70 ducados que abonó el fondo de averia, los cuales estaba dispuesto á reintegrar, y que en la que se estaba verificando, no solo había manifestado que corría con los gastos, sino que no había querido firmar los libramientos para que se pagase por dicho fondo.»

Con la conquista del Peñón había mejorado la situación en el Mediterráneo, pero estaba lejos de ser definitiva, dado que el Bajá de Tetuán no disponía de fuerza naval suficiente, pero en cambio daba constantemente asilo a los turcos para depredar por el Mare Nostrum, a cambio de parte del botín que estos realizaban, aprovechando el río Martín (Uad-el-Gelu) el cual daba acceso a la ciudad permitiendo así poder guarecerse tierra adentro de la escuadra española, por ello la idea de don García de cegar el río no cayó el saco roto para el Rey, pues así podían ser cogidos en la mar con menos problemas si no tenían acceso por el cauce a la ciudad, por esta razón S. M., le encargó a don Álvaro prepara lo necesario para cegarlo. (Esta misión no se la encargó a don García)

El Rey le escribe el 27 de septiembre de 1564, pidiéndole aclaración de la posibilidad de llevar a buen término la operación sin tener que formar de nuevo una gran escuadra, con inusitada rapidez don Álvaro le contesta el 3 de noviembre siguiente, en ella le viene a decir que le bastan con armar seis de sus galeras, considerándolas suficientes para la misión a parte de transportar dos chalupas cargadas con piedra y cal, siendo estas protegidas por otros dos buques sevillanos, para dar refuerzo a las zonas de menor fondo donde en su centro se sumergirían los dos más grandes, formando con ello un muro infranqueable.

Por carta del 27 de diciembre de 1564, le respondía al rey don Felipe II, por recibir una carta de éste indicándole debía darse más prisa en la preparación de la acción de cegar el río Martín, por ello directo y sincero como un buen caballero que era, entre otras cosas le dice: «…V.M. tenga entendido que el zelo con que yo he servido y sirvo a V. M. no merece que se le ponga ninguna dolencia, pues es cierto que de ninguna cosa tengo más particular cuidado, y esto suplico a V. M. tenga así entendido de mí…» (Como se puede apreciar por la respuesta, le está diciendo que desde la silla se ve todo fácil y bonito, pero sobre el terreno las cosas son muy diferentes; aclarando que él no está pensando en otra cosa que en servirle, ni se ha ido a su casa a descansar, ni ha dejado un minuto de estar presente para acelerar el progreso de lo que entiende y no poco.)

Efectivamente el retraso se produce necesariamente, por estar las galeras oficialmente de invernada, por ello con solo una dotación de mantenimiento insuficiente para hacerse a la mar. Para solucionar los problemas está en todas partes, por una comprando de su peculio los buques para hundir, así como la cal y la piedra; a los que preguntaban para donde era aquello, se les respondía que para reforzar don Álvaro el peñón de Gibraltar, guardando el secreto de la misión.

Por otra parte se desplaza a Sevilla, donde recluta marineros y buenas bogas, pues la flota arrumbará al Peñón y allí abordaran los buques sus hombres en total sigilo, a ellos se añadirán algunos de Tarifa a las órdenes de sus parientes, formando casi una expedición familiar. Cuando todo estuvo listo salió de Sanlúcar de Barrameda con rumbo al Peñón el 12 de febrero de 1565. Pero nadie se explica como la tripulación de un buque inglés supo la verdadera misión, zarpando a continuación de la escuadra de don Álvaro, dos días después se encontraba subiendo por el río Lucus (El-Khos) poniéndose en contacto con el Baja El-Araish, quien supo por su aviso que algo se estaba gestando contra él, sobre todo por quien iba al mando, pero el Bajá no sabía a dónde podría acudir, pues desde Tetuán a Fhedala hay cinco puntos distintos y distantes a donde podían dirigirse.

Pero no se anduvo con imprevisiones, pues puso en conocimiento de los Bajas más cercanos lo que se les podía venir, así aviso al de Ar-Zila, Tetauen, Sale y El-Kunitra, para entre todos poder acudir en socorro de quien fuera el afectado. A su vez el movimiento de tropas moras no pasó desapercibido a los gobernadores de las ciudades de Tánger y Ceuta, entonces en manos portuguesas, quienes avisaron a don Álvaro de lo que estaban haciendo. Así se enteró don Álvaro de la filtración, pero no se arredró viajo a Ceuta y se puso de acuerdo con el Gobernador, regresó a Gibraltar y pidió a sus vecinos le ayudaran, en menos de un día se incorporaron otros ciento cincuenta arcabuceros a sus vasos, saliendo el 6 de marzo de Gibraltar pero los vientos eran contrarios a pesar de ellos consiguió arribar de nuevo a Ceuta, punto más importante por el acuerdo con el Gobernador, advirtiéndole no pasara a realizarlo antes de que él llegara a su punto de destino.

Permaneció a la espera hasta rolar el viento sucediendo el 8, volvió a hacerse a la mar, presentándose en la amanecida del 9 en la desembocadura del río Martín, al fondo en el límite de la vista se apreciaba la alcazaba de Tetuán, esperó hasta la hora exacta concertada con el Gobernador de Ceuta, éste puntualmente realizó una salida con cuatro mil hombres de infantería y caballería, todos muy bien armados como si fueran a conquistar más territorio, mientras zarpaba una flotilla de sus buques, para realizar un amago de desembarco en el mismo lugar donde posteriormente se alzó (curiosamente) la población de Dar-Riffien.

Llegaron las noticias de los movimientos de los portugueses al Bajá, quien a la cabeza de sus tropas se puso en camino para combatirlos. Al mismo tiempo salían de la desembocadura del río Martín unos moros para avisar al Bajá de la presencia de las naves españolas, pero no pudieron dar con él y avisarle del peligro por no estar en su alcazaba. Un tiempo precioso que le robó la victoria, por la astucia de don Álvaro y el favor de los portugueses.

La división se acercó a tierra al noroeste de cabo Negro, donde desembarcó  su hermano don Alonso y cuatrocientos arcabuceros, quienes en muy poco tiempo ahuyentaron a los pocos moros que quisieron oponerse. Mientras don Álvaro había trasbordado a un bote y con él estaba sondando la desembocadura, para fijar exactamente donde debía hundir los buques, localizadas las posiciones ordenó por señales convenidas avanzaran las chalupas, estando al mando del ingeniero de Zuazo don Esteban de Guillisastegui. Al llegar al lugar comenzaron a barrenar las dos chalupas, hundiéndose en el mismo centro del río donde el fondo era más profundo, pasando después las galeotas a terminar de cerrar entre aquellas y la orilla. Al tocar las aguas dulces de la desembocadura los materiales cargados en las naves comenzaron a fraguarse, de esta forma se levantó un verdadero dique tardando muchos años en poder ser abierto de nuevo.

Cuando comenzaba el reembarque de los arcabuceros, los moros de Tetuán se dieron cuenta de lo que intentaban por ello venían en loca carrera a pie y a caballo contra ellos varios miles de hombres. Razón por la que el reembarque se iba retrasando, pues parte de las fuerzas debían hacer frente a los moros, conforme pasaba el tiempo cada vez eran más llegando a superarlos ampliamente en número.

Don Álvaro vio no era bueno retrasarse, ordenando a sus hombres de armas embarcaran en los botes y esquifes de las galeras, quienes les dejaron en la orilla pasando a formar una barrera de cuerpos, blandiendo las espadas en todos los ángulos posibles, causando tantas bajas en tan poco tiempo que los moros quedaron frenados y dando media vuelta se pusieron en fuga, así se dio tiempo para que las galeras de nuevo se acercaran a tierra y reembarcaran todos los arcabuceros; aprovechando la desbandada y antes de que se lo pensaran de nuevo, los caballeros embarcaron regresando a sus galeras.

En este combate en tierra, se dice que tanto don Álvaro como don Alonso, se comportaron con tanto valor que llegaron a combatir espalda contra espalda y «…que cierto fue cosa de milagro pudieran escapar, según eran muchas las pelotas y saetas que tiraban los enemigos, los cuales, a la retirada, parece serían número de qüatro mil Peones y mil lanças…» Encontrándose a bordo se supo, había caído en combate cuatro españoles, (entre ellos el Alguacil de la galera Almirante) más otra treintena de heridos. Los enemigos no se pudieron contar, sabiéndose posteriormente el haber quedado encerrados catorce buques berberiscos, viéndose forzados a desmontarlos para volverlos a montar en la playa, pero esto fue mucho más largo en el tiempo. Don Álvaro puso rumbo a Ceuta, Tánger y Cádiz, desde donde escribió al Rey dándole la buena nueva.

De regresó a Cartagena con sus cinco galeras, divisó una división de corsarios berberiscos, pasando a atacarles, tras un duro combate les apresó tres fustas, al mismo tiempo represó otras tres españolas apresadas arribando al puerto de destino con gran alegría de todos. Al desembarcar se le entregó una Real carta, comunicándole que el Gran Maestre de la Orden de San Juan de Jerusalén, el francés Jean Parisot de La Valette pedía ayuda a don Felipe II, pues estaba sitiado en Malta por una escuadra turca con cuarenta mil hombres. Por ello el Rey le ordenaba aumentar su escuadra y arribar lo antes posible a Barcelona donde don García Álvarez de Toledo tomaría el mando de todas ellas y en las de don Álvaro debía transportar cuatro mil hombres de los Tercios.

La isla tenía en esos momentos en torno a las treinta y dos mil almas, de ellas solo ocho mil estaban con capacidad de repeler el ataque, pero la diferencia era abrumadora a favor de los turcos. Don Felipe II mando a sus embajadores dieran la noticia, pasando inmediatamente a incorporarse los estados de Venecia, las del Papa y Génova. Mientras don Álvaro, envió caballeros para reforzar sus galeras a Sevilla y Puerto de Santa María, reuniendo en poco tiempo unas cuantas más, arribando al puerto de Cartagena, quedando la escuadra en total con diecinueve galeras, aquí embarco a mil hombres, pasando a Málaga donde descansaron unos días, zarpando el 29 de junio de 1565 con rumbo a las plazas de Orán y Mazalquivir, donde desembarcó a las tropas, víveres y municiones como refuerzo.

Regresó a Cartagena donde embarcó a otros mil quinientos hombres, zarpando con rumbo a la ciudad Condal, a su arribada al puerto de Palamós se le incorporaron otras dieciséis galeras al mando de don Gil de Andrade, unidas pusieron rumbo a Génova donde embarcaron otros mil quinientos hombres al mando de don Sancho Londoño, pasando a Nápoles donde arribó el 20 de julio, saliendo con rumbo a Messina donde se encontraron con el resto de fuerzas, pero hasta el 5 de agosto no arribaron todas, reuniendo en total cuarenta velas.

Ante la diferencia de opinión entre los distintos generales don García les llamó a Consejo de Guerra el mismo día, estando presentes: don Álvaro, General de las galeras del Estrecho; don Sancho de Leyva, al mando de las de Nápoles, las sicilianas de don Juan de Cardona; el coronel de Infantería española de Nápoles don Sancho de Londoño; el lombardo Maestre de Campo de Infantería y por las galeras genovesas el Marqués de Estepona, a ellos se unieron los mandos de las tropas; Conde de Altamira, Diego de Guzmán, Gonzalo de Bracamonte, Francisco de Valencia, Guillén de Rocafull, Gil de Andrade y marqués de Castellón y los de los estados incorporados: por los Pontificios, Pompeyo Colonna; el señor de Piombino don Jacobo de Appiano; por Saboya, el general Ligny; Brocado de Cremona, Álvaro de Sande y Arcanio de la Cornia, como Jefe de todos ellos, don García Álvarez de Toledo.

El Consejo en sí era un mar de dudas, pues se sabía la fuerza de los turcos y entre todos ellos no llegaban a la mitad en hombres y menos en buques, por ello solo hablaron Pompeyo Colonna, Álvaro de Sande y Leyva, quienes dudaban de hacer un ataque a Túnez y ver si los turcos desplazaban unidades para aprovechando mayor igualdad, pasar a socorrer a Malta, pero en el fondo todos con muchas dudas. Viendo la situación don Álvaro de Bazán tomo la palabra: «…como todas las galeras no estaba al completo de dotaciones, propongo que se refuercen hasta alcanzar las sesenta unidades, dejando el resto aquí, embarcar a diez mil hombres y desembarcarlos en la isla con sesenta libras de pan cada uno en los sacos, que carne ya encontrarían en tierra…Allí se juntarían seguramente otras gentes de la isla, con lo que los turcos levantarían el asedio no osando aguardarlos…» Esta propuesta fue desechada por los menos osados, pues se basaban en:«…que la operación de desembarco era lenta…que las gentes, si ponían pie en tierra, quedaban abandonadas a sus propias medios…que habría que proveerlos de acémilas y artillería…, que irían cansados…»don Álvaro les dejó hablar y ante tanta pasividad les espetó:«Tengo aprendido de Horacio, y la propia experiencia me lo ha confirmado, que en las empresas, después de haber pesado las circunstancias, hay que dejar siempre algo a la fortuna.»

Don García Álvarez de Toledo no estaba muy de acuerdo con ese plan decidiendo dar fin al Consejo. Pero pasó a obtener otras opiniones, pues se reunió con los pilotos y los prácticos de mar, todos le decían lo mismo, no se podía llevar a buen término el desembarco y que la mejor solución era abandonar a los Caballeros de San Juan de Jerusalén. Mientras iban pasando los días y nada se hacía. Pero de pronto un día se levanto don García y decidido llevar a efecto el plan rechazado de don Álvaro, dando las órdenes oportunas y tan rápidamente cumplidas que la escuadra salió el 21 de agosto, con todas las fuerzas de tierra para desembarcar.

Pero mientras también el tiempo se había echado encima, razón por la que a los dos días de estar en la mar se levantó un temporal, viéndose forzados al correrlo ser devueltos a las costas de Sicilia, donde de nuevo se reunieron el 29, pero don Álvaro ordenó reparar inmediatamente las averías de sus buques, al mismo tiempo estuvo visitando a los generales, quienes tenían la moral al nivel de la arena de la playa, consiguiendo no obstante levantarles los ánimos, volviendo a salir inmediatamente al terminar las reparaciones y el 7 de septiembre a dos leguas de Malta la Vieja desembarcaban las fuerzas.

Éstas tenían ante sí unos acantilados debiendo de trepar por ellos, pero justo por este motivo los turcos no pudieron ver la llegada de la escuadra; los soldados sufrieron mucho para poder ascender aquellas terribles pendientes, no en balde iban cargados como había dicho don Álvaro más todas sus armas, pero la sorpresa fue que al aparecer en la cumbre las primeras compañías, los famosos jenízaros en vez de ir a por ellos e impedir tomaran posiciones, levantaron el sitio y se dieron a la fuga. Bien es cierto que el jefe de los turcos el famoso Dragut, quien había estado cuatro años al remo en galera cristiana, había caído muerto de un certero tiro en la cabeza unos días antes, habiendo mermado considerablemente la moral de los turcos.

Añadiendo que el plan se desarrolló como don Álvaro lo había planificado, demostrando no solo era un hábil marino, sino como entonces se les titulaba, un hombre también de armas de tierra, por lo tanto cumplía a la perfección el nombre de Capitán de Mar y Guerra.

Hubo también un detalle en todo esto, nos lo narra un escritor de la época diciendo: «…llevando el de Bazán en los calces de su galera capitana por bandera un Cristo crucificado y muy envuelta el asta en que estaba, tanto que era menester trabajar en estarla desdoblando por no correr entonces ningún viento, y ya que la desdoblaran, se avía tan plegado como sino la desdoblaran, ella misma se desdobló y extendió de forma que se notó y tuvo por milagro…» Visto el éxito la escuadra se dirigió al puerto, donde fue entrando el 14 de septiembre de 1565, una vez más la isla de los Caballeros se había salvado. Fueron recibidos todos los generales por el Maestre de la Orden, Jean Parisot de La Valette, dando una gran muestra de aprecio a todos ellos, por la agraciada ayuda dada y tan oportunamente, yendo a la cabeza su Jefe don García Álvarez de Toledo, pero de pronto se fijó en don Álvaro, quien se había mantenido en una segunda línea muy discretamente y sin mediar palabra: «…echándole los brazos a la espalda, en fraternal abrazo con palabras amorosas que había sido informado de que el socorro que le habían dado con la Armada católica había sido por su buen parecer y consejo, por lo que le quedaba en gran obligación, quedando cargo de satisfacerle y servirle y aquella religión con escribírselo a S. M. dándole cuenta dello.»

Con la excusa que las galeras de don Álvaro pertenecían a particulares, don García Álvarez de Toledo le dio orden de regresar a su mar, con la frase: «…para que cese el pagamento por parte de S. M. y orne al de avería…» Con esta orden zarpó de Messina el 28 de noviembre, con rumbo a la ciudad de Barcelona por pensar se encontraba el Rey en ella, arribando el 9 de diciembre, cargando de paso víveres frescos para su dotaciones y pidiendo audiencia con el Monarca, se le comunicó había salido hacía Madrid, regresó a los buques y verificó que todo se cumplía, una vez terminado el trabajo salió de nuevo con rumbo a Cartagena, donde dejaban caer las anclas el 16 siguiente.

Decidido a mantener una audiencia con el Monarca, dejó a su hermano Alonso al mando de la escuadra y en el duro transporte de postas, comenzó su viaje a la Villa y Corte, pues quería saber que iba a ser de su persona, de su escuadra y que debía de hacer, así durante el traqueteado viaje fue pensando en preguntas y respuestas. Llegó a la Corte y pidió la audiencia con S. M., éste no le hizo esperar y comenzó la conversación. Lo primero que se oyó don Álvaro, es que su escuadra desde que zarpó para la expedición a Génova con los Tercios, los Mercaderes de Sevilla avisaron al Rey de la cancelación de los pagos de la escuadra pues ya no les pertenecía por ello no pagarían un maravedí de ella, no dejando de ser una excusa de don García darle la orden de regresar a cubrir sus mares, sabiendo que la escuadra era del Rey.

Así S. M., le dio orden de regresar urgentemente al Puerto de Santa María, para incorporar a su escuadra más buques y hombres, pasando lo antes posible de nuevo a Nápoles o Sicilia, pasando a formar parte de la escuadra de don García Álvarez de Toledo, por ello con las cosas aclaradas y las Reales cédulas en la mano con sus órdenes concretas, le escribió a don García para comunicarle su pronto regreso a sus órdenes, pero entre otras muchas cosas entresacamos la ironía de don Álvaro, siendo conocedor don Álvaro de habérselo quitado de encima, quizás por haber demostrado en exceso su valía no lo tenía con buen agrado a sus órdenes don García, por ello le dice: «por no detenerme e yr a servir a V. E. me voy sin llegar a Valladolid a ver a mis hijas…» Lo cual era cierto, porque si de algo es bien seguro, es que cuando recibía una orden la llevaba a cabo sin pararse en visitas a nadie, pues solo en su cabeza estaba la de prestar un buen servicio a su Rey.

Don Álvaro quien había combatido contra buques de las fuerzas turcas, se dio cuenta que las galeras capitanas de sus escuadras, así como las de sus capitanes más cercanos, los bogantes no eran cristianos castigados al remo, sino escogidos turcos que en caso necesario abandonaban el remo y defendían a su jefe como un soldado más. Por ello él también empezó a seguir ese rumbo, causa por la que sus expediciones le costaba mucho tiempo prepararlas por no ser fácil encontrar a los buenas bogas a sueldo, como fue el caso en esta ocasión en la que necesitaba setecientos de ellos para sus galeras, ello fue retrasando su partida, aparte de esperar la terminación de algunas de ellas y como es natural cargarlas con todo lo necesario, no pudiendo salir hasta mediados de abril de 1566.

Pero los males nunca viene solos, pues por tres veces intentó salir para arribar a Málaga, pero los vientos y corrientes de los Levantes en el Estrecho le obligaban a retroceder, de hecho en una de ellas encontrándose a la altura de Punta Europa, los vientos y la mar lo devolvieron al cabo de Santa María, pero como los males no duran siempre, por fin a principios de mayo pudo hacerse a la mar, sabiéndose que el 4 del mismo fondeaba en Málaga, donde rápidamente se cargaron las galeras con víveres y armas, así como  varios centenares de soldados de los Tercios destinados a Génova. Todo listo zarpó la escuadra, en esa época las aguas estaban tranquilas en todos los conceptos, pues se había limpiado previamente de todo tipo de enemigos, aún así una nave argelina tuvo la desgracia de cruzarse en su camino, siendo capturada, liberando veintiséis cristianos y capturando otros tantos musulmanes, arribando a las costas de Liguria el 31 de mayo, donde se le dio orden de transportar tropas de un punto a otro de la península itálica, navegando mucho entre los puertos de Nápoles, Sicilia y Malta, zarpando siempre de su base en Génova, transcurriendo así el resto de 1565 y hasta principios de 1567.

Al regresar de la isla de Malta con tres mil soldados alemanes par ser repatriados: «…por no ser gente apta para la mar y haber enfermado…», recibió una orden de don García Álvarez de Toledo, para regresar a España, llegándole otra de S. M., confirmándole la orden, en ella entre otras cosas le dice: «…las fustas y galeras de Argel han hecho grande daño y tomados muchos navíos en el Estrecho y fuera del, y últimamente tres navío que venían de las Indias y que además tenían ánimo de esperar la Flota…» Viendo lo necesario que era la presencia de buques de S. M., en estas aguas, se puso a rumbo inmediatamente.

Pero ya era tal su fama que ni siquiera le permitieron combatir, pues solo al ver sus velas se refugiaron todos los piratas y corsarios manteniéndose a buen resguardo, dejando con su sola presencia las aguas libres. Tranquilizados los ánimos de los mercaderes al ver la escuadra, don Álvaro escribió al Rey, con fecha 22 de junio de 1567, en ella le pide le mantenga en el mando de las Galeras, añadiendo le fuera otorgada una encomienda de Santiago para recuperar sus múltiples gastos, pues su hacienda estaba pasando un mal momento por los continuos servicios a S. M. El Rey conocedor por completo de todos sus sacrificios, le nombró Capitán General de las Galeras del Reino de Nápoles, dejando el mando de las del Estrecho, concediéndole la encomienda de Santiago, pero como debía de permanecer el año enclaustrado para podérsela entregar, don Felipe II le exonera de ellos, pues lo prefiere tener en la mar por mejor servicio de Dios y del Rey.

Del larguísimo escrito extraemos la parte importante, que dice: «Por parte de D. Alvaro de Vaçan, caballero de la dicha Orden, nos ha sido hecha relación que después se le dio el abito ha andado a la continua ocupado en el servicio de Dios y nuestro…, a cuya causa no ha podido ir a ese convento a estar en aprobación el tiempo que es obligado, ni tampoco lo puede hacer al presente por ir por nuestro mandato al reyno de Nápoles a servir en el cargo de nuestro Capitán General de las Galeras de aquel Reyno, …mandaremos resceviéredes la profesión expresa que es obligado, no embargante que no haya residido en ese convento el tiempo de la aprobación…»

Para no incumplir la norma de la Orden viajó al Monasterio de Uclés, donde a toda prisa y casi sin dormir, se le hicieron todas las ceremonias indispensables y al estampar en la Real cédula a su dorso, todo lo necesario para que S. M., estuviera conforme, salió a los dos días de haber entrado, con destino a su nueva Escuadra. Al mismo tiempo, don Felipe II había nombrado a su hermano don Juan de Austria, Capitán General de la Mar, para ejercitarse en el manejo de escuadras, siendo transportado a Cartagena base principal de todas las galeras, como consejero nombró a don Álvaro, por ser la persona más apta precisamente en el manejo de esos buques por su larguísima experiencia.

Al salir del Monasterio contrajo de nuevo matrimonio con don doña María Manuel de Benavides, quinta hija del V conde de Santisteban del Puerto, don Francisco de Benavides y doña Isabel de la Cueva Bazán V señora de Solera, de quien vendrían al mundo tres hijos varones, siendo el primogénito el futuro don Álvaro de Bazán y Benavides, quien siguió la estela de sus ancestros, llegando al grado de Capitán General de la Mar. Siendo el cuarto de los insignes e inolvidables don Álvaro de Bazán.

El Rey recibió noticias de la organización de una gran armada en Constantinopla, por Real cédula fechada el 31 de mayo de 1568 le nombra Capitán General de las Galeras de Nápoles, añadiendo el nombramiento de consejero del Reino. El tiempo trascurrió rápido, la actividad era incesante por cortar de nuevo el flujo de turcos al Mediterráneo occidental, por sus grandes dotes el Rey de nuevo por Real cédula de junio de 1568, le entregaba la encomienda de Villamayor, por «…acatando los muchos y buenos servicios que D. Alvaro de Baçan nos ha hecho a Nos y a ella, y esperando que hará de aquí en adelante…»

A principios de 1569 el Rey envío correo a don Juan de Austria para pasar a España a combatir el alzamiento de los moros en el reino de Granada, para ello le requería se allegara con al menos veinticuatro galeras para cortar el suministro de las regencias norteafricanas a los sublevados. Se dividió la escuadra, una al mando de don Luis de Requesens con once de ellas, y otras catorce al mando de don Álvaro, pero éste se quedó unos días en Génova terminando de aprestar las suyas. La de don Luis zarpó de Civitavecchia con rumbo a la ciudad Condal, pasando por el canal entre las islas de Córcega y Cerdeña, para navegar a resguardo de los vientos de la época del año casi siempre de Norte, pasado éste variaron rumbo al litoral Ligurio para navegar bojeando protegidos por la cercanía a tierra, al estar a la altura del cabo Corona, viendo que los vientos no eran muy fuertes, viraron de nuevo con rumbo directo al cabo de Creus, a las pocas horas de estar en él separados de tierra se desató un infernal viento de Mistral, removiendo las aguas de tal forma que los bajeles no pudieron soportar, destrozando la escuadra casi por completo.

El resultado fue que cuatro se fueron al fondo con toda su gente, otras seis aparecieron después de correr el temporal como pudieron en la isla de Cerdeña, pero en muy mal estado y solo la Capitana pudo arribar con grandes esfuerzos a la isla de Menorca, donde se recuperó la gente mientras se esperaba amainara el temporal, pasando directamente a Palamós.

Encontrándose en el puerto los moros al remo se sublevaron, casi logrando hacerse con el botín de la galera intentando acercarla a su tierra, pero los hombres de armas y parte de las tropas restantes de los Tercios dominaron la situación, siendo juzgados los amotinados, por las sentencias emanadas a treinta de ellos se les ajustició. Le llegaron las malas noticias a don Álvaro estando en Génova, zarpando inmediatamente para socorrer a los que pudiera, arribando a Cerdeña y recogiendo en las suyas a toda las dotaciones a salvo en tierra, dando remolque a las naves estropeadas, las dejó en Cagliari donde con mucha prisa y muchos brazos, consiguió rehabilitar cinco de ellas, quedando incorporadas a su escuadra, zarpando con rumbo a Mallorca, donde le informaron que el Comendador había zarpado con rumbo a Palamós y lo que allí había ocurrido, pensando podía ser necesaria su presencia volvió a salir con rumbo al lugar señalado donde arribó sin ningún contratiempo, a su llegada todo había terminado.

De acuerdo con don Luis puso rumbo a Málaga, donde como siempre cumplió su comisión, no siendo muy llamativa en cuanto a combates, pero si muy pesada por el constante cruzar por aquellas aguas para impedir recibieran los sublevados cualquier ayuda, aún así apresó en los meses que duró la campaña, cuatro bajeles de poco tonelaje, pero por poco que fuera de haber tenido las aguas libres los enemigos se hubiera multiplicado y su sola presencia evitó que el conflicto se alargara, pues en tierra las cosas al principio no fueron muy bien.

La escuadra fue dividida en dos, pues de las iníciales catorce galeras se incorporaron las cinco rescatadas; como don Luis se había quedado en la ciudad Condal, don Álvaro le dio el mando de ocho de ellas a don Alonso, quedándose con once, de esta forma evitaba que la escuadra al completo realizara todo el recorrido, para ello fijaron un punto de encuentro más o menos en el centro de la demarcación, cubriendo así mucha más mar y por medio de las fragatas poder avisar de una grave situación, pudiendo acudir más rápidos a cualquier ataque, pues las aguas a cubrir tenían como límite al Norte la ciudad de Almería y por el Sur el peñón de Gibraltar. La misión de vigilancia comenzó en mayo y terminó en noviembre de 1569, siendo seis meses en los que solo hubo descanso en cuatro ocasiones que tocaron tierra para reabastecerse.

Don Felipe II informado de todo lo realizado por don Álvaro y sobre ello lo que se pide a un militar su gran eficacia, por Real cédula del 19 de octubre de 1569 le expedía el título de Marqués de Santa Cruz de Mudela, bien pronto se quedaría para la Historia recortado y como Marqués de Santa Cruz, con todos los beneplácitos que llevaba la concesión.

Al concluir la campaña pasaron a Cartagena a reparar los vasos, regresando  a Nápoles lo antes posible, aprovechando su viaje embarcaron en su galera Marco Antonio Colonna y el Licenciado Roda, arribando el 14 de enero de 1570, donde desembarcaron sus famosos viajeros y él pasó a construir más galeras, así como a revisar las suyas para dejarlas alistadas a la perfección para la primavera siguiente. Al mismo tiempo en Constantinopla se estaba terminando de formar una de las mayores escuadras, estando compuesta por unas ciento setenta galeras, cincuenta fustas o galeazas y un número parecido de velas menores, transportando en todas ellas un ejército de sesenta mil hombres con mucha artillería.

Alarmados todos los países del Mediterráneo, el Papa Pío V pidió a don Felipe II le enviara cuanto pudiera de todas sus escuadras, porque había conseguido unir a las de Venecia, Malta, más las suyas, y las que esperaba del Rey Católico. El Papa había pedido se reunieran en la isla de Sicilia y allí acudieron, nombrando como jefe de todas las Armadas españolas a don Juan Andrea Doria, quién puso todas las suyas, se le unieron las de Génova, Malta, Saboya, Sicilia y Nápoles al mando de don Álvaro. Pero el Rey don Felipe II que estaba en todo, envío correo a don Álvaro para acudir a reforzar la Goleta, por si las fuerzas turcas como maniobra de distracción intentaban tomarla. Nada más recibir la orden se lo comunicó a Andrea Doria quien le dio el permiso para reforzar la plaza, cargó de transporte un Tercio de Nápoles y con sus veinte galeras se desplazó al lugar.

Como siempre llegó muy oportunamente, pues en la mar se encontraba una escuadra al mando de Uluch, a la sazón Baja de Argel quien con sus veinticinco galeras había comenzado a dar sitio a la plaza. Don Álvaro cargado como iba de infantería ni se preocupó del enemigo en una primera instancia, lo que al Baja no le sentó bien el desprecio, pues parecía que se desentendía de él a pesar de ser quien era, considerando inaceptable esta actitud que no quiso tolerar y más delante de todos sus hombres, decidió permanecer a la espera para atacarle cuando saliera a la mar con toda su furia y demostrarle que no era tan insignificante.

Desembarcó la infantería, víveres, pólvora y artillería que llevaba para reforzar la fortaleza, cumplida su orden, como siempre hizo, salió y tropezó con cuatro velas turcas a las que dio caza e incorporó a su fuerza, al mismo tiempo se le puso delante la capitana, sin dudarlo fue atacada por él con su galera, tras un duro enfrentamiento la rindió incorporándola igualmente a su escuadra.

Ante esto Uluch con su Sultana se vio impotente y a fuerza de remo se pusieron en franca huida; don Álvaro les persiguió hasta verlos entrar en el puerto de Bizerta. Sabiendo que de allí no saldrían por no tropezar con él, por arrumbo a Sicilia donde al arribar se incorporó a la escuadra de don Andrea Doria. Pero Juanetín Doria(2) no estaba muy de acuerdo con el proceder de don Álvaro, aunque como se verá no utiliza el correo directamente al Rey, sino a su Secretario dirigiéndole una carta en la que entre otras cosas le dice: «…ha llegado a lamentarse con el secretario de Estado Antonio Pérez este mismo mes de 1570, solicitándole a su amigo que medie ante el Rey, y que Su Majestad envíe una Cédula a don Álvaro ordenando al rebelde que le obedezca; y no punto por punto como ahora hace, sino de continuo.»

(2) Conviene decir aquí, que don Juan Andrea Doria, no era el famoso ya que había fallecido el día 25 de noviembre del año de 1560 a las diez de la mañana, a punto de cumplir los noventa y cuatro años de edad, heredando todos sus bienes y el mando de la escuadra personal su sobrino Juan Andrea Doria, que era hijo de Gianettino Doria, que a su vez falleció en 1547, siendo en vida nombrado el sucesor de don Juan Andrea Doria, su hermano, por ello al fallecer éste se volcó en instruir a su sobrino, convirtiéndose en su heredero directo.

Antonio Pérez le contesta: «Os adelanto que no se hará así. Demasiados bríos tiene el de Santa Cruz para soportar, sin revolverse, que le amusguen. Su Majestad sabe bien cuánto de fiel le es, pero no como un perro, sino como orgulloso hombre de honor.» (Lo de ‹punto por punto›, era porque don Álvaro sino recibía la orden del Rey para cada ocasión, nunca se dejaba mandar por el genovés.)

Mientras el Papa había cometido un error, pues había nombrado a Marco Antonio Colonna general de las galeras Pontificias, pero además como Generalísimo de toda la escuadra conjunta. Para comunicarlo, el 1 de septiembre Colonna llamó a consejo de Guerra a todos los mandos, reuniéndose en su galera: don Juan Andrea Doria, don Álvaro de Bazán, don Carlos de Avalos, marqués de Torremayor, Polo Ursinos, Próspero y Pompeyo Colonna y Sforza Palaviecini, para comunicar su nombramiento por el Papa a todos y pedir opinión para llevar a buen término la campaña.

Ante esto don Andrea Doria se negó rotundamente a estar a las órdenes de alguien al que no consideraba un buen marino, llegando incluso a amenazar a Colonna con ponerse en camino para hablar con el Rey Católico, lo que el general en jefe logró impedir, pero al mismo tiempo quedó turbado por la reacción de don Andrea e irresoluto en definir la táctica a seguir, porque solo uno de sus generales le había dado un consejo.

El genovés para evitar males mayores se quedó en Nápoles, pero no anduvo inactivo, pues pasó revista a toda la flota, sacando como conclusión que la mayor parte de las naves: «acabarían con ellas el primer soplo de tramontana» Como siempre el único que había aportado algo fue don Álvaro, comportándose como lo hizo toda su vida; aun sabiendo que era mejor general Doria, no le gustaba enfrentarse a sus jefes y solo mediaba para él concluir la campaña con éxito; así en un momento de calma dijo: «…primero que cesaran los conciliábulos y se acudiera en socorro de Famagusta y Nicosia, pues, aun cuando no había que soñar en derrotar definitivamente a los turcos, dadas las diferencias de fuerzas, una acción, por ligera que fuese, siempre aliviaría algo la situación angustiosa de los sitiados, y hasta tal vez se consiguiera pasarles vituallas de boca y guerra, imprescindibles si había de evitarse un desastre.» Como siempre se le tacho de audaz y sin sentido, sobre todo por Andrea Doria.

Después de pensarlo mucho tiempo, el cual era muy valioso, salió la escuadra con rumbo al Adriático, pero pronto comenzaron a tener epidemia sobre todo en las galeras venecianas, aumentando las dudas de Colonna, terminando de solucionar el problema, la llegada de la noticia por la que el 9 de septiembre Nicosia había caído en manos de los turcos, esto fue el final de tan trágico encuentro de diferentes escuadras, ello llevó a realizar una aparición sobre Candía, donde al regreso cada escuadra se separó para volver a su puerto base.

Queriendo la fatalidad que en el viaje de vuelta se levantó un fuerte temporal, como consecuencia de él se perdieron cuatro galeras del Papa con toda su dotación. Al disolverse la Santa Alianza, (como la llamó el Papa), don Andrea Doria zarpó con rumbo a Messina y de aquí a España, donde arribó mediado octubre para explicarle al Rey lo sucedido, pues al saber la noticia del nombramiento de Generalísimo de Colonna por el Papa, intentó hablar con Pio V, pero éste le negó la audiencia tantas veces como la pidió, razón por la que Doria argumentó al Monarca que, la culpa de la falta de entendimiento entre los generales la había provocado el Pontífice, por elegir a un general falto de conocimientos militares y sobre todo náuticos, con esas carencias no le era posible a don Andrea aceptar a un Jefe, pues el desastre estaba asegurado por su falta de experiencia. (Esto es lo que al año siguiente motivó a don Felipe II para que no se repitiera cuando de nuevo se formó la Santa Liga, para ello se adelantó y tomó el mando absoluto de la organización, decidiendo darle el mando de Generalísimo a su hermanastro don Juan de Austria.

La prueba está en la comparación de lo que se consiguió en esta ocasión y en la siguiente de 1571. Al mismo tiempo don Álvaro arribó a Nápoles con su escuadra y gran amargura por no haberse seguido su consejo el general al mando, lo que al menos hubiera servido de ejemplo a los turcos y quizás la capital de Chipre no hubiera caído tan rápido. En el fondo se sentía culpable por haber obedecido y no haberse ido él con sus galeras a aminorar la angustia de aquellos hombres y mujeres, quienes ahora eran unos muñecos de trapo en manos de los sarracenos. Tan pesaroso estaba que al pasar unos días y en contra de su costumbre, dio de baja las dotaciones no necesarias de su escuadra, pasando a revisar como siempre en la invernada los buques y en esta ocasión ver la posibilidad de armarlos mejor con artillería, así como aumentar la flota con nuevas construcciones.

Incorporamos someramente la defensa de Chipre, porque nos parece tiene mucho que ver con las posteriores actuaciones, aparte de aclarar ese punto de vista, quedando enturbiado por algunas de las acciones que los venecianos cometieron posteriormente incluso con los españoles, al formase la Santa Liga contra el turco. Quedaba solo por vencer la ciudad de Famagusta, siendo sitiada al conquistar Nicosia en septiembre por las fuerzas de Beyler-Bey, contra el defensor veneciano Marco Antonio Bragadín.

Los atacantes llegaron a alcanzar el número de setenta mil, por tan solo cuatro mil de los defensores, siendo algo menos de la mitad de ellos comerciantes que ahora por la necesidad empuñaban las armas, pues su vida dependía de ello debiendo pasar a formar parte como soldados y a ello se pusieron. Viendo Marco Antonio que sus fuerzas se reducían, dio la orden de demoler los torreones exteriores y pasar a defenderse mejor en la segunda muralla, mucho más pequeña y por lo tanto se podía acudir a un punto determinado rápidamente y con más gente. Siempre mirando a la mar en espera del ansiado socorro que nunca les llegó. Como era de esperar la escasez de alimentos comenzó a hacer mella en la población, declarándose una epidemia de peste, solo les quedaba morir.

En esos momentos el turco Beyler-Bey, el 9 de agosto de 1571, le envío una embajada de rendición muy honrosa por la gran capacidad de resistencia que había demostrado, no en balde llevaban casi un año sin poder tomar la fortaleza, concertando dejar en libertad a Marco Antonio Bragadín y todos los que pudieran con sus enseres viajar a Venecia. Ante esta prometedora expectativa confiando en la palabra del turco decidió rendir la ciudad. Pero los musulmanes tiene una máxima: «Las promesas hechas a los cristianos carecen de valor.»

Por esta razón entraron a saco en la ciudad, mandando a todos los hombres vivos a la esclavitud, las mujeres pasaron a formar parte de los harenes, después de ir de mano en mano de la soldadesca. Y como premio a su valor a Marco Antonio Bragadín, se le sometió a tormento sin razón ninguna, pero no se pararon ahí, sino que fue desollado vivo y su piel rellenada de paja y excrementos, para disfrutar de su victoria. Sabido todo esto por los venecianos, se dieron por conocedores que de ninguna forma se podían fiar de los turcos y en este caso con su Sultán, Selim II ‹El Idiota›, no se podría llegar a un acuerdo, pues era casi seguro que a la menor ocasión sería roto en perjuicio de los venecianos, por ello a la segunda sí quisieron ayudar muy firmemente a su derrota, aunque ya Chipre nunca volvería a sus manos.

Siendo conocedor don Felipe II del desastre de la anterior organización, planteó la cuestión sin ambages, tomando por anticipado la decisión de nombrar Generalísimo de la Santa Liga, a don Juan de Austria. Con esto decidido se lo comunicó al Papa, quien no tuvo opción de oponerse y éste lo comunicó a Génova, Venecia y los Caballeros de San Juan, quienes tampoco se opusieron a ser mandados por un Príncipe como General al mando de la coaligada escuadra.

Por ello el 20 de mayo de 1571, se firmaron las capitulaciones o acuerdos de todos quedando formalizada la Santa Liga, el problema se planteó con el segundo al mando, pues don Juan quiso poner a don Luis de Requesens, pero de nuevo el Papa con el apoyo de los demás menos España, querían nombrar a Marco Antonio Colonna, prolongando las capitulaciones hasta conseguir en un nuevo punto fuera nombrado. Todo por consejo del mismo don Luis de Requesens, para ceder algo a quienes iban a ser compañeros de combate.

La escuadra quedó formada por: noventa galeras, veinticuatro galeazas y cincuenta fragatas o bergantines aportadas por España, divididas a su vez en: quince de las de España, treinta de Nápoles, diez de Sicilia, once de Juan Andrea Doria, cuatro de Lomelino, cuatro de Negron, dos de Grimaldi, dos de Estefano Mari, una de Vendinelo Sauli, tres de Malta, tres de Génova y tres de Saboya; doce galeras y seis fragatas los Estados Pontificios y ciento sesenta galeras, seis galeazas, veinte fragatas y dos naves con nueve mil hombres, la República de Venecia. Siendo un total de doscientas sesenta y seis galeras, seis galeazas, veintitrés naos, más cuarenta y cinco fragatas.

Como se ve la pretensión de Venecia de nombrar como segundo a Colonna por la razón del número de sus buques es lógica, pero un historiador de la época dice: «…que esa pretendida superioridad numérica más constituyó un estorbo que una ayuda, pues los muchos bajeles causan extorsión si no van bien provistos de gente y aun la que lleva carece de la adecuada instrucción…La Señoría mandó dotaciones escuálidas no solo de gente de pelea, sino de marineros con poca disciplina y miserablemente aparejados…»

La infantería a bordo la componían: seis mil seiscientos cuarenta y dos españoles; más mil quinientos catorce que fue obligado repartir entre las galeras venecianas para reforzarlas. Siendo en total, ocho mil ciento sesenta. Repúblicas de la península itálica, dos mil setecientos diecinueve, pero al igual que España tuvieron que abordar las galeras venecianas otros dos mil cuatrocientos ochenta y nueve, en total de cinco mil doscientos ocho. Del Sacro Imperio cuatro mil novecientos ochenta y siete, yendo exclusivamente en las galeras de César de Avalos, aunque en su capitana fueron incorporados unos cuantos españoles.

Se quedó en este número, porque estando embarcados sufrieron de mareos que les debilitaron tanto, que cinco mil de ellos fueron desembarcados en Messina. Y a todos estos hay que sumar, los aventureros y caballeros que iban como guarda del Príncipe y de los señores principales, ascendiendo a mil ochocientos setenta y seis. A pesar de solo llevar seis pajes don Juan de Austria, pero incluso estos bien armados para su custodia personal, del número dado antes los que exclusivamente estaban destinados a cubrirle eran, trescientos setenta. Y el total de efectivos de la escuadra era de veinte mil doscientos treinta y uno.

Por su parte don Álvaro embarcó en sus treinta galeras, ocho compañías del Tercio de Granada, cuatro de don Miguel de Moncada y diez de los Tercios viejos de Nápoles. El Tercio de Granada era llamado así por haber sido de los participantes en contrarrestar la sublevación de los moriscos en esta tierra, pero estaban algo mermados por las pérdidas sufridas, lo cual no le importó porque él tenía en Nápoles gente para completarlos, siendo expertos hombres de Mar y Tierra.

Justo en estas fechas fue cuando los moros se hicieron con su estratagema con la última ciudad de la isla de Chipre, Famagosta. En el reparto de formación de la escuadra cristiana don Juan de Austria le entregó a don Álvaro la retaguardia o socorro, con la orden expresa, en la que entre otras cosas le dice: «A el Marqués de Santa Cruz, a cuyo cargo dejo la retaguardia y socorro, por la grande importancia que era para todos, y de quien fiaba el peso de toda aquella jornada, que esperaba considerase con mucho advenimiento en cuál parte de la batalla prevalecía la Armada cristiana y dónde convenía, no dilatando el socorro, acudir a favor de los suyos con toda presteza y con cuántas galeras. Y porque en semejante caso era imposible dar instrucción determinada y orden expresa de lo que debía ponerse en orden, pues la resolución se había de acordar y efectuar según la necesidad y ocasión presente y remitía el orden della a la prudencia y discreción del dicho don Álvaro, que sabría bien conocer si el enemigo tendría galeras de socorro y cuántas serían, para ver si estaría a su provecho embestir la Armada contraria…»

De los nobles y caballeros a bordo de las galeras de don Álvaro se pueden citar algunos como a; don Pedro de Padilla comendador de la Orden de Santiago; don Manuel de Benavides, Mayorazgo de Javalquinto, don Pedro Velázquez, don Agustín Mejía, marqués de Laguardia, don Felipe de Leyva, futuro Príncipe de Ascoli, don Pompeyo Lanoy, hermano del Príncipe de Solmona, don Juan de Guzmán conde de Olivares, don Fernando Tello, hijo del Alférez Mayor de Sevilla y don Gutiérrez Laso.

Se encontraban reunidos en Messina y don Álvaro formó parte del Consejo de don Juan, teniendo voz y voto en todo asunto para la preparación de la escuadra, tomándose las decisión de pasar fuerzas a las galeras de Venecia, distribuir la artillería, armas, municiones, víveres y redactando un orden de combate que bajo ningún concepto se debía alterar para los mandos, pues la escuadra enemiga no se sabía exactamente donde se encontraba, por lo que alterar la formación podía ser causa de perder la jornada, al mismo tiempo se diseñó el dispositivo, no siendo otro que una larga línea de fila cubriendo casi tres millas, quedando asignada de la forma siguiente: la vanguardia al mando de don Juan de Cardona, con ocho galeras y las seis galeazas; ala izquierda al mando de Agostino Barbarigo, con sesenta y siete, por ello su galera capitana debía enarbolar un gallardetón amarillo, así como las restantes un gallardete del mismo color; el centro o batalla al de don Juan de Austria con ochenta y cuatro, se distinguían por llevar el gallardetón azul, así como el gallardete en las demás; ala derecha don Juan Andrea Doria con sesenta y ocho, con el gallardetón verde y el resto con el gallardete; la reserva o socorro al de don Álvaro de Bazán, con treinta, con el gallardetón blanco y todas las de su mando con su correspondiente gallardete de igual color. De esta forma nadie se podía confundir de escuadra, por muy rápido que se tuviera que formar la línea, pues era tan sencillo como seguir a cualquiera que llevara su mismo color. Esto después fue vital para formar la línea de fila rápidamente.

La escuadra zarpó de Messina el 16 de septiembre con rumbo a Tarento doblando el cabo de Spartivento, continuando rumbo hasta la Paz, donde arribó y zarpó de nuevo el 18 con rumbo a Cabo Stilo, estando en esta navegación don Álvaro recibió la orden de ir a Otranto y Brindisi para embarcar a otros mil quinientos hombres, entre españoles e itálicos, mientras la escuadra intentó contornear el golfo de Tarento, pero se cambió de parecer y se puso rumbo a Corfú, arribando en la noche del 26 a Santa María de Casapeli y al día siguiente 27 arribó a Corfú, donde les fue notificada la presencia de la escuadra turca en el golfo de Lepanto.

Aquí don Juan formó Consejo de Generales y a pesar de estar todo muy cerca, algunos de ellos abogaban por retirarse (no se dicen los nombres para evitar susceptibilidades) solo Colonna, Barbarigo y don Álvaro quien se había unido a la escuadra, votaron por atacar la flota turca, el 29 zarpó de nuevo arribando el 30 al puerto de Gomenizas, un magnifico fondeadero en las costas de Albania.

Estando en éste puerto, al parecer en las galeras de Venecia hubo una insubordinación, a pesar del tiempo pasado nadie ha podido averiguar cuál fue la causa en realidad, el caso es que el jefe de ellas Venniero mandó ahorcar al capitán Mucio Tortosa de las coronelías itálicas y más tres de sus hombres, sin formarles Consejo de Guerra ni actuación sumarísima, solo cuando don Juan advertido pudo ver el espantoso espectáculo de los cuatro cuerpos cimbreándose del palo mayor de la galera de Venniero.

Entró (cosa rara) en cólera por haberse atrevido a tal sentencia sin su consentimiento y menos en este caso sin haberle dado noticia previa, momento que como siempre aprovecharon los listos para inducirlo a hacer lo mismo con Venniero, incluso alguno llegó a recomendarle zarparan todas las galeras españolas abandonándolo a su suerte. Solo don Álvaro le recomendó dejar el asunto para después del combate, si salía vivo de él habría tiempo para juzgarle, de lo contrario el turco haría su justicia, pero que de ninguna forma se podía romper la coalición y menos por su mismo Generalísimo, al parece consiguió calmarle, de hecho así se lo escribe a don Felipe II: «…y cuando el señor don Juan estuvo en aquel puerto de las Gumenizas, que el general de Venecia nos ahorco el capitán de infantería y los demás soldados, Su Alteza se bolviera con la harmada, apartandose de los venecianos, con ánimo de hazer la empresa de Castel-Novo por el parecer del Comendador Mayor Juan Andrea Doria, Don Juan de Cardona, Pero Francisco Doria; de que resultaría sin duda perderse toda la Armada, retirándose, viniendo ya como venía la del enemigo a buscarnos y yo supliqué al señor don Juan que el castigo de aquel desacato lo dexase para acabada la jornada y que pasásemos adelante; y aviendose votado ya en dos Consejos el Comendador Mayor dixo a Su Alteza que de mi parte avía un voto más y se resolvió en no volverse e ir a buscar a los enemigos, de que se siguió la victoria…»

En una relación de la Jornada de la Liga, se puede leer: «El Sr. Don Juan, se levantó del Consejo sin haber tomado resolución, bien confuso y el Comendador mayor le dijo de allí a poco: V. A. vea lo que quiere hacer, porque de la parte de don Álvaro hay un voto más que de la nuestra. S. A. respondió con gran resolución; pues así es, vamos adelante y sigamos el parecer de don Álvaro; y así se encaminó adelante a un puerto que se llama Petela, que está cerca de las Escochulazas y Lepanto.» A pesar de no tomar decisiones al respecto, sí ordenó una, siendo la de dejar fuera de los Consejos de Generales a Venniero y nombrar en su lugar al Proveedor de la escuadra de Venecia Agostino Barbarigo, con esta orden evitaba tenerlo a mano, por si se le iba a la empuñadura de su espada y hacía justicia por sí mismo.

El 3 continuó a rumbo la escuadra arribando y fondeando en cabo Blanco, situado en el extremo sur de la isla de Corfú, donde arribó el capitán Gil de Andrada con la noticia de que al parecer la escuadra turca no eran tan numerosa, dando con ella muchos más ánimos de combatirla dando por ganada la jornada, salió la escuadra con rumbo al puerto de Ficardo en la isla de Cefalonía, arribando y fondeando el 5 de octubre.

A todos les vino a la cabeza para darse más ánimos, la venganza que debían de hacer con los enemigos de la cristiandad, recordando la traición y caída de Famagusta lo que sin duda aumentó el odio contra estos, la escuadra zarpó al día siguiente con rumbo al golfo de Lepanto; al amanecer del 7 se encontraban entre la isla de Oxia y el cabo Stropha, cuando los vigías dieron el aviso de «¡velas a la vista!» Al dar el aviso don Juan ordenó forzar de remos para salir lo antes posible de la ratonera en la que se encontraba metida la escuadra y conforme se saliera de ella ir formando la línea de frente; al seguir avanzando le llegaban nuevas noticias de lo que estaba apareciendo en el horizonte, era la escuadra turca pero con muchas más velas de las que le habían dicho, volviendo a ordenar se forzara más de remo y se fueran intercalando las galeras en sus respectivas escuadras sin perder tiempo en ello.

Quedando compuesta como ya se había ordenado: el ala derecha al mando de don Andrea Doria, con cincuenta y cuatro galeras; el centro o batalla al de don Juan de Austria, con sesenta y cinco galeras, a su izquierda las del mando de Marco Antonio Colonna, con treinta y dos, a su izquierda las del mando de Sebastián Venniero, con treinta, a popa de la Real se encontraban la de don Luis de Requesens Comendador Mayor de la escuadra y la Patrona; en el ala izquierda al mando de Agostino Barbarigo, con sus cincuenta y cinco galeras, por último las del mando de don Álvaro, las de Nápoles, con su treinta galeras.

La escuadra de Barbarigo, siempre estuvo a dos millas de la costa, y como otras tres detrás del resto. Por orden de don Juan, ninguna escuadra pertenecía por completo a la procedencia de su jefe, pues ordenó se interpolaran quedando prácticamente todas mezcladas, para ello había ya dado la orden de marcar con colores el gallardetón de capitana de cada división y con gallardete el resto de bajeles, dejando a su libre albedrio y conocimiento la de Socorro, cuya unidad iba a dar la fuerza necesaria estando toda ella compuesta por españoles. Recordar que en vanguardia iba la escuadra al mando de don Juan de Cardona, con ocho galeras para servir de aviso de toda la escuadra. En totales, la escuadra portaba a veintinueve mil soldados; diecinueve mil novecientos marineros; cuarenta y tres mil quinientos bogantes y dos mil cañones, éste número era igual en la otomana.

Sobre la escuadra turca hay diferencias de autores en su número, por ello daremos un número intermedio entre todas ellas: La escuadra estaba al mando de Kapudán Bajá Zadi (Alí Bajá), compuesta en total por doscientas cuarenta y cinco galeras, más setenta galeotas, formando una media luna con las alas izquierda y derecha adelantadas al centro, para intentar formar una tenaza, aunque luego las circunstancia no se lo permitieron, además de formar en cuatro grupos o divisiones. La aportación por territorios a esta enorme escuadra, según un documento consta: «Constantinopla, doscientas once galeras; Ochialí, siete; Natolia, veinticuatro; Trípoli, una y Caracosa, dos. Galeotas: Constantinopla, cincuenta y siete; Ochialí, doce; Trípoli, una y juntos, entre fustas y bergantines, cuarenta.» Indicándonos el número total de velas; galeras, doscientas cuarenta y cinco, galeotas setenta, entre fustas y bergantines cuarenta, con un total de trescientas cincuenta y cinco velas.

Su ala derecha al mando de Mehemet Chuluc (Mohameet Sirocco) Gobernador de Alejandría, con ochenta galeras; el centro por Alí Bajá y como segundo Seras-Kier Pertev Bajá, con ochenta y cuatro, el ala izquierda al mando de Uluch-Alí, Sultán de Argel, con ochenta y la reserva o socorro al mando de Murat Dragut, con una galera, (la suya) y las setenta galeotas, con unos ciento veinte mil hombres en la escuadra. (No se indica el número exacto de infantería, aunque si se cita que iban unos dos mil quinientos genízaros como refuerzo de la galera de Alí-Bajá) Ésta era la duda de don Juan, si la escuadra turca llevaría o no reserva, efectivamente si la llevaba y por eso vio que las fuerzas estarían muy equilibradas, por ello a pesar de no estar las galeras cristianas formadas, don Juan se pasó por todas ellas, y en alguna se paraba, para arengar a las fuerzas, cuyas palabras eran: «A morir hemos venido; a vencer si el cielo lo dispone. No deis ocasión a que con arrogancia impía os pregunte el enemigo: ¿Dónde está vuestro Dios?»

Cada división adelantó a remolque unas dos millas de la línea a las seis galeazas, las cuales portaban cuarenta y cuatro piezas de artillería cada una, con un total de doscientas sesenta y cuatro, siendo las encargas de romper el fuego y fue de tal efectividad que la escuadra turca por unos largos minutos quedó descompuesta, muchos de sus bajeles ya considerablemente dañados, tanto que a pesar de tener el viento a su favor les retrasó en el ataque, y para favorecer a los de la Santa Liga al poco tiempo el viento calmó, retrasando aún más poder volver a tomar la formación inicial y por ello el contacto, dando así tiempo a la escuadra cristiana quedara perfectamente formada y cerrando huecos en su larga línea.

El primer contacto se trabó entre las divisiones de Uluch-Alí y las de Andrea Doria, pero como si huyese el encuentro el turco se fue alejando del cuerpo principal, con la intención que una vez conseguida la separación del ala derecha cristiana, a fuerza de remos colarse en su línea y atacar por la retaguardia a la cristiana, a su vez el ala derecha turca al mando de Sirocco rompía la línea de Agostino Barbarigo, quien a pesar del esfuerzo cayeron muchas galeras en el típico atropello de los mahometanos, pero no consiguieron su objetivo, pues don Álvaro avizor como siempre de la situación, marchó con su reserva a contrarrestar la fortaleza de los turcos, entro con tal ímpetu que en poco tiempo restableció la composición de la línea cristiana.

En la acción fueron hundidas varias galeras enemigas, otras tantas fueron rendidas y quince de ellas más diez galeotas viraron, alejándose con rumbo a Lepanto. Por parte de las galeras del Marqués, en su propia galera la Marquesa sufrió la pérdida de cuarenta hombres entre ellos el capitán de la nave y con más de ciento veinte heridos, entre ellos el célebre «Manco de Lepanto» don Miguel de Cervantes Saavedra. Entre tanto los dos Generales se buscaron hasta contactar y fue tan duro el golpe recibido por la Real de la Sultana, que el espolón de ésta penetró hasta el cuarto banco de boga, por esto su proa se metió casi debajo de la quilla de la Real, (esto se producía porque don Juan había dado la orden de aserrar los espolones a las cristianas) obligándole a levantar la popa dejando al descubierto sobre todo su Carroza con los múltiples hombres que allí se encontraban, momento aprovechado por los arcabuceros españoles para barrer con su fuego toda la zona, causando graves pérdidas que no obstante fueron cubiertas por las diez galeras y dos galeotas turcas abarloadas para poder pasar mejor sus guerreros, pero antes de esto, los españoles entraron en la galera enemiga consiguiendo llegar hasta el alcázar de popa, pero al llegar debieron retirarse por la gran cantidad de enemigos apelotonados en la carroza de la Sultana.

Un infante de marina inmortal, nos describe con su gloriosa pluma, todo lo que significaba en aquellos momentos, abordar un buque enemigo. «Y si este parece pequeño peligro, veamos sí le iguala o hace ventaja el de embestirse dos galeras por las proas en mitad del mar espacioso, las cuales enclavijadas y trabadas, no le queda al soldado más espacio del que concede dos píes de tabla del espolón; y, con todo esto, viendo que tiene delante de sí tantos ministros de la muerte que le amenazan cuanto cañones de artillería se asestan de la parte contraria, que no distan de su cuerpo una lanza, y viendo que al primer descuido de los pies iría a visitar los profundos senos de Neptuno, y, con todo esto, con intrépido corazón, llevado de la honra que le incita, se pone a ser blanco de tanta arcabucería, y procura pasar por tan estrecho paso al bajel contrario. Y lo que más es de admirar; que apenas uno ha caído donde no se podrá levantar hasta la fin del mundo, cuando otro ocupa su mismo lugar, y si éste también cae en el mar, que como a enemigo le aguarda, otro y otro le sucede sin darle tiempo al tiempo de sus muertes; valentía, atrevimiento el mayor que se puede hallar en todos los trances de la guerra» Miguel de Cervantes.

En socorro de la Real acudieron Andrea Doria, Sebastián Venniero y Marco Antonio Colonna, pero el apoyo de estas tres galeras a pesar de llevar muy buena gente no dejaban de ser pocos, para soportar a los cientos de turcos que estaban entrando en ella, incluso con tanta fuerza que llegaron a la Carroza, obligando a la guardia de don Juan y a él mismo a utilizar la espada, pero justo en ese momento el ojo avizor de don Álvaro, se había apercibido del peligro, por ello solucionado el problema con su socorro en el ala izquierda, ordenó de nuevo boga arrancada para llegar lo antes posible en ayuda del centro, tan oportunamente lo logró que en esos momentos dos enemigas estaban doblado la línea intentando atacar por la popa a la Real.

Viendo el gran peligro conforme venía con la fuerza de los remeros, embistió por el centro contra la primera la cual del golpe la partió yéndose al fondo con toda su gente, casi al mismo la segunda era aferrada y abordada, deshaciendo en muy poco tiempo toda posible defensa, su gente fue pasada a cuchillo, en este encuentro don Álvaro recibió dos tiros, uno le dio en la rodela y el segundo en la escarcela, que por ser de acero ambas solo se abollaron, pero muy bien podía haber caído en el combate; como siempre no se inmutó y prosiguió su trabajo, dos de su galeras llegaron a la Real, de forma que por la arrumbada de ellas se accedía fácilmente a la escala Real, dando acceso directo a la Carroza, pero con tal ímpetu que los de detrás empujaban a los de delante y así consiguieron expulsar a los enemigos de la Real.

Con esta acción don Álvaro había demostrado estar en todas partes y tan oportuno como eficaz  en toda la línea, pues de no haber llegado a tiempo hubieran podido hacerse los turcos con la Real de don Juan y con ello ganar la jornada, pero lo evitó. Un cronista del combate dice de él en este instante: «No se sabe qué apreciar más en él, si su heroísmo, si aquel golpe de vista que le hacía precisar el momento oportuno en que su intervención era conveniente, o aquella sangre fría que le permite en el ardor de la contienda, cuando ha visto su vida en inminente peligro y morir a su lado compañeros queridos, separase de aquel punto para observar con toda tranquilidad dónde es necesaria su presencia, dónde se halla comprometida la victoria, para ir como una avalancha a arrancarla de manos de los enemigos. Allí donde la balanza se inclinaba a favor del estandarte de Mahoma, allí aparecía don Álvaro, y con el peso de su espada le hacía bajar hasta el abismo. Atento a los incidentes de la batalla, con una serenidad sin igual y un conocimiento exacto de las fuerzas de que disponía, caía de improviso sobre la posición más comprometida, y la Armada cristiana lo estuvo aquel día en que se jugaron los destinos de Europa…»

Por dos veces más entraron los españoles en la Sultana, en la tercera algún soldado o capitán (nunca se ha sabido) llegó hasta Kapudán Bajá Zadi (Alí Bajá) y de un tajo le cortó la cabeza, siendo clavada en una pica y enseñada en signo de victoria, mientras otros desvalijaban las nave para llevarse los recuerdos de tan gran día, aunque los objetos de más valor fueron entregados a don Juan, éste preguntó quien había cometido el atropello de cortar la cabeza a Alí-Bajá, pero nadie salió como culpable y con los cientos de hombres que había llegado a la Carroza de la galera enemiga no era posible saber quién. No obstante dio la orden de arrojarla al mar, porque eso no era un trofeo de guerra para los cristianos. Llegando en ese momento el capitán de los Tercios, don Andrés Becerra natural de Marbella, con el estandarte de Alí-Bajá siéndole entregado a don Juan, quien ordenó izarlo al tope del palo mayor de la Real para anunciar la victoria a todos, tanto compañeros como enemigos.

Un hecho notable de este combate es que por tres veces entraron los españoles en la Sultana y dos los jenízaros lo hicieron en la Real, éste último con tal ímpetu que obligaron a don Juan a defenderse, entrando en acción la guardia personal del Generalísimo, en él se distinguió mucho un soldado de los Tercios puesto por don Álvaro por su demostrada destreza en el manejo de la espada; al darse el grito de victoria entre abrazos y medios golpes de amistad por la alegría, le arrancaron la camisa, descubriéndose era una mujer vestida de hombre. Don Juan al verla, ordenó se retirara a su Carroza y se cubriera con sus propias ropas. (Por desgracia nada más se sabe de ella, ni siquiera su nombre, todo un olvido imperdonable de la Historia.)

Pero no había terminado el combate, pues se fue corriendo la voz y en ese momento los turcos se dejaban matar, pero quedaba por ver que estaba sucediendo en el ala derecha cristiana y siniestra turca. En ella Uluch-Alí, se puso furioso yéndose con sus treinta galeras a por las de Sicilia y Malta, ésta ya muy maltratada por haber conseguido hundir cuatro enemigas. Sobre ella cayó el enemigo con tanta furia que en pocos minutos fue tomada, pero solo cuando quedaban seis caballeros de Malta y heridos. Le dieron remolque los enemigos pensando era suya, por ello no avanzaban a su debida velocidad, causando poder ser alcanzados por parte de la escuadra de don Álvaro, al verlos picaron los cables dándose a la fuga a fuerza de remo.

En el combate otras de las galeras de Malta echaron varias a pique y apresado a tres; la patrona de Sicilia y otras dos del Papa, fueron apresadas por la escuadra de Uluch-Alí, pero igualmente fueron recuperadas por las de don Álvaro. Regresaba don Álvaro a la línea dando remolque a la capitana de Malta, cuando vio a cuarenta enemigas huyendo, se pico el cable y dio orden de dar boga de arrancada, las persiguió hasta el mismo golfo de Lepanto, al entrar en él iba acompañado por su hermano Alonso y Juan Andrea Doria, atacando a las enemigas como si fuera el principio del combate, fue tan contundente el enfrentamiento que el resultado fue la captura de diez, hundidas un número igual, quince se fueron directas a las playas a varar y solo cinco pudieron escapar, no siendo perseguidas porque todos sus hombres estaban agotados, sobre todo los bogantes.

Don Juan de Austria al dejar de oír las armas en toda la zona, a don Álvaro acercándose llevando a remolque muchos buques enemigos, dio la orden de reunirse y buscar un lugar donde descansar todos, además el cielo comenzaba a nublarse y al mismo tiempo anochecía por ello era vital llegar a un lugar seguro, fueron reuniendo las naves poniendo rumbo a la cercana bahía de Petela bien protegida de vientos y mares, fue tan justa la medida tomada que al poco de arribar todas las naves y algunas aún por fondear, se desató una fuerte tormenta propia de la época del año.

Por ello todo algo más calmado fueron atendiendo los cirujanos a los heridos más graves y a continuación los menos, al mismo tiempo los muertos en los últimos momentos fueron enterrados cristianamente, pues no había galera en la que no hubiera un fraile y en algunas muchos más. Lo que nadie cuenta es, si también empuñaron las armas, lo que no sería de extrañar en la época. Don Juan le dio la orden a don Lope de Figueroa se hiciera a la mar, para llevar una carta del Generalísimo a su Rey don Felipe II. Al mismo tiempo los calafates y carpinteros fueron remendando en lo posible las múltiples averías de los bajeles. Recibiendo don Juan a bordo de su Real (que estaba en reparaciones) a todos los generales de la escuadra, dándoles las gracias por su buena vista, tesón y eficacia razón por la que la victoria era para la cristiandad.

No en balde fueron capturadas; ciento setenta y una galeras, de las cuales treinta y nueve eran de Fanal, cuarenta galeotas y las setenta fustas; ciento veinticinco cañones gruesos, veintiún pedreros y doscientas noventa y cuatro piezas de artillería de diferentes calibres; treinta y nueve estandartes turcos; pereciendo seguro treinta mil turcos, más cinco mil setecientos sesenta cautivos y casi lo más importante, había recobrado la libertad nada menos que doce mil cristianos, las hundidas resultaron: cincuenta y ocho galeras más treinta y tres galeotas, por ello solo pudieron salvarse del total inicial, dieciséis galeras.

Por parte de la Santa Liga, se perdieron ocho galeras de Venecia y cuatro de Andrea Doria, en total en torno a los diez mil muertos, pero de ellos siete mil seiscientos fueron posteriores al combate, bien por las heridas sufridas o porque los moros utilizaron saetas y flechas envenenadas, contra lo que nada se pudo hacer. Por un documento sabemos el reparto posterior de los buques y cautivos turcos: «Cupieron al sumo Pontífice Papa Pio V veinte galeras, diez y nueve cañones gruesos, y cañones pedreros tres y cañones chicos cuarenta y dos, y esclavos mil doscientos. A su Majestad del Rey Don Felipe nuestro señor ochenta y una galeras, cañones gruesos setenta y ocho, y cañones pedreros doce; cañones chicos ciento sesenta y ocho; y esclavos de cadena tres mil seiscientos. A la Señoría de Venecia cincuenta y cuatro galeras; cañones gruesos treinta y ocho; cañones pedreros seis; cañones pequeños ochenta y cuatro; esclavos de cadena doscientos cuarenta. Al Príncipe D. Juan de Austria le cupo la décima, que fueron diez y seis galeras, y esclavos de cadena setecientos veinte, y otras cosas.»

La mejor de las presas del día fue sin duda la galera al mando de Mustafá Esdrí, encontrándose a popa de la Sultana, pero al ver la cabeza y estandarte de Alí Pachá, dio por perdido el combate e intento huir, pero Juan de Cardona se le puso por la proa y lo intimidó a la rendición, la cual aceptó no de muy buen grado. La presa era importante por dos razones, primero era una hermosa galera capturada diez años antes, siendo entonces la capitana de los Estados Pontificios, significando una gran alegría para el mismo Papa, pero la segunda, casi tan importante para todos por ser la portadora de todos los fondos de la escuadra otomana, de ella se sacaron varios cofres llenos de monedas de oro y otras alhajas.

La escuadra permaneció en el fondeadero de la bahía de Petela hasta el 11 seguido, por tener la orden don Juan de su hermano don Felipe II, de no invernar fuera de puertos cristianos, ordenando levar a la escuadra a pesar de no haber amainado el temporal, comenzando a salir de la bahía, pudiéndose cumplir dada la rapidez y eficacia de los carpinteros y calafates al poderlas poner en orden de marcha al menos en tan poco tiempo, fondeando en Messina el 31 siguiente, pero con la mayor parte de los buques en muy mal estado como consecuencia del combate y sobre todo del último temporal sufrido, el cual les persiguió hasta pasados dos días de estancia en el puerto, como si el viento estuviera enfadado por tan magna victoria.

Acompañamos la bella descripción del comportamiento de don Álvaro en el combate de Lepanto, escrita por don Alonso de Ercilla en su poema La Araucana, compuesto en octavas reales para tan digno y valeroso capitán: El buen Marqués de Santa Cruz, que estaba / al socorro común apercibió, / visto el trabajo juego en que se andaba / y desigual en partes, el partido, / sin aguardar más tiempo, se arrojaba / en medio de la priesa y gran ruido, / embistiendo con ímpetu furioso / todo lo más revuelto y peligroso. / Viendo, pues, de enemigos rodeada / la galera Real con gran porfía, / y que otra, de refresco, bien armada / a embestirla con ímpetu venía, / saltóle de través, boga arrancada, / y al encuentro y defensa se oponía / atajando con presto movimiento / el bárbaro furor y fiero intento. / Después, rabioso, sin parar, corriendo / por áspera batalla discurría; / entra, sale y revuelve socorriendo, / y a tres y a cuatro a veces resistía. / ¿Quién podrá punto a punto ir refiriendo / las gallardas espadas que ese día / en medio del furor se señalaron / y el mar con turca sangre acrecentaron?

Pero lo que más satisfizo a don Álvaro fue recibir una carta fechada el 5 de noviembre en la ciudad de Pisa, de don García Álvarez de Toledo, quien escribía lo siguiente: «Asombrados deven de quedar los enemigos y con gran razón de tan señalada victoria como Nuestro Señor ha servido de dar al Señor D. Juan y los demás que se ha hallado en su compañía; siendo la mayor que jamás ha habido en la mar, de su parte, ni de la nuestra y aún que no ha sido cosa nueva para mí, hame dado muy gran contentamiento en entender principalmente lo que ha hecho vuestra señoría en ella ansí de todo, me alegro con vuestra señoría quanto puedo y devo sin entrar en otros particulares de quan importante ha sido esta victoria, pues en materia de que no saldría tan presto y todo lo tendrá V. S. considerado con su gran prudencia a quien suplico se acuerde de enviarme e mandar en lo que sirva que en ello me hará V. S. siempre muy particular merced…»

Al poco de recibir la carta don Álvaro le contesta, diciendo: «Mucho contentamiento me ha dado saber que V. E. venga por acá porque debe de tener la salud que sus servidores deseamos; acá todos la tenemos a Dios Gracias y estamos con el contentamiento que es de razón con la victoria que Dios nos ha dado que no se entiende sino en partir la presa y en cosas desta calidad; y pues tan presto Dios queriendo besaré las manos de V. E. en esta no diré mas de que guarde Nuestro Señor su Yllma persona y estado creciente…» Recibió una carta del don Felipe II, diciendo:«Marqués Pariente nuestro Capitán General de la Galeras de Nápoles. Aunque no he tenido carta vuestra con don Lope de Figueroa no he querido dexar de dar las gracias con éste por lo mucho y bien que he entendido que aveis servido de dar a nuestra armada y assi os las doy; y os certifico que quedo de vos en esta parte muy satisfecho y servido como los conocéis en todo lo que os tocare y sirviere.  De San Lorenzo a 25 de noviembre de 1571. — Yo el Rey. — Antonio Pérez.»

Don Juan ordenó repartir las escuadras entre diferentes puertos para no estar todas juntas, pero no a mucha distancia para poder salir en socorro de cualquiera de ellas, así quedó él en Messina, la de Génova paso a su ciudad, las de Palermo a la suya y don Álvaro con las de Génova a su plaza. De aquí partió Marco Antonio Colonna a Roma, mientras don Álvaro dio licencia a mucha de su gente, se terminaron de desmontar la galeras que en peor estado estaban y vueltas a reconstruir, al mismo tiempo mandó la construcción de otras para aumentar su fuerza, aprovechando la inactividad por la llegada del invierno.

Ese invierno fue muy caliente a nivel diplomático, pues cada cual después de verse libre de momento de la amenaza turca, no querían saber nada del asunto, para Venecia era un gasto que además le enemistaba con su lucroso mercadeo con los mismos enemigos, Génova se mantenía a ver quien decidía, por ello no entraba en el juego directamente, quedando a la espera de ver quien tomaba la iniciativa, pero sin definir su posición. Para terminar de arreglarlo, el Papa Pío V hizo un llamamiento a los países cristianos, Portugal, Sacro Imperio, Francia y Polonia, pero Selim II enterado de la pretensión de esa segunda unión de fuerzas contra él, se puso en contacto con el Rey de Francia don Carlos IX, consiguiendo de éste no actuar en su contra, pero el Rey no se quedó parado, pues convenció al Dux de Venecia para a su vez dijera rotundamente no a la segunda Liga, por ello a pesar de los intentos del Papa no se pudo realizar, se añadió el fallecimiento de Pío V, siendo el nuevo Papa Gregorio XIII, éste viendo lo bien que había funcionado confirmó el tratado del año anterior prosiguió su labor, aunque ante las posiciones tomadas por Francia y Venecia nada pudo hacer.

Solo llegaron a un acuerdo puntual, el Dux de Venecia, el Papa y don Felipe II, quien le dio la orden a don Juan de zarpar de Messina con veintinueve galeras bastardas perfectamente alistadas, uniéndosele las treinta y seis de don Álvaro, siendo un total de sesenta y cinco, dando resguardo a treinta naves, transportando siete mil seiscientos infantes españoles, seis mil itálicos y tres mil imperiales, siendo los españoles y napolitanos destinados al puerto de arribada, Corfú. Al mismo tiempo dejó una reserva en Sicilia al mando de Andrea Doria con cuarenta galeras.

Zarpó la escuadra el 6 de junio de 1572, al arribar a Corfú el 9 de julio no se encontraba Colonna, quien arribó el 31 del mismo mes con su escuadra compuesta por unas ochenta galeras, reuniéndose con la española contando en torno a las ciento cincuenta, volviendo salir a la mar el 7 de agosto seguido. La escuadra navegó hasta las costas de Albania, al arribar a Navarino el 8 de septiembre se encontraron con la escuadra turca, al mando del vencido en Lepanto Uluch-Alí, compuesta por unas doscientas galeras, pero su escuadra estaba dividida entre dos puertos, en el mismo Navarino y el de Modón, pero navegando de noche se reunieron todas en éste último, donde adoptaron la formación en fortaleza, impidiendo así y por ser menor el número de las cristianas, ser combatidas. No obstante se mantuvo la flota cuatro días y sus noches cruzando sobre las aguas cercanas al puerto de refugio, pero sobrevino un duro temporal obligando a los cristianos a buscar refugio en Cérigo para poder soportarlo.

Al amainar el temporal la escuadra se hizo a la mar arribando de nuevo a la bahía de Modón, donde no vio a los enemigos, poniendo proa a Navarino y allí estaba en la misma formación anterior. A pesar de esto don Juan ordenó un desembarco, participando ocho mil hombres al mando del Príncipe de Parma, donde se combatió con saña por ambas partes, unos defendiéndose y los otros como ya les habían vencido creyendo volvería a suceder lo mismo, pero las formaciones casi ni se movían y solo hablaban los pocos cañones desembarcados más los arcabuces, pero nada se avanzaba. Razón que llevó a don Juan pasado un tiempo a dar la orden de regresar, pues de nuevo se echaba encima la época de los temporales.

Justo era el 7 de octubre de 1572, hacía un año se había vencido en el golfo de Lepanto, pero esta vez sin obtener el mismo resultado. Estando con rumbo de regreso, esa misma mañana se divisaron velas como a dos leguas de distancia, se dio por sabido era la escuadra de Uluch-Alí, Colonna dio la orden de regresar al combate, siguiéndole y sobrepasándolo algunas galeras españolas, no siendo otras que las del mando de don Álvaro (como destacaba por llevar al remo a gente de «buenas bogas» así como esclavos) pero los turcos con el viento a favor iban alejándose, por ello solo hubo un intercambio de fuego de artillería, el cual por la cantidad de humo propio facilitaba la huida a los turcos.

Por esta razón Marco Antonio Colonna no quiso continuar la persecución, aparte porque las galeras enemigas navegaba cada una a su mejor saber y entender, por ello era más peligroso al poderse producir que varias de las enemigas dieran caza a una veneciana. Pero don Álvaro quien nunca dio nada por perdido, mantuvo la boga y cazando el viento pudo llegar muy fuerte sobre la retaguardia enemiga, siendo la última de ellas la de su jefe Mahamud-Bey, con una hábil maniobra le dio alcance y casi sobrepasándola enfilo la suya momento aprovechado por tenerla de través, primero le lanzó una andanada de artillería, para virar luego a su rumbo arribando, maniobra que le dejó algo retrasado, pero como continuaba ganándole aguas, le partió todos los remos de una banda, al quedar frenada por la falta de impulso se lanzando las tablas pasando al abordaje de la enemiga, saltando el mismo don Álvaro, quien se fue a buscar al jefe enemigo, tras un breve combate lo mató y se adueñó de la galera con su estandarte, metió al remo a Mustafá, jefe militar de los jenízaros y libertó a doscientos veinte cristianos.

Siendo Mahamud-Bey un nieto del famoso Barbarroja. Y la galera se incorporó a su escuadra con el nombre de La Presa. Lo atrevido de este ataque del Marqués es que, previamente dio la orden a sus cuatralbos de no entrar a apoyarle, para permanecer atentos a los movimientos de los enemigo, dado que al principio solo había una galera de distancia entre la atacada y las que navegaban a su proa, pero estas con diversidad de puestos ocupados y al ver la formación de la galeras cristianas no se atrevieron a acudir en apoyo de su jefe, mientras que Uluch-Alí estaba por la proa a varias millas de distancia, quedando solos Mahamud-Bey contra don Álvaro y la experiencia de éste quedo manifiesta, a pesar de ser Mahamud-Bey el jefe de los jenízaros.

Pero a su vez el resto de las cristianas fueron formando una línea de frente, con la intención de tener a la vista lo que sucedía en el combate, pues estaban en el conocimiento de que las galeras del mando del Marqués ya le prestaban suficiente apoyo, por ello nadie intervino y en conjunto podrían haber como doscientas galeras listas a entrar en combate, pero la huida de los turcos fue tan franca, prefirieron perder una y no cien. Mientras las cristianas de espectadoras de la hazaña del valeroso don Álvaro. Dejando plasmado no dejar pasar ocasión.

Todo un año en alistar la gran cantidad de galeras, permanecer en la mar desde la primavera al otoño y todo lo ganado era una galera enemiga gracias a don Álvaro. Don Juan dio la orden de reagruparse y seguir a rumbo, pero el mal tiempo comenzó a hacer de las suyas, decidiendo don Juan dar la orden de variar rumbo a Gumeniza, donde arribaron el 23 de octubre se encontrándose con don Juan Andrea Doria y el duque de Sesa, con trece galeras en refuerzo de la escuadra, al amainar el temporal dio la orden de zarpar con rumbo a Messina navegando al completo la escuadra.

Al cruzar cerca de Nápoles don Álvaro se reintegró a su base, donde volvió a dar de baja a la gente no necesaria para pasar la invernada, recibiendo una carta de don Felipe II, quien le pedía construyera otras quince galeras para la campaña del año próximo. Al arribar don Juan a Messina, se encontró con una carta de su hermanastro el Rey, diciéndole: «Illmo. Don Juan de Austria, muy caro y amado hermano nuestro. Capitán General de la Mar. Porque teniendo respecto a Don Alvaro de Baçan, Marqués de Santa Cruz, nuestro Capitán General de la Galeras de Nápoles, nos ha servido, especialmente el día que nuestro Señor fue servido de darnos victoria contra la Armada Turquesa y lo bien que en la dicha batalla se señaló, así con las Galera Capitana que llevaba como con las demás de su cargo, y siendo el dicho Don Alvaro Caballero de la Orden de Santiago, he tenido por bien atento a lo susodicho de hazelle merced de la encomienda de Alhambra y de la de Solana, dexando la que tiene de Villamayor al qual lo dyreis para que lo tenga entendido y la voluntad con que lo he hecho que es la mesma con que mandaré favorecer lo demás que le tocare y Guarde Nuestro Señor vuestra Ilustrísima persona. Madrid a 5 de junio de 1572. — Yo el Rey. — Martín de Gaztelu.»

La carta por su fecha sabemos llegó cuando la escuadra había zarpado, como no era urgente no se le hizo llegar, pero ahora Don Juan ante el agradecimiento del Rey hacía don Álvaro, sí se la envío en cuanto la leyó recibiendo el Marqués una gran alegría, recobrándola pues se la había truncado la anterior carta abierta al llegar a Nápoles, pidiéndole la construcción de más galeras, pero ahora comprendía el porqué de esa petición, pues las dos nuevas encomiendas sí le daban suficiente dinero para correr con los gastos de la construcción de ellas.

A su vez don Álvaro quien no era precisamente muy docto en letras pero si sabía utilizarlas, escribió dándole las gracias a don Felipe II, al mismo tiempo aprovechaba para contarle el apresamiento de la galera turca. El Rey muy complacido le responde el 30 de noviembre seguido: «Marqués Pariente, nuestro Capitán General de las Galeras de Nápoles: Vuestra carta de 20 pasado recibí, y aunque el Ilustrísimo Don Juan, mi hermano, me ha escrito lo bien que lo hicisteis en la toma de aquella galera, he holgado mucho de entenderlo por vuestra carta, y así os doy muchas gracias por el valor y ánimo con que en aquello os mostrásteis y os mostráis en todo lo demás que os ofrece del servicio de Dios y mío. En lo demás que me escribís de la infantería que ibades a echar en cabo Otranto, no hay que decir sino que habrá sido muy bien que así se haya hecho, y el Cardenal de Granvela me la escrito como había proveído de dinero para pagarles y de comisarios para que los condujesen a sus alojamientos. Por otra se os escribe lo que veréis sobre el armar diez ú once galeras en el Reino de Nápoles, yo os encargo mucho que uséis en ello de vuestra buena diligencia y de la que soléis en todo lo que toca a mi servicio.»

Como siempre suele ocurrir los enemigos siempre están más dentro que fuera, por ello el Dux atendía la correspondencia de don Felipe, pero mientras como su comercio estaba cortado por la guerra, llegó a un acuerdo con el Sultán de la Sublime Puerta, llegando a figurar en el documento firmado por ambas partes que Venecia no era un aliado de la victoria de Lepanto, sino todo lo contrario, pues había sido vencidos y sufrido muchas pérdidas. Esto fue conocido de primera mano por don Juan de Austria por haberse trasladado a Venecia para comprobar las nuevas construcciones, acordadas entre el Rey de España y la República, pasando a informar del acuerdo a don Felipe II, quien en conocimiento de esta actitud dio la orden de apartar a Venecia de la coalición cristiana, acusándola de alta traición.

Esto conllevó la pérdida de buques en la coalición, pues don Felipe calculaba poder contar con un mínimo de trescientas para volver a por los turcos, quienes a buen seguro en la invernada anterior habrían construido más vasos, pero la realidad era que ahora juntas las de España, el Papa, Génova y Malta no se llegaba a las ciento cincuenta, impidiendo por su bajo número regresar a buscar combate, dejando al buen hacer de don Juan se realizara lo que se decidiera en Consejo de Guerra de Generales, pero no había que dejar pasar la ocasión de la reunión de los demás países debiendo ser aprovechada.

Al llegar la primavera de 1573 como siempre en las reuniones del Consejo cada uno se quería aprovechar de los demás, por ello Marco Antonio Colonna, general de las galeras del Papa, estaba decidido a ir a por los enemigos a sus aguas. Lo mismo pensaban los Caballeros de San Juan de Malta (estos con más lógica) pues su isla no dejaba de estar en la vanguardia de la Cristiandad en el Mediterráneo y la primera que sufría siempre los primeros ataques. Pero don Andrea Doria general de las de Génova y don Álvaro, pensaban que mejor era asegurar el Mediterráneo occidental, así de paso se dejaba a Venecia a sus propias fuerzas y a ver cuánto tiempo aguantaba, pues bajo ningún punto de vista recibiría apoyo de ningunos de los países presentes, proponiendo don Álvaro atacar Argel, para una vez tomado dejar asegurada la costa con ésta, más Orán y Mazalquivir, mientras Doria apoyaba el ataque a Túnez.

Don Juan de Austria sin caer en los beneficios para España de la propuesta de don Álvaro, se inclinó por la de Doria y con esta decisión escribió a don Felipe II. Éste le contestó después de un tiempo, era necesario pensar con cautela la propuesta y por toda respuesta de momento le dijo: «…que debían de ser tomadas Túnez y Bizerta pero se debía de posponerse la expedición hasta el mes de septiembre de 1573, porque ‹…sin un solo real y con muchos centenares de millones de ducados de deuda› necesitaba tiempo para conseguir nuevos empréstitos.» Decidido se fueron preparando los aprestos, pero sin prisa y conforme el dinero iba llegando, a principios del mes citado y previsto por el Rey, las cosas estaban casi preparadas, pero faltaba reunirse todos en lugar designado, Palermo, al reunirse la expedición se componía de: ciento cuatro galeras, cuarenta y cuatro navíos grandes, veinticinco fragatas, veintidós falúas y doce buque especiales para la carga. El ejército lo componían veinte mil hombres de los Tercios de Mar y Tierra, setecientos cuarenta gastadores, cuatrocientos caballos ligeros, artillería de sitio, cantidad suficiente de munición y víveres; todo embarcado y listo se hicieron a la mar el 24 de septiembre.

Arribaron a la Goleta (Halk-el-Uad) el 7 de octubre por la noche, comenzando el desembarco el 8 al amanecer estando todas las tropas, artillería y pertrechos en tierra al día siguiente, uno de los primero en hacerlo fue don Álvaro, pues como segundo de la escuadra, don Juan le confió estar al frente de todo y así lo hizo, desembarcando los primeros soldados del Tercio elegido por el Marqués, siendo dos mil quinientos hombres todos veteranos en combates y junto a él todos los capitanes también seleccionados, (como hecho casi anecdótico, entre los soldados se encontraba don Miguel de Cervantes Saavedra), el desembarco se hizo justo donde aún se conservaban las ruinas de la ciudad de Cartago, cuando todos sus hombres estaban en tierra se puso en marcha, presentándose ante los muros de la fortaleza de Túnez.

Fue tan rápido todo que los habitantes no se apercibieron de nada y cuando lo hicieron estaba la artillería de sitio en posición, pero optaron por no hacer frente a semejante fuerza, decidiendo ir abriendo las puertas y darles paso franco, don Álvaro siempre perspicaz se puso al frente, dividió sus fuerzas para entrar al mismo tiempo por todas ellas, así si había combate en el interior al menos estarían todos los españoles dentro y por todas partes, pero nada ocurrió, siendo tomada sin disparar un solo arcabuz. Pudieron admirar que aún quedaban muchas construcciones en pie de las realizadas por los españoles en la anterior toma de 1535.

Afianzada la conquista don Álvaro envío emisario a don Juan con la buena nueva, quien entró en la ciudad el 11 siguiente. Según un cronista nos dice de esta ocasión: «…que el silencio, el orden en la formación, la colocación de la tropa y el intrépido despejo con que se hizo el reconocimiento, sorprendió al enemigo, que apoderado del miedo, se figuró un repentino asalto, y sin considerar las ventajas de su posición, abandonó la plaza y buscó en la fuga su seguridad.» Esto indica que a pesar de las medidas de prevención de don Álvaro, los habitantes abrieron la puerta principal primero, pero por el resto estaban en franca huida, por eso al entrar no había nadie y no hizo falta gastar pólvora.

Al entrar don Juan en vez de ordenar destruir toda la fortaleza como era costumbre, hizo todo lo contrario, ordenando levantar los nuevos alojamientos para ocho mil hombres, siendo los destinados de guarnición de la ciudad, realizándose el trabajo en muy poco tiempo. Estando en esto llegó el alcaide de Bizerta acompañado de otros gobernantes para firmar la paz y prestar obediencia al Rey don Felipe II, por ello tampoco hubo razón de utilizar la fuerza contra ellos. Enterado el Rey envío emisarios a Muley Hamet, para acudir a retomar el mando de la ciudad de Túnez, por haber demostrado ser un buen vasallo de España.

La escuadra seguía fondeada en la Goleta, pero si se levantaban los vientos del primer cuadrante podía arruinarla, por ello don Juan dio la orden de regresar a todas las galeras aliadas quedándose solo las españolas. Don Álvaro al comprobar que toda la fortaleza estaba en orden de defensa, decidió también salvar sus galeras y zarpar acompañando a don Juan, pues éste tuvo que esperar la llegada de Muley Hamet, para hacerle entrega del mando de la ciudad, al cumplimentar la orden fue cuando pudo salir de ella. Abandonaron la ciudad los dos juntos con varios de sus hombres, embarcaron inmediatamente con rumbo a Sicilia, pero los vientos se levantaron y zarandearon a las frágiles galeras de tal forma que les obligaba a buscar un refugió y rápido, por ello el Marqués decidió hacer una arribada forzosa a Trápana, en espera de poder hacerse a la mar realizándolo a pesar de no haber amainado del todo el temporal, consiguiendo con mucho trabajo arribar a Palermo.

Don Juan, quien había salido su escuadra un poco después pudo arribar al puerto de Farina, donde se esperó a que amainara el fuerte temporal. El Marqués arribó a su base de destino, Nápoles, el 2 de noviembre poniendo a toda su gente a recuperar las naves, por encontrarse en muy mal estado por el temporal sufrido. Al comenzar 1574 nada se podía hacer pues las arcas de España no soportaban más llevar todo el peso, por ello no se pudo armar nueva expedición. Pero avanzado el año se recibieron noticias, por ellas supieron que los turcos habían pasado el estrecho de Sicilia con una gran flota, amenazando con tomar La Goleta, Túnez y Bizerta. Aquí se ve y palpa el sentimiento de don Álvaro por su patria. Mando a su mujer vendiera todas las joyas y sacara todo el dinero disponible, reuniendo en total en torno a los ochenta y cinco mil ducados, con los cuales en su poder pagó a las dotaciones y Tercios saliendo a la mar con rumbo a Messina, donde se reunieron de nuevo don Juan con sus galeras, Andrea Doria con las de Génova y don Álvaro con las de Nápoles.

De nuevo comenzaron los Consejos de Guerra de Generales, a pesar de ser tan solo tres cada uno tenía unas preferencias, provocando se fuera dilatando las conversaciones en el tiempo tan estérilmente, tanto, que aún estando en ellas llegó la noticia de la caída en poder de los turcos de las tres posiciones. Dinero perdido cuando se tomaron las fortalezas y miles de vidas se habían perdido esperando la llegada del debido socorro, el cual nunca llegaría. Y don Álvaro casi sin un real. (Éste es el gran agradecimiento de algunos Reyes a sus más fieles vasallos. ¿Qué sería de los que no se portaban así? Para no perderlo todo se retiró a Nápoles, donde de las cuarenta galeras puestas en armas se quedó con la mitad y con ellas cruzó las aguas de su responsabilidad sin hacer más caso a nadie. De hecho en la invernada de 1574 a 1575, recibió la orden de hacerse llegar a la Corte viajando con don Juan de Austria, por haber sido llamado también. Después de la audiencia con el Monarca, de nuevo los dos, regresaron a Messina y Nápoles donde el Marqués continuó al mando de sus galeras.

Ambos solos se unieron en la primavera de 1575 zarpando con rumbo a Bizerta, donde don Álvaro desembarcó al frente de dos mil infantes y dio un golpe de mano, tal fue la sorpresa de los enemigos que no les dio tiempo a reaccionar, pero regresó a sus galeras con un rico botín en monedas de oro y plata, así como algunas joyas. Todo para demostrarle a los turcos no estaban tan seguros como pensaban.

1576 lo pasó don Álvaro al mando de sus galeras, vigilando sus costas y acudiendo donde hacía más falta, por ello realizó un ataque a la isla de los Querquenes capturando a mil doscientos enemigos en breve combate, posteriormente acudió en socorro del Peñón de Gibraltar, por haber desembarcado unos moros he intentado capturarlo, por ello muy enfadado por tal atrevimiento (no hay que olvidar que era su Gobernador), los arrojó al mar sin contemplaciones, zarpando inmediatamente con rumbo a Ceuta, donde de nuevo volvió a desembarcar y dar una buena lección a los moros (estaba molesto); estando en esto recibió noticia de que en Melilla había bandas sueltas interrumpiendo mucho el tráfico marítimo, apretado por la necesidad concluyó rápidamente con el problema en Ceuta, embarcó y puso rumbo a Melilla, aquí no tuvo ni que desembarcar, pues solo al ver su pabellón los moros se perdieron de vista. Esta era la fama del Marqués de Santa Cruz entre la morisca, algunos no querían ni verlo.

En una de sus arribadas a su base, le fue comunicado que don Juan había sido llamado de nuevo a la Corte y nombrado Gobernador de los Países Bajos. Al mismo tiempo unos meses después recibió la noticia de haber sido nombrado con el más alto cargo de la Armada en aquella época, pues le llegó la Real cédula siendo nombrado Capitán General de las Galeras de España a finales de 1576, pero por la razón de estar ocupado con los enemigos de España y de la Cristiandad, y no haber podido entregar el mando de las de Nápoles, no pudo hacer su entrada como a tal hasta mayo de 1578, arribando con diez galeras a su mando al puerto de la ciudad Condal.

Al arribar y desembarcar recibió la noticia de presentarse en la Corte, todo estaba provocado por el retraso sufrido en la toma del mando de las galeras de España y don Felipe II, quería saber de primera mano las razones, pero no debió de ser muy duro el Monarca o las razones del Marqués fueron de mucho peso, pues solo le ordenó regresar a la base de la galeras en la península, siendo desde el principio el puerto de Cartagena, donde al llegar y ver su estado comenzó a dar órdenes; que el puerto estuviera más limpio, verificó la construcción del muelle, contramuelle y nuevos aljibes en el peñón de Gibraltar y como no, la puesta en seco de las galeras para darles un buen repaso a sus obras vivas, siendo calafateadas y embreadas para soportar mejor el calor del verano y estar listas para entrar en combate. Desde este puerto zarpaba la escuadra llegando incluso en sus derrotas hasta el cabo de San Vicente, para dar resguardo a una Flota de Indias por estar avisado de la presencia de corsarios franceses. Demostrando en parte que las frágiles galeras también podían llegar a aguas del océano y si era necesario combatir en ellas con los buques redondos, lo haría.

A primeros de año don Felipe II recibió la noticia de que don Sebastián Rey de Portugal, iba a realizar una expedición al norte de África, de lo cual el Rey intentó convencerlo para evitar la llevara a término, pero don Sebastián no le hizo caso, convencido formó una gran escuadra y en ella transportó a diecisiete mil hombres, muchos de ellos caballeros de su reino y con ganas de ganar laureles. No obstante la obstinación del Rey portugués, don Felipe II ordenó se embarcaran en sus naves dos mil soldados bien armados de los Tercios españoles. Pero por el contrario llevaba muy poca artillería, pues solo se embarcaron doce piezas de sitio.

La escuadra zarpó de Lisboa a primeros de junio, arribaron a Arcila desembarcando el ejército dirigiéndose a poner sitio a Larache, pero hubo dudas entre los mandos de volver a embarcar y hacerlo frente a la misma plaza o como ya estaban pie a tierra, proseguir por ella hasta el lugar (en tomar las decisiones se perdieron quince días vitales) porque fue el tiempo que necesitó el Sultán Abd-el-Melik para reunir sus fuerzas. Decidieron hacerlo por tierra y se pusieron en camino, pero mientras frente a Ksar-el-Kebir (Alcazarquivir) posicionó a su ejército el Sultán de Fez, compuesto por cuarenta mil jinetes y treinta mil infantes.

Cuando a los pocos días apareció el ejército cristiano frente a Ksar-el-Kebir, el 4 de agosto de 1578 se enfrentaron los dos ejércitos, la lucha fue muy dura y sangrienta, pues pocos eran los cristianos pero muy valerosos, no le iban a la zaga los moros quienes con su potente caballería consiguieron la victoria. Pereciendo el mismo don Sebastián con sus veintidós años de edad, pero lo grotesco es que nadie encontró su cuerpo (lo que se tradujo en una leyenda más) Al tener conocimiento don Felipe de lo sucedido, envió correo a don Álvaro para que cargara con cuarenta mil ducados en sus galeras, para el rescate de los pocos sobrevivientes. A su vez le ordenaba reforzar las plazas portuguesas en la costa norteafricana, especialmente la fortaleza de Ceuta y que se informase bien de la posibilidad de tomar la fortaleza de Alarache aunque fuera de noche.

Al morir el Rey de Portugal ocupó el trono el anciano Cardenal don Enrique y por la sospecha de que fuera quien nombrara al Prior de Crato don Antonio como su sucesor, por estar éste muy apoyado por el Rey de Francia, esta fue la razón que decidió a don Felipe a actuar, no estando dispuesto a que se le colara por la puerta trasera un enemigo más y en su propia península, por ello comenzó a disponer la toma del vecino Reino, enviando carta a don Álvaro para consultarle los medios necesarios para llevar la jornada a buen término. Una vez cumplidas todas sus misiones el Marqués se puso en camino a la Corte para hablar con el Monarca.

De las conversaciones se llegó al acuerdo de llamar a las galeras de los reinos de la península itálica, en total veinticinco uniéndose a las sesenta y una de las costas de España. Al mismo tiempo se formó una escuadra con treinta galeones, fijando su base en Coruña para realizar cruceros y vigilar para evitar pudieran llegar refuerzos o cualquier ayuda a los puertos de las ciudades de Oporto o Lisboa. Y don Álvaro debía viajar con sus galeras hasta la ciudad de Lisboa, para prestar su apoyo a don Enrique vigilando con astucia no se firmara el documento de nombramiento de don Antonio.

El Marqués así lo hizo, costeando se adentró en el océano arribando a la capital de Portugal, allí comenzó su trabajo de ir pagando informaciones para estar al día de lo que ocurría en la Corte portuguesa. Como medida de diversión de su verdadera razón de estar allí salía de vez en cuando con rumbo al cabo de San Vicente, desde donde daba protección a las Flotas provenientes de Tierra Firme. Estando en esto le llegó aviso de que el gobernador musulmán de Argel, estaba formando una expedición con cincuenta bajeles, transportando numerosas tropas turcas con la intención de desembarcar y tomar la fortaleza de Tetuán, por ello intentó acudir a su protección pero lo adelantada de la estación otoñal de 1579 le impidió arriesgarse decidiendo no salir.

Era tanta la confianza de don Felipe II con el Marqués que al fallecer el Cardenal don Enrique el 31 de enero de 1580, recibió al poco tiempo una carta de S. M., indicándole regresara a la bahía de Cádiz con su escuadra, como así lo hizo, al arribar se encontró con otra carta del Rey por ella debía de hacerse llegar a la Corte para concertar la forma de tomar el país vecino. Una vez acordado con el Rey, éste le indicó se pusiera en contacto con el Capitán General del ejército, no era otro que el Duque de Alba, III de su título, don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, las conversaciones se realizaron en la población de Llerena, donde los dos concertaron con gran fijeza y puntualidad los objetivos a conquistar. Terminadas el Marqués se puso en camino a la bahía de Cádiz.

Don Álvaro zarpa de la bahía de Cádiz el 8 de julio con cincuenta y seis galeras, y cuarenta y ocho barcones, chalupas y carabelas transportando en éstas todas la vituallas con rumbo a Setúbal, pero estando en rumbo pensó mejor era asegurar la retaguardia, por ello debía ganar primero todo el Algarve, desembarcó en Faro, sin pelea se puso del lado del Rey de España, pasando a Lagos, donde ocurrió lo mismo, le siguió Portiman y al final Sagres, con esto conquistó todo el Algarve sin disparar un solo tiro, asegurando cada ciudad con una parte de sus tropas de guarnición en las distintas fortalezas. Asegurado el regreso continuó a Setúbal, al arribar las tropas del ejército estaba sitiando la fortaleza y además tenían dos galeones de resguardo los San Mateo y San Antonio, al ver se alargaba su conquista enfiló sus galeras y abrió fuego sin cesar, esto desgastó la defensa de los portugueses, quienes se rindieron uniendo a su escuadra los dos galeones apresados, ahora solo le quedaba Lisboa, saliendo el 28 de julio.

Pero como se había concertado entre ambos Generales, en las proximidades de la capital se embarcaron fuerzas del ejército del Duque, volviendo salir definitivamente a la toma de la capital, arribando a las cercanías de Cascaes donde desembarcó parte de las tropas, haciéndose a la mar de nuevo con rumbo directo a la desembocadura del río Tajo, o Mar de la Paja arribando el 25 de agosto. Dando la orden de enfilar las galeras y bombardear la ciudad, por ello la población se asustó comenzando a salir de ella como podía, estorbando con ello a los militares quienes casi no podían devolver el fuego, al mismo tiempo otras galeras bombardeaban las fortalezas que daban guarda a la entrada, provocando se desentendieran de las que bombardeaban la ciudad, con ello le dieron la espalda a las tropas del ejército, momento que el Duque no desperdició y los ganó casi sin pérdidas, terminando de penetrar el resto de la escuadra, consiguiendo apresar sobre unas sesenta velas, pues solo de urcas fueron treinta y dos, más otras como carabelas y galeones.

Fondearon las naves en el puerto y al ver las tropelías de las tropas de don Sancho de Leiva entrando a saco en la ciudad, desembarcó a las suyas para frenarlas, porque en su opinión: «…a que fin crear odios y enemigos con desafueros soldadescos cuando el reino se iba a anexionar al de España.» Con esta acción se ve el buen criterio de don Álvaro, por ser innecesario e injusto crearse enemigos en ese caso, en cambio no había cuartel cuando el enfrentamiento era con otros. (A cada cual le aplicaba su mismo rasero.)

Se tuvieron noticias de estar en navegación con rumbo a las islas Azores una escuadra de galeones que Portugal tenía acantonada en Brasil. Cuando don Álvaro supo de ello en el momento que tomó las ciudades del Algarve, destacó diez galeras al mando de su hermano don Alonso, para avisarle de la posible llegada de estas naves en ayuda de la capital.

Estando precisamente en la conquista de Lisboa tanto don Álvaro como el Duque de Alba, don Alonso divisó a los galeones con el pabellón portugués, como su desventaja en poder artillero era mucha, optó por maniobrar, primero de vuelta encontrada para poder descargar su artillería y posteriormente de enfilada por la popa por la misma razón, les hizo mucho daño y está forma de combatir les obligó a forzar de vela poniéndolos en franca huida, por ser muy difícil poderlos apresar por su alto bordo, los navíos pusieron un rumbo alejado de la costa española para arribar al Sur de Francia, siendo ésta la última acción de esta conquista. Se cuenta que don Antonio Prior de Crato, al ser tomada Lisboa se puso en camino al Norte, donde volvió a presentar combate a la altura de Oporto, pero fue más testimonial que efectivo, pues viéndose perdido fue protegido por una campesina escondiéndolo en su granero, cuando las tropas españolas pasaron de largo en persecución del ejército en desbandada, pudo ser embarcado en un pequeño buque y con él arribar a Calais.

Lo peor es que la campesina fue denunciada y las tropas españolas la pasaron por las armas, acusada de traición. Esta conquista es muy posible sea a pesar de los problemas de comunicación de la época, la primera vez en la historia que un ejército desconectado de la Armada, actuando al unisonó y apoyado por ésta estuvo tan perfectamente coordinado, evitando se alargara el conflicto, con el resultado provechoso que resulta del considerable ahorro de vidas y dinero, pues estos van unidos al tiempo que dure una guerra, en este caso los dos generales al mando fueron invencibles por su efectividad y velocidad en acabar con ella. Dejando demostrado que para los españoles de este siglo, no había contrariedades que no fueran las propias del dios Eolo, todas las demás se salvaban con buenos mandos. Como no cabe duda que eran los dos, don Álvaro de Bazán y Guzmán en la mar y don Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel en tierra.(3)

(3) El ejército que acudió a esta conquista, estaba formado por: Capitán General el Duque de Alba, Maestre de Campo, don Sancho Dávila. Infantería española: Parte del Tercio de Nápoles, con mil ochocientos cuarenta y cuatro hombres; parte del Tercio de Lombardía, con mil trescientos treinta; Tercio de don Rodrigo Zapata, con mil quinientos setenta y seis; Tercio de don Martín Argote, con mil quinientos setenta y seis; Tercio de don Luís Enríquez, con dos mil ochocientos cinco; Tercio de don Antonio Moreno, con mil cuatrocientos noventa y siete; Tercio de don Niño de Zúñiga, con mil novecientos cuarenta; Tercio de don Pedro de Ayala, con dos mil y Tercio de don Francisco Valencia, con mil seiscientos sesenta y seis. De infantería de los reinos itálicos: Tercio de don Próspero Colonna, con mil novecientos hombres; Tercio de don Carlos Spinelli, con mil doscientos sesenta y Tercio de don Carlos Carafa, con mil. De infantería del Sacro Imperio: regimiento de don Gerónimo Lodron, con tres mil quinientos hombres. Caballería de línea, doce escuadrones de las Guardias viejas de Castilla, con ochocientas cuarenta y seis plazas. Caballería ligera: siete escuadrones, con cuatrocientas plazas. Y trescientas setenta plazas, de arcabuces a caballo, divididos en seis escuadrones. Artillería: seis piezas de sitio (grueso calibre); cuatro medios cañones; cuatro medias culebrinas; dieciséis falconetes y veintisiete esmeriles. Parque: nueve mil ciento ochenta y seis, carros; cincuenta, del tren de barcas; trescientas acémilas y dos mil quinientos cinco gastadores. Con unos totales de: Infantería, veintitrés mil catorce hombres. Caballería, mil seiscientos dieciséis. Artillería, cincuenta y siete piezas. El Parque ya está con sus totales.

Una anécdota de don Álvaro, sucedió al estar reparando su galera en el puerto de Lisboa, pues la ornamentación de su popa llevaba tallas muy distinguida y oro, lo que suponía un gran gasto dejarla como estaba antes de los combates, siendo visto esto por los oficiales reales, le dijeron: «…solo tenemos autorización para satisfacer nada más que los gastos indispensables.» Don Álvaro les contestó: «Indispensables son los que yo he encargado; indispensables para el decoro del Rey y mio.» Porque los pagaba de su peculio.

Pero se había quedado un territorio sin conquistar y donde al parecer el pretendiente al reino de Portugal, don Antonio Prior de Crato buscó refugio, siendo las actuales islas Azores, entonces más conocidas por las Terceras. A su vez a principios de 1581, llegaron a Lisboa unos emisarios de la isla de San Miguel, otorgando su acatamiento a don Felipe II y poniendo en su conocimiento la situación de la isla, esto provocó fuera nombrado don Pedro de Valdés Capitán General de la Armada de las Azores, por Real cédula del Rey fechada en Roniges el 1 de marzo de 1581, para ponerse al frente de la Armada de Galicia compuesta de ocho buques e intentar conquistarlas, pero lo más importante en principio era que en poco tiempo llegaría a ellas una Flota de Indias con caudales y debía de ser protegida de los corsarios franceses e ingleses, quienes aprovechando la situación aparte de ayudar al Prior de Crato intentaban hacerse con el botín de la Flota, de ahí las prisas para formar armada y zarpar con rumbo a ellas. S. M., le envía una nueva carta fechada en Brante el 11 de marzo de 1581, en ella le apremia para armar la escuadra: «…que en ella deben de ir seiscientos hombres, que si no los encuentra lo suficientemente preparados se desplace al reyno de Galizia y reúna a los trescientos que quedaron en él de la anterior escuadra, al mismo tiempo que mire en sus puertos y si encuentra algún buque que le sirva que lo enrole, el número se puede aumentar a diez y sobre todo que no se olvide de reunir a la gente mareante de ese reyno, que es muy apropiada para la empresa a realizar.»

Los tipos de buques, eran en sí unos pequeños galeones de entre trescientas y cuatrocientas toneladas, buques apropiados para la mar tendida del océano y con ellos España llevaba tiempo comprobando su buen servicio. Se suceden las cartas reales, llegando la fechada el 28 de mayo de 1581, el Rey le advierte de varias cosas, una de ellas la más principal es que le han llegado noticias de sus agentes en Francia e Inglaterra, por las que ambos se han unido para atacar las flotas provenientes de las Indias. Como solo la isla Tercera es la que no está bajo su mando, debe de enviar a algún buque ligero para avisar a la flotas y que no se acerquen a la isla. Al mismo tiempo le exhorta para limpiarlas de corsarios.

Por carta del 5 de julio de 1581, le notifica haber ordenado organizar una nueva escuadra al mando de don Galcerán Fenollet y como maestre de campo, nada más que a don Lope de Figueroa y su tercio de Mar y Tierra en el puerto de Lisboa, la escuadra está compuesta por dos galeones grandes y otros diez bajeles, para transportar a unos tres mil hombres, llevando al mismo tiempo artillería de batir.

Pero al final de la carta es a nuestro parecer lo más importante, diciendo: «Encargamos os mucho q. tengáis buena correspondencia, inteligencia y conformidad, así con el dho Don Lope de Figueroa como con el dho. Don Galceán, y les vais avisando y advirtiendo de todo lo q. combiniere a cada uno en lo que le tocare para que tanto mejor se haga en todo nro. servicio y el buen efecto de lo que hemos ordenado y agora ordenamos, que a ellos mandamos la tengan con vos, y os le vayan dando de lo que ellos entendieren y fuere necesario para lo q. vos aveis de hazer. De Lisboa, a V de julio de mil quinientos y ochenta y un años. Yo el Rey. Por mandado de su magd., Juan Delgado.»

Arribó a la isla de San Miguel el 31 de junio, donde su Gobernador don Ambrosio de Aguilar, le comunica que los partidarios del Prior de Crato había recibido auxilios y mantenían a dos o tres naves de las provenientes de Santo Domingo. En su trayecto apresó una carabela, sus ocupantes le indicaron que en la isla Tercera no tenían ninguna fuerza y sería fácil tomarla tras breve combate, por la cantidad de buques y gente que llevaba. Guiado por el afán de servir bien a su Rey, hizo caso omiso a lo dicho por el Gobernador y se decidió atacar para mayor gloria de S. M. Desoyendo las órdenes dadas por el Rey, pues éste le indicaban cruzara con rumbo al O. de las islas del Cuervo y Flores, don Pedro de Valdés lo invirtió arribando al puerto de Agra, para intentar averiguar de verdad la fuerza enemiga se envío en un bote a un parlamentario, pero fue rechazado a cañonazos, con la suerte de no recibir ninguno.

Esto le debía de haber advertido del riesgo, pero enfadado por la descortesía el día del Patrón de España, 25 de julio, ordenó el desembarco de trescientos cincuenta hombres, dándole el mando en jefe a su hijo el capitán don Diego Valdés y como segundo al también capitán don Luis de Bazán, sobrino del marqués de Santa Cruz, no encontraron resistencia y pudieron subir a una loma donde clavaron tres piezas de artillería. Don Pedro les había indicado que si la conseguían dominar no se movieran de ella.

Pero el hijo viendo el fácil resultando continuó por la misma cumbre llevándoles a la villa, pero de aquí salieron sus habitantes corriendo y las tropas persiguiéndoles sin advertir que los llevaban a una encerrona, pues los llevaron a un barranco el cual no tenía salida, intentaron subir por donde lo hacían los vecinos, pero estos sin armas y conocedores del terreno les era sencillo hacerlo, a ellos en cambio con toda su impedimenta les resultó imposible, a su vez no tardaron mucho en aparecer en las alturas del lugar como unos dos mil hombres a pie y otros que a caballo les cerraban la salida por donde habían entrado, como buenos formaron un cuadro que hacía muy complicado conseguir ventaja a los enemigos, pero hete aquí una nueva forma de combatir.

Un fraile con la ayuda de otros, pero idea suya, reunieron como a quinientos bueyes, azuzados fueron espantados con dirección al barranco, los bueyes hicieron el trabajo de arroyar el cuadro y a todos sus hombres, quedando gran parte mal heridos o muertos, momento aprovechado para asesinar a los caídos, consiguiendo salvarse solo unos pocos y de ellos unos treinta muy mal heridos, muriendo en la encerrona los dos capitanes.

Al llegar los refuerzos de las dos escuadra, la del mando de don Francisco de Lujan y la de don Antonio Manrique, con un total de cuarenta y tres velas, intentó convencerlos de atacar de nuevo, pero ambos sabían que al fallar el intento, ahora harían falta muchas más fuerzas, ya que seguro habrían reforzado sus defensas y debían tener la moral muy alta, por todo ello ni siquiera le dejaron tropas para intentarlo. Además tuvo la suerte que la escuadra al mando de don Galcerán Fenollet y como maestre de campo, a don Lope de Figueroa y su tercio de Mar y Tierra, se encontraron con la Flota de Indias a la que dieron protección dejándola a salvo sobre el cabo de San Vicente.

Don Pedro mientras tanto pudo interceptar a un corsario francés que ya llevaba presa una nave mercante española. Ante la negativa de los dos capitanes, se esperaron a la llegada de la escuadra de Galcerán y a éste le propuso lo mismo, pero don Lope de Figueroa intervino diciendo, ahora era imposible con las fuerzas que llevaban, ya que las tropas enemigas en estos momentos estarían muy crecidas de moral y no era razón de intentarlo, siendo aconsejable dejar pasar un tiempo para volverse a confiar. Viendo todos estos razonamientos de capitanes muy sabios, decidió asumir las consecuencias de su fracaso, ordenando a todos regresar a Lisboa.

Mientras don Antonio había llegado a Francia y de aquí pasó a Inglaterra, en los dos países le reconocieron como Rey de las Azores, a excepción de la isla de San Miguel, pero no tanto por complacer al Prior de Crato, sino porque al tomar don Felipe posesión de Portugal, era el mayor reino jamás existido y como era de prever, estos dos países no estaban por la labor de tener a semejante enemigo tan cerca. Las islas Azores fueron descubiertas por don Gonzalo Velho, la primera de ellas bautizada como Santa María, el 15 de agosto de 1432, el 8 de mayo de 1444, la de San Miguel, a partir de ésta fueron sucesivamente, la Tercera, San Jorge, Graciosa, Fayal y la de Flores en 1458, siendo ésta la última de ellas. Se les dio el nombre de Terceras, por haber sido descubiertas, después que las islas Canarias y las de Cabo Verde.

A pesar de estar en paz, Francia y España, en la expedición figuraban los grandes aristócratas del país galo, quienes también apoyaban la anexión de las islas a su país, a pesar de que el rey Enrique III de Valois, mantenía su posición de neutralidad, y en una correspondencia con el rey don Felipe II, llega a decirle, «…que si caen en sus manos los tratáis como a piratas», hasta aquí llegaba la hipocresía del monarca francés que después tendría muy graves consecuencias para sus súbditos.

Pronto la reina madre de Francia doña Catalina de Médicis, influyó considerablemente en su hijo Enrique III de Valois para ayudar a don Antonio, ocurriendo como no, lo mismo con la reina de Inglaterra Isabel I, así protegido y con la buena nueva de haber conseguido su primera victoria en sus islas, todos acudieron en su ayuda contra el rey de España, armándose una escuadra de no menos de setenta y cinco bajeles, con siete mil hombres del ejército, con una carta firmada por Enrique III y la Reina Madre, en ella se nombraba a Felipe Strozzi como su lugarteniente y General en Jefe  para esta Armada, se dividió en tres escuadras, una al mando del Maestre de Saint-Soulinne, otra al del conde de Brissac y la tercera al mando del portugués conde de Vimioso.

Para ganar más fácilmente el apoyo de los Reyes mencionados el Prior de Crato, hacía dejadez de parte de sus supuestos reinos a favor de quienes le ayudaran, por ello cuando zarpó la escuadra don Felipe Strozzi llevaba unos sobres lacrados con las instrucciones a seguir, pues no sabía ni tenía idea de donde iban y solo los podría abrir cuando la costa de Francia quedara fuera de la vista. Cuando esto sucedió las abrió y en ellas se le indicaba tomara el rumbo a las islas Azores, especialmente a la de San Miguel por ser la que estaba por don Felipe II, una vez tomada y entregada a don Antonio, debía de continuar viaje a Brasil, donde gobernaría en nombre del Prior de Crato aquel vasto territorio con el título de Virrey, esta era la jugada de Enrique III y de su madre doña Catalina de Médicis. Consiguiendo así Francia un territorio nada desdeñable en tierras de la nueva América a muy bajo costo.

Como consecuencia de esto el Rey de España ordenó a la escuadra de Juan Martínez de Recalde, quien a la sazón se encontraba en Sevilla pusiera tumbo a Lisboa, a éste puerto acudió también la escuadra de Guipúzcoa al mando de don Miguel de Oquendo, pero de todo lo más importante aunque a su vez lo más pesado de leer, son las dos cartas que el Rey envía don Álvaro de Bazán, con fecha del 13 de enero de 1582, en las cuales no le deja casi mando, lo que se interpreta por lo escrito por plumas extranjeras sobre el Marqués de Santa Cruz, para restarle mérito y echar sobre España toda clase de vituperios, ya que siempre ha sido la defensa de los pobres. Porque entonces, no eran otra cosa en comparación con la gran nación española.

Iremos transcribiendo solo los puntos que nos interesan, no solo a nosotros sino a todos aquellos que quieran saber la verdad del momento que no deja de ser cruel a fecha de hoy, pero en la época todos hacían lo mismo por lo que nadie podía arrojar la primera piedra. Sin ir más lejos, por estas mismas fechas el no menos famoso Francis Drake, después de una de sus salidas de rapiña como pirata para robar, esclavizar, violar y asesinar a muchos españoles en las Indias, al llegar con un buen botín a Londres, Su Graciosa Magestad la Reina Isabel I de Inglaterra ‹La Virgen› lo nombró Almirante y Par del Reino.

Pero vayamos a lo que interesa de verdad:«Lo que vos el Marqués de Santa Cruz, mi capitán general de las galeras de España, a quien he proveído por mi capitán general de la armada de naves y otros navíos que he mandado juntar en la costa de Andalucía para ir a la empresa de la isla Tercera por no haber venido hasta agora a mi obediencia…Lo primero os encargo que partáis luego y vais a la mayores jornadas a Cádiz o Sanlúcar de Barrameda donde se junta la dicha Armada y de camino en Sevilla entendáis de D. Antonio de Guevara a quien como sabeis he cometido la provisión de bastimentos della y la gente de guerra que ha de ir proveída por seis meses…La artillería, armas y municiones y otros pertrechos de guerra para dicha armada demás de la que tuvieren las naves della de han de prover por don Frances de Alava, mi capitán general de Artillería…Tendréis mucho cuidado que entre los capitanes, maestres y gente mareante portuguesa y extrangera de las naos de la armada no haya diferencia ni se den ocasiones los unos a los otros, por ser esto de tanto inconveniente a mi servicio, sino que tengan buena correspondencia y conformidad los unos con los otros y que los maestres y marineros de los navíos portugueses y extrangeros sean bien tratados y acariciados de los soldados, capitanes, oficiales y gente de guerra y no se les haga agravio ni de ocasión denguna y vayan muy conformes y se correspondan bien para que con esto y con el buen trato queden aficionados a mezclarse de buena gana…En partiendo con la dicha armada (lo cual habeis de procurar que en todo caso sea para el dicho tiempo) en el viaje para llegar hasta la dicha isla Tercera, usaréis de gran diligencia, como conviene al negocio y confío en vos. Y en caso que el armada o navíos que según los avisos que se tienen se van juntando en Francia e Inglaterra para ir a la dicha isla de la Tercera, o al socorro della, o a hacer otros daños, fuesen a ella, tendréis mucho cuidado en impedírselo y de salir con el armada que lleváredes a pelear con la otra armada o navíos y deshacerlos; y en este caso, vos no saltaréis en tierra al invasión de la dicha isla Tercera y estaréis en vuestra armada para pelear con la otra y deshacerla…Si en el viaje en la mar topáredes algunos navíos de corsarios con gente de socorro para la dicha isla Tercera procuraréis de combatirlos y tomarlos; y si lo hiciéredes de algunos, si por confesión de los dichos corsarios y los que vienen en su compañía o por testigos, pareciéredes que han muerto agora o antes algún hombre por roballe, se podrán matar o echar en la mar los tales; y lo mismo si confesaren o hubiere testigos que no es esta la primera vez que salieron a robar y robaron, sino que ya lo han hecho otra vez o otras; y si voluntariamente no confesaren o testificaren esto, se les dará gran tormento para que digan la verdad, si hobiere indicios della; y cuando pareciere que son corsarios que esta es la primera vez que salían a robar por la mar y que no habían robado ni muerto a nadie, no es seguro matallos; mas los que fueren caudillos se podrán matar y poner otros a galeras perpetuas o darles otra pena extraordinaria semejante; y porque podría ser que los dichos corsarios trajiesen en sus navíos algunos forzados o esclavos o que los mismos corsarios los hobiesen prendido o robado padece que éstos no deben padecer de las dichas penas si ya no pareciese que habían ayudado, o sido en consejo, o dado algún favor a los dichos corsarios que en tal caso tendrán la pena quellos. El oro y plata, perlas y joyas que los dichos corsarios hobiesen tomado a navíos que vengan de la Indias Occidentales y Orientales, han de ser todo para mí enteramente y así mismo la artillería armas y municiones que se hobieren y tomaren en sus navíos y los demás se partirá conforme lo que se acostumbra a hacer…»

Conociendo don Felipe II a don Álvaro quien cuando no era necesario aplicaba la Ley de dejarlo pasar para evitarse otro enemigo, no conforme con esta primera carta el mismo día le envía otra, en ella no deja resquicio posible de escapatoria al cumplimiento de la Ley del mar contra piratas, corsarios o bucaneros, por ello aunque reconocemos es algo pesada, preferimos ponerla en la parte correspondiente pada dejar clara constancia de que don Álvaro nunca fue un asesino, simplemente cumplía las órdenes recibidas por su Rey. «El Rey. — Marqués de Santa Cruz, pariente mi Capitán General de las Galeras de España. Aunque en la instrucción mía que se os entregará se os dice largamente lo que habéis de hacer en poner en orden la dicha armada, y en vuestro viaje, me ha parecido demás dello ordenaros en ésta algunas cosas que se bien que vais prevenido y advertido, para que tanto mejor se haga lo que conviere a mi servicio y al negocio. Si cuando placiendo a Dios llegáredes con la dicha armada a la isla Tercera, no se hubiese reducido y venido a mi obediencia y servicio, como es de creer se hará…y si los della vinieren a mi obediencia o se rindieren, antes de saltar en tierra, los recibiréis a voluntad mía. Si por los dichos medios y conciertos no se reducieren y rindieran ni lo quisieren hacer por bien, emprenderla heis por fuerza de las armas…Si desembarcados trataren de concierto los de la dicha isla y vinieren a mi obediencia, procuraréis de excusar que no se saquee por la gente de guerra la villa de Praya; y si por estar junto a la mar no se pudiese excusarlo, podréis permitir, reservándose los monasterios e iglesias. Si los de la dicha ciudad de Angra, no trataren de concierto y vinieren a mi obediencia y entrare en ella peleando, paresce que será forzoso sea saqueada la dicha ciudad, reservándose así mismo los monasterios e iglesias del saco. Si hubiese en la dicha isla Tercera y la ciudad de Angra, alguna gente extrangera  que se haya metido en ella para su socorro, haréis ahorcar a todos los extrangeros como son franceses e ingleses; y lo mismo haréis en lo de los franceses que hubiere en las otras sobredichas islas de Fayal, San Jorge y las demás. A todos los frailes que hubieren predicando insolencias y animado los de tierra a rebelión, como se entiende que lo han hecho y hacen algunos, haréis prender y traerlos presos en la dicha armada a buen recaudo, para que mande lo que se hará dellos y de orden de enviar otros en su lugar. Asimismo haréis prender y traer presa a Doña Violante de Castro, por ser persona principal y rica y muy aficionada a Don Antonio, anima a los de la dicha isla a que tengan su voz y devoción y le sirva, es mucha parte en ella y en las demás islas, para que también mande lo que se haga della. Y por lo que según se entiende, los bueyes que hay en la dicha isla de la Tercera, es su principal sustento para cultivar con ellos la tierra, ternéis muy gran cuenta y cuidado con que la gente de guerra que salte en tierra no mate ni hagan daño en los bueyes que hubiere en ella, porque si se diere lugar a ello, padescerían grandes necesidades los de las dichas islas y perderían mucho mis rentas. Habiéndoos apoderado de la dicha isla Tercera, la ciudad de Angra, el castillo della y los otros fuertes que hubiese y puestos en orden y hechos los reductos para la guardia de las desembarcaciones, si conviniere y la gente de guerra que ha de quedar de guarnición en ellos con el artillería, armas, municiones y vituallas necesaria, conforme a lo que está dicho y conviniere, volveréis con la dicha armada y la demás gente de guerra della, no ofreciéndose o no ordenando otra cosa (lo cual habéis de cumplir) que según el estado de las cosas y lo que conviniese y si fuese necesario que os detengáis, os iré avisando de lo que hobiéredes de hacer, y vos me lo iréis dando siempre de lo que se fuese ofreciendo y que convendrá proveer y ordenar. De Lisboa, a 13 de Henero de 1582. Yo el Rey. — Por mandato de S. M. Juan Delgado.»

A pesar de que las órdenes del Rey era formar al menos una escuadra con sesenta buques de guerra más los necesarios para transportar diez mil hombres de los Tercios, lo bien cierto es que al final y por múltiples problemas solo se pudieron unir a las disponibles por don Álvaro en Lisboa la escuadra de Guipúzcoa al mando de don Miquel de Oquendo con sus catorce buques, sumando en total treinta y seis de todas clases, siendo: Galeones: San Martín, de don Álvaro de Bazán, mil doscientas, tn.; San Mateo, de don Alonso de Bazán. Seiscientas, tn. Naves de Guipúzcoa: La Concepción, del maestre don Pedro de Evora. Quinientas veintiocho, tn. Nuestra Señora de Iziar, maestre don Domingo de Olavarrieta. Doscientas cuarenta, tn.; Buenaventura, maestre don Juan Ortiz de Isasa. Ciento noventa y dos, tn; San Miguel, maestre don Antonio de la Jus. Doscientas cuarenta y cuatro, tn.; Catalina, maestre don Juan de la Bastida. Trescientas veinte, tn.; Juana, maestre don Pedro de Galagarza. Trescientas cincuentas y tres, tn.; San Vicente, maestre don Domingo de Tausida. Trescientas sesenta y tres, tn.; San Vicente, maestre don Juan Pérez de Mutio. Trescientas catorce, tn.; María, maestre don Juan de Segura. Doscientas ochenta y nueve, tn., y Nuestra Señora de la Peña de Francia, maestre don Cristóbal de Segura. Trescientas veinte seis, tn. Naves Portuguesas: Changas, maestre don Gaspar Antúnez. Trescientas diecinueve, tn; San Antonio, maestre Bastián Pérez. Doscientas ochenta y dos, tn.; El Rosario, maestre don Manuel de Gaya. Doscientas cincuenta, tn.; San Antonio del Buen Viaje; maestre don Amador Fernández. Ciento cincuenta y dos, tn.; La Misericordia, maestre don Pedro Beltrán. Doscientas veintinueve, tn.; Anunciada, del don Juan de Simón. Seiscientas, tn. Naves particulares: Jesús y María, del maestre don Baltasar de Baraona. Setecientas cuatro, tn.; San Miguel, maestre don Alonso Solís. Ciento treinta y nueve, tn., y San Buenaventura, maestre don Juan de Arteaga. Trescientas veintinueve, tn. Urcas: San Pedro, escribano don Guillermo Langle. Cuatrocientas sesenta y siete, tn.; San Gabriel, escribano don Juan Antonio. Cuatrocientas una, tn.; María, escribano don Juan de Domunto. Cuatrocientas diez, tn. El Avestruz, escribano don Gaspar González. Trescientas treinta y nueve, tn.; San Miguel, escribano don Guillermo de Torres. Ciento noventa y una, tn.; San Rafael, escribano don Juan Bautista. Cuatrocientas dieciocho, tn.; El Ciervo, escribano Andrés Pérez. Doscientas treinta y nueve, tn.; San Miguel, escribano don Gonzalo Becerra. Doscientas setenta y siete, tn.; Moysén, escribano don Francisco Mecinés. Trescientas setenta y ocho, tn., y El Ángel, escribano don Atanasio Fernández. Trescientas treinta y ocho, tn. Pataches de la Armada de Lisboa: Santa Clara, maestre don Antonio Ampuero; Santa Ana, maestre don Juan de Sorriba; Concepción, maestre don Pedro Jirón; Santa Cruz, maestre don Francisco Grispín; La Isabela, maestre don Juanes de Vezo Ibáñez y el del mando del maestre don Juan Cardo, en el que iba el capitán Aguirre y fue tomado por los franceses. Estos buques por ser muy pequeños no se midieron, por ello no se sabe el tonelaje.

Esta escuadra de treinta y cuatro buques que debieron salir de Lisboa como se dice en ella, uno fue apresado por los franceses; La Anunciada, se vio obligada a regresar por empezar a hacer agua y otros siete no llegaron a tiempo de unirse a ella dadas las premuras daba don Felipe II, por ello el día del combate don Álvaro solo contaba con veinticinco buques ente grandes y pequeños. Además por los tonelajes se puede ver que grandes solo estaba la Capitana y no enunciamos los buques de la escuadra que se alistaba en Cádiz (4), al mando de don Juan Martínez de Recalde, por la razón de no estar presente en el combate, pues cuando llegó los enemigos de España estaban todos de regreso a sus puertos de partida.

(4) Escuadra de Andalucía al mando de don Juan Martínez de Recalde que no llegó a tiempo para el combate, estando compuesta por: Galeones: La Concepción, capitán, don Bartolomé Carlos, propiedad del Marqués de Santa Cruz, 817 tn. y La Concepción, capitán, don Manuel Alonso, propiedad del Marqués de Santa Cruz, 628 tn. Urca: El UnicornioDorado, capitán, Guillermo, 1.008 tn. Navíos: Santa María de Gracia, capitán, Estéfano Nícolo Nacche, 977 tn.; Nuestra Señora del Rosario y San Juan Bautista, capitán, don Juan Umbert, 814 tn.; San Francisco de Padua, capitán, don Juan Bautista Sagre, 740 tn.; San Nicolás, capitán, don Marino Prodanelli, 739 tn.; Salipomana, capitán, don Jerónimo Lombardino, 735 tn.; Santa María de la Costa, capitán, don Antonio Ronco, 527 tn.; Lapoza, capitán, don Antonio de Agustino, 514 tn.; Santa Cruz, capitán, don Jorge Gorgono, 412 tn.; La Piedad, capitán, don Juan Pedro Chelentano, 407 tn.; Nuestra Señora de Constantinopla, capitán, don Julio Lacaña, 371 tn.; Santísima Trinidad y Nuestra Señora de Gracia, capitán don Marco Balerio, 326 tn. y La María, maestre, don Juan Núñez de Arradaner, 220 tn. Pataches: Espíritu Santo, maestre, don Gutierre Vega.; Santa Olalla, maestre, don Pedro Guerra.; Nuestra Señora de la Encina, maestre, don Pedro Musquei. Y la carabela: San Antonio, maestre, don Vicente Yáñez. Al igual que sus homónimos, no se sabe el tonelaje por ser muy pequeños. Y las siguientes zarparon con la escuadra, pero al no estar en condiciones y comenzar a hacer agua regresaron a Cádiz. Naves: Santa María de Gracia, capitán, don Juan de Bartolo, 764 tn.; Santa María Encoronada, capitán, don Juan Andrea de Florio, 716 tn.; Santa María del Rosario y San Telmo, capitán, don Juan Arols, 518 tn.; Santa María del Pasitano, capitán, don Francisco Castelán, 498 tn. y Santa María del Socorro, capitán, Rusco de Marco, 354 tn., más la Urca: La Grata, capitán, Octavio Feneto, 403 tn.

El 23 las escuadras se quedaron en vigilancia mutua sin entrar en combate, manteniendo barlovento los franceses, por ello alguien, (no se ha podido averiguar), a bordo del galeón San Martín gritó «esto es la ‹guerra galana›», refiriéndose, no a ser galantes y comportarse como tales, sino que eran «galos» y no presentaban combate. Amaneció el 26 de julio, las escuadras estaban separadas por unas tres millas de distancia y a unas dieciocho de la isla de San Miguel, se encontraban en ese momento con el rumbo de bordada del norte y la francesa se mantenía a barlovento. Don Álvaro de Bazán estaba decidido a no dejar pasar este día sin decidir el combate, (la resolución del estratega) para ello había dispuesto su escuadra de una forma que, hasta ese momento resulto casi imposible de concebir, pues rompía con todas las normas tácticas utilizadas hasta ese momento, esta formación estaba dispuesta de la forma siguiente: un centro; con nueve buques, en él estaban los buques menos poderosos de la escuadra, compuesto por las urcas flamencas, con las guipuzcoanas intercaladas, teniendo previsto fuera el eje a las dos divisiones restantes; la vanguardia y la reserva, en ellas formaban los buques más rápidos y mejor armados, contando cada una con siete naves.

En la vanguardia y en su cabeza se posicionó el galeón insignia, flanqueado por tres urcas en cada costado, éstas navegando en fila y dando protección al galeón. La reserva o retaguardia iba de la misma forma con la orden de acudir al lugar donde se produjera el primer contacto, para enfrentarse como un bloque al enemigo en el lugar donde más fuera necesario. Esta formación era para poder doblar la línea enemiga por la proa y popa, de esta forma se le obligaba a combatir al enemigo por las dos bandas. Acción que posteriormente dio buenos resultados a otros almirantes, pero en contra nuestra.

Para relatar el combate, pasamos a un documento que habla por sí solo de lo ocurrido. Comenzó al ser separado de la formación el galeón San Mateopor los vientos, momento en el que un testigo presencial nos dice: «…y siendo nuestro dicho galeón cercado de cinco galeones enemigos, comenzó a pelear con todos cinco, y demás desto fueron reforzados de infantería que bajeles medianos venían a posta cargados de gente, sólo para reforzar sus galeones, y como el viento les era a ellos a favor, nuestra armada, que estava a sotavento, no nos podía socorré sino era dando bordos, de suerte que podía ser con ninguna brevedad el socorrernos. Peleose de esta manera de cuatro a cinco horas del día, dejando a la consideración del que esto supiere y entendiese de cómo debió ser. Fué Nuestro Señor servido de dar tanto valor y gracia a D. Lope de Figueroa y a D. Pedro de Tassi y a los caballeros, aventureros y soldados que adentro estaban, que serían en todos hasta 250, que habiéndoles echado fuego de muchas bombas y artificios del y pegádole en el galeón por más de veinte partes y habiéndole tirado más de quinientos tiros de artillería y trayendo el dicho Phelipe Stroz y conde de Vimioso en su Capitana 400 soldados escogidos sin más de 120 caballeros aventureros para el efecto de embestir con dicho galeón San Mateo y que su Almirante (el galeón de Brissac) se le puso al lado con otros 400 soldados y siendo estos dichos cinco galeones tan grandes y tan bien artillados como el San Mateo se defendió de todos ellos habiendo peleado cerca de cuatro horas sin tener ningún favor ni ayuda de ningún bajel de nuestra armada…»

El primero en llegar en su socorro después de combatir cinco horas en solitario contra el grueso de la escuadra francesa, fue la urca Juana, al mando del capitán don Pedro de Galagarza y a su bordo el general don Miguel de Oquendo, la cual sin quitar velas arribó embistiendo a la Almiranta de Brissac, librando así una borda del San Mateo, arremetiendo contra la enemiga con tanta fuerza que a pesar de llevar a más de cuatrocientos hombres de los mejores de su escuadra no consiguió volver a su sitio, quedando separado al interponerse la urca española, a la Juana le seguía la Gabarra al mando del capitán Villaviciosa, quien se incorporó al combate de enfilada por la proa de la enemiga, no dando tiempo ni a decidir siendo abordada y tomada por los españoles.

Pero pasemos a la carta que el mismo don Miguel de Oquendo envió al secretario de don Felipe II, Delgado, donde se hace una relación casi pormenorizada del combate y nos parece corresponde conste aquí: «Muy ilustre señor: A los 20 de éste, á la tarde, llegamos á tener vista del Morro del Nordeste de San Miguel, y le doblamos este día, ecepto D. Cristóbal que no pudo, y se le esperó hasta otro día, y todos juntos navegando la via de Punta Delgada, que es la ciudad de esta isla de San Miguel, descubrimos la mar toda llena de naves, y en el puerto de San Miguel ó Punta Delgada; y como fuimos descubiertos de ellos, comenzaron á hacerse á la vela y salir á la mar, y en poco espacio se pusieron en orden 56 navios de guerra; y vistos por nuestra armada, mando su Señoria hacer la vuelta de la mar, y este día se acabó con esto, que fue á los 21 dia sábado. Domingo mañana amanecieron ambas armadas á la vista, obra de poco más de dos leguas una de otra: el enemigo, que venia deseoso de verse con la nuestra y muy confiado de la victoria, comenzó este dia á enviar navios corredores á descubrir y reconocer nuestra armada, los cuales lo hicieron ansi, y según agora lo hemos entendido de ellos, les causó mucho contento las nuevas que les llevaron los tales navios de que los nuestros eran de ruin suerte y mal artillados, y que había bien poco en vencernos, y que era una armadilla de nonada; y con esto se pasó este dia. Otro dia amanecimos á vista y no muy lejos la una de la otra, é hicieron señales los contrarios de batalla, y vistos por el Marqués, nos pusimos en orden, y mandó que le esperásemos, y asi no osó por entonces pasar adelante más de ponérsenos de barlovento, travesados los unos y los otros, y así estuvimos hasta después de comer, y en este tiempo anduvieron sus pataches de una nao en otra, y dende á rato comenzaron á arribar sobre nuestra armada todas las naos grandes del enemigo, siguiendoles los demás. Yo en este tiempo me hallé el mas cercano de ellos, y me rodearon la Capitana y Almiranta y me dieron una ruciada de artillería, á las cuales se le respondió con la misma fruta, y no osaron abordar, y visto por el Marqués el atrevimiento, se atravesó con los dos galeones del Rey San Martín y San Mateo, é yo me puse con el mio en hilera, y tomamos toda la demás de la armada á nuestro abrigo, y asi puestos en esta buena orden, pasó el enemigo por nuestro barlovento con todas sus naves gruesas, disparando toda la artillería de la banda, y los galeones, como la traian brava, hubo una buena escaramuza, y no hubo mosquetes ni arcabuces, y con esto pasó este dia. De nuestra nao se hizo con la poca artilleria lo que pudimos, de suerte que el Marqués quedó contento. Otro dia cada uno procuró de apercibirse lo mejor que pudo, y amanecimos á vista, y se pasó el dia sin batalla ni escaramuza, con algunos cometimientos, y fue dia del bienaventurado Santiago, que cierto pensamos tener batalla este dia, y no hubo lugar, porque no nos pudimos acercar por falta de aire. El dia de la bienaventurada Santa Ana, 26 de Julio, por la mañana, amaneció nuestra armada sobre Villafranca, tres leguas á la mar, y con muy poco aire en la calma de la tierra, y el enemigo amaneció cuatro leguas mas allá, donde gozaba de muy buen aire, con el cual en poco tiempo se puso con nosotros y hizo señales de batalla; é vista por el Marqués su determinación, se puso travesado como el dia antes y en muy buen orden, poniendo su frente muy fuerte con las naves atrás dichas y todas las demás en buena orden. Ellos esperaron hasta comer, y en acabando, con una brava determinación dieron arriba la banda sobre nosotros, y comenzaron á abordar á los galeones y á los demás, y dar tanta batería, que parecía cosa extraña, la cual duró hasta la noche, y su capitana fue presa por la nuestra, en la cual había muchos personajes de gran suerte, y entre ellos Musir de Stroci y el Conde de Linoso. El Musir murió en el combate y el Conde herido de muerte, y acabó de morir ayer con otros muchos caballeros de suerte. El galeón San Mateo tuvo á bordo dos galeones franceses, Capitana y Almiranta, y le mataron mucha gente y lo tenían muy trabajado. Visto por mí que corria gran peligro, é que si nos le tomaban nos desbarataba á todos, librándome lo mejor que pude, di vuelta para él para le socorrer, y llegué á tiempo de muchisima necesidad, y me encajé con mi nave entre el dicho galeón, y las Almiranta del contrario, con todas las velas en el tope, de suerte que con el ínterin se apartaron los dos galeones San Mateo y Almiranta francesa, y San Mateo se fue libre de su peligro y no poco contento. Yo me amarré con la dicha Almiranta, que era una de las más bravas de toda la armada, y traia 30 tiros de bronce grandes y 300 hombres tirados y marineros, y toda la gente de guerra eran soldados viejos; y la primera ruciada que le dimos en abordarlo, le matamos 50 hombres, los mejores que tenia, de que cobraron mucho temor y espanto, porque tenían estos hombres y otros para saltar en el galeón, muy escogidos, armados de punta en blanco, con otros tantos tiradores, según que todo lo cuenta un personaje y tres soldados que tenemos en la nao, que vinieron pidiendo misericordia y la hallaron; y fue saqueada la dicha Almiranta por nuestra gente de mar y guerra, y puesta mi bandera de campo en su popa, y sus insignias en la nuestra, colgadas á uso de guerra; y en este discurso las naos crecidas de su armada iban yendo y viniendo, y me daban gran batería de tiradores y artilleria, y con la de un lado respondí á ellos con la mitad de los tiradores, sin hacer falta al enemigo de casa. Se acabó el dia, y algo antes me dieron un cañonazo debajo de la mar, y nuestra nao se iba aplomando, y ni mas ni menos la francesa, porque la habíamos roto todo el costado con mucha bateria, y no se supo por la gente de guerra que nuestra nao estaba rota, antes mandé que no diesen á la bomba, porque entendía que antes se acabaría el dia y la batalla que la nao se nos anegase, y si la gente de guerra que combatia bravamente supiera que la nao se iba hinchendo de agua, cesare el combate, se rindiera mi nave; fuera muy pujante y diera en que entender. Y asi se acabó el dia, y ambas naves, llenas de agua en cantidad de mas de una braza de alto, se apartaron, habiéndome desamarrado alguno los cabos en que la tenia atada, y se cree que aquella noche iria á fondo. Matóse toda la gente, que no le quedaron sino muy pocos, y á nosotros nos mataron é hirieron poco mas de treinta, y luego todos echaron á huir, cada uno por su cabo, dejando su Capitana y otra nave en nuestro poder, y desembarazados y sin gente esta Almiranta y una urca, y era grandísima riza y matanza en los demás, de suerte que los suyos me parece serán mas de 1.200 muertos, heridos y presos, y en los nuestros se cree no lleguen a 700. Esta victoria se debe atribuía á Nuestro Señor, que mas parece cosa de su mano que de hombres humanos, por la gran fuerza que traían y por el poco recado que nosotros teníamos. D. Antonio, de que nos vió, fue á la Tercera en un patache, el cual preguntaba á todos los que venían á su poder, si el galeón San Martín venia con esta armada, que parece tenía tratado con los portugueses lo estorbasen lo posible, y si no viniera era todo perdido, de las cuales estoy ya sano del todo, y Nuestro Señor fue servido darnos fuerzas en aquel dia para todo el tiempo que duró la batalla, y de librarme de tantos peligros sin lesión alguna, y plega á Dios sea para su santo servicio. Andamos con tiempo contrario sobre esta isla, que no nos deja tomar puerto, y tenemos harta necesidad por causa de los heridos y aun de los sanos, la cual está D. Antonio, ecepto el castillo; hallas ancha sin quebrar cabeza ni sin resistencia alguna, y porque el Marqués envía entera relación de ésta, no digo más. Nuestro Señor. Fecha en la mar, cuatro leguas del Morro del Nordeste de esta isla de San Miguel, á 29 de Julio de 1582. — Muy ilustre Señor. — B. M. á V. md. Muy cierto servidor. — Miguel de Oquendo.»

Después del combate vino la aplicación de las órdenes del Rey a don Álvaro, (por lo escrito del mismo Rey de Francia) quien tuvo que llevarlas a efecto, de donde se desprende una sentencia en juicio sumarísimo y el cumplimiento de las penas. El documento de la Sentencia dice:«El Marqués de Santa Cruz, capitán generál de la galeras de España, armada y ejercito de S. M. — Por cuanto habiendo paces entre S. M. y el Rei de Francia, salió y vino armada de aquel Reino a favor de D. Antonio, prior de Crato, á tomar y señorearse de la isla de San Miguel, tierra de S. M. como lo hizo con intento y concierto de acometer y ofender otras islas, tierras y señoríos de S. M., en quebrantamiento de las dichas paces que hay entre S. M. y el Rei de Francia, y dio batalla á su Real armada, y fue Dios servido que la francesa fué rota y vencida por la de S. M., de que soy capitán generál, y habiendose muerto mucha gente, de los enemigos franceses fueron presos veinte y ocho Señores y cincuenta y dos caballeros, y los demás que hay presos, marineros y soldados; y porque tan gran delito no quede sin punición, para castigo de los cuales contravenidores á las dichas paces y ejemplo de los demás que lo supieren, vieren y oyeren, ordeno al Licenciado Martin de Aranda auditor general de esta felice armada, haga luego degollar y degüellen á los dichos Señores y caballeros públicamente, a vista de esta armada y ejército, en el cadahalso que para este efecto se ha hecho en la plaza de Villafranca de la isla de San Miguel, publicándose primero en alta voz esta mi orden, y de los demás soldados y marineros y gente de la dicha armada de diez y siete años arriba, se ahorquen, de manera que los unos y los otros naturalmente mueran, y los de diez y siete años abajo, hayan la pena que fuese mi voluntad, porque así conviene al servicio de Dios y de S. M. y á la paz, concordia y confederación de S. M. y del dicho Rei de Francia. Dada en el galeón San Martín, sobre Villafranca, á Iº dia del mes de Agosto de 1582. — Don Alvaro de Bazán.»

Los señores y caballeros fueron ejecutados y el resto por falta de espacio para cumplir la sentencia, se fueron ahorcando en los mismos buques, de vergas y palos. El Marqués también escribe al Rey, para darle la información necesaria como era su costumbre de todo lo ocurrido. La carta dice: «S. C. R. M. — Doy la enhorabuena á V. M. de la victoria que nuestro Señor ha servido de darme con esta armada á los 26 del pasado, en la buena aventura de V. M., como lo podrá mandar ver por la relación particular que lleva D. Pedro Ponce de León, mi sobrino, de que estoy con contentamiento que es razón de tan buen suceso, y de que pienso ha de resultar gran servicio á V. M. y quietud de Portugal. Por lo que el conde de Vimioso declaró á su muerte, entenderá V. M. los tratos y conciertos que hay. Espero en Dios que con haber perdido la batalla cesará todo, y aunque esto sea, conviene que V. M. desde luego prevenga para el año que viene, armada que sea de mejores y más navios que ésta, pues aunque ha faltado el Conde que lo tramara todo, quizás habrá otro que le suceda, y no conviene aventurar tanto como ahora, que yo certifica á V. M. que he habido bien menester la experiencia que tengo, porque me hallé muy solo y con muy inferior armada de la enemiga, adonde venia mucha gente principal de Francia, y asi procedieron y pelearon como muy buenos soldados, y en los vivos, así nobles como en los demás, se ha hecho la demostración que V. M. verá al cabo de la misma relación, Placerá á Dios que todo esto aproveche para escarmentarlos. El generál y los demás traían patentes del Rey de Francia, y pagada la gente y armada por la Reyna Madre, que es contraviniendo las paces que tiene el Rey con V. M. Esta armada está maltratada de la batalla, y con mucha gente muerta y herida, sin pólvora y cuerda, y la de Andalucia no ha llegado, aunque tengo nueva de los marineros de dos carabelas que vinieron aquí de Lagos, que estaban en el cabo de San Vicente diez y ocho días há, y que otro dia habian de partir. Habran tardado porque ha hecho ocho días de muy malos tiempos, de que estoy con mucho cuidado por lo que podría suceder, y por no ser el tiempo bueno, no he podido dar fondo en la ciudad de Punta Delgada hasta hoy, que me ha dado pena por no haber podido despachar á V. M. ni tomado agua y poner los heridos en tierra para curarlos, por el mal recaudo que hay en las naos, y asi surgi de Villafranca tres días há, que no se ha podido tomar agua ni aderezar los navios. Hacerse há en abonanzado. De las Flotas de Indias y Nueva España no tengo mas nueva de haber pasado una nao de la India á este Reino. Pésame de que no vengan juntas. Tres carabelas me dice el capitán Alexandre que há dias que andan sobre Cuervo para avisarles. Yo procuraré de ir lo más presto que pudiere por allá: no sé si será posible antes de venir el armada de Andalucia, que me da harta pena, mas por las naos que se esperan de Inglaterra que por las que se escaparon de la batalla, que éstas van maltratadas y atemorizadas. Ha venido una nao inglesa: dice que topó parte de la de Francia bien maltratada y un pataj abandonado. Tambien me han dicho los de Villafranca que desde el Morro descubrieron dos naos que iban atravesadas sin velas, y que en todo el dia no hicieron camino, y que la nao Almiranta, como iba medio anegada, la desampararon y dio al través tres leguas de Villafranca. De Punta Delgada vinieron á la costa otras dos naos desamparadas, y yo creo que han recibido mucho daño. Lo que mas se hiciese é supiere de la armada, avisaré á V. M. En Villafranca y Punta Delgada ha habido muchos que levantaron luego la voz por D. Antonio: helos mandado prender, y los mas culpados tengo ya presos, que guiaron el armada y dijeron que en desembarcando la gente en tierra toda la isla estaria por D. Antonio, y les mostraron el desembarcadero, haciendoles de noche señal con lumbre y de dia con una bandera. He ordenado al corregidor que sustancie el proceso y me los envie acá para ahorcarlos. Tambien se ha prendido un fraile y un clérigo en Punta Delgada, y aquí se han prendido en la montaña, según me han dicho el capitán Alexandre, á otros tres frailes, grandes amotinadores. Yo he ordenado á dicho capitán que me los traiga para llevarlos á todos a España. Ya sabrá V. M. quien es Arias Jácome, el de la Tercera; andaba huido en la montaña de esta islas, y como ha visto lo que se ha hecho con los franceses, ha tenido miedo y tratado conmigo de que se vernia á entregar con que yo no le mandase ahorcar, y por recogello me pareció concedérselo, y asi vino: llevarlo he á Lisboa. Mucho se hubiera hecho en todas estas cosas, si el tiempo hubiera dado lugar: hacerse há todo lo posible porque en todo vea V. M. servido, y pues lo de la Tercera no se puede hacer este año, por ser ya tan tarde y la gente tan poca, dejaré en esta isla, si la mar no me lo estorbase, 1.500 soldados cuando vuelva del Cuervo. Aquí se juzga que si los franceses de la Tercera saben lo que he hecho con los prisioneros, que saquearán la isla y se iran. Yo no lo creo, porque D. Antonio procurará de remediarlo, pues con la rota de la armada francesa y perdida de tanta gente principal, si no entretiene lo de la Tercera, no sé qué ha de hacer en Francia, pues será tan mal visto por allá. D. Lope de Figueroa se defendió muy valerosamente, como le digo en la relación, cuando pelearon con los franceses, y también se senalo mucho D. Pedro de Tassis y quedó quemado el rostro, y los demás que no van puestos en la relación por la priesa, van en otra parte con ésta. Guarde nuestro Señor la S. C. R. P. de V. M., con aumento de mas reinos y señoríos, Del galeón sobre Villafranca á 4 de agosto de 1582. S. C. R. M. — Criado y vasallo de V. M. — D. Alvaro de Bazán.»

Las bajas francesas se pueden calcular entre los dos mil quinientos y tres mil hombres, de ellos mil quinientos muertos, incluido el almirante Strozzi, quien falleció de resultas de sus heridas anteriores y también murió el conde de Vimioso. Pero estos datos son del combate, debiendo fallecer muchos más en su viaje a Francia. Si el desastre fue importante en lo material y personal, lo peor fue la consecuencia al valor moral, dejando a los enemigos en desmayo absoluto, pues no se entiende que a pesar de las pérdidas, aún continuaban teniendo una abrumadora superioridad numérica, la cual en ningún momento supieron o quisieron aprovechar y la demostración de esto, es que su armada quedó completamente dislocada y sin conexión entre ellos.

Hay constancia de que la derrota fue casi total, pues de los sesenta buques iníciales a Francia solo regresaron dieciocho. Esto sin haber podido entrar en combate la escuadra de Andalucía. Por su parte los españoles sufrieron un total de doscientos veinticuatro fallecidos, más quinientos cincuenta y tres heridos, sin perder a ningún buque en el encuentro, si bien el galeón San Mateo, por ser el centro del combate su casco estaba acribillado pero soportó estoicamente el castigo, a más de haber quedado mocho como un pontón y habiendo sufrido entre su dotación ciento catorce bajas en total, a esto sumar los cuatro buques que se vieron en medio del combate, quienes también sufrieron averías en sus cascos, arboladura y la pérdida de algunos hombres. A parte de las bajas mencionadas con posterioridad fallecieron muchos más, pues la escuadra no los pudo dejar en tierra hasta pasados cinco días del combate, por mantenerse los vientos contrarios, convirtiéndose por falta de espacio e higiene en las típicas infecciones que hicieron su fatal trabajo. A ello añadir que las heridas producidas por los arcabuces a corta distancia tendrían muy mala solución, por la cantidad de los distintos materiales que se cargaban en ellos y por la dispersión, traduciéndose al golpear el cuerpo en múltiples y diversas trayectorias, de muy difícil seguimiento para un cirujano y afectar a órganos que para la época eran imposibles tocar. (Este combate está clasificado por los historiadores como el segundo más importante del siglo XVI, después de Lepanto.

En él, el Marqués de Santa Cruz, decidió dar un cambio a la guerra naval y adoptó una formación, deshaciendo las previsiones del enemigo, pues no utilizó el despliegue de la clásica media luna, a ello se sumó su previsora disposición, si bien al principio pareció fallar, pero el galeón San Mateo retrasado se convirtió en el cebo que tan afortunadamente él había preparado en su centro, por eso el galeón solitario fue quien soportó el mayor peso del combate, pero ello le permitió llevar a cabo su primogénita idea, teniendo buen final por desarrollarse como tenía previsto, de ahí el éxito obtenido; además de demostrar palpablemente que, a pesar de estar en inferioridad numérica era posible la victoria si se hacían las cosas bien, dándose por descontado la efectividad de los Tercios embarcados y la mucha mar navegada de sus capitanes con sus tripulaciones.)

Enterado don Álvaro por un correo del Rey de la próxima llegada a las islas de una Flota de Indias, prosiguió desembarcando a los heridos, dejando a su vez soldados que en total sumaron dos mil en la isla de San Miguel, zarpando de inmediato a la espera de la Flota, la cual encontraron y dieron protección hasta la bahía de Cádiz, puesta a salvo viraron con rumbo al cabo de San Vicente para doblarlo, arribando a la ciudad de Lisboa donde les esperaba el mismo don Felipe II, siendo recibidos con toda pompa y fiestas. Siéndole concedida por su gran victoria la Encomienda de León de la Orden de Santiago.

El Rey de nuevo tuvo noticias de un nuevo armamento en Francia, facilitado por la Reina Madre y el mismo Rey siguiendo sus órdenes. Las pretensiones iníciales eran enviar una flota compuesta por más de cien velas, pero dado el anterior fracaso nadie les seguía, razón por la que al final solo pudieron reunir y enviar una escuadra con catorce galeones, con otras velas para transportar un ejército de dos mil hombres, al mando del gobernador del Dieppe señor Chartres. Estos arribaron a la isla mucho antes, nada más hacerlo se prepararon para el enfrentamiento, construyendo varias fortalezas y con las cien piezas de artillería transportada fueron colocadas donde más podían ofender, a llegar los españoles las obras estaban concluidas. Pero antes de saber este punto final, don Felipe II por carta a don Álvaro fechada el 10 de febrero de 1583 en la misma Lisboa, (donde se había desplazado para asegurarse personalmente del nuevo armamento) le ordena formar una nueva escuadra, compuesta por: dos galeazas, doce galeras, cinco galeones, treinta y un pataches, zabras y carabelas, más unos buques a remolque, (siendo los lanchones de desembarco, con una porta plana en proa la cual por un sistema de polispasto, se elevaba y pegaba a los costados evitando la entrada de agua; soltando los cabos por su propio peso caía hasta tocar el fondo, dejando así el paso libre a las tropas para su desembarco, teniendo muy poco calado en toda ella y de fondo plano) siendo en total noventa y ocho buques, con una dotación de seis mil quinientos treinta y un hombres.

El ejército estaba formado por los Tercios del Maestre de Campo don Lope de Figueroa, don Francisco de Bobadilla, don Juan de Sandoval, del coronel alemán don Gerónimo de Londron, la compañía de los italianos al mando de don Luzio Linatello y otra compañía de portugueses al mando de don Félix de Aragón, siendo en total trece mil trescientos setenta y dos efectivos, a ellos sumar los dos mil dejado el año anterior en la isla de San Miguel. Por los datos S. M., quería terminar con el asunto cuanto antes. A esto añadir que alrededor de otros nueve mil portugueses se incorporado a la defensa de las islas, por el llamamiento de don Antonio Prior de Crato.

Terminada de armar la escuadra a gusto del Marqués que no dejaba nada al azar, zarpó de Lisboa el 23 de junio, por el viento de terral la nave Santa María del Socorro quedó embarrancada, no pudiendo salir de la desembocadura del Tajo, quedando así hasta la pleamar de la noche aprovechando ésta quedó a flote continuando viaje en solitario, el viento era muy flojo y las naves no avanzaban por ello don Álvaro el 26 envío mensaje a don Diego de Medrano, a la sazón general de las doce galeras, diciéndole: «…habiendo buen tiempo no parece que conviene que por aguardar la conserva de las naos ni por otra causa ninguna hayan de perder las galeras ni una sola hora de tiempo con que pudieren mejorarse, pues en tal golfo de tal mar, lo mejor es pasarlo presto…»

Recibido el mensaje, las galeras de pusieron a boga por cuarteles y se fueron alejando del conjunto de la escuadra. Al día siguiente 27 la nave Santa María de la Costa perdió el timón quedando al garete, el Marqués dio orden a los pataches se abarloaran y trasbordaran la carga de la nave a ellos para repartirla entre todos, de esa forma no se perdía nada, realizándose el trabajo en muy corto espacio de tiempo, de hecho el grueso de la escuadra no recogió velas, por ello los pataches les dieron alcance uniéndose de nuevo a la escuadra. Los marineros, carpinteros y calafates, se pusieron a trabajar de inmediato, consiguiendo en poco tiempo construir una larga y dura espadilla, con la que a duras penas podían maniobrar, pero no cejaron por ello y arribaron 10 días más tarde que el resto a la isla, pero lo consiguieron.

Las galeras arribaron a la isla de San Miguel el 3 de julio, el resto de la escuadra lo hizo el 14, repartiéndose entre los puertos de Villafranca y Punta Delgada, donde hicieron aguada y cortaron leña para los servicios de los buques, al mismo tiempo se embarcaba el Tercio de don Agustín Iñiguez (el que se había quedado en la isla el año anterior, pero estando todos recuperados), zarpando el 19 de julio con rumbo a Angra, capital de la isla Tercera. El 21 arribaron a su vista, don Álvaro quiso como siempre saber la fuerza y poder de los enemigos, dando orden al capitán del galeón San Martín, pusiera rumbo a la costa, al estar a tiro de cañón comenzaron a disparar los enemigos, pero el Marqués dio orden de continuar, así a cierta distancia confirmó el poder del enemigo, al terminar de revisarla por completo dio la orden de regresar al punto donde se encontraba la escuadra.

Para evitar una matanza como la anterior, don Álvaro quiso probar fortuna para evitar la guerra, por ello escribió un documento y entregado a «un soldado honrado y un trompeta, lo leyeran en voz alta.», el citado documento dice: «Don Alvaro de Bazán, Marqués de Santa Cruz, Comendador Mayor de León, Capitán General desta armada y exert.º del Rey Don Felipe nro. Señor a todos los moradores y estantes en la isla de la Tercera y en las demás circunvezinas, asi naturales como extranjeros. Bien saveis que su Magestad siendo como es sucesor legitimo de los Reynos de Portugal, Islas e Indias y de las demás partes pertenencientes a su Corona y que aviendo de ser evedecido por Soberano Rey y Señor natural; algunas destas islas desviándose deste conocimiento y ademitiendo en su compañía gentes diversas en naturaleza y religión han conspirado contra la Magestad Real e incurrido en crimen Lexe majestatis divina y humana, digno de ejemplo y castigo, con todo esto, su Magestad movido de celo christianisimo y usando de su acostumbrada clemencia por servir de Dios nuestro Señor e por evitar efusión de sangre, considerando que cada día crece la obstinacion y el deservicio, y que ya es negozio que incumula la Real conciencia la brevedad del remedio por quietar de delante de nuestros ojos un vivo ejemplo de desobediencia, aviendose procurado por todas las vias posibles el remedio y aora ultimamente usando de suma benignidad su Magestad concede y aze gracia a todos los vecinos y estantes de dha. Isla y en las demás perdón general, otorgando juntamente con las vidas seguridad de los vienes y hazienda, asegurando demas desto que no seran dados a saco en ninguna manera, antes seran amparados en los comercios e sosiegos, con tal que sin hazer resistenzia alguna se quieran rendir y sujetar a su obedienzia como Rey y Señor natural admitiendo y dejando desembarcar en tierra toda la gente que viene en esa Rl. Armada y demás desto en nombre de su Mgdd. ofrezco que a todos los Franceses y los demás extrangeros que quisieren salir libremente con sus haziendas armas y banderas, les dare embarcacion si de su voluntad quisieren entregar los fuertes que en su poder tuvieren, dejando llanamente la dha. Isla y yo, el dho. Capitán General en nombre de su Magd. y por su real palabra prometo guardar y cumplir este edito publico en todo y por todo con protestación que no cumpliendo y haciendo todo en él contenido perseverando en su dura obstinación y por el poder que su Magd. en este caso me concede desde luego los doy por enemigos rebeldes contra su Rey y como traidores les protesto, que los daños publicos, castigos de muerte e destrucciones que se hizieren sobre los que no acudiesen a dar la ovedienzia a su Magd. Real, ni a cargo mio, sino a culpa de los tales reveldes, y perpetua deshonra les hago este mandato hecho en el Galeón Capitana desta Armada a veintitrés de Julio de mil quinientos ochenta y tres.»

El 28 de julio la escuadra española procedió a probar la fuerza de las murallas y su artillería, se acercaron a tiro de cañón dando comienzo un tremendo fuego, ello convenció a don Álvaro, pues se dio cuenta que ante aquellas murallas protegidas con más de trescientas piezas de todos los calibres no era aconsejable intentar desembarcar, transcurridas dos largas horas de intercambio de fuego dio la orden de retirarse. Esta decisión los enemigos se la tomaron como sentimiento de miedo del Marqués, pero la realidad era saber a qué poder se enfrentaba y había quedado patente.

Esa noche y contra toda costumbre de la guerra hasta la fecha, don Álvaro dio la orden de arrumbar a una pequeña cala llamada Das Molas (Las Muelas), descubierta en su inspección anterior, al llegar dio la orden de comenzar a trasbordar tropas a las galeras, zafras y pinazas, al amanecer del 26 de julio (aniversario de la victoria del año anterior) las galeras comenzaron a acercarse a la pequeña playa existente, empezando el desembarco sobre las tres de la madrugada desde las más pequeñas pinazas; en la playa se encontraban cuatro compañías de infantería francesa y portuguesas, siendo descubiertos por los enemigos comenzando un furioso fuego, al principio fue respondido desde las galeras para proteger a los infantes españoles. Las tropas que iban en ellas eran todas del Tercio de don Lope de Figueroa, hombres bien curtidos en la guerra de entre cubiertas.

Por el fuego de esa primera línea de defensa, se percataron los enemigos situados en las lomas cercanas con más artillería, dando principio al bombardeo de las galeras, pues se distinguían por el fogonazo de los disparos de sus piezas. Al piloto de la galera de don Álvaro, una bala de cañón le llevó la cabeza, se percató de ello y girándose al piloto mayor le grito: «¡Arranca, arranca!» Al mismo tiempo que le señalaba la playa cercana. El piloto le contestó; «Señor estamos muy cerca; nos van a echar a fondo» A ello don Álvaro le replicó: «Por eso, acercaos más, y encallando no nos ahogaremos.» Esta decisión significó la victoria, pues todos siguieron a la capitana llegando a la playa y al hacerlo, se consiguieron dos cosas, primera salir de la enfilada de la artillería de las alturas, su depresión no les permitía hacer fuego efectivo sobre ellos, y segunda, por orden de don Álvaro, se desmontaron las piezas ligeras de artillería de las galeras y con estas ofendieron de firme a los de las trincheras.

Los infantes se lanzaron a la carrera contra ellas, disparando sus arcabuces causando gran cantidad de bajas, por ello los enemigos se replegaron a posiciones más seguras, dejando espacio para que el resto de los buques fueran desembarcando los cuatro mil hombres transportados; comenzaba a amanecer y don Álvaro se mantenía en lo alto de la arrumbada de su galera dirigiendo el desembarco, al verlo concluido puso el pie en la playa y ordenó a don Lope que alguna unidad cortara el camino de enlace entre la posición y la ciudad de Angra, para impedir les pudiera llegar la petición de auxilio, al mismo tiempo otras compañías ascendieran a la cumbre y acabaran con los que allí se encontraban, girando la artillería enemiga para cubrir el avance de las propias tropas. El combate fue recio y sangriento, dado que los soldados francesas eran viejos en su ejercicio, impidiendo vencerlos con facilidad por ser combatientes expertos, a ello se sumaba al estar más tiempo en la zona eran mejores conocedores del terreno.

Los enemigos viéndose desbordados se hicieron fuertes en unas lomas a unas seis millas de distancia y más cerca de la ciudad de Agra, ante esto los capitanes dieron la orden de avanzar desplegados en guerrilla, pero no todo fue tan fácil, pues mediado el día llegaron los refuerzos desde Angra y Praya, en número de cuatro mil reforzando a sus compañeros, ocasionando con esta acumulación se sufrieron muchas más bajas por ambas partes, sobre todo los franceses quienes eran de los buenos guerreros. Una crónica de este día nos dice: «…ya que empezaban a cargar muchos enemigos a los nuestros escaramuzando con ellos tan valerosamente, hasta ponerlos tres cuartos de legua más lejos de la marina…peleando siempre muy valerosamente dando cargas y recibiéndolas, ganando o perdiendo los nuestros eminencia de manera que fue menester que el Marqués, que estaba al frente de sus escuadrones se mejorase dos veces con ellos para dar calor a su arcabucería…»

Se hizo de noche descansando las armas y los hombres que buena falta les hacía, durmieron al raso con la lógica guardia en una zona despejada y alejada de árboles, y puntos altos. Pero pronto fueron aumentando las fuerzas por haber desembarcado muchas más tropas españolas. Viendo los enemigos que a pesar de lo rudo del combate tenían obligatoriamente que retroceder, pensaron en la treta anterior que les dio la victoria, no siendo otra que al amanecer del 27, se despertaron con el ruido producido por los disparos de los arcabuces, para provocar una estampida de las reses, siendo su número aproximado de unas quinientas las que se le venían encima, pero: «…el Marqués dio la orden a las mangas que no disparasen a las vacas, antes les hiciesen camino llano y largo para que pasasen sin desordenarse, y que, en pasando, tornasen a cerrar como estaba…» Maniobra muy apropiada y que no ocasionó ningún daño a los infantes, pero tampoco les sirvió de nada a los enemigos, por ser conocida esta forma de actuar. (En la guerra siempre hay que dejar un punto a la improvisación, éste suele ser la inflexión entre la derrota o la victoria.)

Viendo esto, don Álvaro envío quinientos arcabuceros a conquistar la ciudad de Angra, mientras él y don Lope formaron dos columnas dividiéndose, don Álvaro siguiendo el camino abierto por sus arcabuceros rompiendo toda resistencia, mientras don Lope conquistaba la villa de San Sebastián. Al romper los arcabuceros la resistencia de la ciudad detrás entró don Álvaro con sus tropas dando la orden de preservar las iglesias y monasterios, el resto tenían permiso de saco. (Siempre cumpliendo la orden de S. M.)

Él se dirigió al puerto y allí encontró treinta y cuatro buques, al mismo tiempo por señales se le indicaba a la escuadra entrase, por ello fueron quienes se encargaron de rendirlas todas. Los habitantes antes de llegar las primeras tropas españolas habían abandonado la ciudad. Siendo el resultado de mil seiscientos hombres cautivos, las trescientas diez piezas de artillería más los treinta y cuatro buques, entre ellos dos ingleses piratas allí refugiados. Dando por concluida la toma de la isla. Al ver el abandono de la ciudad por sus habitantes por temor a represalias, don Álvaro ordenó leer una carta, por ella todos los vecinos que no tuvieran nada contra el Rey de España y no hubieran tomado las armas en su contra, podían regresar sin temores. Al mismo tiempo se abrieron las cárceles de la ciudad, siendo cuarenta y dos españoles y veinte portugueses los puestos en libertad, a parte del capitán don Juan de Aguirre, quien al llevar el parlamento fue capturado el año anterior. Llevándose una gran alegría don Álvaro al verlo vivo, pues conociendo el sistema de franceses y portugueses lo daba por muerto.

Quedaron unos centenares de franceses y portugueses en la isla al mando de su jefe Chartres, quienes se hicieron fuertes en una zona preparada con trincheras y algunos cañones, pero ante el total de fuerzas desembarcadas, entorno a más de once mil hombres más lo cuatro mil anteriores, no podían esperar tener más solución que la muerte. Como esto a nadie le gusta intentaron parlamentar con don Álvaro, pero éste se negó en redondo, aduciendo haberles dado la oportunidad de hacerlo, no había otra que combatir a muerte. Pues no solo pedían el parlamento sino que exigían les dejaran salir de la isla embarcados en sus naves, con sus armas y sus banderas.

Ante semejante proposición, la tajante respuesta de don Álvaro les obligó a bajar sus pretensiones, ante ello volvió otro parlamentario comenzando su perorata, pero el Marqués le cortó en seco, diciéndole no había más condición que: «…doscientos de ellos habrían de pasar al remo, sus armas, banderas, pífanos y municiones rendidas, y el resto con lo puesto serian embarcados en buques españoles y transportados a Francia, pero para garantizar que no eran allí tomados, se reservaba la entrega de Jefe y varios caballeros, que serían puestos en libertad al regreso de las naves.» viendo la firmeza de don Álvaro se rindieron el 3 de agosto, siendo embarcados el 12 con rumbo a su país. Lo hicieron en naves vizcaínas con sus capitanes y tripulaciones (por ser las que mejor conocían aquellas aguas y costas) siendo las responsables de transportar a los vencidos, mientras se embarcaban Chartres y los caballeros fueron a besar la mano de don Álvaro, quien los recibió con las solemnidades propias de unos valientes vencidos.

Quedaba por prender al promotor de toda esta guerra, don Manuel Silva, Conde de Torres-Bedras, quien era el Gobernador nombrado por el Prior de Crato don Antonio. Iba a escondidas en busca de poderse embarcar en cualquier nave que le alejara del peligro, subiendo y bajando montañas vestido de labriego, pero un soldado perteneciente a una de las compañías que don Álvaro había enviado a pacificar el resto de la isla al mando del maestre de campo don Francisco de Bobadilla, lo encontró debajo de un árbol durmiendo. (Mal despertar tendría).

Para no perder tiempo había dado los poderes para comenzar los juicios al licenciado Mosquera de Figueroa, quien se puso el mismo día a ello revisando a todos y cada uno de los encausados, para ir abreviando y hacer justica con tiempo para razonar. Por otro lado dio el mando a don Pedro de Toledo de unas unidades navales y tres mil trescientos hombres de los Tercios, quienes en poco tiempo y casi sin enfrentamientos, pusieron bajo la soberanía del Rey de España, las islas de San Jorge, Fayal, y Pico. De igual forma envío a don Jerónimo de Valderrama a pacificar las islas del Cuervo y Graciosa, en ellas no encontró oposición e igualmente se incorporaron a la Corona de España.

Como ejemplo de un largo documento referente a los cargos del juicio y sus sentencias transcribimos la del Gobernador, diciendo: «Manuel de Silva, que se intitula conde de Torres-bredas, por tirano, matador, alvorotador, rovador y recojedor de Herejes, fue degollado, y la cabeza puesta en la plaza pública colgada en el lugar en donde él mandó poner la cabeza de Melchor Alonso Portugués, porque dijo que era su Rey natural la Majestad del Rey Phelipe nro. Sr.» Todo pacificado dejó de Gobernador de las islas con capital en la Tercera al maestre de campo don Juan de Urbina, con una fuerza de dos mil hombres, también eligió al corregidor, los jueces y regidores del resto de islas. Y como demostración de aprecio, entregó las fincas confiscadas a los extranjeros para ser entregadas a las viudas de los muertos locales en acción al servicio de don Felipe II.

Todo en su sitio sin temor a nuevas intentonas zarpó del puerto de Angra el 17 de agosto, al poco de salir a la mar rolaron los vientos a contrarios impidiendo avanzar a la escuadra con la velocidad normal, pues no quedaba otro remedio que navegar dando bordadas, obligando a un trabajoso esfuerzo a las dotaciones para mantenerse a rumbo, de hecho se avisto el 13 de septiembre el cabo de San Vicente, consiguiendo tirar las anclas frente a la ciudad de Sevilla el 15 siguiente, durando por esta causa el viaje de regreso un mes. La entrada en el río Guadalquivir fue triunfal, pues se llevaban las cuarenta y seis banderas capturas arrastradas por sus aguas, a ello se sumó el estruendo de las salvas mutuas de los fuertes y los buques, acudiendo a recibirlo prácticamente todos los habitantes de la ciudad. Así concluyó una dura campaña que se extendió a lo largo de tres años, contra las fuerzas unidas de Francia, Inglaterra y Portugal.

Donde de nuevo don Álvaro estuvo a mucha más altura que sus enemigos, demostrando hay que ejemplarizar ciertas acciones para evitar males mayores, aparte de recibir las consiguientes órdenes de su Rey, por otra, en esta última jornada demuestra que podía ser muy benévolo, cuando el enemigo de verdad estaba rendido y desesperado, concediendo la libertad a muchos que en otras ocasiones y a la inversa no le habrían correspondido de igual forma. Por eso sencillamente era un gran hombre, no actuaba nunca por envidias ni utilizaba ningún tipo de bajezas, siempre dando la cara y muy alta al frente de sus hombres, tanto en la arrumbada de su galera o en el Tercio de mediana de su galeón, como cuando echaba pie a tierra siempre iba en cabeza. El ejemplo siempre ha sido la mejor lección.

Cuando arribó don Álvaro a la ciudad de Sevilla y desembarcó se le entregó una carta del Rey, en ella le comunicaba se hiciera llegar a la Corte, se puso en camino inmediatamente con postas atravesando aquellos caminos que entonces se conocían como de «Herradura», pues por ellos solo podían caminar los equinos bien en solitario o bien tirando de una carreta o diligencia. Llegado a la Villa y Corte, se presentó en Palacio donde don Felipe al recibirlo, le ordenó se cubriera, pues lo había nombrado Grande España y como a tal pasaba a tener el tratamiento de «primo» y el permiso para estar delante del Rey cubierta su cabeza, como distinción de máximo honor hacía su persona.

A parte de comunicarle personalmente este nombramiento, lo que realmente quería era conocer de primera mano las ocurrencias de la jornada de las Azores. (La concesión de la Grandeza de España fue la Gracia conseguida por tan brillante victoria. A parte de confírmalo como Capitán General del mar Océano. No hemos encontrado la fecha exacta de la misma, pero por la que arriba a Cádiz don Álvaro y su posterior viaje por tierra hasta la Villa y Corte, debió de ser a finales del mes de septiembre o principios de octubre. Aunque muy bien podría estar fechada oficialmente, en la misma fecha de la victoria final de las islas Azores  y como signo de conmemoración, siendo el 3 de agosto de 1583)

Don Lope de Vega siempre atento a las acciones del marqués, le dedica una obra titulada «La nueva victoria del Marqués de Santa Cruz» en ella se lee lo siguiente: «Los que soberbios asisten / sobre las Islas Terceras / al Marqués de Santa Cruz / muestran las rebeldes fuerzas / más el famoso Bazán / levantando la bandera / del segundo rey Felipe / así dice, así pelea: / ¡Cierra, España! ¡Cierra! ¡Cierra! / A la cruz de su apellido / las confiadas banderas / no tremolan por el viento / más tremolas porque tiemblan. / Disparó la Capitana, / responden el mar a las piezas, / y el Marqués sobre la popa / dice, en la dicha otro Cesar: / ¡Cierra, España! ¡Cierra! ¡Cierra!»

Pero don Álvaro no estaba quieto un segundo, demostrándolo por una carta dirigida a don Felipe II, con la propuesta de armamento de una gran Armada contra Inglaterra, principio de lo que por desgracia e ignorancia o intereses de “otros” pasaría a ser conocida como la «Armada Invencible» por unas apuestas realizadas en la Corte del reino de Francia, trastocando y confundiendo a la opinión y conocimiento público que ha llegado a nuestros días, dando a entender que de Invencible no tenía nada. Don Felipe II siempre y en toda la correspondencia respecto a ella, la llamó la «Jornada de Inglaterra» y en alguno, como «La gran armada contra Inglaterra»

A pesar de ser el Rey más poderoso que ha existido, nunca fue precisamente jactancioso, pues en la humildad está la grandeza. «S. C. R. M. — Las victorias tan cumplidas como ha sido Dios servido dar á V. M. en estas islas, suelen animar á los principios á otras empresas, y pues nuestro Señor hizo á V. M. tan gran Rey, justo es que siga agora esta victoria mandando prevenir lo necesario para el al año de que viene se haga la de Inglaterra, pues será tan en servicio de nuestro Señor y gloria y autoridad de V. M. y pues se halla tan armado y con ejercito tan victorioso, no pierda V. M. esta ocasión y crea que tengo animo para hacerle Rey de aquel reino, y aun de otros, de allí se podrán tener muy ciertas esperanzas de allanar lo de Flandes, y no hallandose V. M. en el mundo, viva y reine una mujer hereje que tanto mal ha causado en aquel reino, y siendo V. M. servido de tratar desto, puede mandar luego á los Vireyes de Nápoles y Sicilia envíen alguna cantidad de bizcocho, advirtiendoles lo traigan en buenas naos artilladas y bien aparejadas, y que pasen de tres mil salmas, que son 600 toneladas de España, que previniéndolas desde luego se hallaran, y que en España tambien se compre mucho trigo á esta cosecha porque con mucha comodidad se hallara, y que tambien se compre buena cantidad de vinos a la vendimia en el Andalucia y Villacarlon, y aceites que en esta ocasión se hallaran todo muy barato, y que los galeones que hace la corte de Portugal se traigan luego á Lisboa y se acaben, y se funda artillería para ellos y que á las naos del asiento de Vizcaya, se de priesa á que las hagan y pongan en orden, y á los nueve galeones de V. M. que se fabrican en Santander y para los demás, dándome nuestro Señor victoria en Alarache, como ya puesto en orden lo de allí y encaminando lo de la fortificacion, podre ir á besar las manos á V. M. á V. M. y á concertar lo demas para la jornada, y la infantería deste ejercito estará muy bien este invierno en Alarache si se toma y en Arcila y Tanger á donde se mantendrá bien ejercitandose sin deshacerse. Bien se que no faltara quien represente á V. M. muchas dificultades, asi de socorros de Francia como de Flandes, y falta de dinero: á esto digo que los franceses has perdido conmigo mucha reputación, y los demás miraran bien á esto, y si se pone la mira á dificultades nada se hara. V. M. la ponga en Dios, ya que la causa es tan justa y suya, que de esta manera tendra el buen fin que se puede desear, y á los príncipes tan grandes como V. M. no les puede faltar dinero, y mas para cosa tan en servicio de dios y bien publico. Torno á suplicar á V. M. se anime y emprenda esta jornada que yo espero en Dios salir della, como de las demas que he hecho en servicio de V. M. De Manuel Silva he entendido, aunque yo no lo vi, que aquella Reina tiene gran miedo que ha de enviar V. M. sobre ella su Ejercito y Armada y que hay muchos católicos y con todo esto ningunas prevenciones hace mas de tenerse. Hame parecido advertir á Vuestra Majestad desto y ofrecerle mi persona y vida para esta jornada, como lo porne alegremente en todo lo que conviene á su servicio.Guarde nuestro Señor la S. C. R. persona de V. M. — Don Alvaro de Bazan. — De la ciudad de Angla en la isla Tercera á 9 de Agosto de 1583 años.»

(Como queda reflejado, solo al terminar la conquista de las islas Azores, ya estaba pensando en la próxima jornada. Demostrando que si don Felipe le hubiera hecho caso, la empresa se hubiera adelantado cuatro años y al mando del marqués de Santa Cruz, casi garantizando que la suerte de la Armada hubiera sido muy distinta, pues pensamos queda patente que no solo era un buen marino y buen militar, sino que improvisaba sobre la marcha y eso siempre ha sido muestra de anticipación al enemigo, consiguiendo incluso romper sus tácticas, significando la diferencia entre la victoria o la derrota.)

Pensamos es conveniente añadir una carta de don Álvaro a S. M., que el Rey le pidió en secreto, para saber mejor que fuerza consideraba necesaria para realizar la jornada de Inglaterra, en la parte que más nos importa (por resumir) dice: «…Se necesitaran ciento cincuenta naves, cuarenta urcas de carga, trescientas veinte embarcaciones de cincuenta a ochenta toneladas, cuarenta galeras, seis galeazas, con un total de velas de quinientas cincuenta y seis, sin contar cuarenta fragatas y falúas, y doscientas barcas destinadas al desembarco, con una tripulación de treinta mil trescientos treinta y dos hombres y el ejército debe de estar compuesto por sesenta y tres mil ochocientos noventa hombres y mil seiscientos caballos, siendo el total de la expedición noventa y cuatro mil doscientas veintidós bocas…» Este documento es larguísimo, pues describe pormenorizadamente todos los detalles uno por uno de toda la composición de la escuadra y hombres.

La empresa se llevó a cabo, teniendo que coordinar el ejército de Flandes con la escuadra, lo que en sí fue parte importante del fracaso, don Álvaro lo transporta en su numerosa escuadra, un “pequeño” detalle de las posibilidades de la planteada por don Álvaro y lo que después se realizó. El Rey le escribe otra carta (a pesar de las comunicaciones de la época parecen casi diarias) diciéndole: «El Rey. — Marqués, pariente. — En llegado don Pedro Ponce, vuestro sobrino, que me dio vuestras cartas de 9 y 10 de agosto, se dieron á nuestro Señor las debidas gracias por la victoria que fue servido darnos, de la isla Tercera, y aunque á vos os las tengo dadas, lo he querido aquí renovar, pues las teneis tan merecidas, habiéndome servido tan bien y tan á mi satisfacción, de que tendré á su tiempo la cuenta y memoria que es razon, y tambien os agradezco mucho lo que me decis en la carta de vuestra mano ofreciendoos á nueva empresa y cual la porponeis para otro año. Cosas son en que no se puede hablar con seguridad desde agora, pues depende del tiempo y ocasiones que han de dar la regla después. Mas por sí ó por no, mando hacer la provision de bizcocho que venga de Italia, y dar la prisa que se puede á la fabrica de galeones y al asiento de las naos de Vizcaya y a lo demás que os parece necesario para lo que se pueda ofrecer, y aun el enviar gente a Flándes es ponerla mas á la mano para lo mismo que decis.Madrid á 23 de septiembre de 1583.Con letra del Rey, añade: Aunque aquí se os dan las gracias por el servicio que me habeis hecho, no he querido dejar de darolas Yo aquí de mi mano. — Yo el Rey.»

En las largas conversaciones con don Felipe II, también se toco el tema del recién conquistado Portugal, llegando los dos al convencimiento de que lo mejor era unificar el mando de todas las tropas que en él se encontraban, de esta forma el Rey firmó un Real Título con fecha del 23 de junio de 1584, nombrándole; Capitán general del mar Océano y de la Gente, de a pie y a caballo del reino de Portugal. Pero don Felipe no quería exponer más fondos a pesar de las garantías de don Álvaro en la victoria, pues en estos momentos Inglaterra no estaba preparada para combatir a la escuadra dicha por el Marqués, le faltaban buques, artillería y gente de mar y guerra preparada para poderse enfrentar a España. Por eso S. M. se puso en contacto con la Reina Isabel I, la cual a pesar de todo lo que seguía ocurriendo, le continuaba afirmando que ella y su país no estaban en guerra, las acciones atribuidas eran realizadas por marinos quienes no tenían nada que ver con la corona y era posible incluso imitaran su lengua para enfrentar a los dos países. Así entretuvo a don Felipe el tiempo suficiente para ella estar en situación de poder defenderse, la historia nos ha demostrado que le salió a la perfección.

Don Álvaro el 15 de noviembre de 1584, declara un acrecentamiento de sus bienes para ser incluidos en su mayorazgo. Entre ellos se añaden los ganados en las islas Azores y los de otros combates anteriores, diciendo: «…estandarte real de damasco carmesí con las armas reales y la figura del apóstol Santiago que llevaba en la popa del galeón San Martín el día de la batalla naval de la isla de San Miguel; las armas y rodela fuerte de Felipe Strozzi; el estandarte de Mr. De Chaste; 60 banderas de infantería francesa y portuguesa; dos binables de Mr. De Chaste y Mr. De Garamba; el bastón de Capitán general del Conde de Torre Vedras; cuatro fanales, de la Capitana del rey de Francia, de la Capitana de Portugal, de la de Hassán Bajá y de la de Hassán Chiribi; las cajas, atambores y pífanos; 200 mosquetes, 200 arcabuces y 200 picas, que se las separó de entre las armas rendidas, y otros muchos objetos, arneses y espadas de su persona, tapices, muebles ricos, etc., etc.»

El 15 de septiembre de 1585 zarpaba de Plymounth, Drake, con una escuadra de veintitrés buques, poniendo rumbo a Bayona de Galicia donde pensaba terminar de cargar sus buques de alimentos, sobre todo reses y aves; se presentó ante el puerto y avisado el gobernador don Diego Sarmiento de Acuña, movilizó todo lo disponible incluso las milicias gallegas, consiguiendo después de unos enfrentamientos devolver a los ingleses a sus buques, pero en vez de mantenerse alerta dio la orden de que abandonaran sus habitantes las poblaciones marineras, prosiguiendo su rapiña en algunas del norte de Portugal, de forma que al final el pirata consiguió parte de lo pretendido.

Posteriormente pasó (según Drake, por la capital de Lisboa, llamando al combate a los marinos españoles y estos no salieron de su refugio, pero él tampoco entró) al llegar a Lisboa don Álvaro a los pocos días le fue notificado, volviendo zarpar en su búsqueda, pero Drake se había alejado de la costa con rumbo a las islas Afortunadas, donde pensaba cargar el vino que tanta falta le hacía, arribando a la isla de Palma, donde desembarcaron pero las tropas y vecinos unidos los devolvieron a sus barcos, decidiendo acercarse a la isla de Gomera, donde de nuevo intentó previo desembarco tomar prestado el vino, de nuevo las tropas y los vecinos los devolvieron a sus buques, esto le convenció no podría conseguirlo en islas tan bien protegidas, poniendo rumbo a las de Cabo Verde donde al parecer sí lo logró, embarcando lo robado y continuando viaje con rumbo a las Antillas, donde también le cupo la suerte de apresar un mercante, encontrado en su viaje entre La Guaira y la Habana cargado con plata del Virreinato del Perú.

Estos ataques y las confidencias del embajador español en Londres, convencieron al Rey no quedaba más posibilidades de paz, pues la desvergüenza de la Reina era palpable, por los agasajos y títulos entregados a Drake cuando regresó a su país. Pero terminó de convencerle una carta de don Álvaro fechada en Lisboa el 13 de enero de 1586, cuando llegó a ésta capital después de comprobar in situ los desafueros cometidos por el pirata inglés en la ciudad de Cádiz y villas cercanas.

La carta es muy extensa, pero en síntesis le viene a recordar que en 1583 él le había indicado hacer la jornada, siendo menos onerosa que la necesaria ahora, además sus marinos no estaban tan preparados y menos aún las villas, ciudades y puertos de la isla hereje, quienes estaba enviando refuerzos y fortaleciendo su ejército con envío de socorros a Zelanda y Olanda, le recordaba el daño en la Coruña y en Cádiz, así como las depredaciones en las Antillas, lo perjudicial por inseguro de la protección de nuestro tráfico marítimo, terminando: «…y porque estos inconveniente y muchos mas suceden á los principes con las guerras defensivas, como si esta para adelante el tiempo lo mostrara, me ha parecido que no cumplia con la obligación que tengo de criado y vasallo de V. M. si no dijese mi parecer con tanta libertad como aquí lo hago, certificando á V.M. que no me mueve á esto desear jornadas, ni nuevas victorias, ni otro ningun fin, sino solo el servicio de Dios y de V. M. á que tengo tanta obligación. Guarde nuestro Señor, etc. — De Lisboa á 13 de Enero de 1586 años.»

El Rey le envía otra carta por medio de su Secretario don Juan Idiáquez, en respuesta a la anterior y le dice: «La carta de V. S. de 13 de este recibi, y luego di á su Magestad la que con ella vino; leyóla toda y mandome que de su parte esribiese á V. S. y que le agradece el cuidado y deseo de su servicio, con que le propone lo que se contiene en aquella carta, en que hay muchas cosas bien consideradas, y que será bien que Vuestra Ilustrisima envie un papel del modo con que le parece que aquello se podría ejecutar, dando lugar á ello las cosas; pero advierte que este papel que se pide se haga allá con sumo secreto y venga acá en lo mismo; porque en estas cosas importa no menos que el todo que le haya. V. S. lo mandara hacer así y que sea con brevedad. Fecha en Gandia á 24 de Enero de 1586.» S. M., vuelve a escribir ordenándole, la composición de una escuadra para la vigilancia de las costas Atlánticas.

Al mismo tiempo le pide con detalle máximo la composición de la escuadra para la Jornada de Inglaterra, pues está decidido a llevarla a buen término, pero quiere saber todo respecto a ella y lo que será necesario para ir preparándolo con el tiempo suficiente, terminado la extensa carta: «…con resolución que hecho esto, después os ire avisando de las otras cosas que se fuese ofreciendo y convendrá proveer, para que no quede cosa por prevenir. — De Valencia á 26 de Enero de 1586. — Yo el Rey. — Por mandato de S. M. Antonio de Eraso.»

Don Álvaro se pone a trabajar y remite una extensísima relación de todo lo necesario para la Jornada de Inglaterra, dando comienzo la carta: «S. C. R. M. — Don Juan de Idiaquez me escribio que Vuestra Magestad se había tenido por servido de lo que escribi á los 13 de Enero y que yo envie á V. M. un papel del modo con que me parece se podria ejecutar dando lugar las cosas, de que he recibido mucha merced y contentamiento, y que V. M. entienda la voluntad y cuidado que tengo de las cosas de su servicio; helo hecho y va con este ordinario lo mas particular que he podido; Vuestra Magestad se debe disponer á ello con la brevedad que requiere negocio que tanto conviene al servicio de Dios y de V. M. y bien de sus reinos, y sucediendo prosperamente, como será Dios servido, pues la causa es suya, sera tambien ocasion que con mucha mas facilidad se allane lo de Flándes, y si se ofrecieren cosas que diviertan esto, tengo por muy necesario y conveniente al servicio de V. M: hallarse armado. Guarde nuestro Señor, etc. — Lisboa á 22 de Marzo de 1586.»

El documento que le sigue solo tiene sesenta y una páginas, por ello pensamos que por sí solo el número de ellas habla más que transcribirlo, pero muy, muy extractado, se dice en él: «…la Armada debe de estar compuesta de quinientas diez velas, con un tonelaje en total de ciento diez mil setecientas cincuenta toneladas, tripuladas por dieciséis mil seiscientos doce hombre (obsérvese la exactitud) con un ejército de cincuenta y cinco mil hombres, con mil doscientos caballos, para poder atacar más rápido. Explica que el bizcocho debe de ser de Cartagena, Nápoles y Andalucía; el tocino, de Extremadura y Sevilla; el queso, de Portugal, Mallorca y Sevilla; los atunes de las almadrabas de Cádiz y Conil, la carne salada, de Entre-Duero, Asturias y Galicia; el arroz, de Valencia y la relación continua;…llevará a bordo de los buques un total de noventa y cuatro mil doscientos veinte y dos hombre de almirante a galeote; incluyendo los sueldos y hasta calculando las bajas, con las posibles indemnizaciones por mutilación y muerte. El gasto de la expedición en su total ascenderá a mil cuatrocientos veinticinco millones cuatrocientas ochenta y tres mil doscientos noventa y ocho maravedíes, o lo que es igual, a tres millones cuatrocientos un mil doscientos y ocho ducados castellanos.»

El extraordinario trabajo realizado por don Álvaro nos da una muestra palpable, de que si el Rey era meticuloso en sus datos, el vasallo su, Capitán General no le andaba a la zaga. (Pensamos que de por sí el documento debe de figurar en lugar a parte, para quien tenga la paciencia de leerlo saboreando el trabajo bien hecho de un hombre de armas) que casi a buen seguro fue lo que convenció a don Felipe de realizar la Jornada, pensando por simple sentido común, si era capaz de dar todo es tipo de datos que no haría con solo quinientos diez buques, a todas luces más fáciles de manejar que tanta cifra para alguien no experto en ellas.

Don Álvaro se encontraba en Lisboa en el apresto de los buques de la Jornada de Inglaterra y en la revista casi diaria a los astilleros, así como a los lugares donde se preparaban los hombres del ejército, preocupándose de que nada se le fuera de las manos. Cuando recibe una carta de don Felipe II, informándole de las tropelías cometidas por Drake en la isla de Puerto Rico y Santo Domingo, con una escuadra de veintiséis velas y cinco mil hombres, por ella le pide que aliste una escuadra lo antes posible y zarpe con rumbo a las Antillas para darle una lección al pirata, pues lo mismo daba que llevara bandera negra que roja lo que no le eximía de serlo.

El documento es muy largo, ya que como siempre S. M., no dejaba nada al azar, por ello solo transcribiremos lo más importante: «El Rey. — Marques de Santa Cruz, primo, mi Capitán General del Océano. No dudo que con el zelo que teneis á mi servicio, y costumbre de no sufrir semejante atrevimiento, os habrá dolido mucho el daño que la armada inglesa ha hecho en las islas de San Juan de Puerto Rico y Santo Domingo: yo por la experiencia que tengo de vuestro valor en lo pasado y confianza de los que sabreis hacer en los porvenir, queriendo remediar aquellos daños y los que no se atajando podria hacer mas el enemigo, pues estan las costas de las Indias tan mal apercibidas y armadas, la primera cosa que he hecho es poner los ojos en vos, para que, juntando la armada que apercibe en ese río con la de los galeones que esta en Sevilla, os embarqueis en persona y vais á deshacer el enemigo y reparar todo lo que él hubiere damnificado. Cierto estoy que os dispondreis á ello como siempre la habeis hecho y conforme á los que vuestro cargo y mi confianza os obliga, de que, y del suceso que espero con el favor de Nuestro Señor, me tendré por tan servido como os dira de mi sobrino á quien me remito» Da como siempre muchas previsiones y concluye con este punto: «Esto es lo que agora se ofrece, remitiendo lo que mas ocurriere á otros despachos. A este responderéis luego con los que se os ofreciere, que holgare de ser informado de quien se que también lo entiende; y sobre todo os encargo la presteza y brevedad de la salida de la Armada, pues recibire en ello servicio de tanta cualidad como otros que me habeis hecho. De San Lorenzo á 2 de Abril de 1586. De propia mano del Rey:Muy cierto estoy de vos que me servireis en esto como lo habeis hecho siempre en todo lo que se ha ofrecido. — Yo el Rey.» Recibiendo una segunda carta del mismo Secretario, diciendo: «Ilmo. Señor. — S. M. responde á la carta de V. S. I. de 22 del pasado, y escribe otra en la nueva materia con la confianza que V. S. I. sera: no creo que es alejarse esto, aunque en alguna manera lo parezca, de la otra platica movida, pues placera á Dios que acabe V. S. I. este año lo que agora se le escribe, tan presto y bien, que pueda después acudir á lo otro, e ir eslabonando victorias. Asi plega á Nuestro Señor, y porque hago sin razon á mis ojos en ir esta de mi mano, la acabo con que debe mucho V. S. á S. M., por lo que de su brazo se promete, aunque él hace lo que tiene tan probado y experimentado. Guarde Nuestro Señor etc. De San Lorenzo á 2 de Abril de 1586. — Besa las manos á V. S. I. su mayor servidor. Don Juan de Idiaquez.»

A su vez el Presidente del Consejo de Indias don Hernando de Vega, le escribe dándole pormenores de los daños causados por el pirata inglés, terminando su carta de este tenor: «No puede cierto, Señor, tener buen remedio nada que no pase por la mano de V. S. I., que tan poderosa, experimentada y útil es para todo.» Con fecha del 9 de abril le escribe el Marqués al Rey, en el le da las gracias por las deferencias, y añade, las necesidades de la Armada para mejor asegurar la victoria, pero otra vez vuelve don Álvaro a escribir dando incluso el coste de esta nueva empresa, añadiendo más datos sobre la que lleva entre manos contra Inglaterra.

Como muestra de la aceptación de todo por parte de don Felipe II, le escribe el Secretario de S. M., diciendo: «Ilmo. Señor. — Con muy gran satisfacción recibio Su Magestad las cartas de V. S. I. de 9 deste, y el entender á cuyo cargo queda el remediar lo de las Indias, ha henchido de buenas esperanzas y de contentamiento á todos; y cierto que en esta parte debe V. S. mucho al mundo. S. M. responde agora á dos puntos de prisa del despacho; á los demás se satisfara luego con otro correo, y lo que yo pudiere servir á V. S. I. no lo ofrezco, pues lo debo, y esta ya tan ofrecido. Las relaciones que envio antes V. S. I. parecieron extremadamente (digo en la otra materia) y un dia de estos escribire mas largo sobre aquello mismo, que agora, por la prisa deste correo, no digo mas que guarde y acreciente Nuestro Señor la Ilma. Persona y estado á V. S. como deseo. — De Madrid á 16 de abril de 1586. — Ilmo. Sr. — Besa las manos á V. S. I. su m. c. servidor. — Don Juan de Idiaquez.»

Estando a punto de zarpar la escuadra rumbo a las Antillas, recibe una carta del Rey notificándole que el pirata Drake ha hecho su entrada en el Támesis, por ello no es necesario ir tras él. Por la misma le dice le entregue el mando de una pequeña escuadra a don Álvaro Flores Valdés, para viajar allí y quede de guarda de aquellas costas. Al mismo tiempo se le informa de la llegada a Cádiz de una Flota de Indias, la cual aprovechando la salida del pirata inglés, zarpó casi detrás de él a rumbos divergentes, de forma que les pudo burlar y era de gran interés que así lo hiciera, pues en ella venían los fondos para terminar de preparar la Jornada contra Inglaterra.

Por otro cruce de cartas entre don Felipe II y don Álvaro de Bazán, éste le convence no queda más solución que invadir la isla, así el Rey envía cartas orden a los diversos jefes del ejército para que vayan concentrándose en la ciudad de Lisboa, así como a los generales de mar que deben de incorporarse al mismo lugar con sus escuadras respectivas, añadiendo en todas ellas que es nombrado General en Jefe de Mar y Tierra, el mismo Marqués de Santa Cruz. Pero esto levantó ampollas, pues los cortesanos comenzaron a influir en el Monarca con su particular forma de ver la empresa, pero sin darse cuenta que don Álvaro se estaba dejando la vida en ello. Uno de los más intrigantes fue don Sancho de Leyva, quien junto a otros marearon a S. M., de tal forma que ni él supo cómo salir, pues uno le decía: «…ningún enemigo se podía temer en aquellos mares, tanto como el invierno; pero si había cosa cierta en la entrega, de algún puerto, podrían aprovecharse las brisas de enero, que eran más navegables en aquellos mares…por ser seguros sus vientos del Sur o del Suroeste…» Mientras otro le indica con bastante saña y envidia: «…que se mirase con atención cómo se echaba a la mar una armada en que habían de navegar las fuerzas más poderosas del Impero español…» Esto nos lleva al desenlace de toda intriga palaciega. Para no influir en el lector, solo transcribimos los documentos inherentes al caso y quien los termine de leer saque sus propias conclusiones.

Carta de don Felipe II al Marqués de Santa Cruz. «Por los avisos de Inglaterra que se os embiaron tres días avreys visto la necesidad que ay de la breve salida dessa armada y por que por alli pareçe que el enemigo se aprovecha del tiempo que se ha ydo dando tan fuera de mi deseo, no solo aperçebir su defensa, mas tambien para intentar de ofender y embaraçarnos por aca que seria y verguença intolerable. Os encargo y mando expressamente que luego sin perder hora hagays poner a punto toda la armada que teneys en esse rio, añadiendo a los galeones y naves que hasta aqui se ha platicado las dos galeaçaz que despues se han adreçado y el galeón de Florençia y los demas navios vtiles, de los que ay estuvieron que no causaren dilaçion y alçando la mano de todos los que la pudieren causar, por que mi voluntad es que con todo lo desse puerto sin esperar cosa de fuera (lo qual despues os seguira) salgays a la mar en persona como ya os tengo aperçebido luego que reçivays otro despacho que se queda ya haciendo, en que yra la resolución de todo lo que aveys de hazer que espero lo sabrys executar conforme a la confiança y pruebas que tengo de Vos. Estos pocos días aprovechad y tened la gente recogida de manera que en llegando la dicha resolución no quede cosa que hazer, sino embarcar y partir en nombre de Nro. S.º — De Madrid a 18 de enero 1588.»

(Conociendo un poco el carácter de don Álvaro, está carta seguro la recibió y leyó, pero no está en su previsión como bien demuestra su biografía, que fuera hombre dejara para mañana lo que se pudiera hacer hoy, razón de peso para que no le sentará nada bien leerla y como se apunta en algunas biografías, fue el comienzo de su enfermedad) No obstante, el Marqués le devuelve el correo diciéndole: «Señor: 1. — He recibido la carta de V. M.d. de los 18 deste y por lo que tres días ha don Juan de Idiaquez en rrespuesta de su carta con que em imbio los avisos de Inglaterra havra V. Md. Entendido el estado del armada y como havia señalado por dia de la partida a primero de hebrero y ordenado a don Pedro de Valdes que con las naos de su cargo vaxasse a Belen y que lo mismo fuesen haciendo las demas, y assi están avajo catorçe naos y las demas van vajando. El galeón de Florencia y las dos naos levantiscas an salido ya de carena y se dan priessa a rreçivir la vitualla; las dos galeaçaz saldran de carena la semana que viene y yran en el armada todas quatro. 2. — Ya he escrito a V. Md. La falta que ay de dinero para pagar la gente de mar y guerra y navios, y pues V. Md. Tiene la rrealçion y sabe lo que esto importa, le supplico lo mande proveer y assi mismo alguna buena partida para llevar de rrespeto con la brevedad que conviene están la armada tan adelantada; y de partida y tambien me ha dicho Franco Duarte que para todo lo que tiene que proveer solo se hallan con quatroçientos mil maravedís que aun para pagar varcaxes es poco. Suplico a V. Md. Mande proveer luego; pues conviene que nada nos detenga, mayormente habiendo de yr toda el armada junta como va; pues lo que podra quedar aqui solo seran las urcas a quien les faltare marineros que presupongo como he escrito a V. Md. Que las doze los ternan armandose de todas y para algunas de las que no los tuvieren se tomaran de las urcas que aquí an venido aunque son pocas. Dios guarde la C. persona de V. Md. — De Lisboa 23 de henero 1588. — El Marqués de Sta. Cruz. (Rubricado)» (En esta le sigue pidiendo dinero que nunca llegaba, por ello sus deseos como Jefe de la Armada, se veían truncados por no poder atender todos los gastos provocados, pero el Rey muy —Prudente — no le enviaba ni un maravedí)

Insiste el Marqués y le envía una nueva carta:«Señor: Estando la armada para partir como lo estará a primeros del que viene y yo lo he escrito a V. Md. Conviene proveer dinero para la paga de la gente, navios y para algunas vituallas de que a dado señal Frncº Duarte con los 20 mil escudos que V. Md. Le mando proveer y assi mismo lo que se ha de llevar de respeto como lo escrivo por Consejo de Guerra que, aunque por el dicho Consejo me ha escrito V. Md. Que mandava proveer luego de dinero no e tenido aviso hasta ahora de que venga. Las dos galeazças que estaban en carena saldran della a los treinta deste y luego envarçaran sus vituallas y aguada, y a fin desta semana acavara de bajar toda la armada a Belen para quando V. Md. Lo ordenare se embarque la infantería y me haga a la vela. Dios guarde la C. persona de V. Md. — En Lisboa a 27 de henero 1588. — El Marques de Sta. Cruz. (Rubricado)»

Pero se cruza la correspondencia, la carta que recibe don Álvaro, es el mazazo final. «Mucho he holgado de entender que pensays tener a punto la armada por todo este mes y, aunque de vuestro cuydado y zelo con que tratays mi serviçio estoy çierto que lo cumplireys y que lo executareys todo con la fineza que soleys, todavia me ha parecido embiar alla al Conde de Fuentes para entender a su vuelta la buena orden en que vays y también para que os diga lo que del entendereys y assi le dad entero credito en lo que de mi parte os dixiere mientras ay estuviere, y con esto me remito a él. Madrid 23 de henero de 1588.» (Así que mucho confía en él, pero le envía a un emisario Real, (que dicho sea de paso nunca estuvo embarcado, ni conocía los entresijos de la mar con sus múltiples complicaciones) para ser vigilado y encima don Álvaro a sus órdenes, para que S. M., esté tranquilo y enterado de la verdad. Luego tacha de mentiroso a don Álvaro, le ordena hacer caso al Conde y en definitiva una muestra total de que el Rey nada se fiaba de su persona. Esto para el carácter del Marqués de Santa Cruz, era a todas luces insoportable, no hay duda de que fue su puntilla. Eso sí, con mucho halago y circunspección.)

Pero don Álvaro a pesar de encontrarse unos días enfermo, le devuelve el último correo que recibió don Felipe II del mejor marino que jamás le sirvió y a quien trató despiadadamente en esta ocasión a nuestro entender. Aunque tanta presión, luego no sirvió para nada, pues todos sabemos que la escuadra lista a primeros de febrero, por la falta de un jefe adecuado se volvió a retrasar y zarpó, cuando no debía de hacerlo por lo avanzado del otoño y en manos de alguien, que no estaba capacitado para su mando como él mismo reconoce:«…no estar seguro de Servir bien a V. M.» pero el Rey una y otra vez no le admite su dimisión. «Señor: Mucha merced me ha hecho V. Md. En imbiar al Conde de Fuentes para que entienda el estado de la armada y pueda informar a V. Md. particularmente a su vuelta de en la orden que va, la qual está tan a punto como he escrito; y assi quando llegue la orde de V. Md. Y el dinero me podré luego hazer a la vela. Dios guarde la C. persona de V. Md. — De Lisboa 30 de henero 1588. — El Marqués de Sta. Cruz (Rubricado)» (Obsérvese, el punto en que el Marqués le dice, que le —informará cuando vuelva— es una forma muy correcta de indicarle que, mientras él esté al mando no habrá línea que escriba que no la supervise don Álvaro, pero al final vuelve a decirle la falta de dinero y cuando lo tenga se hará a la vela. Es curioso ver que a escasos ocho días para dejar este mundo, siga empeñado como el primer día en servir al Rey, pero ahora ya con ciertas reticencias e ironías)

Don Álvaro por su incapacidad de poderse mantener en pie, estuvo encamado hasta sobrevenirle el fallecimiento el 9 de febrero de 1588, contando con sesenta y un años, cincuenta y nueve días, de los que estuvo a las órdenes del Rey cuarenta y cinco años. Para no dar nuestra opinión, transcribimos el último punto y aparte de la obra de don Ángel de Altolaguirre, publicada con ocasión del tercer centenario del fallecimiento del Marqués, en 1888. «Tal fue Don Alvaro de Bazán durante su larga vida militar; una sola idea, un solo sentimiento embargó su ánimo: la obediencia á su Rey y el engrandecimiento de la patria: á estas nobles aspiraciones sometió todos sus actos; familia, riqueza, gloria, todo cuanto el hombre ama, todo cuanto puede ligarle á la vida, todo lo pospuso al cumplimiento de su deber, á la realización de sus ideales; á pesar de los esfuerzos de sus émulos, á pesar de que la envidia esgrimió contra él todas sus armas, el 9 de Febrero de 1588 dióse una prueba bien patente de cuánto se estimaban sus servicios, de cuánto se esperaba de su genio; el estampido de los cañones de la Armada, contestado por las baterías de Lisboa, el tañir de la campanas, los enlutados estandartes y la tristeza que en todos los semblantes se reflejaba, no eran sólo las manifestaciones de duelo con que ambos ejércitos de mar y tierra rendían los últimos honores á un General ilustre; existía en esta expresión del sentimiento algo más profundo, más grave, más trascendental, y era que, con esa intuición característica de las masas en los momentos críticos, que parece que adivinan los acontecimientos, el pueblo y el ejército presentían que aquel gigante que tanto tiempo encadenara la victoria, la arrastraba con él al sepulcro, y que aquel día era el primero de nuestra decadencia marítima; y á pesar de todas las envidias y rencores, y á pesar de todas las pequeñeces del humano espíritu, el nombre del Marqués de Santa Cruz figura como el del primer marino de su época, la historia le reserva un lugar distinguido entre los grandes capitanes, y España, honrándole, demuestra que no olvida los eminentes servicios de sus hijos, al par que lo presenta á los que visten el glorioso uniforme de la Armada como el modelo que deben imitar para volver á adquirir nuestra preponderancia en los mares.»

Habiendo redactado su testamento el 8, en él pedía ser enterrado en el panteón familiar de los Álvaro de Bazán en el convento de la orden de San Francisco en la misma Villa del Viso, pero por no estar preparado en principio se le trasladó a la iglesia parroquial de la Villa, de donde se trasladaron según sus deseos el 18 de enero de 1643 al panteón citado, donde descansan. En la lápida que se encuentra en la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción, en la Villa del Viso, donde se le dio sepultura la primera vez, tiene la siguiente inscripción:

«Don Álvaro de Bazán

Primer Marqués de Santa Cruz.

Nació en Granada a 12 de diciembre de 1526. Vencedor

de los turcos en Lepanto y Albania; de los moros, en Túnez

y la Goleta; de los portugueses en Setúbal y Lisboa; de

ingleses y franceses, en las Terceras; terror de los infieles;

peleó como caballero, escribió como docto, vivió como héroe

y murió como santo en Lisboa a 9 de febrero de 1588.»

Un escritor realizó la relación de lo conseguido por don Álvaro a lo largo de su vida, reduciendo así a simples números su eficacia y valor personales: «Rindió: ocho islas; dos ciudades; veinticinco villas; treinta y seis castillos fuertes. Venció: ocho capitanes generales; dos maestres de campo generales; sesenta señores y caballeros principales. Capturó soldados y marineros: cuatro mil setecientos cincuenta y tres, franceses; setecientos ochenta, ingleses; seis mil cuatrocientos cincuenta, portugueses; seis mil doscientos cuarenta y tres, turcos y moros. Apresó: cuarenta y cuatro, galeras; veintiuna, galeotas; veintisiete, bergantines; noventa y nueve, galeones y buques de alto bordo; siete, caramuzales turcos; tres, carabos y una galeza. Artillería: mil ochocientas catorce piezas. Puso en libertad, a tres mil seiscientos cincuenta y cuatro cristianos. Y lo más importante; jamás fue vencido en combate.»

La fama alcanzada con la conquista de las Azores, desató agradables acontecimientos en su vida, como anécdota a resaltar fue cuando en 1584; recibió una petición del Emperador del Sacro Imperio, Rodolfo II, Rey de Bohemia y Hungría en ella por mediación de su caballerizo Mayor el conde Triwlcio y para la emperatriz, le rogaba le fuera enviado un retrato de don Álvaro de Bazán y su escudo de armas. (Tan grande era su fama que ya le pedían fotos sus adeptas) Precede un grabado en madera del Marqués, perfectamente delineado y coloreado por el artista Felipe Liaño, siendo sin duda una copia del que está en Madrid. Al retrato le sigue un elogio: Escrito por el Licenciado don Cristóbal Mosquera de Figueroa: «Elogio al retrato del Excmo. Sr. D. Álvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz; señor de las villas de Valdepeñas y El Viso, Comendador Mayor de León, del Consejo de S. M. y su capitán general del mar Océano, y de la gente de guerra del vecino de Portugal.»Impreso en 1586.

Encontrándose varios ejemplares en la biblioteca de la «Casa» del Marqués de Santa Cruz. Entre otras cosas dice: «…tan próspero que jamás se vio en trance peligroso (aunque con desproporción de muchos enemigos) que no se prometiesen firmes esperanzas de buen suceso; y en todo al discurso de su vida jamás volvió las espaldas, ni le fue forzado retirarse, antes ninguno militó debajo de su estandarte, que no aprendiese á ser buen soldado, sufridor de trabajos, fuerte, animoso, modesto y celoso del servicio de Dios, y de su Rey; porque jamás este fuerte Capitán se inclinó al regalo y deleite, que pudiese ser ocasión de enflaquecer su ánimo, por no distraerse de la dignidad y severidad de la loable disciplina militar, y señaladamente de la naval, tan difícil y peligrosa para mayor gloria suya, y de los que la profesan por la mucha prudencia, orden, concierto y apercibimiento que requiere, no dando entrada á la vida ociosa y descuidada, procurando extraordinarios entretenimientos en sus bajeles…poniendo en la militar disciplina naval, y en el conocimiento y ejercicio de la navegación, y de los tiempos, haciendo á su gente cuidadosa en lo que más conviene á este instituto de vida tan importante. Y al olor destas virtudes siempre desinteresadamente le siguieron hijos y nietos, y deudos de grandes señoríos de España, amándole todo el ejército, y gozando el camino de renombre piadoso y humano.» Finalizando con un cuarteto del prior don Juan Ochoa de la Salde: De Alcides las columnas en tu escudo / justamente pintar marqués pudiste; / pues como aquel los monstruos vencer pudo, / los de tu tiempo tú también venciste.

Como mecenas que fue de artistas y escritores de su época, continuada por sus descendientes, se suceden varias aportaciones para demostrar con sus pluma, las virtudes que le adornaron en vida, dejando así constancia para la eternidad.

El fiero turco en Lepanto,

en la Tercera el francés,

y en todo el mar el inglés,

tuvieron de verme espanto.

Rey servido y Patria honrada

dirán mejor quién he sido,

por la cruz de mi apellido

y por la cruz de mi espada.

Lope de Vega.

Soneto: No en bronces, que caducan, mortal mano, / oh católico Sol de los Bazanes / que ya entre gloriosos capitanes / eres deidad armada, Marte humano. / Esculpirá tus hechos, sino en vano, / cuando descubrir quiera tus afanes / y los bien reportados tafetanes / del turco, del inglés, del lusitano. / En un mar de tus velas coronado, / de tus remos el otro encanecido, / tablas serán de cosas tan extrañas. / De la inmortalidad el no cansado / pincel las logre, y sean tus hazañas / alma del tiempo, espada del olvido. Don Luis de Góngora y Argote, 1588.

«Rayo de la guerra, / padre de los soldados, / venturoso y jamás vencido capitán.» Miguel de Cervantes Saavedra.

No há menester el que tus hechos canta / ¡oh gran marqués! el artificio humano, / que á las más sutil pluma y docta mano / ellos le ofrecen al que al orbe espanta: / Y este que sobre el cielo se levanta / llevado de tu nombre soberano, / a par del griego, y escritos toscano / sus sienes ciñe con la verde planta. / Y fue muy justa prevención del cielo / que á un tiempo ejercitases tú la espada / y él su prudente y verdadera pluma: / Porque rompiendo de la envidia el velo, / su fama en sus escritos dilatada / ni olvido, ó tiempo ó muerte la consuma. Miguel de Cervantes Saavedra.

Á los veinte y dos de Julio, / domingo por la mañana, / á vista de San Miguel, / cerca de Punta Delgada, / doce millas una de otra / se descubren dos armadas / de naves y galeones, / bajeles de muchas salmas: / la una del gran Felipe, / otra de la inquieta Francia, / en número desiguales, / pero de igual esperanza: / sesenta son las francesas, / veinticinco las de España, / mas el valor de las pocas / despreciaba la ventaja. / Del Marqués de Santa Cruz / eran estas gobernadas: / las más de Felipe Estrozzi, / grande Marichal de Francia. / Los dos generales luego, / como ambiciosos de fama, / puestas en orden sus naves, / se presentan la batalla, / y como diestros corsarios, / con las velas amuradas, / el barlovento y el sol / procuran con grande instancia, / y así cerca el uno de otro, / que una milla no distaban, / tirándose cañonazos / los dos barloventeaban. / Puesta en su lugar la gente, / llenas de tiros las gavias, / tremolaban las banderas, / los gallardetes y flámulas; / mil bélicos instrumentos / cerca y lejos resonaban, / y en el agua removida / reverberaban las armas. / Ansí anduvieron tres días / sin trabarse la batalla, / que al tiempo del embestir / de miedo el viento calmaba; / pero llegada la hora / de los hados señalada, / para muchos la postrera, / que no volvieran á Francia, / las armadas enemigas, / de viento y fuerza llevadas, / se embisten con igual ira, / pero no con igual causa, / disparando los cañones, / culebrinas y bombardas / pasamuros y pedreros, / piezas gruesas de campaña. / La gran máquina del cielo, / de arriba desencajada, / parece venirse abajo / y arder toda en pura llama; / mas por entre humo y fuego / las naves ya barloadas, / hecho el efecto la pólvora, / vinieron á las espadas, / y allí la furia francesa / y la cólera de España / se concertaron bien pronto / trabándose la batalla. / Cruda, sangrienta, furiosa, / igualmente porfiada, / viéronse golpes extraños, / heridas desaforadas, / cabezas aun boqueando / de los hombros apartadas, / otras hasta el pecho abiertas, / brazos y piernas cortadas, / cuerpos muchos magullados, / otros pasados de lanzas, / otros quemados de fuego, / otros muertos en el agua. / Y con tempestad furiosa / llueven de las altas gavias / alas, piedras, lanzas, dardos / armas de peso arrojadas, / ardiente pez y resina, / y bombas alquitranadas, / mil fuegos artificiales / que al mismo mar abrasaban. / La roja sangre caliente / comenzó a teñir el agua. / El Marqués de Santa Cruz, / que todo sobre él cargaba, / como capitán prudente, / listo y solícito andaba, / cuándo á proa, / cuando á popa / de aquésta y de la otra banda, / con obras y con palabras, / haciendo apretar á muchos / los dientes y las espadas. / A esta hora San Mateo, / que era la nao almiranta, / tres gruesas naves francesas / estaban della aferradas, / y con ímpetu furioso / le daban espesa carga; / pero el buen Marqués, que á todo / con ojos de Argos miraba, / viéndola por todas partes / del enemigo apretada, / despreciando sus contrarios / y la contienda trabada, / haciendo virar las velas, / dando el timón á la banda, / dellos se deshace y vuelve / á socorrer la almiranta, / que como alana entre gozques / rompe por ellos y pasa, / embistiendo á los franceses, / que ya de verlo desmayan. / En esto por todas parte / andaba igual la batalla, / y la mar toda cubierta / de sangre, de gente y de armas. / Era espantoso el estruendo / y el rumor de la batalla; / tanto arnés despedazado / y rota tanta celada; / tanta voz, tantos heridos / que á un mismo tiempo espiraban, / y allí algunos medios vivos / peleaban en el agua. / Mas con gran furia á esta hora, / que ya de cinco pasaban / que se comenzó el combate / y duraba la batalla, la fortuna de Felipe / atropelló á la de Francia, / que el valeroso Marqués, / á fuerza de pura espada, / venció de los enemigos / la almiranta y capitana, / prendiendo á Felipe Estrozzi, / que en viéndole rindió el alma, / y al ver los demás franceses / la victoria por España, / de los desmayados brazos / se les cayeron las armas, / y abren el paso á los nuestros / por medio de las gargantas. Alonso de Ercilla y Zúñiga.

Del mismo autor y con respecto a la misma acción, pero dirigida a don Felipe II, entresacamos unos versos que nos parecen vienen a mucha razón.

Y aunque con justa indignación movido, / sus fuerzas y poder disimulando, / detiene el brazo en alto suspendido, / el remedio de sangre dilatando; / y con prudencia y ánimo sufrido, / su espada y pretensión justificando, / quebrantará después con aspereza / del contumaz rebelde la dureza. / Oprimirá con fuerza y mano airada / la soberbia cerviz de los traidores, / despedazando la pujante armada / de los galos piratas valedores; / y con rigor y furia disculpada, / como hombres de la paz perturbadores, / muerto Felipe Strozzi su caudillo, / serán todos pasados a cuchillo. / No manchará esta sangre su clemencia, / sangre de gente pérfida enemiga, / que, si el delito es grave y la insolencia, / clemente es y piadoso el que castiga: / perdonar la maldad es dar licencia / para que luego otra mayor se siga; / cruel es quien perdona a todos todo, / como el que no perdona en ningún modo. / Que no está en perdonar el ser clemente, / si conviene el rigor y es importante; / que el que ataja y castiga el mal presente / huye de ser cruel para adelante. / Quien la maldad no evita, la consiente / y se puede llamar participante; / y el que a los malos públicos perdona / la república estraga e infecciona. / Curiosidades de la época.

Se encontraba el embajador de la República de Venecia en una de las fiestas que daba el Califa de los turcos y nos dice: «…Cualquiera que contemplaba la faz rubicunda y corta estatura de Selim II, con la nariz escarlata a fuerza de libaciones, comprendía que un hombre tan aficionado al vino de Chipre no era el más indicado para Gobernar aquel pueblo de guerreros belicosos…Bajo su reinado, a pesar de los preceptos del Profeta, la embriaguez se instaló cual costumbre inveterada, y lo mismo que el Califa, se emborrachan ‹kodhas› (sacerdotes) y ‹cadis› (jueces)…Vi una vez un viejo, que antes de vaciar un vaso de vino, comenzaba por emitir una serie de repugnantes eructos y gruñidos, a semejanza del cerdo. Al preguntar a sus amigos porque hacía eso, me respondieron era para que su alma se retirara al último rincón del cuerpo y hasta emigrara completamente, al objeto de no verse mancillada por el contacto del alcohol que se disponía a ingurgitar…»

En 1560 hubo un combate entre genoveses y turcos, saliendo éstos vencedores capturando a muchos hombres, entre ellos se encontraba un noble húngaro llamado Wenceslaus Wratislaw, que pasó al remo de las galeras victoriosas, puesto en libertad un tiempo después y como agradecimientos dejó unas líneas de lo que sufrían los galeotes. «Fuimos conducidos bajo escolta a la galera de Ahmed el ‹Reis› (capitán). Un renegado, nacido en Italia, ordenó fuéramos encadenados a los remos. El navío era grande y cinco prisioneros quedaban sentados sobre el banco, tirando a una sobre cada remo. Bogar en una galera constituye la más increíble de las miserias. Ningún trabajo puede resultar más penoso en este mundo. Cada prisionero está encadenado al banco por un pie. Le queda suficiente libertad para moverse sobre el asiento y maniobrar el remo, y a causa del calor, hay que estar desnudo, con un simple trapo en los riñones. Cuando una galera sale de los Dardanelos colocan aros de hierro en las muñecas de los prisioneros, para que no puedan rebelarse contra los turcos. Los pies y manos esposados de esta manera, han de remar noche y día, salvo en caso de temporal, hasta que el pellejo, requemado por la acción del sol y la intemperie, se agrieta como el cuero viejo…Pero hay que someterse, pues si el cómitre apercibe un galeote recobrando aliento, lo azota con un chicote empapado en agua de mar, hasta que el cuerpo se convierte en una llaga sanguinolenta…Por todo alimento nos dan una galleta dura y llena de gusanos, y cuando la embarcación permanece en el fondeadero, ocupamos nuestro tiempo tejiendo guantes o medias, que vendemos para procurarnos algo de comer…»

Orden de don Álvaro de Bazán, para distribuir la tropa, marinería y artilleros en el galeón San Martín, en el combate de la isla Tercera: «En el alcázar alto de popa, 20 caballeros y 20 arcabuceros y mosqueteros. En el alcázar más bajo todos los caballeros portugueses que se embarcaron, fuera D. Diego de Castro que estaba en el alto, y 20 arcabuceros y mosqueteros. Que debajo del alcázar alto, estuviesen de socorro D. Antonio Persoa, D. Luís Osorio, D. Gonzalo Ronquillo, el coronel Mondinaro, el capitán Quesada y otros cuatro arcabuceros. Que en la plaza del galeón estuviesen 40 arcabuceros por banda, á cargo del capitán Bamboa. Que junto a la cámara de popa estuviese un cuerpo de guardia de 40 soldados, los más hombres particulares, y que habían sido oficiales, á cargo del capitán Agustín de Herrera, para acudir á las partes donde hubiese más necesidad. Que en el castillo de proa estuviese Juan Bautista Sansón, caballeros milanés, con los sargentos de los capitanes Agustín de Herrera y Gamboa, con 15 arcabuceros y 10 mosqueteros. Que en la gavia mayor estuviesen el alférez D. Francisco Gallo con 8 mosqueteros, y en la de trinquete 6, demás de los gavieros. Que en la cubierta baja, donde está el artilleria gruesa, se desembarase y estuviesen con ella los capitanes D. Cristobal de Acuña Escobedo y Juan de Alier, y los alféreces Tauste y Esquivel. Las piezas que en ella hay, que son 17 cañones y culebrinas, que con cada pieza esté un artillero y seis ayudantes, cada uno con su espeque. Que en la cubierta alta con el artilleria, que eran 17 piezas grandes y pequeñas, estuviesen Marcelo Caracholo, y con cada pieza su artillero y ayudantes, como en la de abajo. Que en la guarda de la pólvora esté el capitán Grimaldo con 4 marineros. Que la falúa se echase á la mar para llevar órdenes y estuviese por popa del galeón. Que los 4 patajes estuviesen de popa del galeón para el mismo efecto. Que el esquife que va en la cubierta alta de la puente se hinche de agua para socorrer en cualquiera parte donde se pegase juego, y que en la dicha puente se pusiesen seis medias botas llenas de agua, y en cada una un balde y cuatro jarros. Que en la cubierta baja, donde está el artilleria gruesa, se pusiesen otras dos medias botas llenas de agua, con sus baldes. Que en el alcázar alto estuviesen otras dos. Que en las gavias se pongan en cada una dos tinas más pequeñas que las medias botas, con agua y dos baldes. Que se saquen del lastre 200 espuertas de piedras de mano y se suban á las gavias 10 sacos de ellas, y las demás se repartan en los alcázares. Que se pongan en cubierta y en los alcázares todas las picas, venablos y espontones que hay en el galeón. Que se cierren y atesen las jaretas de la puente y alcázar bajo, sobre las cadenas. Que estén los marineros repartidos en los aparejos. Que los capitanes Maramolin y Rodrigo de Vargas, como hombres de mar y por la mucha experiencia que tienen, acudan al artilleria y á las demás partes que conviniere.» Estas fueron las órdenes antes de entrar en combate, pero dice mucho de don Álvaro todas las previsiones ordenadas, quizás por ello el galeón San Martín solo contó con diez muertos y cincuenta heridos, dejando clara muestra de la excelente distribución dada a sus hombres en el buque.

En el caso del galeón San Mateo al mando del capitán Jusepe de Talavera, fue don Lope de Figueroa quien hizo la provisión y distribución de fuerza en la nave, a juzgar por lo que soportó en el combate, quedó demostrada la eficacia de su trabajo, siendo: «Cincuenta arcabuceros y mosqueteros en las popas alta y baja, con su alférez Gonzalo de Carvajal y su bandera y los caballeros aventureros don Hugo de Moncada, don Godofre Bardají, Gaspar de Sosa, don Antonio Manuel, el capitán Villalobos y el alférez Gálvez. El capitán Rosado en la proa con su alférez y bandera, con 25 arcabuceros y mosqueteros y los caballeros aventureros don Félix de Aragón, Fadrique Carnero y Juan Fernández Galindo. En el cuerpo del galeón 40 arcabuceros por banda, y con ellos o caballeros de la escuadra del maestre de campo y de la del capitán Rosado. Cincuenta arcabuceros con dos cabos de escuadra debajo de cubierta para socorrer cuando se llamaren. El sargento del maestre de campo y el de Rosado andando por todas partes, no teniendo lugar firme. La artilleria debajo de cubierta se encargó al capitán Enriquez, al alférez Bernabé Sirviente y al alférez Franco, con los cuales anduvieron el condestable y 8 artilleros con 12 grumetes para el servicio della. Lope Gil, ayudante del sargento mayor, á cargo la artilleria sobre cubierta, con 8 artilleros y 8 grumetes para servicio della. El capitán de campaña con todos los criados de los aventureros y soldados, a matar el fuego donde quiera los enemigos le echaren ó pegare. Pablos de Viñate, soldado aventajado y de confianza, con el Merino en guardia de la pólvora, y 4 marineros con ellos para el servicio della. En la gavia mayor 8 arcabuceros, y en la menor 4, y con ellos algunos marineros para tirar bombas de fuego y pedradas. En el corredor del galeón 6 arcabuceros. El capitán del galeón don Jusepe de Talavera, el alférez Medinilla y el alférez Villarroel, atendiendo á todas las cosas necesarias del galeón, y lo principal á matar al marinero que no estuviese en su puesto ó no acudiese adonde el piloto, maestre y contramaestre les ordenaren. Proveyóse el galeón por todas partes del agua necesaria para matar el fuego, con muchas mantas, sábanas y otras cosas mojadas, para el mismo efecto. Asimismo se proveyó de piedra de mano los castillos de popa y proa y gavias. Cerrándose las jarretas, repartióse por todo el galeón las picas y venablos que había, para que cuando fuesen menester se hallasen á mano. El maestre de campo general, don Lope de Figueroa, y D. Pedro de Tassis, veedor general de mar y tierra, andando por todas partes, dando orden en todo lo que se ofreciese, y con el dicho maestres de campo andaba el capitán Rodavalle, y con D. Pedro el alférez Miranda.»

Añadimos por su curiosidad la lista de muertos y heridos en el galeón San Mateo: «Heridos: D. Pedro de Tassis, veedor general, quemada la cara á la mano derecha, de una pieza enemiga. D. Godofre de Bardají, dos arcabuzazos, el uno que le pasa el brazo derecho, y el otro que le toca un poco el lomo. Gaspar de Sosa, herido un poco en un muslo, de una raja de un madero. D. Félix de Aragón, un arcabuzazo por junto el brazo, que le sale á las espaldas. El capitán Rodavalle, quemada la cara y manos. El capitán Villalobos, quemada la cara y manos muy mal y de manera que se teme no pierda la vista. Juan Fernández Galindo, un arcabuzazo que la pasa una pierna. Hernando de Medinilla, un arcabuzazo pasado por la rodilla. El alférez Francisco de Villarroel, un arcabuzazo que le pasa la mano derecha. El capitán Rosado, dos arcabuzazos, uno en la cabeza y otro que le pasa el cuerpo. D. Gonzalo de Carvajal, alférez del maestre de campo, un arcabuzazo en la mano. D. Pedro de Luna, sargento del dicho maestre de campo, un arcabuzazo que le pasa la mano derecha. Lope Gil, ayudante del sargento mayor, quemada cara y manos muy mal. Alonso Pérez de Vallejo, soldado muy particular, tres arcabuzazos. El sargento Rojas, un mosquetazo que le rompe el muslo. El sargento Espeleto, un arcabuzazo en las espaldas. El sargento Fuentes, dos arcabuzazos, uno que le pasa las quijadas y otro que le entra por la espalda. El maestre del galeón, un arcabuzazo que le rompe la canilla. El piloto Bastián Gómez, un arcabuzazo en el brazo junto á la mano. Quemados y heridos: cincuenta y seis. Muertos: El capitán del galeón, Jusepe de Talavera. El capitán Enriquez. El sargento de Rosado. Alonso Rodriguez de Figueroa. Don Francisco Ponce de León. El alférez Arguellada. Alonso de Ulloa. Rodrigo de Talavera. Junto a ellos otros cuarenta y seis soldados. De la gente de las piezas de artilleria: Murió el condestable y siete artilleros, y diez que quedaron, los más quemados y heridos.De la marinería: Quemadas y heridas; veinticuatro hombres. Murieron entre marineros, grumetes y gente de servicio del galeón, dieciséis personas. De la gente herida va muriendo cada día, porque hay muchos muy mal parados. Es una cosa muy de notar, que un capellán de la compañia del maestre de campo, que se llamaba Juan de Jaén, viendo tanto fuego, artillería y arcabucería, y humo de las bombas de fuego y otros artificios del que arrojaban en el dicho galeón, de puro miedo y espanto, estando en el último suelo del galeón, sin que le pudiese ofender ninguna cosa, sino de ver y oir lo que arriba pasaba, se quedó muerto sin poder decir Dios valme; caso cierto de memoria y espanto.»

No era solo la opinión de don Álvaro quien avalaba la invasión de Inglaterra, para ello transcribimos otras de no menos famosos, como la de don Luis de Góngora, quien dice: «¡Oh isla católica y potente, / templo de fe, ya templo de herejía, / lumbre de Marte, escuela de Minerva, / digna de que las sienes que algún día, / ornó corona real de oro luciente / ciña guirnalda vil de estéril yerba: / madre dichosa y obediende sierva / de Arturos, de Eduardos y de Enricos, / ricos de fortaleza y de fe ricos, / agora condenado a infamia eterna / por la que te gobierna / con la mano ocupada / del uso en vez del cetro y de la espada; / mujer de muchos y de muchos nuera! / ¡Oh reina infame; reina no; más loba / libidinosa y fiera: / ‹Fiamma del ciel su le tue treccie piova›»

Dada la orden para comenzar a formarse la Gran Armada, el gracejo español compuso un cantar el cual inmediatamente comenzó a extenderse por toda la península, y dice: «Mi hermano Bartolo / se va a Inglaterra / a prender a Draque / y matar a la reina. / Tiene de traerme / a mí de la guerra / un luteranico / con una cadena / y una luterana / a señora abuela.»

A quien se une don Francisco de Quevedo, quien le dedica lo siguiente: «…Y en tanto, tú, gran reino de Bretaña / (de armas un tiempo singular trofeo) / sacude aquesta infamia que te infama; / adorna tu blasón con el deseo, / con que te quiere honrar la invicta España / (pues ves que a voces te apellida y llama) / antes que encienda su corrusa llama / tus muros, capiteles y moldura / y las torres del tiempo no separas; / ¿por qué sujetas tu feroz braveza / a mujeril vileza / y tu gran valentía / a cabeza de seso tan vacía? / Pues la regia corona y la diadema, / por verse puesta en frente tal, blasfema, / por ser más digna tan lasciva frente / que el rizo de oro encaró el fuego ardiente.»

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