José María de Torres y del Campo

Posted By on 29 marzo, 2021

Capitán de navío.

No sabemos la fecha de nacimiento, pero fue bautizado en Sevilla en la parroquia de Santa María la Blanca el 11 de mayo de 1756, sus padres fueron don Diego de Torres Licht, 24 de Sevilla, alcalde Noble, Mayoral de la Real Casa de San Lázaro (Hospital de la ciudad) y maestrante de la Real Maestranza de Caballería de la ciudad, y de doña Ana María del Campo y Rodríguez de Salamanca.

Recibió una esmerada educación propia de su hidalguía, al estar preparado pidió la carta orden de ingreso en la Corporación, lo que le fue concedido con dispensa de edad, sentando plaza de guardiamarina en la compañía del Departamento de Cádiz el 6 de julio de 1769. Expediente N.º 1.067. Al aprobar el examen teórico se le ordenó embarcar en junio de 1773 en el navío Monarca, para realizar sus prácticas de mar navegando por el Mediterráneo visitando los puertos de Barcelona, Génova y Nápoles. A su regreso en octubre siguiente trasbordó al jabeque San Antonio, de la escuadra de don Antonio Barceló, comisionado en corso, la mejor escuela naval de la época, de hecho a su bordo recibió su bautismo de fuego, en el que como en tantas otras ocasiones capturaron a una barca de la regencia de Argel siendo marinada a su base de Cartagena.

Se le comunicó su ascenso en noviembre de 1774 a alférez de fragata, recibiendo la orden de trasbordar al del mismo tipo San Luis, pasando a prestar socorro a la plaza de Melilla, bombardeando a los moros, pasando después con la misma orden al Peñón de la Gomera y Alhucemas. Al año siguiente participó en el fracasado desembarco sobre Argel, no alcanzando el grado de desastre gracias al apoyo por el fuego de los buques menores, sobre todo en el reembarque de las tropas, entrando en fuego contra dos jabeques enemigos.

En 1776 fue ascendido al grado de alférez de navío, recibiendo la orden de trasbordar al también jabeque Pilar, un año más tarde trasbordó a navío Vencedor, continuando con ambos en la comisión de corso contra las regencias norteafricanas. Se le entregó la Real orden con su ascenso al grado de teniente de fragata embarcando en el navío San Leandro, comisionado a cruzar sobre los cabos de Santa María y San Vicente en protección del tráfico marítimo proveniente de ultramar, en 1778 trasbordó al Septentrión incorporado a la escuadra del general don Luis de Córdova, realizando la primera campaña sobre el Canal de la Mancha en 1779, fondeando en el arsenal francés de Brest, de donde zarpó arribando a Ferrol.

Continúo a las órdenes del mismo general, trasbordando en 1780 al navío de tres baterías Purísima Concepción, regresando a la comisión de cruzar sobre los cabos de Santa María y San Vicente en protección de los buques provenientes de ultramar. Por Real orden de julio de 1781 fue ascendido al grado de teniente de navío, al formarse la expedición para reconquistar la isla de Menorca embarcó como segundo sucesivamente en las fragatas Juno y Gertrudis, pasando después al jabeque Mallorquín, tomó parte desembarcado al mando de una batería de artillería, por sus dotes demostradas el mismo 1782 fue ascendido al grado de capitán de fragata, siéndole otorgado el mando de la Santa Clara, trasbordando a finales de año al navío Santiago la España, tomando parte en el gran asedio de Gibraltar y participando en el combate librado el 20 de octubre seguido sobre el cabo de Espartel contra la escuadra británica del almirante lord Howe.

Al darse por concluido el asedio pasó destinado al departamento de Cartagena, donde embarcó como segundo en los navíos San Isidro y Firme, permaneciendo en ellos hasta serle otorgado en 1785 el mando de la fragata Santa Rosa, curiosamente poco después pasa como segundo de la fragata Winchcomb, zarpando de la bahía de Cádiz con rumbo a la Habana, donde arribó en enero de 1789 donde se le ordenó trasbordar a la fragata Mercedes, poco después al navío Soberano, por encontrarse al final de su armamento, al igual que el Asia construidos en el Apostadero, al estar concluidos regresó a la bahía de Cádiz, prosiguiendo con el suyo a Cartagena donde arribó en junio de 1791.

Por Real orden del 17 de enero de 1792 fue ascendido al grado de capitán de navío, otorgándosele el mando de la fragata Mahonesa. Al ser declarada la guerra a los convencionales franceses, su buque quedó incorporado a la escuadra del general don Francisco de Borja, zarpando de Cartagena el 6 de mayo de 1793 para realizar la campaña de Cerdeña, en su derrotero fue apresada la fragata francesa Hèléne, por las Perla y Santa Casilda, incorporándose a la escuadra española con el nombre de Sirena, participando en la toma de las islas de San Pedro y San Antíoco, presenciando la quema de la Richmond, orden dada por su capitán, continuaron las operaciones hasta estar sobre Niza y Villafranca, momento en el que se declaró una epidemia por el mal estado de los víveres, obligando a regresar a Cartagena donde fondeaban entre los días 8 y 9 de agosto siguiente, siendo desembarcados más de tres mil hombres enfermos.

A finales del mismo agosto zarpó la escuadra al mando del general don Juan de Lángara, estando unida a la del almirante británico Hood pasaron a tomar el arsenal de Tolón, el cual fue conquistado para los monárquicos franceses, por ello estuvo en la mar protegiendo las operaciones terrestres y la entrada a la base, hasta recibir la Real orden de serle entregado el mando del navío San Antonio en septiembre de 1794, al llegar las fuerzas de los convencionales con mayor número de tropas y artillería, se vieron obligados a reembarcar y abandonar el arsenal, pasando a proteger al ejército por el avancé del francés en territorio español, combatiendo sobre el cabo de Rosas.

Se encontraba fondeada la escuadra en la rada de Rosas, cuando el 5 de enero de 1795 se levantó un duro temporal del SE., por orden del general al mando todos los buques fondearon con cuatro anclas, con ellas aguantaron el temporal pero algunos fueron muy mal tratados, entre ellos el de su mando quedando mocho como un pontón, a pesar de ello el navío Triunfante fondeo la ‹esperanza› no pudiéndose evitar su pérdida, los que pudieron reparar sus averías se pusieron a ello, en el caso de Torres se le dio la orden de regresar a Cartagena, pues en la mar era imposible arbolar de nuevo el buque, se montaron bandolas y con ellas arribó al puerto de destino, donde fue reparado siendo uno de los seis entregados a la república francesa por el tratado firmado en San Ildefonso el 1 de octubre de 1800. Por Real orden de septiembre de 1796 se le otorgó el mando del navío San Fermín, del porte de 74 cañones, quedando incorporado en enero de 1797 a la escuadra del general don José de Córdova en Cartagena.

La escuadra se hizo a la vela el 2 de febrero seguido, formada por veintisiete navíos de línea, de ellos uno de 130 cañones; seis de 112; uno de 80 y diecinueve de 74, más ocho fragatas, cuatro urcas y un bergantín, pero todos ellos estaban faltos en parte de su dotación, pues según datos del propio Córdova, no eran menos de cuatro mil los hombres que le faltaban para afrontar un combate con garantías, de ahí su intención de entrar en la bahía de Cádiz y reforzar las dotaciones para proseguir la guerra, aparte de esto algunos buques también iban faltos de algún cañón y a todos ellos mucha práctica de mar a sus dotaciones incluidos los oficiales, jefes y el propio general al mando, (por la sempiterna mala costumbre de desarmar las escuadras cuando se firmaba una paz) para concluir el porvenir de esta escuadra, las dotaciones estaban faltas de fusiles, pistolas y armas blancas, de ahí lo fácil que le resultó a Nelson poder abordar dos navíos que casi le triplicaban en hombres en sus cubiertas.

Se aprovechó su salida para incorporarle un convoy con derrota a la misma bahía compuesto por más de cuarenta velas, además de trece lanchas cañoneras y obuseras que se habían construido en el Arsenal, las cuales se separaron al encontrase el 5 siguiente en aguas del apostadero de destino, Algeciras, para ser utilizadas en la defensa y ataque al peñón de Gibraltar; con el convoy entró en la bahía la división al mando del general don Domingo Nava, compuesta por los navíos Bahama, de 74 cañones al mando del capitán de navío don José Aramburu e insignia de la división, Neptuno, de 74, al mando del capitán de navío don José Lorenzo Goicoechea y Terrible, de 74, al mando del capitán de navío don Francisco Uriarte.

Al declarase de pronto un duro temporal de Levante, la escuadra no pudo entrar por serle los vientos contrarios, a pesar de ser la intención de su general para completar sus dotaciones, por su causa al tenerlo que correr fueron arrojados después de ocho agotadores días pues ni comida caliente se pudo dar a los hombres, sobre el cabo de San Vicente donde el 14 seguido se produjo el combate contra la escuadra británica del almirante John Jervis, quien si bien eran solo quince navíos su formación marinera y dotación de materiales era completa, todo lo contrario de lo ya mencionado en la española y solo fueron 11 los españoles que pudieron entrar en fuego. Del desorden se aprovecho el británico, por ello consiguió realizar cuatro capturas, siendo los navíos San José y Salvador del Mundo, de 112 cañones y tres baterías, el San Nicolás de Bari, de 80 y San Isidro, de 74, de dos baterías, regresando los demás a la bahía de Cádiz el 3 de marzo continuo.

El San Fermín a pesar de encontrarse en la vanguardia pero a sotavento, sencillamente no entro en fuego. Como era de rigor cuando algún buque se perdía se formó un Consejo de guerra de generales, dada la alta graduación del máximo responsable, se nombró presidente del tribunal al Bailío Frey don Antonio Valdés y Fernández Bazán, quien había estado ocupando el cargo de Capitán General de la Real Armada, siendo exonerado y sustituido en 1795.

El consejo de guerra por lo prolijo y detallado se alargó hasta ser dictada la sentencia el 10 de septiembre de 1799, con respecto al biografiado dice: «Que los Capitanes de navio don Gonzalo Vallejo, don Juan de Aguirre y don Joseh de Torres, que lo eran de los nombrados Atlante, Glorioso y San Fermin, por su conveniencia desobediencia a las señales, por su falta de pundonor y espíritu marcial, su ineptitud, abandono, y mala disposición para sostener la gloria de las Reales Armas, sean privados de su empleo; y lo mismo el oficial de igual clase don Agustín Villavicencio, Comandante del S. Genaro, agregandose a este, que no pueda tener otro mando militar.» Al conocer la sentencia firme por haber sido aprobada por S. M., se dirigió en escrito pidiéndole le dejara prestar servicios en la Armada como simple marinero, pero el Rey se negó.

Ante esto su porvenir se vino abajo, decidiendo cruzar el océano y establecerse en el virreinato de Nueva España donde se traslado con toda su familia, al parecer llegó en 1800, al llegar por su alta formación se le nombró subdelegado de la matricula de tributos de Temascaltepec, pasando posteriormente a otros estamentos de la administración, con ello fue haciendo un dinero y comprando alguna hacienda.

Al ser conocedor de la rehabilitación de su general en el combate, don José de Córdova a quien se le devolvieron sus galones, pero quedó jubilado y sin mando por Real orden del 6 de enero de 1806, recurrió a S. M., por agravio comparativo, recibiendo solo el permiso para volver a la península, lo que realizó solo para demandar un nuevo Consejo de Guerra, del cual no pudo sacar nada en claro, pues solo se le deja entrever que si es necesario el Rey le llamará, por ello regresó a Nueva España.

A pesar de insistir desde Méjico no obtuvo respuesta alguna, eso siendo siempre respaldado por el Virrey. Mientras habían pasado los años y el 16 de septiembre de 1810 se producía en Nueva España el primer movimiento independentista, precisamente en la región del Bajío (Estados de Guanajuato y Querétaro actuales) esto le quedaba muy cerca de su hacienda, por ello reclutó un grupo de ciento cincuenta hombres a sus expensas, presentándose con ellos a la Junta, quedando incorporado al ejército del centro, con el nombramiento de Mayor General (Jefe del Estado Mayor) pero estuvo muy poco tiempo, pasando a soldado distinguido de artillería, formando parte de la división de caballería, por ello participó en varios combates lo que le valió por su valor ser ascendido por el Virrey a capitán de infantería el 6 de octubre de 1811, al alargarse la guerra se quedó sin fondos, por ello decidió vender sus haciendas para continuar en la lucha en defensa del Deseado.

En 1816 la victoria parecía conseguida en gran parte del virreinato, por ello envió súplica a S. M., en la que dado su esfuerzo y méritos ganados en el virreinato, le fuera reconocido su grado de capitán de navío o como compensación el de coronel de infantería, el Rey pidió informe al Almirantazgo, el cual considero no le hacía falta, por ello de nuevo el Monarca le contesta en 1819 que cuando hayan necesidades le llamará. (No estaba pidiendo regresar al mando de buques, si no como segunda opción obtener el grado igual al de la Armada en el Ejército, pero es seguro que no tenía “padrinos” en la Corte, pues otros en sus mismas circunstancias sí fueron perdonados. (No damos nombres por agravio comparativo y caer como el biografiado en “desgracia” Real) Esta notificación no pudo leerla, pues falleció el año anterior.

Lo traemos a estas biografías, porque sin duda en el combate del cabo de San Vicente no fue correcto su comportamiento, nadie puede explicar su conducta dado todo lo que realizó a sus expensas posteriormente, en defensa de la misma bandera que debió defender igual que había hecho en combates anteriores sobre las diferentes cubiertas, pero esta vez sobre tierra, por ello debió merecer mejor trato, pues su ideal fue siempre España.

Como el caso de don José Francisco de San Martín, nacido en el virreinato del Río de la Plata, viajó a la península ingresando en el Real Ejército combatiendo contra los napoleónicos en Bailén y La Albuera, por sus méritos alcanzó el grado de teniente coronel y se le concedió la Gran Cruz de la Real y Muy Distinguida Orden Española de Carlos III, pasando en 1812 a unirse a los insurrectos en su tierra natal. Como anécdota, en una de las primeras cargas contra los realistas al no disponer de bandera, se despojó de la banda de la Real y Muy Distinguida Orden Española de Carlos III (a pesar de combatir a sus anteriores compañeros y patria aún la portaba) enrollándola a un largo palo, con la variable de anchura de colores se convirtió en la bandera de Argentina.

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